Hace 470 años, tierras fértiles darían cimiento a una
ciudad reconocida hoy como meca cultural latinoamericana, a la
que en alguna oportunidad se calificó como “Atenas
suramericana”. Antes de la llegada de los españoles fue apenas
un pequeño caserío de indígenas muiscas. En la actualidad, la
capital colombiana se encuentra en el ranking de las 30 ciudades
más grandes del mundo según estudios realizados por The Times
Atlas of the World.
Más allá de los datos escuetos de la fundación de Bogotá,
existen otros detalles que pocos llegan a conocer. El primer
nombre de la ciudad fue, por ejemplo, Nuestra Señora de la
Esperanza, como originalmente la llamó Jiménez de Quesada,
quien, -a pesar de ser letrado a diferencia de los demás
conquistadores-, desconocía los procedimientos para la fundación
de ciudades, por lo que en abril de 1539, se legalizó la
fundación, con la ayuda de Federmán y Belalcazar, y se renombró al
territorio como Santafé. Durante la colonia sus habitantes la
hicieron distinguir de las demás ciudades de igual nombre,
llamándola Santafé de Bogotá, nombre que viene del chibcha
bacatá, que traduce fin de los campos, territorio muisca en el
que gobernaba el Zipa. En esta delimitación estaba incluido
nuestro actual territorio, en el que, en tiempos indígenas,
habitaba un caserío conocido como Teusaquillo, donde se dice que
se encuentra hoy la Plaza de Bolívar.
Mucho ha cambiado nuestra capital desde entonces, y sus calles
son testimonio de ello. En la colonia por ejemplo, un caminante
vería calles enterradas que poco a poco se cubrirían de piedras.
Avanzaría por las “manzanas” con sus casas de dos pisos, algunas
con techos de paja, otras con tejas, y muchas de ellas con
balcones que daban a la calle. Encontraría en su camino,
gallinas y cerdos en las aceras, mientras a gran velocidad
pasarían varios jinetes apostando carreras. En esta fría y
oscura villa, de vez en cuando encontraría riñas de indios y
españoles, de aquellos que preferían pasar del recogimiento y
aburrimiento a la diversión que encontraban en las muchas
chicherías que atestaban la ciudad, en las que algunas veces se
hallaban salas de juego clandestinas e incluso burdeles. Eso sí,
no tendría que recorrer muchas distancias, pues los límites se
encontraban en la Quebrada de San Diego al norte, y al sur en la
actual avenida primera, extensión total que se hallaba dividida
en 4 parroquias.
El transeúnte del siglo XIX caminaría por las calles de uno de
los nueve barrios en los que se dividía la ciudad. A decir
verdad, no encontraría muchos cambios en la extensión con
respecto a la Colonia; las construcciones que marcarían la
pauta, serían las civiles y no las religiosas. Encontraría luego
nuevos edificios inspirados en modelos republícanos franceses, y
terminaría por oír el paso del ferrocarril que por fin
comunicaría a Bogotá con otras regiones.
En las primeras décadas del siglo XX la urbe se empieza a creer
el cuento de ser ciudad, bellas edificaciones se imponen
mientras los cachacos transitan echando percha y mostrando una
ciudad elegante. Seguía siendo fría y lluviosa, y a pesar de
tanta sobriedad, el caminante de la época podía encontrarse con
personajes que interrumpirían la rutina en medio de sus locuras.
Tal vez caminando por los cafetines de la Carrera Real (actual
Carrera Séptima) vería a la Loca Margarita deambulando, con su
vestido rojo y descalza, mientras gritaba vivas al Partido
Liberal, pronunciando discursos, y tirándole piedras a cuanto
conservador notara. De seguir hasta la Avenida Jiménez, vería al
Bobo del Tranvía dirigiendo el tráfico capitalino, luego de
quedar loco en el momento de ser atropellado por un tranvía,
tras perseguir varios de ellos buscando a su hermana, una
muchacha hermosísima que huyó de él junto con un grupo de
muchachos.
Tras el nueve de abril del 48, su ciudad cambiaría de forma
abismal. Las personas con quienes se cruzaría vestirían colores
vivos y romperían con el estilo formal de la ciudad, niños
gamines utilizarían las aceras para dormir, la ciudad empezaba a
hundirse en construcciones de cemento y hierro, viejas y
hermosas edificaciones como el Convento de Santo Domingo y el
Hotel Granada pasarían a la memoria mobiliaria de la ciudad.
Desde ese momento, Bogotá empieza a ser de todos los
colombianos. Por sus calles alguna vez pasaron tranvías halados
por caballos, tranvías eléctricos, trolley-buses, hoy lo hacen
cualquier cantidad y tipos distintos de buses. En ese proceso de
modernización, algunas costumbres se han perdido, las tiendas de
barrio que alguna vez imperaron sucumben al poderío de grandes
supermercados, incluso resulta hasta curioso recordar la antigua
figura de los mercados en las plazas principales, situaciones
que escasamente pueden ser recordadas en algunos barrios o en la
central de abastos.
Cortesía:
Bogota - DC>>
Hay
quienes piensan que la fundación legítima de la ciudad fue en
abril de 1539 en las circunstancias que antes se aclararon,
otros consideran propicio recordar que desde antes de la llegada
de los españoles, ya existía una población que estableció un
precedente para la conformación de nuestra ciudad mucho antes de
1538. Pero a pesar de existir divergencia entre las fechas en
las que se cree debería conmemorarse la fundación de nuestra
ciudad, resulta válido invitar a todos los habitantes de Bogotá
a celebrar el 6 de agosto, fecha que prácticamente ha sido
adoptada por convención, y a incorporarse en las actividades
programadas en la ciudad año tras año, cuando menos a tener
presente este día, para que la fecha no pase como una más, ya
que en realidad no lo es.
Igualmente cabe la invitación para que dialoguemos con nuestros
abuelos, hacerle la conversa a alguno de los viejitos que
deambulan por el centro bogotano, y se sientan en las banquitas
de sus distintas plazas y parques. Es posible que suene hasta
ridículo, pero luego de escuchar sus historias, que son como un
baúl de tesoros, sabremos lo valiosas y entretenidas que son.
Finalmente esos relatos forman parte de nuestro patrimonio oral,
y poco a poco se irán diluyendo si no los rescatamos, quedaremos
nosotros mismos y dejaremos a futuras generaciones sin memoria
sobre lo que una vez pasó en Bogotá, detalles que tal vez un
libro de historia no puede decir, o que simplemente no lo hace
de manera fascinante. Son esas historias las que enriquecerán en
últimas, nuestra identidad como bogotanos.
El transeúnte del siglo XIX caminaría por las calles de uno de
los nueve barrios en los que se dividía la ciudad. A decir
verdad, no encontraría muchos cambios en la extensión con
respecto a la Colonia; las construcciones que marcarían la
pauta, serían las civiles y no las religiosas. Encontraría luego
nuevos edificios inspirados en modelos republícanos franceses, y
terminaría por oír el paso del ferrocarril que por fin
comunicaría a Bogotá con otras regiones.
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