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El Amazonas me robó el alma.
Por: Juan Carlos González
Escuela de Comunicación Social y Periodismo

Foto: Juan Carlos González G.
El Amazonas, bella región que me robó el alma, está llena de mitos,
leyendas, exóticas frutas, de fauna y flora únicas en el mundo. Es un lugar mágico
donde el hombre tiene la oportunidad de encontrase con la naturaleza.
Un nuevo día sale por el horizonte donde la neblina, las montañas y el nuevo sol, se
juntan para crear un nuevo paisaje. La humedad no me ha dejado dormir tranquilo, la
hamaca en la que he dormido tiene un hueco en el fondo; el mosquitero, que me había
servido como refugio del jején durante el recorrido de una hora a pie, había terminado
lleno de barro, mojado; el viento aunque poco, también había sido penetrante. La casa
en la que me encuentro está construida en madera y teja de cinc, en las afueras están
colgadas nuestras hamacas cerca de un horno de leña.
Me levanto adolorido de la mala noche que he pasado, una señora que está a mi lado. de
acento paisa, me ofrece un desayuno poco convencional: arroz con sabor a leña, un gran
piraruco (pescado de la región) y un poco de café ¡un matrimonio de especie única! Al
terminar con este suculento desayuno se me acerca un pequeño hombre con los dientes
salidos y grandes, de estatura baja, y unos grandes pies tatuados desde las puntas de
los dedos hasta el tobillo, y enormes callos que dan la impresión de estar calzado. Me
mira detenidamente como yo a él, es Mariano, mi nuevo guía, un indígena quien se vió
en la necesidad de dejar su pesca, para convertirse en guía y poder mantener a su
familia. Él vive en una Maloca (casa en forma circular, de techo alto, donde se reúnen
los indígenas), me ofrece una fruta exótica llamada arazá, le doy las gracias por tan
exquisita fruta y me cuenta que hoy vamos a partir a la isla de Santa Sofía ,“Isla de
los Micos”. Iremos también al parque nacional natural Amacayacú para el día.
Comenzamos el camino de regreso por donde habíamos venido la noche anterior, pero esta
vez no era perseguido por el fastidioso jején. Empezamos a caminar y antes de recorrer
los primeros 10 minutos, mi camisa ya esta empapada gracias a la humedad que tiene
esta región, 99%. Al llegar a la orilla del río amazonas, nos espera una pequeña
chalupa, donde nos acomodan y nos dan un salvavidas que debemos amarrar, porque no
tiene los botones de seguridad. El río es majestuoso y la naturaleza que lo rodea es
especial. La chalupa empieza su trayecto hacia la “Isla de los Micos”, y yo no dejo de
pensar en la majestuosidad de la región, me siento anonadado por su serenidad y me
pregunto cómo el hombre es capaz de destruir semejante reserva talándola para cultivar
coca o simplemente para vender los grandes árboles que están alrededor.
Al desembarcar en Santa Sofía nos topamos con un caserío, donde se vende todo tipo de
frutas para que los visitantes les den a los micos, por mi parte yo compro anones
amazónicos. La señora que atiende el pequeño establecimiento no es de la región como
muchos de sus habitantes. Al fondo se oye la canción de Buena Vista Social Club “De
camino a la vereda” que dice “oiga me Compay no deje el
camino por cogerla... no hables de tu marido mujer, mujer de malos sentimientos…”
Emprendemos la búsqueda por un camino empantanado, donde están unas tablas para no
hundirse en el fango. Camilo, uno de los que viajan en nuestra excursión, se cae y se
entierra hasta un poco más arriba de la rodilla, por su peso es imposible que salga
por sus propios medios, trata desaforadamente de salir pero no puede, comienza a
llorar, entre cuatro tuvimos que formar una cadena humana para poderlo sacar. Después
de un poco de descanso reanudamos la marcha hasta llegar a la tupida selva, donde nos
piden silencio para no espantar los micos, saco uno de los anones y lo parto por la
mitad, esperando que salga uno de los micos. Caminamos por la selva alrededor de dos
horas y nada, no ha aparecido ninguno de los micos. Ya cansados de caminar y con poca
agua, damos marcha atrás para volver a Santa Sofía, estoy desilusionado de nuestra
suerte, he perdido la única oportunidad de ver a los micos de esta famosa isla, pero
bueno, creo que este viaje nos ha unido un poco.
Al llegar al caserío, me siento en compañía de Julián, otro compañero de viaje, en un
tronco de proporciones gigantescas, donde destapamos un par de cervezas Polar que
acabamos de comprar a la misma señora que nos había vendido los anones. Me cuenta que
es un estudiante de Administración, y entre sorbos de cerveza, vamos dando rienda
suelta a nuestra conversación. El almuerzo que nos sirven es otro pescado acompañado
esta vez por un casabe (elaborado con yuca brava) y cerveza “Polar” que es lo único
que se consigue.
Salimos de Santa Sofía, nuevamente en la tormentosa chalupa que carece de asientos
confortables, va a toda velocidad, intentando escapar de una nube inmensa que se
acerca por el río, se oyen los tronar, el sonido es especialmente fuerte; según
Julián, dependiendo del tiempo que dure el sonido del trueno, se puede saber la
distancia en kilómetros que nos separa del él. Para eso debemos contar los segundos,
cada segundo es un kilómetro de distancia ¡vaya usted a saber qué tan cierto puede
ser! Pero me parece un juego bueno para pasar el rato. Camino hacia el parque. Paramos
en el Lago Yahuarcayás, allí se encuentran los lotos más grandes del mundo “las
victorias regias”, el agua es cristalina, es espectacular el contraste que se forma
entre las aguas cristalinas, los lotos y un par de loros que están sobre un árbol en
la orilla. Es una de las imágenes más imponentes que se pueden observar.
Después de esta corta parada reanudamos nuestro camino por el río para llegar al
parque Amacayacú, que queda a 3 horas de Leticia (Capital del departamento del
Amazonas) y a 30 minutos de Puerto Nariño (segunda ciudad en importancia).
En el parque nos recibe uno de los guías que trabaja para el Ministerio del Medio
Ambiente y nos cuenta, que este tiene 293.000 hectáreas de selva poco densa y que es
habitado por los Ticunas. Nos invita a recorrer un poco el parque, por un camino que
en los primeros metros está señalizado por un puente de madera, pero desaparece el
camino y nos adentramos en la selva donde se pueden ver los cedros rojos y blancos que
llegan a medir hasta 50 metros. Encima de las copas de los árboles va un camino
colgante, por el cual se va hasta un mirador desde donde se puede ver todo el paisaje
del Amazonas. Es una vista única, allí vale la pena subir con un cámara.
Durante el camino de regreso al centro del parque, nos encontramos con un culebra
venenosa, que Mariano inmediatamente somete a una serie de machetazos hasta dejarla en
pedacitos, increíblemente esta se sigue moviendo hasta que la remata dándole en la
cabeza. Ya en el centro, nos indica el alojamiento, que es una cabaña para “solteros”
donde hay más de treinta hamacas colgadas de un extremo al otro y unas pequeñas camas
que se ven más incomodas que los chinchorros.
Dentro del parque nos encontramos una excursión de un colegio de niñas de Bogotá, una
pareja de españoles y nosotros. Me siento con Camilo y Julián a tomar cachaza (especie
de aguardiente con 50 grados de alcohol) disfrutando del atardecer magnífico, que tiñe
de rojo, anaranjado y violeta el río Amazonas, deseando que nunca se acabe, me quedo
contemplándolo y gozándolo al calor del trago.
Es el fin de este día glorioso, donde pude enamorarme un poco más de mi país, de sus
regiones y en especial de está bella región del Amazonas con sus paisajes agrestes e
inolvidables.