|
>
Regresar a la sección personajes
“Ser cronista es un privilegio”:
Alberto Salcedo Ramos
Doria
Constanza Lizcano Rivera
Departamento de Gramática
Universidad Sergio Arboleda
Una
tarde soleada en un acogedor café de la 15 con 75 fue el
escenario perfecto para inmiscuirnos en la vida de Alberto
Salcedo: el hombre, el cronista y el docente. Es difícil creerle
que es tímido pues lo disimula tenazmente con sus risas que se
tornan carcajadas. Confiesa que su virtud con las crónicas
empezó a ser nutrida en su infancia con la mentira, imaginación
y fantasías desbordantes que le hacían crear historias para
sorprender a los adultos. Creció al vaivén de los vallenatos de
Zuleta y los porros de Pedro Laza, en Arenal, un pueblecito de
Bolívar. Amante del béisbol y el boxeo.
Tiene claro, desde sus clases en el colegio, que aborrecía
visceralmente las matemáticas y nunca comprendió por qué razón
debía aprenderlas. Ahora sabe que lo suyo siempre fue la
escritura. Con ella lo soluciona todo. Sus afectos y fobias
están allí plasmadas. Pero ante todo es un buscador de
historias, le interesa descubrir en la vida de cada personaje
que se topa sus errores, desgracias, triunfos; en sí la grandeza
o torpeza de su humanidad. Y ahí están, como espejo de esa
virtud, crónicas como: “Diez juglares en su patio”
(1991). “De un hombre obligado a levantarse con el pie
derecho y otras crónicas”(1999) “ El testamento del viejo
Mile”, “El árbitro que expulsó Pelé” “El oro y la
oscuridad” y muchas otras más publicadas en “Antología de
Grandes Reportajes Colombianos” (Daniel Samper Pizano, Editorial
Aguilar) y “Antología de Grandes Crónicas Colombianas” Tomo II
(Daniel Samper Pizano, Editorial Aguilar).
Ganador de tres premios de periodismo Simón Bolívar, Premio
Internacional de Periodismo Rey de España, y orgullosamente
nuestro, con su trabajo como docente de la Escuela de
Comunicación Social y Periodismo de la Sergio. Ha sido
catalogado un genio de la escritura y uno de los mejores
cronistas colombianos de los últimos tiempos. Hábil, virtuoso,
sencillo, alegre, desprevenido, desparpajado, apasionado,
sensible…entre muchas otras virtudes que sería un error no
mencionar.
Aquí apartes de la entrevista concedida a Altus
ALTUS: ¿Cómo fue su niñez?
ALBERTO SALCEDO RAMOS: “En la infancia fui más bien
introvertido y un tanto inseguro. Aunque nací en Barranquilla,
crecí en un pueblo de Bolívar llamado Arenal, donde se
escuchaban a todo volumen los vallenatos de los hermanos Zuleta
y los porros de Pedro Laza. Comíamos ciruelas y almendras,
tomábamos jugo de guayaba blanca y, cada vez que caía un
aguacero, salíamos a las calles a jugar fútbol con los pies
descalzos. Había una niña que me encantaba: se llamaba Ana
Milena, pero nunca le dije nada, precisamente por la timidez que
mencioné hace un momento”.
• ¿Cómo fue su vida en el colegio?
A.S.R.: “Me resultaba casi imposible fijar la atención en
las clases que no me interesaban. En la hora de español me
sentía contento, motivado. Pero cuando aparecían los números, la
situación era distinta. ¿Qué diablos tenía que ver yo con
fraccionarios y leyes transitivas? Cuando me hablaban de esos
temas, me elevaba. Pienso que era una actitud defensiva, una
manera de protegerme de algo que me agredía porque pretendían
imponérmelo a la fuerza, en contra de mi voluntad. Esa
característica aún me acompaña. Aunque no me distraigo tanto
como antes, me cuesta mucho tener que concentrarme, simplemente
por buena educación, en algo que no me importa”.
• ¿Cuántas novias ha tenido?
A.S.R.: “Nunca me he puesto a contarlas. Prefiero
recordarlas más como una vivencia que como una cifra”.
• ¿Cuándo nació ese amor por la escritura?
A.S.R.: “Escribo desde que era niño. En la adolescencia
yo era el único de mi grupo de amigos que no tenía una chica.
Estaba tan desesperado que escribía cartas de amor dirigidas a
mí mismo, y las firmaba con el nombre de una mujer llamada
María. Recuerdo que las escribía con la mano izquierda, para que
la letra me quedara diferente, y las dejaba tiradas por ahí, a
ver si los adultos de mi casa las encontraban y divulgaban la
buena noticia. La invención de aquella novia de mentiras me dio
un inesperado respeto entre mi familia, pero visto con los ojos
de hoy pienso que fue una experiencia literaria. Siempre he
tenido la tendencia a solucionarlo todo a través de la
escritura, a revelar mis afectos y desafectos por medio de las
historias que cuento. Me va mejor escribiendo que hablando, y el
ser consciente de eso me hace perseverar en el oficio. El haber
sido tan tímido durante la adolescencia me forzó a volcarme en
el mundo de las letras”.
• ¿Por qué comunicador social?
A.S.R.: “Mi primer impulso fue hacia la ficción. He dicho
varias veces que fui un niño mentiroso, empeñado en asombrar a
los adultos con sus relatos inventados. También he estado
interesado siempre de manera genuina en las historias de los
demás, en la vida de la gente que voy conociendo. Lo de la
ficción es una posibilidad que en cualquier momento va a
aparecer. No lo haré por moda, ni por buscar vitrina, ni porque
crea que haciendo una novela mejoraré mi estatus intelectual,
sino como producto de una necesidad. Y en todo caso, sé que
tendré las agallas suficientes para romper lo que haga si no me
satisface. Soy periodista, a mucho honor. Me gusta el periodismo
narrativo porque combina reportería y literatura”.
• ¿Cómo fueron esos años de formación en la Universidad
Autónoma del Caribe?
A.S.R.: “Años difíciles. Estudié con muchos sacrificios.
Mi vieja, Ledia Ramos, tuvo que fajarse con su pequeño salario y
con la venta de cosméticos, para que mi hermana y yo
estudiáramos una profesión”.
• ¿Cuáles maestros tuvo? ¿A quiénes admira?
A.S.R.: “En la universidad tuve muchos, pero hubo dos a
los que considero muy importantes: Sigifredo Eusse y Jesús
Correa. Eusse iba poco porque era periodista del Diario del
Caribe y su trabajo como reportero le impedía ser el más puntual
de los profesores. Eso sí: el día que iba quedaba a paz y salvo
con nosotros, porque nos regalaba el hermoso ejemplo de su
pasión por el oficio. Correa era exigente, pero jamás lo vi
exigir lo imposible. Tenía un humor negro con el cual se burlaba
de nuestros errores, pero uno no sentía ganas de matarlo sino de
darle las gracias, porque sus apuntes eran ciertamente muy
inteligentes. Cuando terminé la carrera empecé a trabajar en el
periódico El Universal, de Cartagena, y allí conocí al poeta y
narrador Jorge García Usta, quien a pesar de llevarme apenas
tres años, parecía haberse leído todos los libros de este mundo
que valían la pena. Además, tenía vocación de pedagogo: cogía
mis textos y los descuartizaba con un bolígrafo azul
mordisqueado en la punta, y mientras hacía eso iba expresando en
voz alta algunas reflexiones formidables sobre el uso del
lenguaje. Me enseñó que la búsqueda de la palabra precisa no es
un lujo exótico, como creen algunos reporteros cuadriculados o
incultos, sino un deber. Y que el buen periodismo puede ser
también una fuente de belleza estética”.
• ¿Cuándo supo que lo suyo era el periodismo y no otra área
de la comunicación social?
A.S.R.:“Cuando me fui a matricular vi que la carrera se
llamaba Comunicación Social. Pero ya entonces sabía que lo mío
era el periodismo”.
• ¿Por qué la crónica?
A.S.R.: “Yo creo que es un privilegio escribir una
historia que parece cuento, pero que es real. Podemos combinar
literatura y periodismo, podemos escribir para el momento y para
la posteridad”.
• ¿En quiénes se ha inspirado? ¿Quiénes lo han influenciado?
A.S.R.: “La lista es larga. Yo digo, haciéndole eco a
Borges, que no me ufano de los libros que he escrito pero sí de
los que he leído. Entre mis libros favoritos figuran “Crimen y
Castigo”, “La peste”, “Madame Bovary”, “Cien años de soledad”,
“Fama y oscuridad”, “A sangre fría”, “La canción del verdugo”,
“El periodista y el asesino”, “Hiroshima”, y “La muerte de Iván
Ilich”. Entre los autores menciono a Gay Talese, Truman Capote,
Tomás Eloy Martínez, Fedor Dostoievsky, Albert Camus y Gabriel
García Márquez. Claro que las influencias van más allá de los
libros: también me he nutrido de los porros pelayeros, de las
conversaciones esquineras de los viejos del caribe, de las
películas de Ettore Scola, de las excelentes crónicas cantadas
de Rubén Blades, de la sátira de Joaquín Sabina y de la poesía
de Oliverio Girondo. Todos ellos me han hecho vibrar y son para
mí, más que autores de culto, miembros de mi familia, gente con
la cual converso de manera frecuente”.
• ¿Cuál fue su primer trabajo?
A.S.R.: “Mi primer trabajo pago fue en una emisora de
Cartagena, en octubre de 1985. Me tocó reemplazar a un colega
que estaba incapacitado. Durante ese mes de trabajo me
encargaron el cubrimiento del Concurso Nacional de Belleza. Me
metí en la pista del Aeropuerto Rafael Núñez, con una grabadora
pequeña, para entrevistar a todas las reinas que iban llegando.
Tu pregunta me da la oportunidad de recordar esta experiencia,
que hacía rato no recordaba. Yo quiero aprovechar para decirte
que no tengo registrada esta vivencia en mi memoria como algo
ingrato o indigno. Ya te dije que me honra ser periodista, y
como cronista he aprendido que en donde uno menos piensa aparece
una buena historia”.
• Muy buenos cronistas no han sido docentes. ¿Por qué se
decidió por la docencia?
A.S.R.: “Mira, a mí me gusta la docencia no tanto por lo
que me permite enseñar, sino por lo que me permite aprender. Es
una actividad que me obliga a estudiar permanentemente, a
actualizarme, a buscar siempre nuevos referentes que alimenten
mi trabajo de cronista”.
• Usted es un hombre enamorado de los juglares. ¿Por qué?
A.S.R.: “Porque los conozco desde que era pequeño, me crié con
la música de ellos. Antes de verlos como personajes de mis
crónicas, fui feliz oyendo sus coplas”
El cronista
• ¿De qué manera llegó a la historia de “El gol que costó un
muerto”?
A.S.R.: “Por pura casualidad. Cuando dirigía la serie
documental ‘Vida de barrio’, me tocó grabar un capítulo en
Lovaina, un sector de Medellín habitado por travestidos y
prostitutas. Allá descubrí al personaje de esa crónica y de
entrada vi que su testimonio podía ser interesante: era el drama
de un hombre que por equivocación anotó un gol que no debió
haber anotado, y la forma en que ese hecho le cambió la vida”.
• ¿Cómo supo que allí había una buena historia?
A.S.R.:: “Más que saberlo, lo sentí. En mi oficio he
aprendido a confiar en mi intuición. En estos casos siempre me
digo: bueno, si esta historia logró conmoverme a mí, seguramente
también podría conmover a las demás personas”.
• ¿Cómo hizo para convencer a William Fajardo de que hablara?
A.S.R.: “La verdad es que no me tocó hacer ningún trabajo
para convencerlo, porque él me contó su drama de manera
espontánea. Resulta que él era esa persona que los etnógrafos
llaman ‘el portero’, es decir, el tipo que andaba con nosotros
mientras grabábamos, para evitar que nos sucediera algo malo.
Cada día que nos veíamos, me iba dando más detalles de su
historia, sin necesidad de que yo le preguntara nada. Cuando le
dije que me interesaba publicar su testimonio, se mostró de
acuerdo”.
• Sus crónicas tienen un manejo periodístico-literario. ¿Cómo
logró ese estilo?
A.S.R.: “El estilo es lo más complejo que existe, porque
es lo verdaderamente importante de todo escritor. A mí me
sorprende saber que uno encuentra su propia voz sólo cuando ha
escuchado las voces de los demás. En mi caso, he llegado a lo
que soy ahora gracias a la mezcla de dos factores: mucha lectura
y una cierta experiencia en la escritura. Creo que un buen
cronista alcanza su mejor momento mucho después de los 30 años.
Esto no es un dogma, sino apenas una sospecha. Recuerdo ahora
una frase de Juan Gabriel Vásquez, según la cual el periodismo
narrativo no tiene aún su propio estante en las librerías.
Quienes elegimos esta forma de contar historias nos movemos a
veces en una especie de limbo: los periodistas nos dicen que no
somos periodistas y los escritores nos dicen que no somos
escritores. Caminamos en puntillas sobre una cuerda floja. Yo
defiendo esta posibilidad porque estoy convencido de que
informar bien no excluye la obligación de escribir con encanto”.
• ¿Hasta qué punto elementos de ficción y hasta qué punto
realidad?
A.S.R.: “La literatura le presta al periodismo un
conjunto de herramientas técnicas, para que la narración resulte
más bella, más eficaz. El periodismo narrativo es tributario de
la novela y del cuento, pero no es novela ni es cuento. El
escritor de ficción se las arregla para que le creamos que
Gregorio Samsa se convirtió en un monstruoso insecto. En la
crónica el asunto es a otro precio: por muy bien que escribas,
el lector no te cree semejante trama. Entonces, tienes una
materia prima inviolable que es la realidad. Por nada del mundo
puedes inventar porque eso es hacer trampa. Ya sé que no es
fácil resignarse a esa camisa de fuerza, pero son las reglas de
juego y hay que aceptarlas. No recuerdo ahora quién dijo que un
buen relato literario es aquel que parece verdad mientras que un
buen relato periodístico es aquel que parece mentira. Quizá sea
cierto. Cuando uno ha sido amante de la literatura, como nos
ocurre a muchos de los que practicamos el periodismo narrativo,
tiene la tentación frecuente de embaucar con la imaginación,
como hacen los escritores. Pero insisto: somos periodistas. Y
por eso, más nos vale que mantengamos vigilado al mentiroso que
nos habita, para que no sea él quien termine escribiendo las
crónicas”.
• ¿Cuánto dura haciendo una crónica?
A.S.R.: “Eso depende del espacio que me asignen, del
plazo que me den y, sobre todo, de la historia que quiero
contar. No podría darte un dato exacto de lo que demoro en el
proceso, porque es algo que cambia de acuerdo con lo que acabo
de decirte”.
• ¿Qué es ser un cronista independiente?
A.S.R.: “Bueno, yo en realidad no he logrado vivir sólo
de hacer crónicas. Siempre me ha tocado desempeñar otros oficios
alternos para poder cubrir mis necesidades y las de mi familia.
En este momento, por ejemplo, dirijo un programa de televisión y
atiendo otros encargos que por fortuna nunca me faltan. Lo de
ser cronista independiente me sirve en realidad para contar las
historias que quiero, para preservar un cierto nivel de calidad
que en otras condiciones es difícil garantizar y, sobre todo,
para no perder el entusiasmo”.
• ¿Una rememoración de Jorge García Usta?
A.S.R.: “Jorge no sólo fue un maestro, como dije ahorita,
sino un hermano. Me quiso tanto que me perdonó un desastre que a
muy pocas personas le habría perdonado. Resulta que un día me
prestó el libro Honrarás a tu padre, de Gay Talese, y yo lo dejé
por descuido en un sitio donde había mucha humedad. El caso es
que los ratones le cayeron a dentelladas y le carcomieron el
lomo. El tiempo fue pasando y yo no me atrevía a devolverle su
libro, porque me daba vergüenza. Sin embargo, llegó un momento
en que ya no podía aplazar más la devolución, porque no tenía
argumentos. Así que me tocó endurecer la cara y llevarle el
libro. Su primera reacción cuando lo vio fue de espanto, aunque
permaneció en silencio. Yo tampoco fui capaz de articular ni un
monosílabo. Me sentía incómodo porque no me miraba a mí sino al
lomo de su libro averiado. De pronto levantó la mirada y me dijo
una frase que guardo en el corazón como ejemplo de su humor y de
su amistad: ‘carajo, Blanco, ¡esos ratones de su casa están bien
entrenados!” Ese mismo día, en el colmo de su generosidad, me
regaló otro incunable de Talese que todavía conservo: Fama y
Oscuridad”.
• Un libro de periodismo que recomiende a sus estudiantes
A.S.R.: “Les recomiendo varios, pero como me pides citar
sólo uno, voy a mencionar El secreto de Joe Gould, de Joseph
Mitchell, quizá el mejor perfil que he leído en mi vida”.
Sobre algunas de sus obras
• ¿Cómo ha sido el camino editorial de su libro “De un hombre
obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas”?
A.S.R.: “Ese libro fue publicado en 1999 por Ediciones
Aurora, una editorial pequeña. La Cámara Colombiana del Libro lo
premió como el mejor libro de interés general del año. A mí me
alegra que haya sobrevivido, hasta el punto de que el año pasado
se publicara una nueva edición. Cuando me invitan a eventos
académicos me sorprendo viendo cómo algunas personas me
recuerdan historias de ese libro, como la de Araújo -- el
futbolista torpe -- o la del gol que costó un muerto, o la del
mocho que fue proxeneta”.
• ¿Por qué el trabajo con personajes fracasados?
A.S.R.: “Últimamente me han hecho bastante esa pregunta.
De ese modo me han puesto a analizar un aspecto de mi trabajo
que se presentaba de manera inconsciente. Creo que en el fondo
eso responde a una cierta visión pesimista de la vida. Tal vez
mi olfato de cronista detectó que los perdedores son más
auténticos porque no se maquillan ni posan, y por lo general
están desnudos cuando los busco para que me cuenten sus
historias. Sus conflictos ofrecen un filón más atractivo desde
el punto de vista humano y sicológico. Es posible que en mi
gesto haya una motivación justiciera, ya que la prensa
colombiana tradicionalmente se ha ocupado de los vencedores, de
los que sonríen a toda hora y tienen siempre a la mano una
receta para alcanzar la salud perfecta y la felicidad eterna”.
• Exprese con pocas palabras su opinión frente a:
• Germán Castro Caycedo:
A.S.R.: “Rigor investigativo. Perseverancia”.
• Juan Gossain:
A.S.R.: “Toda la gracia del caribe. Un cronista que me
inspira”.
• Un libro:
A.S.R.: “El enterrador”, de Thomas Lynch.
• Un CD:
A.S.R.: “Cantadora”, de Totó la Momposina”.
• Una página:
A.S.R.: “Un texto breve de Osvaldo Soriano en el que
recuerda un gol del nene Sanfilippo. Es un relato emotivo y
hermosísimo”.
• Estudiantes:
A.S.R.: “El futuro”.
• Una mujer:
A.S.R.: “Mi madre”.
• Un propósito:
A.S.R.: “Seguir contando historias”.
• Qué odia:
A.S.R.:“Las habas, el chontaduro, el lulo y, sobre todo,
el tomate de árbol. Odio el golf, tener que afeitarme un
domingo, que me brinden aguardiente, la gritería de William
Vinasco, la verborrea cantinflesca de Carlos Antonio Vélez y a
todo el que secuestra o atenta contra la población civil”.
• Un amor:
A.S.R.: “Me reservo esa respuesta”.
• Paz:
A.S.R.: “Lo que venimos clamando los colombianos desde hace
muchos años”.
• Un sueño:
A.S.R.: “Llegar a viejo”.
• Lugar amado:
A.S.R.: “Arenal, el pueblo de mi infancia”.
• Dónde quiere morir:
A.S.R.: “En la cama de Halle Berry”.
• Algo que nunca quisiera decir:
A.S.R.: “Jamás usaría palabras como ‘sempiterno’,
‘constipado’ y ‘luctuoso’”.
• Algo que nunca quisiera hacer:
A.S.R.: “Ser el amanuense de algún político”.
• Una pasión:
A.S.R.: “El béisbol y el boxeo”.
El ORO Y LA OSCURIDAD ( su último libro)
• ¿Qué cambia en cuanto a su estilo de escritura con esta
obra?
A.S.R.: “Ahora tengo más madurez”.
• ¿Qué le sorprendió durante el proceso de preparación del
libro?
A.S.R.:“Escribiendo este libro hice un descubrimiento que
me sorprendió mucho. Y es que me encantan los temas y personajes
que me permiten narrarme a mí mismo en la medida en que los
narro a ellos. Yo creo que en el fondo todos los cronistas
buscamos historias a través de las cuales podamos contar también
lo que somos y soñamos. Cuando a Flaubert le preguntaron quién
era Madame Bovary, él dijo aquella frase memorable: “Madame
Bovary cest moi”. A riesgo de sonar pretencioso, podría decirte,
parodiando a Flaubert, que “Pambelé soy yo”. Lo soy en el
sentido de que cuando conté su historia, desentrañé algunas
claves de mi propia vida. Obviamente, el libro va más allá de
mis nostalgias: es el retrato de un hombre emblemático, de su
entorno y de la época que le tocó en suerte”.
• Para los jóvenes de hoy Pambelé es un desconocido ¿Por qué
cree que esta historia pueda interesar a las nuevas
generaciones?
A.S.R.: “Porque es universal. El drama de Pambelé es
igual al de muchas otras personas. Va más allá de una época y un
espacio determinados”.
• ¿Hay elementos de ficción en la crónica de Pambelé?
A.S.R.: “El único aporte de la ficción, como ya te dije,
es un cierto recurso técnico para hacer más eficiente la
narración. La información que transmito es absolutamente cierta,
producto de más de dos años de investigación. Sería ridículo que
después de tanto tiempo cazando datos y confrontando muchas
voces, tuviera que inventar mentiras”.
• ¿Cómo manejar el sensacionalismo en una historia cargada de
este elemento?
A.S.R.: “La vida de Pambelé tiene elementos dramáticos
que fácilmente pueden conducir hacia el sensacionalismo. Pero el
morbo no me interesa en absoluto. He querido contar su historia
con altura. La clave para sortear el riesgo de ser amarillista,
es ponerme siempre en el lugar del personaje. No hay un solo
renglón de este libro en el que haya olvidado esta elemental
norma de respeto”.
• Tengo la impresión que su libro abarca a todo Pambelé. ¿Le
faltó decir algo?
A.S.R.:“Más que una biografía, se trata de un perfil. No
me interesaba tanto ser totalizador como mostrar los rasgos más
representativos de la personalidad de Pambelé”.
• Defina en pocas palabras quién es Pambelé
A.S.R.: “Me gusta esta definición de Juan Gossain:
‘Pambelé fue el coloso que le puso dinamita a su propia
estatua’”.
• Después de Pambelé, ¿qué sigue?
A.S.R.: “Más periodismo narrativo. Pero no me gusta
referirme públicamente a lo que estoy escribiendo”.
|
Lea las opiniones a este
artículo >>
|
su opinión sobre este
artículo |
|
|
|