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Crónica de un desplazado
Corazones
de sueños rotos e ignorados
Por:
David Ricardo Ruiz
Escuela Colombiana de Ingeniería
Gilberto
Alfonso Jiménez se despierta día a día con poco abrigo, un día
con más frío que otro, pero al final siempre con frío, o quizás
como él dice “a veces no quisiera despertar”. Su historia es
menos común que la de cualquiera de nosotros. No fue nunca como
la de aquellos cuentos que le leía su madre cuando pequeño,
simplemente porque siempre tenían un final feliz y la historia
de él jamás la tuvo.
Pasa la vida entera tras ojos de vidas que a diario cumplen una
y otra rutina, unos estudian, otros trabajan, otros simplemente
pasan su tiempo disfrutando del dinero que poseen y sin mucho
problema le cantan a la vida y a su vez la vida les canta a
ellos, pero en tierras de olvido se encuentran otros a los que
ella no les sonrió, como lo es el caso de Gilberto Alfonso
Jiménez, uno de los muchos Colombianos cuya rutina es totalmente
opuesta a la de los ejecutivos, trabajadores y estudiantes que
cuentan con la suerte de encontrar un trabajo o una vida digna
en nuestra ciudad, de gente que a pesar de los problemas lucha y
lo más importante, es capaz de soñar.
Inició como un dulce y mágico cuento, y en sus ojos una luz
magnánima que dejaba ver la felicidad que solo puede transmitir
una persona con una vida en paz, y hasta el momento solo empeora
cada vez. Su historia inicia en un pueblo en el Meta, un lugar
pacifico y como muchos de los de Colombia lleno de gente
pujante.
Una casa con un gran jardín en la parte trasera donde su madre
sembraba tulipanes (sus flores favoritas) y con gallos en un
corral junto a las flores que muy puntuales a las 5 de la
mañana, anunciaban la llegada de un nuevo día. Un río que le
daba a este lugar un ambiente melodioso y era la gran dicha de
muchos de los niños vecinos del lugar “la casa donde yo era
feliz” manifiesta Gilberto, quien vivía en este lugar con su
madre, con la mirada ya no tan feliz, tras un 14 de febrero, el
día en que falleció su padre hace algunos años,
Un día muy común para él. Sin saber que sería ese el día más
triste y definitivo de su vida, mientras se duchaba escuchó el
grito de su madre, quizás el grito más estremecedor que nunca
hubiera escuchado. Con prisa y aterrado corrió a indagar el
motivo de éste, y en pocos segundos su madre se desvaneció ante
él. La muerte ese día merodeaba por la casa de Gilberto y sus
ojos presenciaron lo que no debían, porque la violencia no tiene
derecho a violar la felicidad que nace con nosotros y
arrebatárnosla de esta manera. Los problemas de muchos no tienen
por qué afectarnos y derrumbar vidas y esperanzas. En esos
momentos, el instinto de supervivencia fue muy fuerte en
Gilberto, así que su única reacción fue correr por su vida,
después de ser amenazado por gente sin escrúpulos. Hoy, su casa
es uno de los puentes de Bogotá.
Tras convertirse en uno más de los desplazados de Colombia, ya
sus ojos transmitían otra clase de sentimientos; ya nada era lo
mismo y esa sensación de impotencia se apoderaba de su alma, su
mirada albergaba cosas totalmente ambivalentes, tristeza,
rencor, dolor, y al mismo tiempo ganas de luchar, sin embargo
pocas cosas buenas transmitían esos ojos. De lo que había antes,
ya poco quedaba. Al llegar a Bogotá, tenía la esperanza de
contar con la ayuda de alguna de las organizaciones que tanto se
promocionan a sí mismas. Para su sorpresa, se encontró con
“mentiras y babosadas” como él mismo nos cuenta. La primera
noche sin mucha experiencia en este “estilo” de vida durmió en
un parque solitario. Al siguiente día inició una travesía que se
le antojaba más imposible cada segundo, “ni trabajo, ni ayud…
piden una carrera y años de experiencia, y para lo único que yo
estudie fue para vivir en mi tierrita, yo nada más tengo quinto
de primaria encima”. Gilberto sólo aprendió lo necesario para
buscar su felicidad individual.
Para el medio día ya su cuerpo reclamaba comida, -¡después de
todo dos días sin comer se deben sentir entre tanta angustia!-,
la ayuda que él buscaba jamás llegó, suplicar un pan y llorar
por un vaso de agua fueron acciones que no temió hacer y que se
convirtieron en su rutina diaria durante casi un mes mientras
todavía esperaba la llegada de aquella ayuda, y yo entonces me
pregunto ¿Dónde estaban las entidades de ayuda en ese momento?,
los cimientos del que él denomina su hogar fueron mejorando ,
sus paredes en bolsa plástica protegían algunas de sus
adquisiciones callejeras y sus amigos de la calle ya habían
aumentado, su “hogar”. Contaba con un reducido espacio, luz
natural, su techo era el de un puente, y bastantes vecinos con
poca suerte como la de él, vivían junto a su “hogar”.
La venta de droga se convirtió en su sustento y único ingreso,
luego comenzó su nuevo trabajo alterno en los semáforos en la
calle y como él dice “ a uno le toca rebuscársela sino aquí me
muero de hambre” , finalmente un día cuando la esperanza y ganas
ya no cobran tanta fuerza como al principio, la única ayuda que
encontró fue la de una mujer que un día lo vio en un semáforo.
Gilberto nos cuenta que ese día se llenó un poco más de
ilusiones y lo hizo pensar por un instante que no todo es malo y
que todavía hay gente dispuesta a colaborar. Esta mujer lo llevó
a una fundación donde le prestaron ropa y donde se bañaba, y es
así, como su rutina transcurre entre su residencia y sus días
que a veces se pasan en un puente y otras un semáforo de las
calles capitalinas. Así transcurre la vida olvidada e ignorada
de otro más de los Colombianos al que obligado le tocó ver sus
sueños desvanecerse y volver a reescribir su historia, no tan
feliz pero como observamos al interactuar con él, una historia
llevada con orgullo y humor que no se apaga a pesar de los
dolores que carga su vida .
Muchos en estos momentos estarán recibiendo un titulo, un
salario e infinidad de cosas que despiertan admiración en
muchos, a mi manera de ver, en mí despierta mas admiración la
vida de personas que viven un dolor como el que vive Gilberto y
sin duda miles de desplazados por la violencia que se encuentran
en su misma situación.
Al menos considero yo, que es doloroso ver cómo tras una marcha
de un pueblo “unido y hermano” han pasado ya 11 meses después de
que Gilberto dejó su tierra y nadie le ha tendido la mano. Es
triste ver cómo la única respuesta ante la súplica de una ayuda
es la indiferencia, ver que en revistas y periódicos se dedican
columnas completas a temas de economía y globalización y no a
historias tan desgarradoras como la de este hombre, y nuestro
gobierno aún sabiendo toda esta problemática aún sigue dando
prioridad a temas que beneficien económicamente su bolsillo,
¿Qué pasó con toda la solidaridad y hermandad que se gritó a mil
voces unidas el pasado 4 de febrero? Si aún hoy Gilberto sigue
en la espera de su ayuda.
DAVID RICARDO RUIZ
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