Inicio Comité Editorial | Contactos | Secciones: Arriesgando tinta | Altus piensa | Cójala suave | Cronópolis | Cultivarte | Érase una vez

  Hágase notarJuéguela | Los especialistas | La Checho | Los ilustres | Me suena | Versos en el limbo | Ya me la ví!!! | Foros de opinión |















 


Regresar a la sección


180 Minutos en sus puertas ocultas
Los búhos fortuitos de Chapinero
Por: Erika Milena Núñez
Comunicación Social y Periodismo

A las nueve de la noche inició la travesía de recorrer una parte de la localidad número dos de Bogotá. Los ojos de Luis Eduardo Nieto Caballero (estatua), en el parque de las flores, eran el punto de encuentro para visualizar a la realidad aparente que las ventanas seguras de carros y Transmilenio enseñan como otra dimensión…

Una calle iluminada pero prohibida, sigue el paso de una mujer solitaria. Los grandes edificios se mezclan con los colores del neón y en cuestión de segundos, inicia la vida nocturna en Chapinero…

La modernidad del negocio, hizo que Dandy y Casa Fontana construyeran sus palacios. En el medio, la ciudad agrupaba en una vieja casa un pedacito de Bosque haciéndola prisionera pero no inútil, pues también entre luces y un corredor profundo da la pelea a la competencia lujuriosa. Azul, verde y rojo son los colores que llaman la atención, mientras que taxis y grandes camionetas pasean lentamente por el sitio. Al lado de calle y calle, hombres con banderas rojas delimitan su territorio y dan la bienvenida al sitio como si se tratara de un asadero dominical.

Ella camina despacio y sin afán. En su paso, se acerca a cada hombre de chaleco rojo. Se presenta; se tiene confianza, camina con seguridad, como quien se dirige a una entrevista de trabajo. No lleva tarjeta de presentación, ni hoja de vida. Sólo con su presencia basta. Tampoco enseña ninguna parte de su cuerpo; sabe que esa no es su competencia. Ella sólo sonríe y cubre el frío de su cuerpo con un viejo gabán beige. Al momento, una moto con dos policías hace su recorrido nocturno, observa a la mujer y al botón y continúa por la otra cuadra.

La mujer habla muy suave y pausado. Pide la hora a uno de los hombres, da indicaciones de su paradero y se dirige a su sitio de trabajo. No tiene oficina, ni local. Trabaja en la calle, como la mayoría, pero debe llegar temprano al sitio adecuado. Probablemente su ubicación será a unas cuantas cuadras más arriba, hasta llegar a la Calle 61 con Caracas. Acelera su paso; son las diez de la noche de un viernes y posiblemente debe delimitar su espacio y empezar a armar su caja de cristal, su caja de ventas donde ella y sólo ella, es el producto a ofrecer.

El silencio y abandono de la calle producen la inseguridad del sitio. El ambiente opaco y el olor de la basura quemada vuelven el andén lúgubre. A su paso, un bus de Transmilenio con pocos pasajeros dimensiona la realidad de la calle, mientras el peligro inquieta a los que definitivamente son sólo visitantes de la zona.

Lentamente la profundidad de la noche hospeda en la cuadra a sus mujeres marchitas, con poco maquillaje y en silencio. No caminan, ni muestran lo que “tienen”. Son estáticas y calladas. No tienen tema de qué hablar y se sienten incómodas con mi presencia.

La noche es fría y en el momento los clientes son escasos. Sus servicios son los mismos y a pesar de que por la zona compiten contra la juventud de las que no son mujeres, su valoración baja. Parece que escondieran sus temores en su gabán y su dignidad oculta entre sus cabellos por la cara. Sus ojos sólo miran el piso y quizá extrañan que el día le gane a la noche, para volver a moverse de la cuadra, y ser parte nuevamente, de las mujeres comunes y corrientes de Bogotá.

La pausada noche abre su puerta para sus habitantes nocturnos, y aquellas “mujeres veteranas” continúan estáticas, separadas entre ellas, por dos o tres metros.

El silencio también es testigo de indigentes, de sus juegos y apuestas de monedas, mientras las pequeñas llantas oxidadas de un carrito recolector de basura, chillan al paso del trabajo de su dueño. A su lado, un indigente más, abre el baúl del sueño y con disimulo levanta una pequeña alcantarilla. Saca algunas piedras, revisa una vez más su alrededor y seguro de que no peligra su tesoro, rápidamente saca del baúl una larga cobija que extiende sobre los cartones que componen su cama en el cemento.

Evas en cuerpo de Adán
Una única cuadra divide la verdadera sexualidad femenina de quienes a pesar de su apariencia, quieren serlo. Allí, los habitantes son menos comunes y son escasos los peatones. Pero, no es un toque de queda ni una limitación de pandillas; es la zona de trabajo de travestis lo que atemoriza.

Pronto, la 58 con Caracas, se vuelve agresiva y muy misteriosa. Una pequeña virgen, es centinela de las risas y el murmullo grave, las miradas agresivas y el peligro de la acera. Atrás quedaron los estudiantes del colegio Manuela Beltrán que en el día realizan sus estudios. En la noche, el territorio en la calle es de pocos - o pocas - mientras las casas oscuras y pequeñas que se localizan frente al colegio, son morada de alquileres. Lugares en donde por unos cuantos billetes, algunos tratan de dormir y protegerse del frío. Todo esto paralelo al turismo sexual, que avanza con las luces altas de los carros y de las camionetas lujosas de dicha calle, entre las siluetas de travestís de tacones altos y colores llamativos.
A cinco metros de la imagen religiosa, una casa de madera desgastada y pintura demacrada es el sitio de reunión de seis de ellos. Suena un celular. Se recibe una llamada. Uno de ellos, toma nota de los datos y pide ayuda para conseguir un taxi. Pasan dos autos, el primero acelera su carro al ver cómo todos se le acercan para pedir una carrera; tiene miedo. Las figuras masculinas en faldas y vestidos insinuadores sólo producen desconfianza e inseguridad. No obstante, desacelera al momento de salir de la cuadra.

El segundo, está más tranquilo, frena y entre el coqueteo de sus posibles clientes pregunta quiénes y hacia dónde se dirigen. Una voz gruesa pero amable, contesta: “Yo”, y lee pausadamente del pedazo de papel; al barrio Rosales. El taxista asiente con la cabeza, quita el seguro permitiendo que su pasajero se subia al taxi. Los cinco restantes gritan y entre risas y golpes al capó le desean suerte.

Uno de ellos sin arreglarse, pero sin perder el codiciado estilo femenino, carga un pequeño bolso de esquina a esquina, con el que se acerca a estos personajes ofensivos y a otros más bien con temor a ser juzgados o reconocidos. Parece amistosa y conocida en el medio. Sonríe y abre su pequeño bolso, probablemente carga la droga y por qué no hasta el maquillaje. Luego de un rato de conversación, entre cigarrillos y chistes, se retira y vuelve a otra esquina, abriéndose paso entre ombligueras, implantes y pelucas. Los grandes atributos físicos enorgullecen las conversaciones de la vida alegre.

El corazón multicolor de Chapinero
La noche vuelve a iluminarse, continúa fría pero es mayor el calor humano. Es claro que no son las mismas calles, ni la misma atmósfera. La confianza vuelve en el camino de sus peatones. Son muchas las personas en las calles, principalmente hombres los que se confunden entre la contaminación auditiva y visual que producen la rumba y el carácter joven de Bogotá.

Los sitios de reunión y la música de fiesta dan calor a la noche. El tráfico vuelve a apoderarse de la calle y nuevamente los pitos de los carros entran en funcionamiento. El cielo del sector es otro. Un arco iris cobija el sector que rodea la Iglesia representativa de Chapinero, Nuestra Señora de Lourdes. Parece que el culto cambiara; afiches adheridos a las ventanas empañadas de cada sitio, enseñan los colores de la diversidad, que van del rojo hasta el morado.

Chapinero es la llamada zona gay que el ex alcalde de Bogotá, Luis Eduardo Garzón, estipuló desde junio de 2006. Aquí las parejas homogéneas abundan; cada paso por sus andenes muestra la realidad de la localidad, mientras la libertad del sexo vive su máxima expresión. Es entendible como Gay Hills y Chapigay se vuelven los nombres de burla de un sector reconocido paradójicamente por su religiosidad y a su vez se le reconoce como la localidad gay de Bogotá.

Son las 11 de la noche y por los carteles del sector, parece ser que hoy 24 de octubre se presentará Pipe Peláez y Dragón y Caballero en Teatron, a juzgar por la cantidad de personas, sus clubes están a la altura de cualquier bar de nombre, en pro del respeto por la diversidad.

Alrededor de la iglesia, un ambiente de festejo se toma el parque. Jóvenes de todas las clases sociales se codean con hippies y hasta con las personas que venden los minutos de celular en busca de la medicina nociva pero adictiva que pide su cuerpo.

Se consigue desde marihuana hasta heroína. Todo depende del acceso que tanto cliente como vendedor tenga del producto, sumado a los golpes de pecho y conciencia social que predica aquel que no aplica pero que la vende en cantidades. Son varios los expendios de drogas del sector que compiten en el comercio, hasta en los principios de legalidad y naturaleza con la fundación social de curas, el mundo gay y la prostitución masculina.

La luz del semáforo se pone roja en una de sus tantas calles comerciales. Varias personas aprovechan para cruzar; pero uno de ellos continúa ahí, quieto. Su cabello oxigenado combina con sus tenis amarillos mientras saluda amablemente a los carros estacionados. Ésta es una de las esquinas de los gigolós, jóvenes aparentemente iguales, que buscan la rumba en las calles de chapinero; pero que realmente en las noches se dedican a esperar carros de mujeres o de hombres para ofrecer sus servicios.

Pronto, el dueño solitario de un Mazda 626 gris baja el vidrio de la silla del copiloto para contestar el saludo. Se miran, el conductor quita el seguro del carro. Y segundos antes de que el semáforo cambie a verde, el muchacho ya ha subido al vehículo que se aleja con rapidez del lugar.

El 'negocio redondo'
A escasos metros de donde funciona la Acción Católica Arquideocesana, una casa en la Carrera 9 con Calle 58, moderna y de puertas abiertas, llama la atención sobre las demás de la cuadra.

Un rectángulo horizontal y sin vidrio deja atravesar la luz de un pequeño bombillo corriente, que entre paredes blancas y ladrillos rojos muestran el interior del lugar. Adentro, un muchacho asoma su cabeza tímida ante el rectángulo. Parece estar apoyado en un mesón o en una silla. Reconoce a una mujer, la saluda y habla un rato con ella. Quizá le ofrece algo de lo que ella ha ido a buscar a esa casa. Alguien le habla adentro y él entra a la casa tras la puerta blanca…

Del otro lado de la casa funciona un motel, uno más de la zona ubicado en esas calles prohibidas donde taxis y carros pasan esporádicamente. La calle es iluminada, pero no hay visitantes caminando. El color blanco general de sus edificios la resalta entre el sector.
El muchacho vuelve al rectángulo, a su lugar original de trabajo, pero su acompañante ya no esta ahí. El sigue tímido mirando la escena hasta que llega otro joven al sitio, no se demora nada, probablemente recibe 'el moño' de la noche o de la hora, se despide y se va. Ella está al frente, en la otra acera recogiendo algo de dinero para consumir durante la larga noche. Habla tranquila pero con un tono muy alto. Camina casi bailando mientras se recoge el cabello de la cara. Sus modales no se le han olvidado; se han comprimido en su disco duro, saluda, sonríe y hasta coquetea. Ahora, agradece el no encontrar rechazo en su público y pide colaboración con unas cuantas monedas. Las recibe recordando que aún existen damas y hasta caballeros. Anuncia su partida entre gracias y bendiciones.

Esta es la Chapinero que despierta en las frías noches de Bogotá. Se debate entre las fronteras que encierran el vicio, la lujuria y el pecado. Atrás quedaron los grandes teatros y los sitios de reunión de la gente pudiente. Ahora, ese villorrio de Don Antón Hero Cepeda no se dedica a la elaboración de chapines y zapatos.

Es un Chapinero de contrastes. Clasifica su horario, en el día vende flores y vive de la guerra de lo usado, de lo nuevo y en la noche levanta las fachadas de sus servicios y las acondiciona al sexo, las drogas y la prostitución.

El paso rápido de la madrugada se acerca y la noche está por acabarse. Pronto el día llegará y la realidad cerrará las puertas que la noche mantiene abiertas de par en par.
Aquella mujer continúa ahí, cuenta sus monedas y sonríe. Toma impulso y como en un espectáculo de circo prepara su despedida. Quizá el efecto de las drogas ya le ganó a la prudencia. La mujer cierra el telón de la noche y de esta crónica con un simple consejo: “Hombres, cuidado con las damas. Si van a rumbear, no se emborrachen. Porque en la calle siempre hay gente mala. Lo digo yo, que todo el tiempo ando borracha”.

 




Opiniones a este artículo >



Ella camina despacio y sin afán. En su paso, se acerca a cada hombre de chaleco rojo. Se presenta; se tiene confianza, camina con seguridad, como quien se dirige a una entrevista de trabajo. No lleva tarjeta de presentación, ni hoja de vida. Sólo con su presencia basta.

 

su opinión sobre este artículo

Nombre:

E-mail:

Su Comentario:

   

 



 

 

Universidad Sergio Arboleda
Bogotá - Colombia

Calle 74 no. 14 - 14  PBX: 3257500/81
Línea gratuita de Servicio: (Toll Free)  01-8000 120026
e- mail: info@usa.edu.co
2000 - 2007
Webmaster: Grupo Internet
Diseño estratégico y visual: