
Rubem Fonseca y la
ciudad: brutal
por: Carlos Sánchez Lozano
Director del Departamento de Gramática
Con el sentido visionario y total que siempre lo caracterizó, el historiador
argentino José Luis Romero, en el esencial tratado histórico Latinoamérica: las
ciudades y las ideas (1976) definió el surgimiento de las ciudades masificadas de
nuestro continente como "una bola de nieve de consecuencias amargas".
Se refería al conjunto de rápidas transformaciones -todas ellas contradictorias,
traumáticas y demoledoras del mundo tradicional- que se presentaron en los años 50 y
60 en gran parte de las ciudades latinoamericanas, especialmente en megaurbes como Rio
de Janeiro o México, las cuales darían origen a lo que llamó "sociedades escindidas".
Un documento esencial para comprender estas ciudades lo constituyen, sin duda alguna,
los libros del brasilero Rubem Fonseca.
Pero se equivoca el lector si cree encontrar en este universo una radiografía de la
vida urbana similar a la de Joyce o a la de Dos Passos. Aquí se va más allá, pues se
ingresa a la cloaca de la vida citadina, que en términos más formales, los sociólogos
y criminalistas llaman "violencia urbana".
Aquí la anomia lo abarca todo: en una sola calle, en diferentes apartamentos,
sucedáneamente, un niño ve a Cantinflas en televisión, dos homosexuales fornican
frente a una película pornográfica, una mujer vende marihuana en paquetes de Marlboro,
un esposo golpea e insulta a su mujer acusándola de infiel, un hombre soborna por
teléfono a un funcionario público, un anciano escucha por radio a un presidente de la
república que reclama su inocencia. Se vive pues, entre la sensación de histeria
colectiva y autodefensa paranoica: no dejar salir los niños solos a la calle, no dejar
la puerta con una sola chapa, no olvidar colocar la alarma al carro, no hablar con
ningún extraño.
Brusca, ruda, directa, de un humor ácido, la prosa de Fonseca devela el entramado de
la ciudad secreta que va más alla de las discusiones institucionales o policiacas
sobre crimen callejero y endurecimiento de las penas, pero que no discute las causas
sociales del delito.
En el conjunto de la obra de este autor carioca, se halla una crítica materialista de
la vida en las grandes ciudades, escindidas de forma clasista entre barrios de lujosas
casas con piscina, jacuzzi y televisión por cable y, por otro, el de sórdidas
barriadas donde la pelea es por un turno para lavar ropa en una alberca pública,
lograr un cupo para un niño en una escuela o el dominio pandillesco de determinada
calle.
En este desventurado encuentro de destinos la ley es aplastar al otro: los ricos
quieren más poder y los pobres matar, robar o timar para no morir de hambre. De manera
kafkiana se cierra el grotesco ciclo social. Todo bajo la justificación de sobrevivir
en este Moloch, como lo dice escatológicamente Nariz de Hierro, un hampón reaccionario
protagonista de uno de sus libros: "Me han escupido, meado y cagado. O me moría, o me
convertía en esa maravilla que soy".
Rubem Fonseca nació en Juiz de Fora, estado de Mina Gerais, en 1925, pero desde muy
niño ha vivido en Rio de Janeiro, la ciudad amada de Machado de Assis, y quizá una de
las metrópolis más violentas del mundo junto a Medellín y Los Angeles. Periodista,
abogado y profesor, su vocación literaria se vio premiada tardíamente en 1963 con Los
prisioneros y se ha acrecentado, entre otros, con el brutal volumen de cuentos El
cobrador (1979) y la novela negra (magnífica) El gran arte (1983). En 2002 recibió el
prestigioso Premio Juan Rulfo en México y es candidato a recibir el Nobel de
Literatura.
Crónica de sucesos
1
El Inspector Miro trajo a la mujer a mi presencia.
Fue el marido, dijo Miro despreocupadamente. En aquella comisaría de barrio eran
constantes los casos de pelea matrimonial. La mujer tenía dos dientes rotos, sangraba
por los labios, el rostro tumefacto. Lesiones en los brazos y en el cuello.
¿Fue su marido quien la puso así?, pregunté.
Pero no lo hizo con mala intención, señor policía, no quiero presentar denuncia.
Entonces ¿por qué ha venido aquí?
Bueno, entonces estaba rabiosa, pero ahora se me ha pasado ya, ¿Puedo irme?
No.
Miro suspiró.
Deja que se largue, dijo entre dientes.
Usted, señora, ha sufrido lesiones corporales, y este es un delito que se persigue de
oficio, presente o no presente denuncia. Voy a pedir que le hagan un examen detenido,
dije.
Ubiratan es un poco nervioso, pero no es malo, dijo la mujer. Por favor, no le hagan
nada.
Vivían cerca. Decidí hablar con Ubiratan. Una vez, estando en Madureira, logré
convencer a un. sujeto para que no volviera a pegar a su mujer, y cuando trabajaba en
la comisaría de Jacarepaguá, logré persuadir también a otros dos tipos de la
conveniencia de tratar decentemente a la mujer.
Abrió la puerta un hombre alto y musculoso. Iba en pantalón corto, sin camisa. En un
rincón de la sala había una barra de acero con pesadas anillas y dos pesas pintadas de
rojo. Debía estar entrenándose cuando llegué. Sus músculos se notaban hinchados y
cubiertos por una gruesa capa de sudor. Exhalaba la fuerza espiritual y el orgullo que
la buena salud y un cuerpo lleno de músculos proporcionan a ciertos hombres.
Soy policía, le dije.
¡Vaya! ¡Conque esa idiota ha Ido a denunciarme! ¿eh?, rezongó Ubiratan. Abrió la
nevera, sacó una lata de cerveza, la destapó y empezó a beber. Vaya y dígale que o
vuelve pronto a casa, o le voy a medir las costillas.
Tengo la impresión de que usted aún no se ha dado cuenta de qué es lo que realmente he
venido a hacer aquí. He venido a invitarle a que me acompañe a la comisaría. Tiene que
prestar declaración.
Ubiratan tiró la lata vacía por la ventana, cogió la barra de acero y la levantó sobre
su cabeza diez veces respirando ruidosamente con la boca, como si fuera una máquina de
tren.
¿Cree usted que a mi me dan miedo los policías?, preguntó mientras se miraba con
admiración y cariño los músculos del pecho y de los brazos. No se trata de que tenga o
no tenga miedo. Usted tiene que ir allí a declarar.
Ubiratan me agarró de un brazo y me sacudió.
¡Largo de aquí! ¿Me oyes, huevón de mierda? ¡Largo de aquí, que empiezo a cansarme!
Saqué el revólver de la funda. Puedo detenerlo por desacato, pero no lo voy a hacer.
No complique las cosas, venga conmigo a la comisaría. Dentro de media hora estará
libre, dije con toda calma y delicadeza.
Ubiratan se echó a reír. ¿Cuánto mides, enanito? Un metro setenta. Venga, vamos ya. Te
voy a quitar esa mierda de la mano y me haré pipí en el cañón, enanito. Ubiratan
contrajo todos los músculos del cuerno, como un animal en actitud de pelea intentando
asustar al otro. Tendió el brazo, con la mano abierta para coger mi revólver. Le
disparé al muslo. Me miró atónito.
¿Ha visto lo que ha hecho con mi sartorio?
¿Eh? ¿Lo ha visto?, gritó Ubiratan mostrándome el muslo. Está usted loco. ¡Mi
sartorio!
Lo siento mucho, dije, y ahora vámonos o le pego otro tiro en la otra pierna.
¿Y adónde me vas a llevar, enanito? Primero, al hospital. Luego, a la comisaría.
Esto no va a quedar así, enanito. Tengo amigos Influyentes.
Le corría la sangre por la pierna, goteaba en el suelo del automóvil.
¡Desgraciado! ¡Mire lo que ha hecho con mi sartorio! Su voz era más estridente que la
sirena que nos abría camino por las calles.
2
Una cálida mañana de diciembre, calle de Sao Clemente. Un autobús atropelló a un niño
de diez años. Las ruedas le aplastaron la cabeza dejando un rastro, de masa
encefálica, de algunos metros. Al lado del cuerpo, una bicicleta nueva, sin un
arañazo.
Un guardia de tráfico detuvo al conductor. Dos testigos dijeron que el autobús Iba a
gran velocidad. El lugar del accidente fue cuidadosamente aislado y se desvió el
tráfico. Una vieja mal vestida, con una vela encendida en la mano, quería atravesar el
cordón de aislamiento, “para salvar el alma de ese angelito”. Se lo impidieron. Se
quedó contemplando el cuerpo de lejos, junto con otros espectadores. Aislado, en medio
de la calle, el cadáver parecía aún más pequeño.
Menos mal que hoy es fiesta. ¿Te imaginas si ocurre esto en un día de trabajo?, dijo
un guardia de los que desviaban el tráfico. Una mujer irrumpió a gritos y levantó el
cuerpo del suelo. Le ordené que lo dejara. La agarré del brazo y se lo retorcí, pero
ella no parecía sentir dolor. Gemía ahogada, sin ceder. Luchamos con ella los otros
guardias y yo, hasta conseguir arrancarle el muerto de los brazos y volver a colocarlo
en el suelo, donde debía permanecer hasta la llegada de medicina legal. Unos guardias
arrastraron lejos a la mujer.
Esos conductores de autobús son todos unos asesinos, dijo el perito, se la va a
cargar, se la va a cargar. El caso es clarísimo.
Fui hasta el coche patrulla y me senté en el asiento de delante. Estuve allí un
momento. Llevaba la chaqueta sucia de los despojos del muerto.
Intenté limpiarme con las manos.
Llamé a un guardia y le dije que trajera al detenido.
Camino de la comisaría lo miré con detenimiento. Era un hombre flaco, de unos sesenta
años, y parecía cansado, enfermo y con miedo. Un miedo, una enfermedad y un cansancio
antiguos, que no eran sólo de aquel día.
3
Llegué a la casa de la calle de la Cancela y el guardia que estaba en la puerta dijo,
primer piso. Está en el baño.
Subí. En la sala, una mujer de ojos enrojecidos me miró en silencio. A su lado, un
chiquillo flaco, medio encogido, con la boca abierta, respirando con dificultad.
¿El baño? Me indicó un corredor oscuro. La casa olía a moho, como si las tuberías de
agua sucia vertieran en el interior de las paredes. De algún sitio llegaba un olor a
cebolla y ajo fritos.
La puerta del baño estaba entreabierta. El hombre estaba allí Volví a la sala. Ya
había hecho todas preguntas a la mujer cuando llegó Azevedo, el forense.
En el baño, dije.
Empezaba a anochecer. Encendí la luz dé la sala. Azevedo me pidió ayuda. Fuimos al
cuarto de baño.
Levanta el cuerpo, dijo. Tengo que soltar el nudo.
Sujeté al muerto por el vientre. De su boca salió un gemido.
Es el aire que había quedado dentro, dijo Azevedo. Es curioso, ¿eh? Reímos sin ganas.
Dejamos el cuerpo en el suelo húmedo. Un hombre flacucho, pequeño, sin afeitar, de
rostro ceniciento. Parecía un muñeco de cera.
No dejó ninguna nota, dije.
Conozco a esta gente, dijo Azevedo, cuando no aguantan más, van y se matan, pero lo
tienen que hacer de prisa; si no, se arrepienten.
Azevedo orinó en el retrete. Luego se lavó las manos y se las secó en los faldones de
la camisa.
En “El cobrador”, Editorial Alfaguara, Barcelona, 2005