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Don Quijote y yo
Por: Blanca Inés Gómez.
Profesora de Literatura Hispo americana.
Escuela de Comunicación Social y Periodismo

Componer el Quijote a principios del siglo veinte es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, basta mencionar uno sólo; el mismo Quijote.
                                                                                 Jorge Luís Borges

Para quienes hemos pasado la vida entre los libros la biblioteca es parte de la autobiografía. Todos recordamos esa infancia, ya tan lejana, cuando comenzamos a soñar con la magia de las palabras. Los cuentos de Callejas, el Tesoro de la Juventud y La alegría de leer, marcaron una generación que se embelezaba cambiando comics donde el zapatero quien imperdonablemente los exhibía colgados en un alambre mientras renovaba tapas y claveteaba suelas.

A esos recuerdos que para mi transcurrieron en la que ahora llamo la casa de la carrera 16, en el barrio de la Magdalena, yo tendría que agregar lo que por entonces constituía la vida cotidiana familiar. Recién venida de lo que por entonces llamábamos con orgullo el Quindío y que hoy se ha dado en llamar el eje cafetero, mi familia tenia como personaje central a mi abuela. Una matrona nacida en las montañas antioqueñas que sabía hacer de la lectura el deleite de grandes y chicos. Fueron inolvidables para nosotros Por un piojo y pilatillo, Penas arriba y sobretodo Maria que suscitaba por aquel entonces emociones tan grandes y lacrimosas que su lectura obligaba a mis primas mayores a usar sábanas para secarse las lágrimas pues un pañuelo resultaba poco.

Fue entonces cuando comencé por primera vez a oír hablar de molinos de viento y de magos encantadores. Formada al calor de la lectura del Papel Periódico Ilustrado, doña Genoveva, que así se llamaba mi abuela, recitaba continuamente los poemas de Núñez de Arce, Campoamor y Bécquer, dentro de la traición española; Rubén Darío, José Santos Chocano y Juana de Ibarború, quizás los poetas hispanoamericanos más leídos por aquel entonces, y Gregorio Gutiérrez Gonzalez, José Asunción Silva y tantos otros de la tradición colombiana. De tanto repetirse los libros comenzaron a tener un lenguaje cifrado y todo suceso familiar tenia su correspondencia con algún libro leído en esas amenas tertulias cobijadas en ocasiones por la luz de la lámpara Coleman de las haciendas cafeteras.

Tomás Carrasquilla y Don Quijote eran el acerbo de la sabiduría familiar, sus refranes y consejas estaban tan a la mano como la ortografía de Marroquín y la Urbanidad de Carreño, para guiar sin titubeos el comportamiento cotidiano. “No masticar a dos carrillos” como aconseja don Quijote a Sancho en las Bodas de Camacho, o andar siempre precavido, “dineros tuyos o ajenos procura nunca te falten”.

Con estos antecedentes es de esperarse que las clases de mi maestra doña Lucía Cock de Bernal Jiménez, donde conocí La Celestina, El combate de don Carnaval y doña Cuaresma, la Aventura de la Cueva de Montesinos, la Historia de Cardenio, la de la princesa encantada y la sabrosa e inolvidable carta enviada por don Quijote a Dulcinea en boca de Sancho, me convencieron de que mi verdadera vocación no era la de ser una alta ejecutiva y deje de aspirar a la falda estrecha y los tacones futuro previsible para las niñas de mi generación.

Fue por entonces cuando conocí la aridez de meseta castellana y el embrujo de sus pueblos apresados para siempre en su propia historia. Escenario cervantino que regresaría una y otra vez a mi memoria, evocado por Azorín y Machado. Argamasilla de Alba y sus académicos de la lengua empeñados en hacer de su pueblo la patria chica del Ingenioso Hidalgo, pues como pueblo itinerante al ser fundado varias veces, honraría su memoria. Tiempo detenido a perpetuidad donde las nubes de ayer se repiten incansablemente en las de hoy, en tanto que el reloj de la pequeña iglesia de Soria marca impasible la una de la tarde.

La Complutense fundada en Alcalá de Henares 9 años después del nacimiento de Cervantes renovó mi pasión por el Quijote. Carlos Bousoño, Manuel Alvar y Zamora Vicente, mis profesores de aquel entonces, descubrieron para mí ese territorio maravilloso de la literatura española.

El Quijote fue tema recurrente en mis lecturas. De él pasé al Amadís de Gaula y a los libros de caballería. En él aprendí los secretos de ser caballero a lo divino. Martín de Riquer y Américo Castro me condujeron a su tiempo y a su mundo. En Las palabras y las cosas aprendí que don Quijote es un largo grafismo y el rey de las analogías y como tal valoré su locura lúcida que lo entronca con Erasmo.

Carlos Fuentes en Cervantes o la crítica de la lectura, me enseñó que Cervantes y Colón se embarcaron en la Nave de los Locos para descubrir, éste, el Nuevo Mundo y aquél, la Novela moderna.

En Terra Nostra, asistí al prodigio de la creación propuesta por Pierre Menard, la de la lectura de los anacronismos y de las falsas atribuciones. El cronista, Cervantes, el narrador de la alucinante novela de Fuentes, vuelve a dar vida al Quijote para contar esa otra historia no escrita, la de América en el encuentro de los dos mundos.

Y así contando cincuenta cuentos sin cuenta, porque cincuenta cuentos son cuenta sin cuenta, como quisiera Fuentes, he pasado mi vida, para comprobar que es imposible regresar al ayer de mi lectura del Quijote, porque entre el y yo han pasado muchas cosas.

 

 

 



 


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