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El Gallo
en su Polvorete
Edison Monroy
Comunicación Social y Periodismo
A mediados del siglo pasado las peleas de
gallos eran una de las actividades más concurridas y disfrutadas
por los colombianos. En la actualidad la tradición se ha perdido
y en Bogotá son pocos los sitios en donde se siguen realizando
esta clase de eventos. Retrato de los que aún dan su vida por
los gallos.

"La pelea de gallos"
cortesía

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“Ese gallo está envenenado”, dice ofuscado don Aristóbulo
Sánchez al observar que el gallo colorado venció a su contendor
en tan solo treinta segundos. El resto del público de la gallera
parece darse cuenta de lo mismo y en seguida todos en un solo
grito le exigen al árbitro de la pelea que revise el animal.
Efectivamente, el comisario descubre que en las espuelas de
carey que tiene puestas el gallo en sus patas hay un líquido
extraño que tiene gran incidencia en el resultado de la
contienda.
Era muy fácil saber que había trampa. Ese gallo era de
un principiante y en esto es difícil que en las primeras
peleas se gane tan rápido”, afirma don Aristóbulo, un
hombre que de los 63 años de edad que tiene, ha dedicado
más de cuarenta a las peleas de gallos. Él, al igual que
cientos de aficionados, asiste todos los miércoles y
viernes a la Gallera San Miguel, una de las
denominadas catedrales de los desafíos gallísticos en el
país. |
Fue fundada hace 50 años en Bogotá y es uno
de los pocos sitios legales que se resiste a desaparecer en la
capital. Por el famoso coliseo gallístico han pasado los
galleros más destacados de cada década, puesto que, como asegura
don Aristóbulo, gallero que se respete ha ganado en San Miguel.
Un pito suena en los parlantes que se ubican en las esquinas del
lugar. Los ánimos de los espectadores, que se habían alterado
por el suceso de la pelea anterior, se calman al escucharlo. En
el centro del ring, un círculo de aproximadamente cinco metros
de diámetro, se sitúa un señor de baja estatura, gordo, de
cabello corto y espeso bigote negro. Del techo baja un micrófono
e inmediatamente el hombre lo coge con sus manos regordetas y
con una sorprendente voz de locutor anuncia la siguiente pelea:
“El club gallístico San Miguel les vuelve a dar la bienvenida.
El cuarto desafío de la noche será entre Veloz, de Alberto
Cifuentes, y Sucux, de Guillermo Roncancio. El combate comenzará
en cinco minutos”.
Apenas termina de hablar el maestro de ceremonias, vuelve el
griterío. Las más de 200 personas que se encuentran en el lugar
se disponen a cuadrar las apuestas. Como si se tratara de una
orden, la mayoría se recuesta hacia una de las paredes en donde
se encuentra un tablero de acrílico en el cual están escritos el
peso y el tamaño de los animales, además del nombre y
trayectoria de los criadores enfrentados. “Es lógico que uno
quiera saber a quién le apuesta. No son bobaditas lo que se
puede perder”, aclara Jhon Sua, un hombre de 37 años, quien dice
ser aficionado a los gallos desde que tiene memoria.
El timbre vuelve a sonar para indicar que las apuestas se
cierran y que en pocos instantes comenzará la disputa. Sua tan
solo apostó 50 mil pesos a favor de Sucux, porque dice nunca
haberlos visto pelear y quiere guardar lo poco que tiene para
las mejores peleas, que son las que se efectúan al final de la
noche. “En esto hay que ser prudente, primero hay que ver cómo
está uno de suerte, porque por más que sepa de gallos si uno se
pone a apostar como loco puede perder mucho”, dice Sua, quien
cuenta que varias veces ha perdido los 700 mil pesos que tiene
como sueldo del mes por no haber “leído” bien la pelea.
Eso no es nada en comparación con aficionados que incluso han
perdido parte de sus bienes raíces. Ese es el caso de don
Aristóbulo Sánchez. El viejo de cabello cano y corta estatura,
era un afamado entrenador y criador de gallos en su natal
Granada (Meta) en la década de los 70. El “Chino”, como era
conocido en esos tiempos, tenía una camioneta Mitsubishi, una
finca de más de 100 hectáreas en la misma región y una casa en
las afueras del pueblo, en donde vivía junto con su esposa y un
hijo, todo ganado gracias a las peleas de gallos. En 1977 fue
invitado a Montería a un campeonato privado donde competían diez
de los mejores galleros de todo el país. El monto mínimo de las
apuestas era de un millón de pesos, que para la época
significaba mucho dinero. Sánchez confiaba en que Tornado, su
mejor gallo, ganaría fácilmente los desafíos, por lo cual
asistió sin dudarlo. Cuando llegó a la lujosa hacienda del
gamonal monteriano, los jugadores decidieron jugar cartas y
consumir un poco de licor. A don Aristóbulo, acostumbrado a
consumir cerveza o aguardiente, le cayeron mal los güisquis que
tomó y no recuerda lo que sucedió después. “Cuando me levanté la
sorpresa fue tremenda. Ya no tenía ni camioneta, ni tampoco seis
de los ocho millones que había llevado para apostar por haber
jugado mal cartas –afirma resignándose el “Chino”- Sé que fue
una jugada sucia. En ese estado yo no podía saber a ciencia
cierta lo que hacía. No me quejé, creí que después Tornado lo
recuperaría todo.”
Esa misma tarde comenzaron las peleas. Tornado, llamado así por
que tenía el mismo color negro que el del caballo del Zorro,
vapuleó a su contendor en la primera pelea. Las cosas para
Sánchez parecían mejorar, pues con solo esa primera disputa
recuperó dos millones y cuando se terminó ese día, después de
que sus otros cuatro gallos pelearan, ya había ganado diez
millones más. A los tres días, cuando se volvieron a efectuar
las peleas -hay que dejar descansar a los animales- el apostador
anfitrión, llamado Cesar Marroquín, le hizo una propuesta que la
codicia de “el Chino” no pudo rechazar: Apostarían la hacienda
de Marroquín contra su finca y diez millones más. Como siempre
Sánchez mandó a Tornado al ring, pero ese día el gallo no tuvo
la agresividad que lo caracterizaba. El bankiva negro, raza de
Tornado, fue golpeado de manera letal por su contendor y quedó
muerto en la arena. Ese día don Aristóbulo quedó sin finca, sin
camioneta, sin plata y sin gallo. “Más que la muerte de Tornado,
lo que me más me dolió fue lo que pasó después. Apenas mi mujer
supo que había perdido la finquita y la camioneta, me puso a
escoger entre ella o las peleas de gallos –recuerda
nostálgicamente el viejo jugador-. Por supuesto yo dije que
ella, pero a escondidas seguí yendo a ver desafíos. La mentira
no duró ni dos semanas. Al enterarse, Berta (su esposa) me hecho
de la casa y se quedó con el niño”. Actualmente, Don Aristóbulo
no trabaja en nada y lo poco que tiene, es lo que le regala su
hijo, que es administrador de un conjunto residencial. Vive
junto con un par de amigos en el barrio San Antonio, el mismo
donde queda ubicada la gallera.
El cronómetro del reloj cuadrado que colgado en la pared de la
gallera San Miguel está en ceros y solo se espera la orden del
juez para que comience el encuentro. La duración máxima de la
pelea será de quince minutos si es que antes no hay un gallo
vencedor. El perdedor será aquel que no pueda levantarse un
minuto después de que caiga. Un tercer pito suena, éste es el
decisivo, pues es el que le da inicio al enfrentamiento.
De una jaula roja y otra azul salen Veloz y Sucux. Al principio
solamente se miran y poco a poco se acercan el uno al otro.
Parece que se estuvieran estudiando, como lo hacen los
boxeadores. Pasa un minuto y aún no se han dado el primer
picotazo. El público comienza a impacientarse. Los madrazos y
quejas se empiezan a escuchar. Cuando el reloj medio minuto más,
Sucux, de color café y blanco, toma la iniciativa y de una sola
embestida manda a su contendor al piso. Veloz, también café pero
de una tonalidad mas oscura, se para de inmediato y responde con
un picotazo que da en la cabeza de Sucux. “Ahora sí comenzó la
pelea”, dice Sua al ver que ambos animales alargan sus cuellos
intentando herirse. A la mitad del encuentro los dos gallos se
dan un fuerte golpe en la cabeza que los envía a ambos de nuevo
al piso. El porrazo fue tal que pasados treinta segundos,
ninguno de los animales se ha parado. Sua está impaciente, mira
hacia arriba y cierra los ojos, como pidiéndole al espíritu
santo que ayude a parar a su gallo. Las súplicas parecen haber
dado resultado y Sucux, a diez segundos de cumplirse el minuto,
se pone de pie y se convierte en el vencedor del desafió. Sua
reclama su recompensa: 80.000 pesos, el doble de lo que apostó,
menos el 20% que se gana la gallera de comisión.
Pese a que no se firmó ningún papel donde se especificara con
quién había pactado la apuesta, ni tampoco señalado la suma que
se puso en juego, no han pasado ni dos minutos desde que se
terminó la pelea y Sua ya tiene en sus manos el dinero que se
ganó. “En los gallos no hay acuerdos ni escrituras. Simplemente
se pone en claro la palabra y eso es más que suficiente –asegura
sonriente el gallero-. La palabra de un gallero es lo más
sagrado en su vida e incumplirla es indigno de cualquier
jugador”.
Los gallos políticos
Las peleas de gallos son una tradición muy antigua. La historia
no es muy exacta, pero se tienen indicios de que las primeras
disputas se celebraron 3,000 años antes de Cristo en medio
oriente, donde fenicios y hebreos consideraban la crianza de
gallos como un arte. Más tarde la civilización griega adoptó la
práctica, y en los coliseos atenienses comenzaron a realizarse
esta clase de desafíos. Cuenta una de las historias relacionadas
que Temistóceles, general griego, cuando se preparaba para
combatir a los persas invasores, decidió llevar a cabo una pelea
de gallos la noche anterior a la batalla para inspirar a sus
hombres demostrándoles la natural valentía y coraje de este
animal en la pelea.
En el primer siglo después de Cristo, Julio César introdujo las
peleas de gallos a Roma y por consiguiente a toda Europa. De esa
forma llegan a España, convirtiéndose en una actividad popular
en la zona vasca y en Cataluña. En 1492 los gallos llegan con
Colón a tierras americanas. El conquistador Hernán Cortés era un
apasionado por estos animales, en especial los de raza bankiva,
y es a él a quien se le atribuye que esta casta haya proliferado
y mejorado en América.
Cuando surge Colombia como república, asistir a las peleas de
gallos, una actividad que se veía como puramente española, se
convierte en una de las costumbres de sus ciudadanos. Hasta las
personas de más alta alcurnia y renombre de la historia del país
han gustado de éste también denominado deporte. La gallera San
Miguel ha sido uno de los testigos y por el sitio han pasado
varios personajes importantes, en su mayoría políticos. A mitad
del siglo XX todo simpatizante liberal que se postulara a la
presidencia tenía que primero presentar su programa de gobierno
en el ring del club. Desde Alberto Lleras Camargo hasta Luis
Carlos Galán, todos los políticos liberales han lanzado su
candidatura en este coliseo gallero.
En la década de los noventa la tradición se perdió, pero en la
actualidad parece que se está intentando recuperar, o así lo
hace parecer un cartel en papel periódico que está sobre una de
las paredes blanca y rojas del lugar el cual indica que el 19 de
noviembre Rafael Pardo lanzará en la gallera su candidatura a la
presidencia para las elecciones del 2006. “Es bueno que se
vuelva a lo de antes. Estoy seguro que Pardo recaudará varios
votos por lanzarse acá”, dice don Aristóbulo Sánchez, quien sale
de la zona de peleas, denominada el coliseo del sitio, para
dirigirse a tomar algo, debido a que anunciaron un receso
después de la victoria de Sucux.
En la zona de comida y bar, que se encuentra a la izquierda de
la entrada del lugar al lugar, hay más de 50 personas, casi
todos hombres. Solo dos exuberantes mujeres, aparte de otras
tres que son meseras, se encuentran junto un hombre viejo y
gordo que se distingue por su vestido blanco con sombrero del
mismo color. “Los gallos son un deporte de hombres, las mujeres
es mejor que se queden cuidando a los niños. Es muy poco
femenino que les guste esta clase de cosas. Las que vienen
tienen otra clase de intereses bajo la manga”, afirma Saúl
Medina, un criador que se encuentra preparando a su gallo Romeo
para la que será la última pelea de la noche.
Un timbre suena para indicar que empezará la quinta pelea. La
mayoría de los asistentes se levantan de sus asientos para
volver al coliseo. Ellos se van pero el olor a cerveza y
aguardiente queda impregnado en esta zona. No es para menos,
casi todos se encontraban tomando licor y comiendo fritanga.
Medina se queda, pues está esperando a que uno de sus
acompañantes le traiga las espuelas de Romeo, que se le quedaron
en la casa de uno de sus amigos que vive cerca.
Son las 11:30 de la noche y ya se han realizado dos peleas más,
pero el amigo de Medina aún no ha llegado. El juez de armadero,
aquel que verifica como preparan el animal, le dice al criador
que van a esperar un momento más o si no la pelea se suspenderá
y él tendrá que pagar una multa cercana a los 300.000 pesos.
Afortunadamente para Medina, su amigo llega. En tan solo cinco
minutos, con una perfección que le ha dado lo más de 17 años que
ha dedicado a los gallos, le coloca las espuelas de quince
centímetros a su animal, un bankiva totalmente blanco sin
cresta, como todos los gallos de pelea. “Oficialmente los gallos
de pelea no la deben tener porque no deja desenvolver bien al
animal en el ring. Desde pequeño hay que quitársela para que se
adapte”, sostiene Medina para explicar el porqué esta clase de
gallos no tiene cresta.
Después de armado el animal, el dueño de Romeo lo entrega al
juez de armadero para que sean limpiadas sus plumas y patas con
el fin de evitar cualquier contaminación o sustancia extraña
prohibida, como sucedió en la tercera pelea. Luego de limpiados
ambos gallos son llevados a la valla por dos empleados del juez
de armadero y entregados al juez de valla o ring para que los
metan en las jaulas y estén listos para el desafió.
Son las doce de la noche y las 300 sillas plásticas azules y
rojas, como las de los buses de transmilenio, están ocupadas por
los aficionados. Todos están ansiosos por ver el desafío más
esperado de la noche: Romeo VS. Damián. Las apuestas están 10 a
1 en contra del gallo de Medina, tal vez porque el oponente es
un poco más corpulento que Romeo. Además, Damián es de color
rojo oscuro con algunas plumas negras, tonalidad que lo hace
parecer más agresivo. Jhon Sua, que para esta hora ya tiene
1’200.000 en sus bolsillos, desde hace mucho tiempo es amigo de
Medina y conoce toda su trayectoria. Para esta pelea tiene
confianza en que el gallo de su compadre, será el triunfador por
lo cual apuesta 600 mil pesos a favor de Romeo. “En los gallos
es mejor no guiarse por las apariencias. Aunque Romeo parece ser
más manso, yo se lo que puede dar en la arena. Además, es hijo
de gallo campeón y eso se lleva en la sangre”.
El timbre vuelve a sonar y ambos animales salen de sus jaulas
dispuestos a matar. El primer minuto es intenso, Romeo mucho más
rápido que su contrincante da vueltas alrededor de Damián, como
intentando esperar que se maree con sus movimientos para él
poder darle un buen golpe. Al momento el gallo blanco se
abalanza sobre el rojo y le da un sendo picotazo. Damián alcanza
a reaccionar rápido, respondiendo con una patada que manda a
Romeo al piso. “La pelea está equilibrada –dice don Aristóbulo-.
Damián es más veloz, pero Damián más fuerte”. Entre embestidas,
picotazos y patadas transcurren los siguientes diez minutos y no
parece haber un claro vencedor. Los aficionados avivan a los
gallos con gritos desaforados que parecen no servir para nada
porque la contienda es aún muy pareja.
Cuando ya solo faltan dos minutos para el final y parece que el
desafió quedará en tablas, es decir, que habrá empate, Romeo
corre hacia donde Damián para atacarlo, pero en el camino
resbala. El Gallo rojo y negro aprovecha el momento, y con
mortales picotazos y patadas remata a Romeo en el suelo. El
gallo de Medina parece estar ya vencido, pero su contendor no lo
entiende y sigue golpeándolo encarnizadamente. El joven criador
nota que la pelea ya está perdida y por eso bota al ring una
tolla blanca en signo de rendición. Junto con la otra cuerda,
como también se le llama a los criadores, entran a separar los
gallos. El desafió terminó y el “Colorado” es el triunfador.
Medina está triste porque además de que perdió, su gallo quedó
muy malherido y tal vez no pueda volver a luchar. Sua también
está cabisbajo, la mitad del dinero que tenía se le esfumo en el
último minuto. Los dos se van rápidamente del lugar, esperando
rápidamente que sea de nuevo miércoles para que puedan pedir la
revancha y así recuperar lo que se perdió.
Esa es la vida del gallero, se pierde más veces de las que se
gana. Son muy pocos los que llegan verdaderamente a triunfar,
alcanzando, reuniendo y manteniendo un capital abundante para el
resto de su existencia. Sin embargo, En Colombia aún hay muchos
aficionados que insisten en dar su vida por los gallos, pensando
en que algún día éste se los retribuirá en signo pesos. Sus
alegrías, éxitos, victorias más todo su futuro y de paso el de
su familia siguen aferrados a lo que pueda hacer un animal en el
ring.
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