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Una ciudad llena de curas
Por: Miguel Mejía Vallejo
Comunicación Social y Periodismo

No se asuste, es verdad, me pasó a mí días atrás y de vez en cuando confirmo que es cierto. Me sucede frecuentemente cuando voy camino a la universidad y empiezo a ver a la gente que camina a mi alrededor. Todos son igualiticos, todos se comportan de la misma manera, como si el hábito fuese del mismo color para cada bogotano, todos, absolutamente todos hacen lo mismo.

Me di cuenta que Bogotá es una ciudad llena de curas y que el dicho que nos representa, pareciera ser el de: “El cura predica, pero no aplica”, pues todos en alguna ocasión hemos criticado pero a la vez (lo que no nos damos cuenta), están detrás de nosotros respirando aires bulliciosos. Sí, los curas les encanta criticar, les gusta juzgar, y sobre todo se creen santos porque “no hacen lo que los otros hacen” (indebidamente). Me refiero a esos curas que caminan en la calle, no los de la Iglesia. ¿Cuáles son esos nobles personajes? Hay de todo tipo, veamos:

Cierta ocasión en un taxi, cuando se sube a tomar la séptima con 77, en aquella calle empinada donde alguna vez (quizás por afán) se nos apaga el carro, estaba el señor cura (el taxista) pitándole a una pobre señora que se le había quedado el carro colgado. El ruido interminable afectaba tanto mis oídos, como mi imagen frente a la desconocida; me dio pena ajena y con gestos le decía que me perdonara, que el taxista era así, que yo no tenía velas en ese entierro. Pobre mujer, creo que sacó el pase en un tamal, bueno, eso según lo que me comenta el taxista.

Sin embargo, vea usted como son las cosas del destino. En la misma 77, subiendo esta vez para la quinta, había un trancón (de esos que jamás cree uno que van a suceder allí) y al pobre conductor le tocó (obvio, y a mí también), aguantar allí por mucho tiempo, cuando el taxista intentó acelerar para coger el impulso, no tuvo otra que se le apagara el carro mientras atrás todos se les pegaba la mano en el pito. ¿Si ve? Hasta los taxistas en Bogotá, son curas.

Por otro lado, y me perdonará si usted se siente identificado, están aquellos curas que creen que tienen la razón cuando dicen: “no, yo jamás haría eso”, “ese es mucho innnndiooo". Pues póngase la pluma en la cabeza y saque su arco y sus flechas, porque seguro que usted hará el indio (si no lo ha hecho alguna vez). ¿Alguna vez ha visto que alguien cercano suyo le critica por algún pequeño detalle indebido y cuando aquella persona menos se da cuenta también comete casi siempre el mismo error? Pues a mí sí, y me ha sucedido varias veces. Hasta que no nos toca, no sabemos a que nos atenemos.

Piense ahora en esta situación: hay una fila gigantesca, UD. lleva varias horas haciendo la fila para cualquier cosa. Ahora bien, un desconocido llega adelante y se mete en la fila sin ningún problema. ¿Qué hacer? ¿Criticaría o se quedaría callado?, seguramente se queda con el “¿por qué hizo eso?” y puede aceptar que le da tanta rabia y por tal jura que no lo haría jamás. Pero si la situación se torna hacia que UD. es el que se mete en la fila, y que muchos otros están allí desde las horas de la mañana ¿Qué haría en esa situación? Puede ser que no le importen los demás, probablemente está “bien hecho” porque la excusa es una que le da motivos para que haga eso. Entonces, ¿por qué tiene que ser el único que tiene excusa para hacer eso?, ¿acaso el otro no? No estoy diciendo ahora que busquemos pretextos para hacer cosas indebidas so pretexto de meternos en una fila, sólo piense que en este mundo UD. no vive solo. Ya hemos visto que los curas también son “indios”.

Pero el cura preciso, para que se dé cuenta de que hablo es aquel que un día retrocedió varias cuadras y el policía lo agarró haciendo algo prohibido, y para evitar unos pesitos (los de la multa) el cura piloto metió $20.000 pesos en sus papeles. ¿Qué hizo el policía?… pues no se dejó sobornar y al avispado conductor le tocó pagar una cuenta grandísima (hablamos de millones de pesos). El juró que jamás sobornaría a un juez (quizás), o pensará que aquellos que lo hacen son unos miserables (porque no puedo escribir aquí la palabra que se acomoda a la situación)

Pero no puedo negar que yo también juzgo mal y que predico pero no aplico, sin embargo, es un buen comienzo caer en cuenta en el error que estamos inmersos y que tratemos de encontrar una solución que seguramente no la tengo yo. Pensemos que alguna vez hemos predicado tantas parábolas, pero a la hora del juicio, seremos juzgados por lo que hemos hecho. Por eso primero, antes de predicar, pare y piense que ud. no es Dios, que es humano y que también se equivoca.

Ahora bien, si esta ciudad está llena de curas, seguramente yo seré un obispo.


 


 
 
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