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Circo Romano en Colombia
Por: Javier Nicolás Gonzalez Camargo
Escuela de Filosofía

Piedra sobre piedra, y en pocos meses, un circo romano (¿o dos?) ha sido erigido sobre territorio colombiano. Los dueños del circo, estoicos patricios que tranquilos y sin remordimientos ni simpatías reconocen su propiedad en la cómoda frivolidad que sólo la fortuna puede permitir.

Los gladiadores, como desde los tiempos del panteón, exponen sus desgracias al deleite de los espectadores. Es bueno profundizar un poco más en los gladiadores, ya que no se puede negar que no son esclavos ni condenados. No lo son porque la ley lo prohíbe, así que esas modalidades de gladiadores quedan por fuera. Son sólo del tipo, ya existente en romanos tiempos, de aquellos hombres libres y honrados que por desgracia e infortunio propios, arrastrados por la necesidad, han optado por hacerse a las armas propias del oficio y salir a la arena a jugar su suerte.

El público. Podemos imaginarnos al público si alguna vez nos imaginamos cómo sería el del Circo de la gloriosa Roma. Sonriente, hilarante ante la sangre, guiñando y frunciendo con placer al ver la desgracia en la arena, al escuchar el chasquido de la piel sanguinolenta contra el rudo metal. Nuestros espectadores contemporáneos son semejantes. Se apean lo mejor que pueden ya no en su loza de mármol sino en su sofisticado puesto acolchonado y forrado, alguna vez con cojines; sonríen igualmente ante desgracias semejantes y disfrutan, y atentos olvidan los propios problemas y los problemas sociales para ver, con bárbaro sadismo, cómo se matan por sobrevivir en la arena de tan desgraciado espectáculo.

No conozco a ciencia cierta la locación del circo tal, pero puedo deducir con gran seguridad que se encuentra en Bogotá. Igual el lugar no importa, porque fácil resulta para todo colombiano interesado, e incluso extranjero, acceder al cruel juego. Si aún nos preguntamos el motivo del circo tal, la respuesta es obvia: dinero. Si nos preguntamos por qué es permitida tal cosa, además de que muchas cosas en efecto suceden aunque no lo reconozcamos, ésta tiene el valor agregado de que, oficial y formalmente, no atenta contra la ley.

Las protestas en contra apenas si se han escuchado, como siempre, de moralistas aburridos y demasiado laboriosos y preocupados por las cosas ajenas, es decir, señoras beatas, miembros de las instituciones religiosas, profesores de humanidades y uno que otro izquierdoso dudosamente “farco” que encuentra, una vez más, un pretexto válido para atacar a la burguesía en su indolencia. El resto de la gente, muchos de los espectadores del circo (algunos de los cuales conozco o distingo) se limitan a afirmar “la vida es cruel” o peor estarían los gladiadores sin el circo, no tendrían “oportunidad”. Porque, salvo los moralistas ya mencionados, la gente normal se preocupa por sus propios asuntos y es conciente de que si el Estado poco puede hacer contra los ilegales, menos harán ellos contra los legales.

Creo que es hora responder a la pregunta que se hará el lector ¿por qué no me había enterado de la existencia de tal cosa?, pues bien querido lector, creo que tengo el infortunado encargo de develarle el hecho de que muy seguramente USTED ha sido espectador de ello, y que si no se ha dado cuenta es sólo por el maquillaje, el set y la sensiblería que han camuflado hábilmente el contenido real de los programas de televisión a los que me refiero, que en franja familiar uno en un canal y otro en otro, juegan realmente (haciendo honor a su nombre) con las desgracias de la gente, disfrutando en presenciar cómo personas que están al borde de la muerte o la desgracia personal o familiar, exponen su tragedia a cambio de unos cuantos prometidos pesos.

El público de hoy, más interactivo que sus ascendentes, responde a los estímulos que emiten los simpáticos presentadores #NAME? hacen simpáticas bromas en el curso de cada contienda para animar el show y animar al simpático público, porque lo más importante en estos circos es no resultar antipático desvelando la realidad en su rudeza. Espero me perdonen por ser tan antipático.
 


 

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