Regresar a la sección Artículos
Un análisis de la crítica de cine en Colombia
Pájaros y Escopetas
Camilo Palacios Obregón
Universidad Nacional
Este articulo ha sido comentado en:
http://www.lasillaelectrica.com/foroelectrico/index.php?topic=1673.0
“El cine colombiano arrastra una
leyenda negra de desaciertos y fracasos a lo largo de su historia”
Quise partir de esta frase, escuchada en
alguna de mis clases de cine, para denotar algunos elementos
presupuestos que podrían ser fácilmente relegados en cualquier
análisis del cine, pero que son fundamentales para entender mi
objeto de análisis en este escrito: el papel de la crítica en el
cine colombiano.
“El
cine colombiano”
Si bien es cierto que la “patria” o
preferiría decir, el país en el que nacimos o fuimos criados, es un
elemento fundamental en el desarrollo personal del ser humano, a mi
manera de ver las cosas es un elemento de simple casualidad que no
debería implantar en nuestras vidas ese sentimiento de nacionalismo
que nos es inculcado durante toda nuestra crianza en tan múltiples
formas. Soy consciente de que es un prejuicio necesario para la
organización mundial que con el desarrollo de la historia universal
se ha establecido, pero a nivel personal tan sólo reprime las
posibilidades de elección cerrando las puertas a numerosas opciones
a todo nivel que por ejemplo el arte, está en capacidad de ofrecer.
Entrar en el
mundo del arte con una carga que tantas
veces generan los críticos, como la de
representar a una nación, es perder
valiosas oportunidades. Solo la
consecución de los intereses personales
es los que debe llevar a una posible
“crítica” o preferiría llamar análisis,
de las diferentes índoles que competen
el diario vivir.
Hablar del “cine colombiano” es entrar
en generalizaciones que pueden conllevar
a cerrar más la pluralidad de
concepciones que hacen grandioso al
arte. Para Nietzsche lo sublime del arte
está en su capacidad de desarrollar la
voluntad de poder intrínseca del hombre
una vez se ha liberado éste, de todos
los prejuicios que la moral, la ciencia,
la religión, la metafísica y en fin,
todos los ámbitos nos imponen. Estoy
seguro de que Nietzsche incluiría el
nacionalismo en este grupo al igual que
Borges quien, en una actitud bastante
radical, decía que el nacionalismo es
una enfermedad propia de los primates.
Carlos Álvarez en el prólogo a su libro
“Sobre cine colombiano y
latinoamericano” plantea:
“Y debería existir más y mejor
crítica en periódicos, revistas
generales o especializadas. Porque el
cine en un país como Colombia es un
conjunto que debe retroalimentarse en el
proyecto de construir una cultura
auténtica, nacional y que refleje los
valores de nuestra sociedad,
vertiginosamente cambiantes, y no
siempre hacía estadios mas elevados”
Es una opción. Tal vez si se lograra
eso, solo tal vez, la crítica
internacional y el público (nacional al
menos) recibirían mejor al cine
colombiano. Al menos el fin comercial
podría ser alcanzado. Pero es una opción
entre miles. Porque esa que oprime tanto
las posibilidades del arte ?? “Que
refleje los valores de nuestra
sociedad”, y a continuación,
“vertiginosamente cambiantes”. Una
generalización de los valores de nuestra
sociedad como él mismo lo anota, no
produce un resultado muy plausible. No
nos podemos quedar en esos misticismos
que solo nos cierran las puertas a un
avance cultural. Francisco Norden
apunta: “los cines nacionales existen,
no en función de sus elementos
artísticos, sino en función de sus
capacidades de mercadeo”. Un lugar común
de juego, eso es el cine colombiano, no
introduzcamos compromisos temáticos ni
de ningún otro tipo.
“Desaciertos y fracasos”
Se ha dicho muchas veces que la única
ley del arte es que no hay leyes. Cada
individuo puede anhelar los objetivos
que lo hagan sentir mejor y solo a
través de los logros personales de
estos, podrá hacerse una crítica o
análisis de cada obra. Así pues, el
éxito económico, la aceptación de los
medios, la acogida en algún sector o
simplemente la satisfacción personal son
fines tan válidos como cualquier otro
que se pueda pensar. Alguien que haya
logrado dirigir una sola película en su
vida, como suele suceder con tantos
cineastas colombianos a través del siglo
XX, puede sentirse realizado o frustrado
dependiendo de su propia estructura
personal.
Por dar un ejemplo extremo si alguien
logró engañar a sus productores para
conseguir el dinero para una película
haciéndoles creer que iba a ser un éxito
comercial y sólo hizo esa obra de arte
que tan solo él entiende, habrá cumplido
su cometido, bravo por él. Logró sus
propios fines, expresó lo que quiso
expresar, a quien lo quiso expresar, así
los críticos lo destruyan, el público lo
desprecie y sus productores lo asesinen.
Pero bueno, definitivamente este es un
planteamiento extremo, que generaría una
discusión ética mucho más profunda. A lo
que voy es que la crítica en especial es
un controlador totalmente subjetivo
fundamentado en cánones que ni siquiera
se basan en el pensamiento de las
mayorías (que tampoco sería la opción
correcta pero apuntaría mas directamente
al fin mas común del cine que es el
éxito comercial), sino en
predeterminaciones formales leídas de
otros autores con mayor prestigio y
rememoración.
Se debe tener en cuenta, en todo caso
que al hablar de cine, la cosa se
complica aún más al intentar descubrir
en este un arte industrial o un arte
cuyo fin más directo es la explotación
comercial. Una inmensa mayoría de los
realizadores o aspirantes a serlo,
deseamos, me incluyo de una vez, que
nuestras películas sean aclamadas por el
público. Eso es claro. El asunto a
mirar, es que muchos de los críticos
colombianos se han encargado también de
ahuyentar las posibilidades de que se
generen películas cuyo fin fundamental
es el comercial, que por supuesto es un
fin totalmente válido, inclusive en el
arte.
Veamos el caso de Gustavo Nieto Roa,
quién con muy bajos presupuestos y
sirviéndose de ganchos llamativos por
medio de estrellas de televisión y con
fórmulas preestablecidas a la escritura
del guión de reconocida eficacia
taquillera (que no generen mayor
actividad cerebral por parte del
espectador), logró recuperar el capital
invertido y así continuar produciendo
películas durante las décadas del
setenta y del ochenta.
Mauricio Laurens escribiría sobre estas
películas en el periódico El Tiempo
cosas como:
“sigue cayendo en múltiples descuidos
escenográficos, acusando un mal gusto no
pocas veces ofensivo que subvalora
imágenes exentas de composición o sin
colores delimitados”
ó
“Contra viento y marea, nuestra
industria fílmica deberá soportar no
pocos bodrios artísticos para capturar
un público fijo que alimente
determinadas iniciativas”
Debo aclarar que desde mi subjetividad
no disfruto demasiado películas como “El
Taxista Millonario”, que aunque me
llegan a parecer entretenidas por
momentos a causa de algunos elementos
como la actuación del “Gordo” Benjumea o
una que otra situación, no me satisfacen
ni me aportan demasiado. Pero mal haría
yo en despotricar de una película como
esta cuyo grupo de producción logró
exitosamente el fin que se habían
propuesto. La “crítica” debería darle un
10 por lograr sus objetivos. Los
“descuidos escenográficos que acusan un
mal gusto” son sólo notados por una
élite seguidora de esos presupuestos de
los grandes teóricos del cine entre
profesores, estudiantes, realizadores y
cinéfilos intelectualoides. Debo
reiterar que yo me vendría incluyendo en
este grupo y que mi idea no es
recomendar este tipo de cine que Nieto
Roa planteaba, sino que incluir nuestras
subjetividades en la crítica pública
sólo puede disminuir las posibilidades
de una masificación del cine en
Colombia. Algo similar está sucediendo
en la actualidad con las películas de
Dago García como “La Pena Máxima”, “La
esquina” o “Te Busco”. Ojalá este
director no intente “reivindicarse” con
la crítica pues podría suponerse que no
se darían buenos resultados a ningún
nivel (ni en este ni en el comercial)
dado el afianzamiento que ha logrado
Dago con la estrategia lucrativa
utilizada hasta el momento y las
dificultades que conllevaría replantear
su actitud hacia el cine.
El problema de la crítica se fundamenta
en imponer las subjetividades de unos
pocos al gusto de la gran mayoría. Por
ejemplo, el sistema que en la actualidad
se utiliza en un periódico como El
Tiempo de tan alta circulación nacional
de calificar las películas mediante un
sistema de una a cinco estrellas tan
sólo logra alejar al público, al menos
en un porcentaje, de una película que
posiblemente sea del agrado de muchos de
estos espectadores. Recuerdo que a “Te
Busco”, el crítico cinematográfico de
momento del periódico, le puso dos
estrellas, equivalente, según la tabla
adyacente a la tipificación de “floja”.
Una película que, a mi parecer, puede
llegar a ser del gusto de un gran
porcentaje del público, con un
calificativo como este puede haber
ahuyentado a más de uno de las salas en
que se proyectaba este filme.
Como nos señala Hernando Martínez en su
Historia del Cine colombiano, desde los
comienzos del cine nacional se buscaba
ya una delimitación en la funcionalidad
del cine. Allí nos muestra como ya en
1914, Tulio Hermil planteaba que la
misión del cinematógrafo era
esencialmente civilizadora. “Hacer obra
de verdad, obra de belleza, hacer obra
de progreso: he ahí su fin”. Se
descartaba de una vez, por nombrar uno,
el objetivo lúdico del cine. Las
censuras comenzarían con un punto de
vista como este desarrollándose de “lo
civilizador”, a postulados como “lo
nacional”, “lo artístico” o “lo
comprometido”. Siempre intentando
reducir los caminos posibles del cine. Y
no estamos hablando de los obvios
problemas “morales” que en una sociedad
ultra-conservadora como la colombiana de
las primeras décadas del siglo en
Colombia se desataron. Aparte de la
obvia censura a cualquier acercamiento
ligeramente sexual, vemos casos como el
de “El Drama del 15 de Octubre”, la cual
fue tildada de “inmoral” por representar
la muerte y entierro del General Uribe.
Esto le acarrearía grandes
complicaciones con respecto a su
exhibición y abriría el paso para que
los críticos de todas las épocas
plasmaran sus subjetividades siempre en
detrimento del desarrollo del cine.
Con el paso de la historia se planteó en
muchas ocasiones que una de las causas
para que no se hubiera estabilizado la
producción del país durante esta época
teniendo en cuenta que se comenzó a
producir desde principios de siglo, era
la desvinculación del cine con la
realidad del país. El problema de la
identidad siempre presente.
Martínez plantea que lo discutible está
en exigirle al arte la obligación de
tomar sus temas de lo que está
sucediendo en la realidad, de tomar
referencia directa de los
acontecimientos nacionales, tildándolo
de injusto y absurdo al no ser esta la
función del arte. El problema básico
para que no se generara una industria,
plantea este autor, es que hasta 1926
faltó una reflexión de la crítica, sobre
el cine como lenguaje y sobre la
relación del cine con el público que no
tuviera un enfoque moral, ya fuera por
la ingenuidad de literatos convertidos
en comentaristas o por la competencia
entre compañías productoras y
exhibidores cuyas revistas elogiaban las
películas de su conveniencia y
desprestigiaban las de sus competidores.
Otra perspectiva de la subjetividad
suprema de los jueces de la
cinematografía que tan sólo propugnan
los filmes auto-gratificantes, ya sea
intelectual o económicamente.
Con las películas de los 40´s el tono
moralista disminuyó un poco y la
importancia del éxito comercial se hizo
evidente en los comentarios de la
crítica. Fue Camilo Correa quién
vislumbró la mejicanización de
nuestro cine como un elemento negativo
al no tomarse como ejemplo para copiar
sino como un ideal frustradamente
llevado a cabo, entre otras por las
deficiencias técnicas notorias inclusive
para el espectador común.
Copiar modelos tampoco es una opción
incorrecta, es totalmente válido sobre
todo cuando el fin necesario claro es el
éxito financiero para la preservación de
la industria. Es un ejemplo de objetivos
personales frustrados el que acontece en
esta época, un caso cuyo análisis sí
debería ser un objeto de estudio por
parte de los críticos de todas las
épocas. En todo caso un crítico
destructor como Camilo Correa pudo haber
plasmado una actitud menos comparativa y
más pro-activa sobre la forma en como se
estaban desenvolviendo las cosas a nivel
comercial, fin primordial de las casas
productoras del momento como la Ducrane
y Colombia Films. Su influencia sobre el
público debió ser enorme desde su
columna crítica en la que desbarataba
por completo los esforzados filmes
colombianos.
Otro ejemplo de cómo las películas
pueden ser subjetivizadas la vemos en
“Pasado el meridiano” de José María
Arzuaga, rodada en 1965 y que sólo hasta
los setentas pudo ser divulgada por
censuras irrisorias. Una película que de
por sí da para múltiples visualizaciones
y que ha sido discutida por numerosos
críticos desde sus diferentes
perspectivas. Al respecto Hernando
Martínez hace una fuerte crítica en su
libro:
“Lo que parecía un análisis del
hombre ubicado socialmente se convierte
en una lección de moral contra el
burgués que trata mal a los pobres…….Era
necesario tomarse el trabajo de analizar
el caos de “Pasado el meridiano” para
comprobar cómo una película no es
“crítica” por el solo hecho de que
aparezcan burgueses haciendo publicidad
y organizando orgías o engañando
pobres.”
Cuando la ví por primera vez no creí que
ese era el fin de la película, aunque
posiblemente fuera una de sus búsquedas.
A mi me pareció una película agradable
sobre un personaje solitario y risible
en situaciones extremas. Y estas son
sólo dos de las percepciones que se
pueden tomar. Carlos Álvarez ve plasmada
en la película la relación del hombre
como ser social, como persona que
necesita comunicación, calor, amistad.
El enfoque de Martínez así como el de
Álvarez y por supuesto el mío, son sólo
perspectivas individuales que pueden ser
rebatidas desde la interioridad de cada
espectador de muchas maneras. Es por
esto que al lanzar tal aseveración está
prejuzgando la actitud del realizador y
predeterminando la actitud de un
espectador virgen de dos maneras:
primero afirmando que la crítica a la
burguesía era el tema básico de la
película y segundo que esta crítica
estaba mal fundamentada. Muy
posiblemente un espectador cualquiera sí
sienta adecuadamente la crítica a esta
burguesía, si toma desde este punto de
vista el tema del film. Las
subjetividades son infinitas y un
analista de cine debe tomar conciencia
de esto. El arte tiene esa ventaja, cada
espectador lo entiende según como sus
antecedentes personales lo definan y
puede sacar de cada obra lo que le
interese, sea diversión, conocimiento o
cualquier otro tipo de interés.
Es por esto que también se hacen
inútiles las discusiones como las
surgidas a raíz del sobreprecio en los
setentas en las que se polarizaban dos
visiones: cine marginal que demandaba el
contenido político en las obras libre de
los condicionamientos comerciales y cine
de sobreprecio que afirmaba la prioridad
del capital como condición ineludible
para hacer cine. Cada grupo defendía la
necesidad de la implantación única de su
perspectiva en el cine colombiano como
si los espectadores fueran tan sólo unos
títeres que podían ser manejados ya
fuera comercial o revolucionariamente,
si se adoptaban sus esquemas. Otra vez
la búsqueda por restringir los caminos
del arte. Así como cuando se busca que
los personajes se desarrollen a través
de la película o que el film tenga un
planteamiento un desarrollo y un
desenlace. Sí, funciona para muchos
fines, pero el arte no se debe estancar.
No se desarrolló la pintura de un
pensamiento en que la perspectiva era
fundamental a cuadros con franjas
totalmente planas de colores? El cine ya
ha evolucionado mucho, no podemos
quedarnos en subjetividades. Si su fin
es comercial, el público tendrá la
palabra, si es el prestigio fundamentado
en la crítica pues sea muy cuidadoso,
nunca se sabe quién será el encargado de
turno.
Para terminar quisiera acotar dos frases
en las que dos críticos de cine: Andrés
Caicedo y Jorge Nieto, vislumbran
perfectamente el meollo en el que están
inmersos al dedicarse al oficio de la
crítica.
“La crítica es para mí un intento de
desarmar, por medio de la razón (no
importa cuán disparatada sea), la magia
que supone la proyección. Ante la
oscuridad de la sala el espectador se
halla tan indefenso como en la silla del
dentista….Siempre de la crítica me ha
gustado lo insólito, lo audaz, lo
irreverente, lo maleducado. Para esto
sería bueno encontrar un método que
universalice lo personal. Cada gusto es
una aberración”
ANDRÉS CAICEDO
“Definir la crítica de cine es tan
azaroso como tratar de definir la
felicidad, porque solo pueden ser
precisadas por carencia o reducción al
absurdo y en todos los casos según la
perspectiva particular de quien defina,
pero vamos a pretender lo inalcanzable
para seguir manteniendo la ilusión del
orden y la metáfora del movimiento”
JORGE NIETO