
Una Tierra de cafetales.
Por: Juan Carlos González
Escuela de Comunicación Social y Periodismo
Una tierra de cafetales, montañas y riachuelos se asoma desde la
cordillera donde las palmas de cera dominan el paisaje, “el Quindío una tierra sin
humo”. Como dicen sus habitantes refiriéndose a que en la región no hay fábricas de
gran tamaño.
El
paisaje del Quindío, no es muy diferente al de otras regiones. Sus casas de corredores
amplios y largos que se juntan en el techo con barandas de guadua pintada de rojos,
anaranjados, y verdes entre otros, se unen con la teja española. La swinclia,
los grandes guaduales y sobre todo los cafetales, adornan las carreteras de esta bella
región.
Me levanto con el alba, a tomarme mi tinto de chaqueta (tinto con agua de panela), me
arreglo lo más rápido que puedo, para salir a coger una buena bestia, para que el
camino de herradura que me espera no sea tan duro. El camino que rodea la montaña es
bastante rústico, es la ruta por donde hace no muchos años las haciendas de la región
sacaban su café a la carretera, pero nosotros vamos en sentido contrario, hacia la
cordillera. Por el camino nos encontramos con don Benjamín un campesino que vive en lo
alto de la montaña, vendiendo a los turistas, galletas de café, tinto, gaseosas y
hasta escapularios.
Benjamín es hombre de pocas palabras, todo lo que dice lo piensa cuidadosamente, - yo
soy mejor oyente, prefiero oír lo que dicen, mas no opinar al respecto – me cuenta, -
Ud. es periodista ¿no? – Yo titubeo por su observación y continua diciendo – por el
equipaje se conoce al pasajero - , dentro de las alforjas de mi mula que se llama
“Rosita”, llevo: un block de notas limpio, un trípode, la cámara, una grabadora, un
par de pantalones y unas cuantas camisas. El camino se hace cada vez más empinado y
angosto a medida que nos acercamos a la cuchilla, un paso en la cima de la montaña
donde por un lado hay un riachuelo y por el otro un desfiladero.
Al llegar nos bajamos de las mulas, para dejar que ellas suban solas, nosotros detrás
de ellas, rezando para no irnos por el desfiladero, una mula se resbala y sale dando
votes por la montaña pero al llegar a la planicie se levanta como si nada, se sacude
un poco y patea, -que berracas son estas bestias– comenta el encargado, un personaje
sacado de los cuentos de los abuelos, es tuerto, camina chueco y sus dientes son
oscuros como el humo, pero claro está tiene su calza de oro, es un tolimense de frases
largas y tendidas, saluda amablemente a todos los vecinos de la vereda y ya con
confianza me dice “guambito” ( chino, culicagado).
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Después de dos horas de camino paramos en un beneficiadero de la finca,
donde Pedro, el encargado, me muestra que allí es donde lavan el café y lo empacan
para luego transportarlo a la carretera para que lo recoja el jipado que lo lleva
a la hacienda, para que sea pesado en las romanas. Después descansar por unos
minutos reanudamos nuestro camino ya en descenso por un cafetal que se extiende
hasta donde alcanza la vista, los cafetales son frondosos, abarrotados del rojo,
amarillo y verde, es una vista espléndida; a lo lejos se ve el aeropuerto de La
Tebaida, un poco más allá Armenia, con sus pocos edificios, donde las montañas han
obligado a separar diversas zonas de la ciudad .
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Beneficiadero de café
Finca Bavaria, Tebaida Quindío
Fotografías:
Juan Carlos González |
A medida que nos acercamos a la hacienda, se
ven a lado y lado de la carretera ya pavimentada beneficiaderos y fincas de recreo que
conservan su arquitectura: techos de teja española y grandes corredores, pintadas de
verde y blanco o de blanco y anaranjado. Los guaduales y los cafetales dominan el
paisaje, a medida que nos acercamos a la entrada de la hacienda que se reconoce por
sus muros naturales de suinglia, entramos por una camino de laja, pasando por
un lado del quiebra patas. La casona es inmensa,
llena de heliconias y orquídeas de todas las clases, blancas, rojas, amarillas,
violetas. Tienen un mirador en guadua, desde donde se puede ver todo el recorrido que
hicimos, nos reciben con un aguardiente en una mini-coca redonda que tiene un lazo
para colgársela del cuello. Carolina, la hija del hacendado, es un niña alta, de pelo
castaño, de habla fuerte, tiene unos ojos chiquitos y una sonrisa que deja inmóviles a
todos los hombres. Su cuerpo es fino y delgado y sus labios hacen juego con el resto –
buenos días – saluda con su acento paisa – ya les tenemos su arepita, con morcilla y
chorizo para que desayunen-. Es el final de una mañana, y el comienzo de otra aventura
en la tierra de los cafetales.
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