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Bogotá celebra sus 470 años
Estampas del nacimiento de una urbe.
Por: Sadhú Nicolay Abril P.
Escuela de Comunicación Social y Periodismo


Cortesía: Bogota - DC>>

Hace 470 años, tierras fértiles darían cimiento a una ciudad reconocida hoy como meca cultural latinoamericana, a la que en alguna oportunidad se calificó como “Atenas suramericana”. Antes de la llegada de los españoles fue apenas un pequeño caserío de indígenas muiscas. En la actualidad, la capital colombiana se encuentra en el ranking de las 30 ciudades más grandes del mundo según estudios realizados por The Times Atlas of the World.

Más allá de los datos escuetos de la fundación de Bogotá, existen otros detalles que pocos llegan a conocer. El primer nombre de la ciudad fue, por ejemplo, Nuestra Señora de la Esperanza, como originalmente la llamó Jiménez de Quesada, quien, -a pesar de ser letrado a diferencia de los demás conquistadores-, desconocía los procedimientos para la fundación de ciudades, por lo que en abril de 1539, se legalizó la fundación, con la ayuda de Federmán y Belalcazar, y se renombró al territorio como Santafé. Durante la colonia sus habitantes la hicieron distinguir de las demás ciudades de igual nombre, llamándola Santafé de Bogotá, nombre que viene del chibcha bacatá, que traduce fin de los campos, territorio muisca en el que gobernaba el Zipa. En esta delimitación estaba incluido nuestro actual territorio, en el que, en tiempos indígenas, habitaba un caserío conocido como Teusaquillo, donde se dice que se encuentra hoy la Plaza de Bolívar.

Mucho ha cambiado nuestra capital desde entonces, y sus calles son testimonio de ello. En la colonia por ejemplo, un caminante vería calles enterradas que poco a poco se cubrirían de piedras. Avanzaría por las “manzanas” con sus casas de dos pisos, algunas con techos de paja, otras con tejas, y muchas de ellas con balcones que daban a la calle. Encontraría en su camino, gallinas y cerdos en las aceras, mientras a gran velocidad pasarían varios jinetes apostando carreras. En esta fría y oscura villa, de vez en cuando encontraría riñas de indios y españoles, de aquellos que preferían pasar del recogimiento y aburrimiento a la diversión que encontraban en las muchas chicherías que atestaban la ciudad, en las que algunas veces se hallaban salas de juego clandestinas e incluso burdeles. Eso sí, no tendría que recorrer muchas distancias, pues los límites se encontraban en la Quebrada de San Diego al norte, y al sur en la actual avenida primera, extensión total que se hallaba dividida en 4 parroquias.

El transeúnte del siglo XIX caminaría por las calles de uno de los nueve barrios en los que se dividía la ciudad. A decir verdad, no encontraría muchos cambios en la extensión con respecto a la Colonia; las construcciones que marcarían la pauta, serían las civiles y no las religiosas. Encontraría luego nuevos edificios inspirados en modelos republícanos franceses, y terminaría por oír el paso del ferrocarril que por fin comunicaría a Bogotá con otras regiones.

En las primeras décadas del siglo XX la urbe se empieza a creer el cuento de ser ciudad, bellas edificaciones se imponen mientras los cachacos transitan echando percha y mostrando una ciudad elegante. Seguía siendo fría y lluviosa, y a pesar de tanta sobriedad, el caminante de la época podía encontrarse con personajes que interrumpirían la rutina en medio de sus locuras. Tal vez caminando por los cafetines de la Carrera Real (actual Carrera Séptima) vería a la Loca Margarita deambulando, con su vestido rojo y descalza, mientras gritaba vivas al Partido Liberal, pronunciando discursos, y tirándole piedras a cuanto conservador notara. De seguir hasta la Avenida Jiménez, vería al Bobo del Tranvía dirigiendo el tráfico capitalino, luego de quedar loco en el momento de ser atropellado por un tranvía, tras perseguir varios de ellos buscando a su hermana, una muchacha hermosísima que huyó de él junto con un grupo de muchachos.

Tras el nueve de abril del 48, su ciudad cambiaría de forma abismal. Las personas con quienes se cruzaría vestirían colores vivos y romperían con el estilo formal de la ciudad, niños gamines utilizarían las aceras para dormir, la ciudad empezaba a hundirse en construcciones de cemento y hierro, viejas y hermosas edificaciones como el Convento de Santo Domingo y el Hotel Granada pasarían a la memoria mobiliaria de la ciudad. Desde ese momento, Bogotá empieza a ser de todos los colombianos. Por sus calles alguna vez pasaron tranvías halados por caballos, tranvías eléctricos, trolley-buses, hoy lo hacen cualquier cantidad y tipos distintos de buses. En ese proceso de modernización, algunas costumbres se han perdido, las tiendas de barrio que alguna vez imperaron sucumben al poderío de grandes supermercados, incluso resulta hasta curioso recordar la antigua figura de los mercados en las plazas principales, situaciones que escasamente pueden ser recordadas en algunos barrios o en la central de abastos.

Cortesía: Bogota - DC>>
Hay quienes piensan que la fundación legítima de la ciudad fue en abril de 1539 en las circunstancias que antes se aclararon, otros consideran propicio recordar que desde antes de la llegada de los españoles, ya existía una población que estableció un precedente para la conformación de nuestra ciudad mucho antes de 1538. Pero a pesar de existir divergencia entre las fechas en las que se cree debería conmemorarse la fundación de nuestra ciudad, resulta válido invitar a todos los habitantes de Bogotá a celebrar el 6 de agosto, fecha que prácticamente ha sido adoptada por convención, y a incorporarse en las actividades programadas en la ciudad año tras año, cuando menos a tener presente este día, para que la fecha no pase como una más, ya que en realidad no lo es.

Igualmente cabe la invitación para que dialoguemos con nuestros abuelos, hacerle la conversa a alguno de los viejitos que deambulan por el centro bogotano, y se sientan en las banquitas de sus distintas plazas y parques. Es posible que suene hasta ridículo, pero luego de escuchar sus historias, que son como un baúl de tesoros, sabremos lo valiosas y entretenidas que son. Finalmente esos relatos forman parte de nuestro patrimonio oral, y poco a poco se irán diluyendo si no los rescatamos, quedaremos nosotros mismos y dejaremos a futuras generaciones sin memoria sobre lo que una vez pasó en Bogotá, detalles que tal vez un libro de historia no puede decir, o que simplemente no lo hace de manera fascinante. Son esas historias las que enriquecerán en últimas, nuestra identidad como bogotanos.



 


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El transeúnte del siglo XIX caminaría por las calles de uno de los nueve barrios en los que se dividía la ciudad. A decir verdad, no encontraría muchos cambios en la extensión con respecto a la Colonia; las construcciones que marcarían la pauta, serían las civiles y no las religiosas. Encontraría luego nuevos edificios inspirados en modelos republícanos franceses, y terminaría por oír el paso del ferrocarril que por fin comunicaría a Bogotá con otras regiones.

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