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Bóvedas embrujadas
Por: Katherine González.

Comunicación Social y Periodismo

“Yo he exhumado cuerpos momificados, con carnosidad, gelatinosos o húmedos, uno se acostumbra al olor”

Javier Suarez tiene 50 años, lleva 25 sepultando cuerpos y los últimos seis en el cementerio de Matatigres, lugar donde cada mañana saluda con golpecitos en las lápidas a sus difuntos acompañantes.

Este hombre de 50 años de los cuales 25 se ha dedicado al oficio de sepulturero, mide aproximadamente 1metro. Con 60 centímetros y se caracteriza por ser un hombre sencillo, y risueño. Es padre de dos hijos uno de 23 años y otro de 18, su esposa Clara es contadora y no está de acuerdo con su trabajo, debido a los riesgos de contagio de enfermedades que puede llegar a contraer al exhumar los cuerpos. Afirma que aprendió su labor gracias a un compañero que le propuso tapar lápidas, y desde entonces aprendió a convivir con los muertos que como asegura: “no les tengo tanto miedo como a los vivos”.

Javier trabajó en el cementerio El Apogeo de Bogotá 15 años, hasta que se le acabó el contrato, luego duró cuatro años en el de chapinero central y se retiró por ocho años del oficio, se dedicó a otras cosas hasta que al final se quedó sin empleo y se vio obligado a buscar trabajo nuevamente como sepulturero. De esta manera llegó a trabajar al cementerio de Matatigres donde lleva seis años asegurando que está allí porque, “la necesidad tiene cara de urgencia”.

Es una persona llena de anécdotas y en los 25 años de sepulturero tiene muchas que contar entre ellas recuerda la de un hombre que se movió, se revolcó, y golpeó el ataúd justo en el momento en que él lo colocaba en la bóveda, afirma que casi se cae y fue un susto muy verraco.

“Yo he exhumado cuerpos momificados, con carnosidad, gelatinosos o húmedos”, afirma Javier con voz calmada y una pequeña sonrisa. Él dice que la Secretaria de Salud no deja manipular el cadáver en estas condiciones porque se corre el riesgo de contagiarse de enfermedades, ya que los cuerpos traen muchos microbios. En Matatigres a los adultos se les hace la exhumación a los cuatros años, y a los niños a los dos años y medio.

Suárez comenta que en el momento de la exhumación lo único que se les puede ver son los ojos, el resto del cuerpo debe ir tapado. Como sepulturero se ha acostumbrado a los fétidos olores y toma su trabajo como un oficio normal, aunque al principio dice se impactó con los cuerpos de los niños, y el dolor de sus madres. La mayoría de servicios son en la tarde y dice que lo máximo que ha enterrado son 35 muertos en un día. “Últimamente lo que más recibimos aquí son jóvenes, muchachos adolescentes, y la mayoría son por muertes violentas, por el fútbol por el vicio” asegura.

Este dato contrasta con el estudio llamado “Mapa de la Violencia los Jóvenes de América Latina 2008” divulgado en Brasilia donde señala que la posibilidad de que un joven latinoamericana muera víctima de un homicidio es 30 mayor que para un europeo. Los países líderes en homicidios de jóvenes en América Latina son el Salvador (92.3 por cada 100.000), Colombia (73.4), Venezuela (64,2), Guatemala (55.4) y Brasil (51.6). Esto revela un alto grado de “victimización de la juventud en América Latina” según el estudio.

En su diario vivir
El horario de trabajo es de 7 am a las 4 pm. Javier dice que termina rendido, pero le gusta hacer servicios dominicales (un domingo cada 15 días) porque recibe buenas propinas. Comenta que veces imagina la hora de su muerte, pensamiento colectivo que comparte con los ocho operarios (sepultureros) y el señor que se encarga de hacer las lápidas, al punto que le han perdido el temor a morir. Esto es tan común en sus vidas que ni los atormenta. “Ellos, (los muertos) como que lo atraen y no solo a mí a cualquier compañero que realiza esto le pasa y siente lo mismo, como una atracción hacia ellos, como que le dicen a uno porqué me va a dejar o qué va hacer”, afirma.

Algo que los pone susceptible a los sepultureros como Javier son los NN los cuales son colocados en los pabellones más escondidos, y “nunca aparece nadie que les ponga tan solo una vela, ellos (los muertos) se acostumbran a nosotros y nosotros nos acostumbramos a ellos”, afirma Arturo compañero de Suarez. Guillermo otro sepulturero dice “aquí somos ocho y nunca hemos visto nada raro de todas esas historias que se escuchan de los cementerios, el susto se lo da uno mismo o sea la psicosis es de uno mismo”.

Bóvedas embrujadas


No solo cadáveres, flores, y lápidas se encuentran en las bóvedas sino un conjunto de cartas, muñecos de plástico, y hasta papeles de la lotería, los cuales son colocados entre las criptas que están abiertas o desocupadas. “Aquí a diario la gente viene con muñecos, ropa interior, fotos con alfileres, de todo, para hacerle brujería a los demás. Lo que hacemos nosotros es que cuando estamos limpiando las tumbas que quedan abiertas y encontramos este tipo de cosas las llevamos a cremación porque nosotros sabemos que todo eso es maldad”, afirma Javier. Este es un trabajo que se hace a diario debido a que las personas aprovechan el descuido de los celadores, y sepultureros para colocar toda esta clase de objetos.

“Aquí viene mucha gente satánica vestidos de negro ellos son los que más maldad hacen, cuando nosotros los vemos no les decimos nada porque muchas veces ellos son violentos”, dice Guillermo. Así los sepultureros esperan que estas personas salgan del cementerio para luego sacar y quemar lo que dejan allí dentro. “En la entrada, los celadores preguntan para donde se dirigen y si les dicen que a visitar a un familiar los dejan pasar, pero ya uno sabe y los reconoce que viene a hacer maldad”, dice Javier.

Enigmas del cementerio
“Aquí hay mucha cosa por conocer que la gente no sabe, y nosotros debemos ser muy precavidos en esas cosas, uno debe ser prudente aquí solo podemos contar lo más general o cotidiano que vivimos todo los días ya el resto queda como reserva del sumario”, dice otro de los sepultureros, el cual no revela su nombre por seguridad. Así insinúa el tráfico de cuerpos de los NN (cerca de doce diarios, que llevan 20 días en la morgue sin identificar y reclamar) los cuales los venden a terceros o colocan de a dos en un solo ataúd, ataúdes que son donados por los familiares de quienes los incineran. O en casos les hacen ataúdes de madera de guacales de fruta.
Después de entrevistar a Javier quien al lado de algunos de sus compañeros me confesó parte de su vida y de sus vivencias en 25 años como sepulturero, se alejó con pasos lentos y su overol azul rumbo al cuarto de exhumación a cambiarse, tomar un tinto y fumarse un cigarrillo. Luego estar listo para pasar revista a los pabellones (bloques de tumbas) y darle unos golpecitos a las bóvedas, pero en especial a lapida de su mamá, que murió hace 16 años.
 


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