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sección crónicas
Una historia que a cualquiera le
puede pasar
15 horas privado de la libertad
Por:
Edison Monroy
Escuela de Comunicación social y
Periodismo
Esta crónica es extensa: si lo desea,
puede también
descargarla en
formato .PDF para leerla más tarde.
Las
estaciones de policía de Bogotá son lugares en donde cualquier
cosa puede pasar. Con la ineficiencia de la Policía Nacional, a
éstas ya no sólo llegan delincuentes: cualquier tipo de persona
puede que algún día le toque estar ahí. Esta vez fui yo al que
llevaron allí, y esto es lo que puedo contar de las 15 horas que
estuve detenido.
-Viva la libertad y abajo la Policía Nacional-, grité con
euforia apenas atravesé el gran portón naranja que hace de
entrada y salida de la UPJ (Unidad Permanente de Justicia) y que
me daba la bienvenida al mundo de los libres.
Habían pasado quince horas desde que me detuvieron y mi aspecto
hacía parecer que hubiera estado una larga temporada en el
antiguo cartucho. Cabello despelucado, ojos semiabiertos por la
falta de sueño, labios resecos, camiseta blanca con varias
manchas de mugre. Pantalón sucio y caído casi hasta la mitad de
los muslos, debido a la falta de cinturón, y tenis con la
lengüeta por fuera y sin cordones, era mi pinta al salir de “la
ratonera”, como llaman los reclusos a la UPJ.
Rumbo al calabozo
Todo comenzó a las dos de la mañana de un domingo, cuando una
patrulla de Policía llegó a una tienda donde estaban peleando
dos grupos de jóvenes. Julián, uno de mis mejores amigos, que
nada tenía que ver en el asunto, resultó detenido. En ese
momento, en un arranque de valentía y a la vez estupidez, me
subí a la camioneta Luv, que hacía de patrulla, dispuesto a
acompañarlo en su desventura.
Junto con nosotros, también detuvieron a otros dos jóvenes. Uno
era de aproximadamente 19 años, dijo llamarse Andrés, llevaba el
cabello en forma de cresta, tenía los ojos verdes y vestía una
chaqueta naranja, jean oscuro con grandes rotos en las rodillas
y unas zapatillas que no necesitaban cordones. El otro, Orlando,
que al igual que yo venía por pura amistad, parecía ser más
decente, o al menos a mi parecer tenía mejor apariencia: cabello
negro crespo engominado, nariz grande, ojos oscuros y vestía
camiseta azul, jean claro y tenis OP. Julián y yo no los
conocíamos, pero ellos tampoco habían estado nunca en una
cárcel, por lo cual convinimos en que si nos metían al calabozo
estaríamos los cuatro juntos.
Cuando llegamos a la estación de policía de San Fernando,
ubicada en el noroccidente de Bogotá, un oficial obeso, alto, de
cara gruesa, de un solo empujón me bajó del platón de la
patrulla.
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que cogía bruscamente mi brazo derecho con sus manos regordetas.
- ¿Qué le pasa?, ¿Por qué me pega?, yo puedo ir solo-, le
respondí alterado,- mire me daño la chaqueta.
- Usted qué cree, que esta en su casa-, me reclamó el agente.
- No, en mi casa me tratan bien.
Estas palabras acabaron de enfurecerlo. Me empujó lo más fuerte
que pudo contra una de las paredes del lugar. Tal sería la
fuerza con que me arrojó, que un escritorio que veía muy lejos,
ahora estaba a escasos centímetros de mí. En el escritorio se
encontraba otro policía, que al igual que el que me trajo, era
gordo, pero más viejo.
-Pelado, cálmese y no haga más bochinche-, me dijo el veterano
agente.
- Pero es que si me trae pegándome, cómo quiere que no-,
manifesté.
-Bueno ya, simplemente quédese quieto y siéntese.
- No me quiero sentar.
- Ah bueno, no se siente-. La actitud bonachona de este policía
me tranquilizó un poco, me callé y esperé a que llegaran los
demás.
Una vez todos filados contra la pared a donde anteriormente me
habían empujado, el policía nos pidió las cédulas y en una
libreta de cartón empezó a escribir nuestros nombres. Luego nos
ordenó que nos quitáramos el cinturón y los cordones de los
zapatos, advirtiéndonos que esos instrumentos no los podíamos
meter a la celda porque nos podían ahorcar con ellos. Al oír al
agente explicarnos eso me aterré mucho y le dije a Julián que
hiciera algo para poder irnos. Mi amigo, mucho más asustado que
yo, sacó su celular de uno de los bolsillos de su pantalón y
llamó a su casa para pedir ayuda a sus padres. Su cara mirando
hacia abajo y moviéndose de lado a lado en forma de negación, me
anticipó la respuesta: “mi mamá no va a venir. Dice que yo ya
soy mayor de edad y que tengo que responder por mis actos”, me
contó Julián. No había de otra, me tocaba ahora llamar a mí para
que nos sacarán. Pensando que mi mamá podría hacer algo, cogí el
celular y temblando marqué el número telefónico de mi casa.
-Aló, mamá.
-Aló mijo, ¿qué pasó?-, preguntó mi madre con voz asustada. Era
lógico, pues si suena el teléfono a las dos de la mañana es
porque algo pasa.
-No ma, es que se estaban peleando unos
manes en la tienda, entonces llegó la policía y nos llevó a Julián y
a mi a la
estación-, le conté, intentando aclararle desde ese momento que
yo no había hecho nada.
-¿Y quiere que vaya?
-Claro ma, no ve que como que nos van a llevar a la UPJ
-Ya voy para allá-, respondió mi progenitora.
Apenas terminé de hablar, el viejo policía que estaba en el
escritorio mencionó mi nombre. Me pidió los objetos de valor,
pues él luego no podía hacerse responsable de las cosas que no
le entregara en ese instante. Le di mi celular y el reloj que me
habían regalado de grado. Anotó en su libreta las cosas que me
había quitado y después me solicitó que me hiciera contra la
pared con las manos arriba, para poder requisarme. Mientras me
requisaba, voltee a mirar a la izquierda, y no muy lejos de mí
estaba sentado un señor de unos 40 años con la cabeza desgonzada
sobre los hombros, seguramente por la borrachera en la que se
encontraba.
En seguida el policía llamó uno a uno a mis compañeros y realizó
la misma operación. En mi mente solo existía la esperanza de que
para cuando el oficial acabara de llenar los trámites para
meternos al calabazo, ya hubiera llegado mi mamá. Está ilusión
no duró mucho; al rato el agente nos pidió que nos paráramos y
estuviéramos listos porque ya nos iba a entrar. “Métalos rápido
comando, que aquí caben muchos más. Es que así se nos quita el
frío, ja, ja, ja”, dijo jocosamente una voz aguda de hombre que
provenía de lo que seguramente era la celda: una puerta negra,
enrejada hasta la mitad, ubicada al lado izquierdo del
escritorio del policía, y que seguida de un corredor de unos dos
metros sin ningún tipo de iluminación, conducían hacia otro
enrejado que era la puerta de una especie de cuarto a donde
metían a todos los detenidos.
El oficial abrió la primera puerta, yo a la cabeza de la fila
india que nos pidió que hiciéramos para ingresar a este sitio,
estaba más asustado que nunca, creo que me temblaba hasta el
pelo. Atravesamos la entrada y al dar mi primer paso sin culpa
pisé la pierna de alguien. Era de una mujer que se encontraba
acostada en el suelo. Ahora sí tenía entendido por qué había dos
puertas. Esta zona en la que estábamos, que poseía un área no
mayor a los dos metros de ancho por dos de largo y tres de alto,
era el sitio que correspondía a las mujeres detenidas.
No tuve tiempo de pedirle disculpas a la mujer, pues el policía
inmediatamente procedió a abrir el siguiente enrejado de
barrotes negros y ordenó que nos metiéramos. Luego, el agente
cerró la celda y se fue. Al momento, un joven que estaba peinado
hacia el lado, con un mechón como el de Alf, nos dio la
bienvenida: “Ya están en mi fantasía, porque esto parece eso,
una de mis fantasías”.
La tortuga ninja al cuidado de las ratas
El olor era insoportable, el más fuerte que había aspirado en
toda mi vida. Un hedor nauseabundo producto del sudor, la orina,
la mierda, el humo de cigarrillo, la marihuana y el bazuco,
hacia que, aunque llevara dos minutos en la celda, deseará nunca
haber entrado. La oscuridad también era total, solo un pequeño
haz de luz aparecía por la entrada, lo cual no me dejaba
observar bien el lugar donde estaba. Lo único que podía ver era
que las baldosas de las paredes eran blancas como las que
utilizan en los baños, y que las del piso eran del mismo color,
pero tenían puntitos negros.
Los cuatro nuevos detenidos estábamos colocados todos juntos
cerca de la entrada. Como no había mucho que hacer los cuatro
nos dedicamos a hablar con la otra gente que estaba cerca.
-¿Qué horas son?-, le dije para romper el hielo al preso que
estaba más cerca de mí, un hombre de aproximadamente treinta
años, cabello corto negro y bigote mal afeitado, que no le había
dejado su reloj al agente.
-Falta un cuarto para las tres-, respondió el hombre, que tenía
una camisa blanca y encima de ésta un chaleco reflector naranja,
como los que usan los motociclistas.
-¿A usted por qué lo metieron?-, pregunté en seguida.
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cerveza. Cuando llevábamos varias polas a uno de nosotros le dio
por orinar en una esquina. Una cucha se dio cuenta y empezó a
regañarlo. Todos empezamos a reírnos porque esa vieja hablaba
muy chistoso. De puros salados pasó una moto de Policía,
entonces la señora esa nos embaló con ellos y de una nos
trajeron con todo y bicicletas-, me contó señalando a la persona
por la que los habían traído, un hombre que seguramente tenía la
misma edad de mi interlocutor y que estaba tirado en el piso
durmiendo debido a la borrachera.
- ¿Y por esa pendejada los trajeron?-, pregunté sorprendido.
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más de 800 faltas, entonces que lo que habían eran cosas para
inculparnos-, respondió y luego, sin decir nada, se fue hacia el
baño.
Voltee hacia donde estaban Andrés y Orlando, que se encontraban
hablando con el que nos había dado la bienvenida, el del mechón
de Alf. Éste, vestido de chaqueta y pantalón de jean, también
les estaba contando porqué lo habían apresado. “Venía en un
carro con varios amigos, entonces nos cerró un man de un Corsa.
El que iba manejando hizo lo mismo y casi nos estrellamos con
él. En un semáforo me bajé a reclamarle, -les explicaba el que
dijo llamarse Alejandro-. Luego ese man se bajó todo alevoso a
pelear. Yo de una saqué mi reata y le di un chapazo
en la espalda. Resulto que él era de la Cruz Roja. Hizo una
actuación total por ese pequeño golpecito. Llamó una ambulancia y luego a
la Policía, que me detuvo ahí al lado del Cafam de la Floresta”.
Después de varias historias escuchadas, pensé que estas personas
eran iguales a mí, gente común y corriente, en su mayoría
arrestados por faltas menores. El momento de reflexión fue
interrumpido cuando llegó uno de los policías a la celda.
-¿Quién es Edison Monroy?-, preguntó el policía catano.
-Yo-, Respondí en seguida.
- Acá está una tal Luz Polanía y dice ser su madre-, tomo un
respiró y prosiguió- ¿Quiere que le dé sus cosas?
-Sí-, dije ilusionado, pues creí que mi mamá podía hacer algo
para sacarme, pero no fue así. Los policías le dijeron que yo ya
era mayor de edad y que mi suerte solo dependía de lo que
quisiera hacer la teniente. Luego la despidieron y le indicaron
que volviera a las nueve, que a esa hora seguramente ya estaría
definida mi situación.
Pasados varios minutos, cuando intentaba
conciliar el sueño, sonó un golpe contra el piso. Luego, escuché una
algarabía que procedía de los policías. Me paré asustado y miré
hacia la entrada. Solo pude distinguir la mitad del cuerpo de un
agente que se movía de lado a lado como si estuviera dándole patadas
a algo. Maldiciendo el agente decía: “viejo, yo le dije que se
estuviera calmado. Así se veía mejor”. Posteriormente, a
empujones metieron a la celda al mismo señor que había visto al
lado del escritorio cuando me requisaron. De grandes anteojos,
cabello canoso y parado, se había despertado de su borrachera
dispuesto a pegarle a los policías, pero no lo logró y el que
resultó golpeado fue él.
Cuando lo entraron, prendieron la luz. El bombillo que quedaba
en la mitad de la celda me dio la claridad que necesitaba para
que por fin pudiera observar bien el lugar donde estaba, los 10
metros cuadrados más que no sabía que existían. Enfrente a mi
había un pequeño cuarto, y a la derecha de este seguían dos
entradas de pequeñas secciones en donde se encontraban los
orinales. En frente del segundo orinal, otro cuarto destinado
para más reclusos. Con la luz prendida ya no me dio miedo ir al
baño, me paré y sin mirar a nadie fui directo al hueco en donde
estaba. El olor asqueroso de toda la celda se intensificaba en
esta zona. Además, ya adentro había un solo charco de orina,
puesto que la parte donde había que depositarla ya estaba a
tope. También, muchas manchas de mierda se encontraban por todas
las paredes. Parecía que en esta estación nunca hicieran aseo.
La inmundicia y el hedor repugnante del lugar me hacía sentir
como si estuviera viviendo como una rata: entre mugre y
desperdicios.
Cuando me devolví al lugar donde estaba, me empezó a doler el
estomago. Era un nuevo infortunio, los frijoles que me comí en
el almuerzo y la comida, empezaban a hacer su efecto. Me senté,
agache mi cabeza e intente hacerme el dormido. Aguantaba y
aguantaba para que ningún gas se fuera a escapar o aún peor, que
me dieran ganas de poposear. “¡Ni por el putas iba a cagar
acá!”, pensaba. Dejé de aguantar, ya no soporte más. Al momento,
un pequeño gas con sonido salió de mí. Julián y los otros que
estaban cerca de mí solo se rieron y durante otro rato se
burlaron. El pedo no olió a nada, o al menos eso me pareció, lo
más seguro es que se haya confundido con el hedor del sitio.
Después, cuando el dolor se había ido de mi estomago, llegó un
nuevo agente, tenía un pasamontañas y gafas. “Parece una tortuga
ninja”, dijo el del chaleco reflector. El policia
nos confirmó nuevamente que nuestras madres se habían marchado
porque la teniente era la única que nos podía sacar y ésta sólo
llegaría hasta las nueve. Por las próximas horas él nos cuidaría. Los
demás policías se habían ido a comer y a tomar algo. Le pregunte
si nos iban a llevar a la UPJ y me respondió que lo más posible
era que no, debido a que no había boletas para hacer los
trámites.
A las cuatro de la mañana ya no había más de que hablar, ni
nadie con quien hacerlo, pues todos estaban intentando dormir.
El silencio era el nuevo rey del lugar. Cuando yo también
intentaba conciliar el sueño abrieron la celda de mujeres, una
nueva detenida había llegado. La vi, era de estatura media,
cabello largo castaño y ojos oscuros, muy grandes. Entro al
lugar sonriente, me saludó y luego hizo lo mismo con los demás.
“¿Quién de ustedes me quiere más? ¿Cuál es el más macho?, el que
es, que se me venga que yo lo atiendo,- decía la nueva residente
del sitio-. Ah, no es ninguno. Partida de maricas, mejor me
duermo”. Al decir esto, se desplomó en el suelo y empezó a
roncar. Como a la media hora, se despertó y a gritos le pidió al
policía que la sacara porqué tenía ganas de ir al baño. El
agente de pasamontañas la dejo salir y cuando ella dio el primer
paso afuera de la celda, empezó a insultarlo. Al rato, sin que
nadie le hubiera hecho ni dicho nada, con mucha fuerza se dejó
caer para atrás. Sólo escuché el totazo, sorprendido me paré. La
otra mujer que estaba en la celda se levanto, miró lo que pasó y
nos contó que a la loca, como la califico ella, le salía mucha
sangre de la cabeza, y que además estaba inconsciente. A los
pocos minutos sonó la sirena de una ambulancia que se la llevó
directo al hospital. “Quien sabe que se fumó esa chica”, exclamó
la que ahora volvía a ser la única mujer detenida.
Arriando ganado
A las seis de la mañana, cuando ya había amanecido, se empezaron
a despertar los presos. De los cuartos salieron unas diez
personas más. Cuatro de ellos empezaron a gritarles a los
agentes que los soltaran porque ya habían cumplido las 24 horas
de arresto. Al rato vino el policía de pasamontañas y les
aseguró que a las ocho y media saldrían los primeros. Estos
cuatro si se notaba que eran habitantes de la calle, ya que el
tono del habla, al igual que sus vestimentas tan sucias, los
delataba.
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sacar. Yo le dije que no nos fuéramos a bañar, que todavía
aguantábamos dos días más-, dijo uno de los ñeros, uno calvo,
con bigote como el de cantinflas y de ropa con rotos por todos
lados.
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por ahí. Eso le pasa a uno por limpio. Donde estuviéramos
robando ahí si no nos cogen-, le replicó el otro, uno alto, de
saco verde y con gorra que decía “adodas” en el frente, imitando
el logotipo de Adiddas.
Al rato salieron otros dos apresados, a estos tampoco los había
visto. El uno era flaco y no muy alto, tenía una gorra negra,
ojos saltones oscuros y nariz pequeña. El otro tenía un aspecto
muy parecido, lo más probable es que fueran familiares. Uno de
ellos, el de los ojos saltones, me preguntó si los policías
habían dicho si nos iban a llevar a la UPJ. Le respondí que no
sabía nada, pero que había escuchado que no había boletas para
hacer el traspaso.
Más tarde, cuando el reloj marcaba las ocho de la mañana, un
policía que nunca había visto, tal vez porque hubo cambio de
guardia minutos antes, preguntó por Julián. Luego abrió la celda
y le dijo a mi amigo que ya podía salir. Yo me fui detrás de él
pero cuando fui a atravesar el enrejado, el oficial ya lo había
cerrado.
-¿Por qué no me deja salir?, Yo vine a acompañarlo a él-, le
indagué al policía.
- No sé chino, los duros solo hablaron por éste-, me dijo el
agente señalando a Julián.
-Yo no me voy sin él-, expresó mi amigo.
- Ah bueno, entonces se quedan los dos-, respondió de nuevo el
agente.
- Julián, más bien váyase e intente sacarme rápido desde allá-
le dije, esperanzado en que si salía él, al rato yo también
estaría afuera. Julián dudó, pero luego pidió sus cosas y se fue
del lugar.
Pasó una hora y yo aún seguía en la celda, por lo cual mi
paciencia empezó a acabarse. Me reprochaba a mí mismo, pensaba
el porqué estaba aquí. Si yo no hubiera acompañado a Julián, si
me hubiera ido temprano para la casa como me recomendó otro
amigo, es más si no hubiera ido a la fiesta pues estaba muy
cansado del entrenamiento de fútbol, no estaría acá, pensaba.
Pero como decía un tío mío, el “hubiera” y los “casis” no
existen, así que hay que afrontar los sucesos que pasaban en ese
instante.
Al rato me trajeron algo de comer, unas empanadas y un kumis.
Deduje que esto me lo trajo Julián u otra persona que no era mi
madre, ya que ella casi nunca me da kumis. Toda la comida la
compartí, no por buen samaritano, sino porque todavía tenía un
poco de dolor de estomago.
-Ya son las nueve, nos tiene que sacar-, le gritó a un policía
el joven de cresta llamado Andrés.
-Paila pelado. La teniente todavía no llega-, respondió el
agente
Pasó una hora más. La resignación se apoderó de mí. Pensaba que
Julián me había dejado botado y que por eso pasaría todo el día
aquí. En ese momento, llegó el policía que ahora estaba a cargo
de todos los detenidos y nos dijo que nos dejaría un rato afuera
para que tomáramos el sol. Abrió la celda y como al ganado, nos
condujo hacia un corral improvisado. Simplemente habían armado
un cuadrado con vallas blancas y verdes, como las que utilizan
en los conciertos para retener a la gente. “Se me mantienen
tranquilitos dentro del corral. Al que se salga sin permiso le
clavamos más horas”, advirtió el agente.
Respirar algo de aire puro me hizo sentir un poco de felicidad.
Además, desde ese lugar podía ver la entrada a la estación en
donde estaban mi mamá, Julián y los papas de él, que me
recordaban que yo no estaba solo, que varias personas me querían
afuera. Pero estas pequeñas alegrías se aplacaron rápidamente
cuando habló uno de los detenidos, el hermano del de los ojos
saltones, que nos advirtió lo que iba a pasar. “Eso es que nos
van a llevar a la ratonera, por ahí a las once llega la nevera
que nos arrastra hasta allá”, dijo el preso, haciendo referencia
a la Van policial que se encarga de estas funciones.
La nevera ardiente
A las doce del día llego la van, que como todo lo de la Policía,
era de color blanco y verde. Dos agentes estaban encargados de
hacer las boletas para poder llevarnos. En esos papeles rosados
especificaban el delito y la hora en la cual la persona era
arrestada. Quién sabe que habrán escrito en la mía, si yo no
hice nada. Lo único que podía pensar era en cual sería la falta
por la cual me inculparían.
De las 21 personas que estábamos en el corral dejaron a cuatro:
a la única mujer y a otros tres indigentes que no se podían ni
mover. A los otros 17 nos montaron en el vehículo policial. A
seis los montaron esposados unos con otros en la parte de
adelante. Esa zona tenía ventanas y sillas, y era la parte más
cómoda en el vehículo. En un principio me iban a meter ahí, pero
cuando don Víctor, el papá de Julián, renegó por la forma en que
nos esposaban, me cambiaron de lugar. En el segmento de atrás de
la Van, adecuado para máximo seis o siete personas, me metieron
a mí junto con los diez restantes.
Con el cupo más que completo la van arrancó rumbo a la UPJ.
Donde yo estaba no había ventilación alguna por lo cual el olor
horrendo de la celda volvió a hacerse presente. Era una ironía,
en la nevera, como le dicen a la van policial, el calor empezó a
ser insoportable. El conductor iba de afán, o al menos eso
parecía. No le importaba coger huecos, pero a nosotros sí nos
afectaba. Cada vez que pasaba por encima de uno de ellos nos
hacia saltar, pegarnos sin culpa entre nosotros y apretujarnos
más.
La van paró y parqueó en frente de un edifico, ya habíamos
llegado a la UPJ, un lugar al que en un fin de semana llegan más
de 1000 detenidos procedentes de todas las estaciones de la
ciudad. Esperé ansioso a que nos bajaran, ya no soportaba más
ese calor y olor tan feos. No abrieron ninguna puerta, puesto
que un camión en el que al menos iban 50 personas provenientes
de Ciudad Bolívar también acababa de llegar, y ellos tienen la
prioridad para entrar más rápido a ésta unidad. Luego nos
avisaron que hasta las dos de la tarde nos meterían, debido a
que a la una los agentes tienen el receso para almorzar.
-Una hora y media más acá. No, ya no puedo más-, dije alterado
en voz alta
-Monito cálmese. Fúmese un poquito que
esto lo deja sano- , me manifestó uno de los indigentes que estaba
enfrente, mientras me ofrecía un poco del bazuco que
tenía prendido en su mano
derecha.
-No, gracias hermano, yo no le doy a eso-, le dije lo más
decente que pude, asustado pero procurando que no se pusiera
bravo.
-No se asuste monito, no le voy a hacer nada-, me respondió,
seguramente por la cara que le hice.-Eso es bueno que los metan
a ustedes, para que se den cuenta como es que nos tratan y
después intente hacer algo-, concluyó el mismo indigente.
Cuando volvieron los policías a la van, nos abrieron la puerta y
pude ver que mi papá ya había llegado. Él es abogado, así que
creí que las posibilidades de salir aumentaban. “Pa, dígale a
esta gente que vaya a coger ladrones y me suelte a mí”, le dije
y en ese instante uno de los policías me miró mal y manifestó
que ya iba a cerrar la puerta. “Mono toca que controle esa
boquita, no sea que nos pase algo peor por su culpa”, me
advirtió otro de los indigentes, o habitantes de la calle, como
les dicen respetuosamente los policías.
La salida
De un momento a otro la van arrancó y se dirigió hacia un gran
portón naranja que hacía de entrada del edificio de la UPJ.
Apenas nos metieron, divisé un gran patio al que precedían dos
grandes bodegas en ladrillo, con tejas naranjas y puertas en
metal. De nuevo, como en la estación, nos condujeron a un corral
improvisado. Había que esperar a que terminaran de meter a las
bodegas a las personas que faltaba de Ciudad Bolívar.
Las nubes con amago de lluvia se fueron y ahora un sol picante
brillaba en el cielo. Por esta razón nos dejaron ir a la sombra.
En ese mismo momento sonó una voz preguntando por mí, por
Andrés, por su amigo Duque y por Alejandro.
-Yo soy Edison Monroy-, dije al escuchar mi nombre.
-Mire, yo soy el teniente Cruz, subcomandante de la UPJ-, me
dijo un hombre de aparentes treinta años, de estatura media y
contextura delgada. Luego prosiguió.- Cuénteme qué fue lo que
pasó, ¿por qué está aquí?
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pelearse y llegó la Policía, pero se equivocaron porque nos
llevó fue a nosotros-, le explique.
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-¿En cuánto tiempo?-, pregunté ansioso
#NAME?
pasar nada porque ya están bajo mi custodia y yo sé todo lo que
sucede-, concluyó el oficial.
Pasada una media hora ya estábamos dentro de una de las bodegas
listos para una nueva requisa. Uno por uno nos hicieron meter a
un pequeño cuarto en el que un señor con tapabocas, le ordenaba
a uno quitarse toda la ropa y que hiciera dos sentadillas, para
verificar que no se traía ningún arma, droga u otra cosa
prohibida.
Luego, a los cuatro que hablamos con el teniente Cruz nos
llevaron a lo que en la UPJ llaman playa alta. Como en un
conocido reallity, la UPJ está dividía en tres zonas: playa
baja, media y alta. La primera es una bodega completa, en donde
meten a casi todos los hombres que llegan al lugar y en la cual,
me contaban los indigentes, si uno no está bien acompañado, lo
roban o lo violan. Playa media es una bodega más chica, ubicada
al lado de donde a uno lo requisan. Ahí llevan a los hombres que
están próximos a salir. La mejor era playa alta, donde yo
estaba. El lugar no era muy grande, por ahí unos 20 metros de
largo por cinco de ancho. En esta zona, había dos pequeñas
celdas de rejas naranjas que no ocupaban ni la mitad del salón.
En una metían a los travestís y en la otra a los hombres que
habían sido recomendados, como nosotros. El resto del lugar era
para las mujeres. De estas no había más de 15, lo cual
confirmaba que las mujeres o son menos corruptas que los
hombres, o es que se dejan pillar menos fácil.
En esta zona solo estuvimos como diez minutos, puesto que Cruz
llegó para sacarnos. Una señora regordeta de cabello rojo me
hizo firmar un libro verde donde registran a los detenidos.
“Edison Monroy, 18 años, estación de San Fernando, hora de
entrada: 02:00, hora de salida: 17:00”, decía la hoja de orden
de salida.
-Teniente, ¿estos muchachos por qué se van tan rápido?-,
preguntó la gorda pelirroja a Cruz.
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pariente de alguien de la presidencia-, le explicó el oficial.
Al otro día me enteré que lo dicho por Cruz no era verdad. Lo
que pasaba era que los padres de los otros tres que iban
conmigo, Andrés y los otros, habían pagado una suma cercana a
los 100.000 pesos para que los dejaran salir libres. Y por mí,
había hablado un tío de Julián, que había sido miembro de la
guardia presidencial.
Ya con una cara de felicidad que no me quitaría nadie, me dirigí
hacia la salida, no sin antes pensar que la justicia en Colombia
es muy endeble, que tenemos un cuerpo policial que es igual o
peor de corrupto a los ladrones que persiguen, que el sistema
carcelario no es correctivo ni preventivo y que, lo más
importante, es mucha gente inocente la que termina pagando los
errores de los demás.