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Precio y Existencia
Por: Sergio Peñaranda
Comunicación Social y Periodismo

La verdadera vida está ausente, ya lo anunció Rimbaud. La vida, la nuestra, la de estratos acomodados, la más consumista, está llena de artilugios de comerciantes, vendiéndonos estatus enfrascado en perfumes, tejido en ropas, y cocinado en alimentos “finos”; todo ello con la firma, con la marca, y nuestro valor como billeteras caminantes y ciegas aumenta repentinamente, con esos ardides que no percibimos, somos “aquellos que teniendo ojos no ven” (Saramago). La otra vida, es la que vemos lejana, la más básica y la más natural, que se debate en un mundo hostil de supervivencia, la que tiene hambre, la que tiene frío, esa vida desabrigada que deambula por las calles en los pies de limosneros, en un mundo excluyente. Esas son las vidas presentes, pero la verdadera vida, está ausente.

No es este un canto de protesta que intentará concienciar para intentar cambiar el mundo, para que la brecha de la desigualdad sea más estrecha; no es un escrito de esa categoría, ya que aquél tiene alguna esperanza, éste es más realista y más pesimista. Ya mucho se ha escrito para que el hombre cambie su actitud, yo no aspiro a tanto, sólo describiré la realidad, la misma ha convertido escritos de esta categoría en endechas trilladas. Pediré disculpas de antemano de caer en la redundancia de repetir muchas veces estas dos palabras: vida y dinero, fundamentales, y que no deseo cambiar por sinónimos. Daré unos ejemplos de cómo el valor del ser se ha trocado por el precio de la cosa, y cómo esto repercute en una gran desigualdad social.

Los avances científicos parecen pronosticar que en un futuro no muy lejano podremos vivir más años nuestra vida, exentos de enfermedades, lozanos, alegres, en fin, nuestra calidad de vida aumentará, y el Dios-hombre confirmará su poder. El acceso a esos beneficios, de la hoy portentosa ciencia, será dado, como siempre, a los que tienen el poder, quiero decir, el dinero. Mientras tanto, los pobres, o sea, la mayoría del planeta, seguirán con sus precarias existencias. Quizás así hasta lleguen a desaparecer, y podremos decir por fin, que acabamos la pobreza (sarcasmo). Nada más hoy, para poder acceder a los servicios básicos de salud, para ser atendido decentemente, para tener más posibilidades de ser curado, hay que poseer fondos. La eternidad está más cerca de los ricos.

También los avances tecnológicos, que hoy en día son tan alabados por facilitarnos tantas cosas, de una u otra forma, demuestran que somos capaces de crear inimaginables artefactos, pero siempre para una minoría. Creo que era Saramago  sí, el pesimista Nobel  quien decía que este mundo era atroz, ya que era posible mandar cohetes a Marte, pero no acabar con el hambre. Pensamiento totalmente cierto, porque en esta vida falsa que caminamos, con sus cachivaches tan novedosos, que salen cada día con una nueva aplicación que una fuerza invisible nos hace desear comprar, vale más un I-pod que un niño mendigo (perdón la crueldad del ejemplo).

Por eso, en esta vida que vivimos en este mundo, disculparán la redundancia, le hemos dado valor a las personas. Pero no un valor sublime, ni nada cercano a ello, sino todo lo contrario. Cada uno tiene un signo pesos, dólar, libras esterlinas, euros, etc. Todo esto gracias al desarrollo del poder económico, que ondea la bandera del neoliberalismo, que desde siempre ha sido excluyente. Recuerdo como Dostoievski, en esa Rusia decimonónica, explicaba de forma irónica la teoría capitalista en uno de sus personajes,: “Antes de amar a todos, ámate a ti mismo, pues en el mundo todo se basa en el interés personal. Si te amas sólo a ti mismo, atiendes como debes a tus empresas y en vez de partir el caftán en dos para darle la mitad a tu prójimo, el caftán te queda entero (...) Así, pues, acumulando única y exclusivamente para mí, en cierto modo acumulo al mismo tiempo para todos y contribuyo a que mi prójimo obtenga un caftán algo más maltratado que el mío, pero ya no de la generosidad personal e individual, sino como consecuencia de la prosperidad económica”. La falacia de las palabras que pone en boca de Luzhin (Crimen y castigo) Dostoievski es obvia, y no es necesario explicarla. El neoliberalismo sigue igual en el siglo XXI: muy bonito en retórica, pero repugnante en realidad. Desigualdades por aquí y por allá; explotaciones en nombre del dinero; humillaciones, etc.

Por otro lado, ofreciéndoles otro ejemplo, muchas personas se abalanzan a los templos, o a cultos, o a iglesias, o cualquiera de este tipo, en busca de espiritualidad, pero acompañada ésta de lo que no puede faltar: el dinero. “Aquí usted encontrará a Dios, cultivará su espíritu y se preparará para la vida con el todopoderoso. Pero no pretendemos que usted tenga prosperidad en este mundo en el aspecto material”. Si alguna vez un pastor cristiano, me dijeron alguna vez, profiriera tales palabras, lo más seguro es que medio auditorio deserte de la iglesia. Estoy de acuerdo con la afirmación. Las personas de escasos recursos económicos pedirán a Dios por una mejor suerte, y los adinerados rogarán por su mantenimiento, o por más dinero. Quiero decir con esto que el afán de dinero  en parte hace llenar las iglesias; ya ser por hambre, ya sea por codicia. Pero la vida, la tan anhelada vida espiritual de muchos, también está ausente.

Todo esto llevó a que algunos artistas, tan sensibles, llamaran la atención desde hace rato al problema de la desvalorización del hombre, entendido como ser, a la valorización del hombre, entendido como cosa. Citaré un escritor que en el siglo XX fue un voz apocalíptica pero a la vez esperanzadora. Sábato, en su célebre Antes del fin afirma que el dinero era uno de las tres cabezas del gigantesco monstruo (las otras eran el individualismo y la razón). Si no estoy mal también citaba la frase de Rimbaud que da comienzo a este artículo, porque el escritor argentino sabía que el imperio del dinero oculta la verdadera vida.

Después de haber leído eso me dirán, irónicos: “Si hablas tú con tanta propiedad de todo esto, ¿qué es la verdadera vida?”. Y yo te respondo, interrogador imaginario, de la manera más sabia y coherente que puedo: no sé. Quizás sea la vida digna, la que no tiene hambre, la que ama y la solidaria. Quizás, pero sólo quizás. Entonces me dirás que yo también hago parte de todas estas aberraciones e injusticias que he nombrado, que mientras escribo cómodamente en mi computador hay personas que están padeciendo hambre. Y te responderé que sí, que tristemente yo también soy así, como todos, egoístas y culpables de este drama, y del fin que atraemos rápidamente, que viene desde hace tiempo, desde la cumbre más alta de la existencia humana, como una avalancha que crece poco a poco, y que se alimenta de nuestra codicia y nuestro salvajismo. Esa avalancha no se puede detener. Pero aunque sea, cuando haya chocado contra nosotros, y estemos agonizando miserables todos, absolutamente todos, tendré la satisfacción de encarar por unos instantes la utopía de ser iguales, unos a otros.


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