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AL EXTREMO CON DIANA NIÑO

A Diana Niño le gustan las rosas de color rojo. Unas rosas todas rojas que pueden simbolizar tantas cosas, pero que bien pueden mostrar, a quienes logran conocerla, que ella más que ser una filósofa, o una estudiante de economía, o la campeona nacional de fuchi, es esencialmente una mujer con enorme sensibilidad, un ser que ignora, consciente o inconscientemente, que las rosas también tienen espinas, y que no se amilana por este tipo de futilidades. Las espinas o el dolor no le interesan mucho. Sus ojos, circundados por unas minúsculas pequitas que parecen estrellas, son esmaltados y en medio una eterna luz encandila a quienes los ven. Estos son poderosos, se podría decir que son armas o flores. Ella no parece salida de una tonada barroca ni de un poema de Luis de Góngora, no necesita adornos, más bien tiene mucho que ver con una novela de Hermann Hesse (así de cadenciosa y profunda) o con Come As You Are de Nirvana.
Diana, que siempre viste de jeans, camiseta de algodón y tenis, camina afanada como si fuera a llegar tarde a una cita importante.
Como ella tiene una inclinación hacia la hiperactividad, la única manera de verla quieta es frente a sus libros de estudio. Pasa horas delante de ellos con una voluntad inquebrantable, quizá su disciplina se la deba, en parte, a la formación que desde niña supo darle el Colegio Andino. Ella domina el alemán, el inglés y recibió en su grado de Licenciada en Filosofía una mención honorífica Summa Cum Laude por su excelencia académica (promedio acumulado de 4.71), además cursa estudios de economía. Luego de sus largas jornadas de estudio Diana se dedica al Fuchi y al Footbag.
Con esta pequeña pelotita rellena de arena la deportista busca exigir su cuerpo para formar figuras armoniosas. La imagen puede ser más o menos así: Diana con el pelo recogido tira el fuchi al aire, su mirada hundida en la pelotita (nada más parece existir), la pierna izquierda arriba espera a que la pelota llegue al empeine, uno, dos, tres; pelota al aire y el pie da veloces vueltas en torno a ella, pelota al aire, parte interna del pie, un dos tres… Así, en medio de una vertiginosa unión de movimientos perfectos que logra un ritmo nuevo y especial.
Y si el fuchi la divierte, Aristóteles lo hace más. Recurrentemente habla de este filósofo, explayándose en un sinnúmero de razones por las cuales considera que es el más importante de la historia. Definitivamente su gran amor es la
filosofía, ella no puede ocultar esa experiencia estética, esa armonía que le produce el conocimiento, porque es la razón precisamente su templo indeleble. Podríamos predecir, por ejemplo, que ella dijera que la filosofía es sublime y que esta puede mejorar al mundo.
Hay una idea recurrente en aquellos que tienen la dicha de conocerla, un pensamiento que no deja de rondar; es la firme creencia de que esta mujer podría lograr lo que se pro- pusiera. No importan las espinas, sólo importan los pétalos de la rosa.

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