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Un viaje al refugio de la ciudad
Chorro de Quevedo, el lugar donde Bogotá late
Por: Sadhú Nicolay Abril P.
Fotografía: Sadhú Nicolay Abril P.
Escuela de Comunicación Social y Periodismo


Es tal vez la plazoleta más enigmática y mística en las que he estado, fuera de los límites que muchos trazan de la ciudad, como la 82 ó 93.  Es como si desde antes de mi llegada estuviera atrayéndome como un imán a un alfiler. Desde lejos se puede sentir el ambiente bohemio y de fiesta, uno que tal vez sea imposible de encontrar, con igual intensidad, en cualquier otro punto de la ciudad.

En la calle 13 con carrera segunda se encuentra la plazoleta del Chorro de Quevedo, en pleno corazón de Bogotá, La Candelaria, o como dirían algunos, el Corazón de Colombia. Me dirijo a ella desde el lado norte, por un tramo angosto y empedrado. “¡Me trajiste al callejón del pecado!”, le dice con acento refinado y angustiado, una señora de edad a quien parece ser su nieta adolescente. Su nombre real es Callejón del Embudo, y su descripción puede ir más allá de una mera mirada superflua. La afluencia de jóvenes es realmente alta, en este callejón se ve sobre todo mucha presencia de metachos, pues buena parte de los bares que aquí se encuentran son para los seguidores de este tipo de música, el metal. Tiendas de barrio, artesanías y hasta un restaurante japonés, dan la bienvenida a quienes por allí transitan.

Puerta tras puerta, se ven letreros como “Sí hay chicha”, “Chicha en totuma”. Los jóvenes toman de esta bebida que, al menos aquí,  simbólicamente le sigue dando guerra a la cerveza. Fue esta bebida importada la que acabó con la popularidad de la chicha a principios del siglo XX, cuando sus empresarios ayudados por los gobiernos de turno, ponían en duda la salubridad de la bebida a base de maíz y en cambio exaltaban las propiedades benéficas del alcohol proveniente de la cebada.     

El último café del callejón, llamado “La Casita”, cuelga en las paredes imágenes de la Bogotá de la primera mitad del siglo pasado, además de algunos cuadros pintados al óleo alusivos a la ciudad, que según sus trazos parecen pintados por un niño de 12 años.

Detrás de la barra de ese café aparece un señor que me da la bienvenida al lugar, le pregunto si conoce alguna persona que sepa de la plazoleta. Inmediatamente coge el teléfono para hablar con su hermano. “Hola mamá, ¿será que mi hermano Luís está por ahí?, dígale que si puede venir un momento para que nos hable sobre la historia del Chorro”. Pienso que sería interesante discutir los sucesos del chorro con una persona joven.

A los diez minutos llega Luís y, contrario a lo que yo pensaba, es un señor de aproximadamente 35 años. Es curioso pensar en la idea de que aun viviera con su madre. Luego de decir que venía de pintar, me muestra orgulloso los cuadros del lugar: sarcásticamente finjo interés, sorprendido de que el pintor que parecía tener 12 años, era en realidad casi un cuarentón.

Andrés, guía turístico de la Candelaria, me comenta que aquí fue donde se fundó Bogotá entre 12 chozas. No hay documentos que permitan validar esa afirmación, que incluso es controvertida por importantes académicos de la ciudad, quienes piensan que sería absurdo pensar en que Bogotá se fundara en un lugar empinado como aquel.

Al pasar los años, el padre Quevedo, obsequió una fuente para los habitantes del lugar, logrando facilitar el acceso al agua para los campesinos. La actual fuente no es la misma que este clérigo donó -de quien toma nombre la plazoleta- pues fue destruida en 1896. En el año de 1969 ésta fue remodelada y en ese mismo año se construyó una capilla en el costado sur del chorro, de nombre Ermita de San Miguel del Príncipe, cuyas funciones eran evocar la primera misa celebrada en Bogotá.

Esta capilla fue construida bajo el modelo de la ermita del Humilladero, un rancho de paja edificado en la esquina nor-occidental del actual parque Santander, al interior de la cual, el 6 de agosto de 1538, Fray Domingo de las Casas ofició la primera misa.  

Frente a La Casita  veo a un señor que atiende un local de postres típicos y que resalta por su edad en medio de tanta juventud pues aparenta acercarse a los 60 años. Le compro una torta de queso,  y al oírlo hablar, su acento me recuerda la finura del hablado capitalino, aunque muchos no crean que algo así se pueda ver en el sector extranórdico de la ciudad.

A medida que me acerco puedo escuchar la voz fuerte pero cansada de uno de los cuenteros de turno, que frente a la diminuta iglesia de la plaza, atrae a los jóvenes, en su mayoría universitarios, para dedicarles un pedazo de inspiración capitalizada en narrativa.

Lucas lleva tres años contando historias en el Chorro. Un día un danés, alto, mono y ojiazul vino a hacer su show de malabares con fuego y se presentó diciendo: “Soy de Dinamarca y me siento muy feliz de estar aquí”; Lucas, al terminar su intervención, lo hizo así: “Soy Lucas de Cundinamarca y también estoy muy contento de estar aquí”. De esta manera este cuentero me muestra cómo un tipo tan pinta como el danés y él, un “morocho pequeño” cundinamarqués, compartían con amistad momentos como ese en el lugar de trabajo de Lucas.

Así mismo recuerda con curiosidad la noche en la que, luego de su “función”, con una corbata de cinturón y una capa color vino tinto, “la pinta de un cuentero”, según él, iba al segundo piso de la casa esquinera donde está el bar que suele frecuentar, diagonal al chorro pasando la estrecha carrera primera, al lado de la tienda rasta de la plazoleta, en la que se consiguen afiches, botones, morrales, prendas de vestir, accesorios y decoraciones alusivas al reggae, a Bob Marley, al León de Babilonia, a Jamaica, y a toda la cultura, ideología y estilo de vida que estos elementos conllevan.

Justo antes de subir las escaleras de aquella casa esquinera y frente al espejo ubicado junto a los escalones, le dice un policía:

-Me permite una requisa me hace el favor.

El “tombo” procedió, seguramente para encontrarle marihuana, que por suerte él  no tenía; bueno, al menos no en ese momento.

-¿Qué tiene ahí?, le preguntó el policía

- Las huevas.

-¿Y qué más?

-… La verga.

Inmediatamente el “tombo” dejó de agarrar, pero a Lucas le quedó la curiosidad de si ese “man” se metió de policía para servirle a la comunidad o para poder palpar. Para él, el chorro representa la comunión de todos los bogotanos. A un costado están los uniformados, y a veinte metros el rastro de mariaca, mariacannabis.

El bar del que me habla Lucas es El Taller, un sitio al que su dueño se atreve a llamarlo aun como salón, y no un pub como ya muchos lo hacen con sus respectivos negocios perdiendo su identidad local, lo que sería una herejía en el Chorro. En uno de los volantes de este lugar, se habla igualmente que es de estilo republicano, pero lo que más veo es su estilo estrambótico. Por ejemplo, el piso del baño que se puede ver sin necesidad de entrar por su puerta estilo lejano oeste, es una mezcla de cemento y botellas de licor.

En su decoración es como un “Andrés Carne de Res”, recargado pero creativo. Difieren en que El Taller es capaz de remitirlo a uno, inmediatamente se entra, a la Bogotá de nuestros abuelos, con sus sillas de cuero rojo y mesas de madera. No se dejan de descubrir con cada mirada nuevos objetos que nos trasladan a otra época: la caja registradora, botellas de gaseosa, fotografías, planchas y teléfonos. Hasta el televisor a color, se asemeja con su marco de madera a los primeros que llegaron a Colombia. A demás de su decoración, su lista de cocteles nos transporta a antaño, con bebidas como: “Bobo del Tranvía” o “Loca Margarita” entre otros nombres que se relacionan igualmente con la plazoleta, aunque tal vez la más llamativa sea “Tumba Locas”, una mezcla de vodka y chicha.

No solo por el sector, sino por su herencia, descubro en este salón lo bohemio que atrae frecuentes tertulias así como turistas de todo el mundo. Desde 1950 acogió a la ya extinta Sociedad de la Protección Mutua, fundada en 1893.

La vida en el Chorro de Quevedo sigue. Alrededor de esa fuente de agua, que contradictoriamente está seca, se mueven dos malabaristas en un monociclo lanzando pinos, como de bolos, al aire.                                                                          
 

 Al lado de la diminuta iglesia de amarillo pálido, que realmente es la Ermita San Miguel, se encuentra un pequeño local de artesanías, que vende uno que otro café, aromática o canelazo gracias a una greca que tienen allí. A sus afueras un grupo de jóvenes juegan póquer en una banca acomodada frente a ella. Visten sombreros puntiagudos y trajes que de lejos parecen como de antaño, me da la sensación de estar en un cuento de los Hermanos Grimm, o de J. R. R. Tolkien.

 Me siento en la fuente y doy un vistazo general a la plazoleta, es raro, es como un mundo distinto y Bogotá su periferia. Cuando se está allí de alguna manera se siente la colombianidad, pero como el tiempo parece haberse detenido, hay momentos en el que uno cree estar en cualquier otro lugar menos en una populosa metrópoli como Bogotá, un lugar alejado del sinuoso ruido de esta ciudad, a pesar de estar en el corazón de ella.

Ahí estoy mirando al arco, emblema de esta plazoleta, una vez conocido como el monumento a la locura, donde figuras de personajes de la Bogotá de la primera mitad del siglo XX lo adornaban. De esta obra de Javier Olave, recordando locos como el Bobo del Tranvía, el Conde Cuchucute, la Loca Margarita entre otros, ya no queda nada. El distrito ha dicho que las esculturas están en mantenimiento, pero hasta el momento, la memoria no repuso lo que una vez fue el Monumento a la Locura de la Bogotá del siglo XX.

El distrito remodeló la estructura, lo que antes era un pálido arco de color azul, blanco y naranja, ahora está pintado de vino tinto y color crema. Ahora, aunque arreglado, solo queda su estructura de doce huecos, simbolizando cada una de las chozas con las que se fundó Bogotá. Se antepone así al café-restaurante y postres Rosita, con mesas a sus afueras de manteles a cuadros rojo y blanco, camufladas entre los huecos del arco.

Escucho un acento argentino, junto a mí está una mujer de aproximadamente 27 años, de belleza argenta, platina, gaucha, de cabellera mona y ojos claros. Su cabeza está adornada por un sombrero tan redondo como singular. Es el sombrero Bombín, llamado también Hierro, diseñado en un principio para proteger a quienes montaban su caballo y cuyas cabezas eran golpeadas por las ramas de los árboles. Es el mismo sombrero que lució Chaplin, las indígenas bolivianas también lo usan e igualmente presente en la cultura del Tango. Viendo a Florencia con su sombrero Bombín y sus trajes, a medida que voy descifrando su personalidad bohemia, y aunque es argentina, me doy cuenta de lo mucho que pertenece a esta plazoleta.

Hacía muchos años Florencia quería conocer Colombia, sus compatriotas que visitaron estas tierras le hablaban muy bien del país, y ni qué decir de los colombianos que conoció allí. Hace unos años estuvo en Colombia, y fue San Agustín el lugar que más la atrajo, donde estuvo por tres meses. Para ella, “viajar es como un vicio”, por lo que ahora, y luego de visitar  Chile, Bolivia, Perú y Ecuador, vuelve al país con el que tanta conexión siente. Mientras teje una manilla con gran destreza, ella me comenta que ha logrado costearse el viaje con la venta de artesanías.

Al costado sur de la plaza está el Café Pequeña Santa Fe, donde se vende esta bebida con todo tipo de ingredientes y combinaciones: irlandés, con un toque de güisqui; árabe, que viene saborizado de canela con algo de brandy; arriero, con gotas de aguardiente; campesino, endulzado con panela. En una de las paredes a las afueras de este lugar, vecino a su similar Café Color Café en frente de la ermita, hay un letrero que llama mi atención: “Callejón de las Brujas”. 

Allí se encuentra el restaurante “El Gato Gris”. Afuera, las paredes blancas, los marcos de madera, los floreros y la rústica puerta que invita a entrar, hacen pensar en el periodo colonial. Sigo con la sensación de estar en uno de los cuentos de los Hermanos Grimm, y antes de empujar la puerta me imagino una larga barra llena de duendes y gnomos  que beben y celebran mientras una luz tenue los ilumina. Entro solo para conocer el lugar, porque uno como este vale la pena compartirlo con alguien especial.

Al fondo se ven distintas salas que en un ambiente acogedor invitan a quedarse, integradas por pequeñas colchonetas azules y mesitas como de juguete, donde quienes se sientan a comer los creps, sopas, ensaladas y picadas del lugar, lo hacen al estilo asiático, casi a la altura del piso. Descubro luego unas escaleras de madera, tan singulares como estrechas. A simple vista podrían parecer comunes, pero realmente son un signo de la cultura de ese lugar, es indescriptible, sin embargo es la muestra de lo bohemio, el placer de lo simple, de lo rústico y lo diferente.

La música del guitarrista que toca en vivo acompaña mis pasos hasta el último piso al ritmo de un rocksito suave de Andrés Calamaro, y mientras me aguanto las ganas de un vino tinto al lado de una de las fogatas del lugar, llego a la azotea. Es el clímax de estar en el Gato Gris, donde el frío y oscuro cielo bogotano se fusiona con los edificios que desde allí se ven. 

En tiempos de la colonia, vivía en esta casa una hermosa y adinerada mujer española. Todos los días salía al balcón de su casa y acariciaba un gato gris al que le tenía mucho cariño. Un día, mientras mimaba al animal en ese balcón típico español, conoció a un orador. Ella estaba casada, pero eso no le impidió frecuentar a este juglar con el que días después se fugaría, y nadie más sabría de ella.

“El Gato Gris”, es uno de los restaurantes de mayor visita en el barrio más antiguo de Bogotá, La Candelaria, conocida igualmente como la Zona C. En este restaurante es común ver las tres edades y las distintas clases: jóvenes universitarios, ejecutivos elegantes y los abuelos de la ciudad. Así mismo quienes llegan al lugar, pueden elegir su ambiente. En el primero piso, las mesas próximas a la entrada son perfectas para comidas de negocios, las salas en cambio acogen a quienes vienen en plan de amigos. Al segundo piso va la familia y come en el balcón de la casa, o si se prefiere un plan romántico pueden citarse en uno de los sofás de cara a la ventana.  La azotea es ideal para planes más íntimos. Aun así no es camisa de fuerza sentarse donde uno no quiere, y puede hacerlo en cualquier lugar de la casa sin importar el plan, todo depende en qué mesa se sienta uno mejor.

Visitar la plazoleta del Chorro de Quevedo es como recorrer todo a la vez, es encontrarse con otra época, otro estilo de vida. Justo al lado de El Gato Gris está Balón de Verde, un café-bar de música jazz con shows en vivo, lugar que contrasta con la irónica unidad del Chorro; locales de rock en español, metal, reggae e igualmente música colombiana. Siempre hay algo distinto para ver junto a esa fuente seca, frente al arco de lo que alguna vez fue el Monumento a la Locura en el “pueblito rolo” de Bogotá.

Al Chorro no le pasa el tiempo, pero a mí sí y tengo que irme. Salgo por el callejón del Embudo y enmarcado por uno de los arcos del desaparecido Monumento a la Locura, veo desde allí los edificios residenciales de color curuba en la calle 19 junto a la estación de Las Aguas de Transmilenio. Ese contraste me hace sentir que estoy por abandonar este refugio, este mundo aparte. En efecto así es, casi se convierte en una sensación física el momento en el que salgo de este callejón. Es como si una burbuja me impidiera con fuerza salir de este lugar, aunque finalmente sede y estalla, abandonándome a la enorme ciudad. Pero el Chorro y su oferta de salir de la rutina, de lo común, siempre estarán allí, definitivamente sé que volveré.



 


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