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El duende
Por: Jessika Angarita
Escuela de Comunicación Social y Periodismo
Las clases del
miércoles terminan alrededor del medio día, sin embargo la vida
no siempre se debe reducir a la casa, universidad y viceversa;
por ello decidí quedarme un rato en la cafetería junto con mi
amiga. Entre conversaciones y actos latentes para nuestras
propias realizaciones, resolvimos ir al centro a realizar una
actividad, aunque de carácter trivial para ser nombrada.
El encuentro con algunas personas, una llamada y la pereza
hicieron que dudáramos ir, pero cuando el mundo conspira para
que pase algo; ni las personas, ni las situaciones y mucho menos
nosotros mismos lo podemos evitar; si bien no confió mucho en la
fuerza del destino, esta vez nos ganó la partida.
Llegamos a la carrera 11 con 75 para coger el bus que
necesitábamos, pasaron varios, pero el afán enigmático de
nuestras mentes decidió tomar el “Germania”, éste nos dejó a
cuatro cuadras de nuestro destino. Revisé la hora, el reloj
marcaba las 2:05 pm; continuamos nuestro recorrido pensando,
hablando sobre la “inmortalidad del cangrejo” y sobre algunas
anécdotas que permitían nuestra distracción ante tanta multitud.
Entre el centro, el humo, el asfalto, la comida, la gente y los
miles de vendedores ambulantes, algo llamó nuestra atención,
frente al Museo del Oro, sobre la carrera 7ª, en el piso de la
calzada izquierda había una pequeña galería de muñecos, algo
excéntricos, grotescos, eran diabólicamente alinéales. Nos
acercamos un poco más. Particularmente me detuve anonada
observando el detalle de cada figura; elfos, dragones,
esqueletos, duendes y demonios eran las formas que reconocía. A
primera vista parecía que estaba atendiendo un joven metalero,
cuando pregunté sobre el material con el que estaban hechos, del
piso se levantó un hombre del cual no me había percatado de su
presencia.
Su estatura aproximadamente era de un metro y medio, tal vez un
poco más. Tenía puestos unos jeans, una camisa normal, de su
cuello colgaba un “atrapasueños”, logré visualizar una serie de
tatuajes en sus brazos, así mismo tenía un arete en forma de
pluma que colgaba de una de sus orejas; a pesar de su aspecto
estrafalario me inspiró un poco de confianza. Se acercó y nos
dijo “vengan, a mi me gusta hablar con la gente” y tomo de su
espalda un gorro de color naranja y se lo puso.
Decidí preguntarle acerca de si tenía alguna influencia
artística como el dark art para realizar sus obras, el respondió
“¿el qué?”, entonces, le aclaré que se trataba de un arte
oscuro, pero él se remitió a decirme que sólo usaba la
imaginación e inspiración innata… Al instante retomé la pregunta
sobre el material de los muñecos infernales y con una confianza
plena respondió que la materia prima era extraída de los huesos
de los muertos, y nos dijo “miren las manos de mi amigo (el
metalero)” al observarlas, no se si por casualidad, corroboramos
que estaban llenas de tierra, lo que generó que nuestra mente
hiciera una inferencia “obvia hasta lo absurdo” de que era una
fiel prueba de la reciente exhumación.
Después se acercó subrepticiamente a mi amiga y le dijo que si
quería ver la muestra de la última profanación realizada que
correspondía a la de un niño, luego, levantó de su puesto una
maleta verde que estaba cerca de un cuerpo amorfo de color
negro, adornado con figuras demoníacas; lo interrumpí y pregunte
¿Qué es eso? y mientras respondía que era para mujeres infieles
cogió lentamente la punta del objeto y cuando la alzó salió un
pequeño sable, lo dejó e inmediatamente volvió a coger la bolsa
verde de las cual sacó una pequeña calavera.
Nuestra oscura emoción superaban la razón, las continuas
visiones herméticas permitían que continuáramos escuchándolo y
dijo “les voy a regalar algo, porque me cayeron bien” y de otra
bolsa, ahora negra, sacó cuatro pequeñas pepas de color negro y
dijo “son unas pepitas para la buena suerte en cuestiones
amorosas”. Las recibimos pero nos parecieron algo extrañas, al
igual que a él, a su amigo y a los objetos que vendía;
finalmente despertamos de la fantasía lóbrega y decidimos
continuar con nuestro camino, no sin antes preguntar cuál era el
nombre del extraño personaje y respondió “no tengo nombre, solo
soy conocido como el duende”...
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