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Mira, Lee y actúa
Humedal de "La conejera": Refugio de la biodiversidad bogotana
Por: Carolina Ángel Giraldo
Escuela de Contabilidad
Fotos: Cortesía Fundación Humedal de la Conejera

Tingua bogotana, ave insignia de la ciudad en peligro de extinción

Cierto domingo, Johanna y Ányela, dos amigas de Cali que se encontraban de paso por Bogotá, y yo decidimos ir a conocer Maloka. Maloka es un centro tecnológico con diferentes salas interactivas en su interior. Paseando de sala en sala llegamos a una casita, especie de museo, cuyo nombre decía: “Peligro Animal”, lo primero que se me vino a la mente al ver el nombre de esa sala fue que los animales que estaban adentro eran peligrosos y los tenían en exhibición por sus cualidades y características salvajes. En vista de que ya habíamos recorrido, en su gran mayoría, todo el lugar decidimos esperar los 15 minutos (tiempo que tarda cada recorrido) para poder ingresar.

“Bienvenidos: aquí encontrarán especies en vía de extinción. Los animalitos que están en el primer piso, en algún momento vivieron, mientras que los que se encuentran en el segundo y tercer piso son réplicas, dado que hace mucho tiempo dejaron de existir”, fue lo primero que dijo Cindy, guía de la sala, para introducirnos en el recorrido. Quince minutos antes, yo había pensado que el recorrido iba a ser escalofriante al ver a cada especie peligrosa que nos esperaba adentro. Bueno, la verdad es que no estaba tan equivocada, escalofriante sí fue escuchar los motivos por los cuales cada animalito se encontraba en peligro o, en el peor de los casos, había dejado de existir. En ese momento me sentí bastante triste y apenada porque aquellos a los que yo había considerado salvajes eran tan solo víctimas de la falta de escrúpulos de nosotros los seres humanos, quienes en ocasiones como estas no nos vemos tan humanos.

Asombrada por lo escuchado, pero con todas las ganas de hacer algo al respecto, me surgió la iniciativa de documentarme y escribir acerca de dichas especies. De esta manera, muchos podrían conocer e intentar contribuir en la solución de este problema. Al hablar con “Kike”, director del Grupo Internet de la Universidad Sergio Arboleda, y expresarle mi inquietud, me comentó acerca de un lugar llamado: Humedal de la Conejera, hábitat de muchos animalitos en especial de un ave llamada: tingua bogotana, también en vía de extinción.

Entusiasmada por saber más acerca de dicha ave, me encaminé el domingo 18 de noviembre en busca de aquel humedal. Con las indicaciones de “Kike” me aventuré en compañía de Ányela, mi hermanito Camilo y David, un amigo caleño, en el que sería el día fallido, puesto que tras abordar tres transmilenios, un alimentador y un taxi llegamos a Suba Compartir, nuestro lugar de destino, a las 6 de la tarde y el humedal lo cerraban a las 4. Tras reírnos como locos, emprendimos el regreso hacia el Siete de Agosto, barrio donde vivimos.

Ocho días después, llegó el momento de por fin conocer el humedal y de nuevo mi amiga Ányela, mi hermanito y yo nos encontrábamos esperando el transporte que nos llevaría al lugar de destino. Esta vez cogeríamos un bus de ruta Suba Compartir, el cual se demoró como media hora en pasar.

Cuando llegamos al humedal eran las 3:30 de la tarde de aquel domingo. Claudia Molano, guía ambiental del lugar, nos recibió amablemente. Sin embargo, para risa de muchos y tristeza de nosotros, nos informó que los recorridos finalizaban a las 3 de la tarde y no podríamos ingresar al sitio que tanto esperábamos conocer. Afortunadamente pudimos acceder a la información, dado que ella me la proporcionó sin ningún inconveniente.

Bogotá, ciudad capitalina y bosque inmenso de cemento, era una zona de humedales: aproximadamente 50.000 hectáreas, de las cuales hoy sólo queda el 1%, equivalente a 13 humedales, entre ellos el de La Conejera.

Hace un tiempo este humedal era visto como un simple charco, motivo por el cual las instituciones constructoras del sector arrojaban sus escombros sin reparo alguno; por fallas internas del acueducto, las aguas residuales desembocaban allí y al verse este sitio como un botadero, la comunidad traía sus desechos domésticos también. Todas estas acciones contaminantes y la creciente urbanización dieron pie a que los humedales desaparecieran y el de Conejera no sería la excepción.

La contaminación del humedal afectó a la comunidad. Los niños estaban presentando problemas respiratorios y los olores provenientes del “botadero” eran insoportables, tanto así que las personas debían tapar con trapos las puertas y ventanas para que los desagradables aromas no penetraran en las casas.

Desconcertados por dicha situación, los habitantes del sector empezaron a investigar y llegaron al foco del problema. Sin embargo, más asombrados quedaron cuando al escuchar ruidos extraños al interior de aquel lugar se dieron cuenta de que no eran los únicos afectados, puesto que dichos ruidos eran la súplica de los pocos animalitos que luchaban por sobrevivir. Fue de esta manera como la comunidad descubrió que el lugar en el que se encontraban no era un charco y mucho menos un botadero, sino un humedal, hogar de especies endémicas.

Los niños y sus familias empezaron a luchar por reconstruir y salvar ese lugar, hacían cadenas humanas para enfrentarse a las volquetas e impedir que arrojaran más basura y entablaron charlas con las instituciones de saneamiento solicitando apoyo para lograr proteger a las especies afectadas.

La comunidad logró acceder a financiación por parte de instituciones internacionales y sumando a esto los aportes voluntarios, contaron con los recursos necesarios para empezar la reforestación y revegetación. Cada familia adoptaba un arbolito y lo cuidaba hasta que estuviera un poco más grande y se pudiera defender solo. Esta bonita labor inició en el 93 y ha sido una misión muy gratificante. Una de las gestoras fue Beatriz Rojas, quien actualmente es guía ambiental en los recorridos por el humedal.

Entre las especies afectadas se encuentran la tingua bogotana, el cucarachero del pantano y la monjita bogotana, (foto) quienes vieron reducir su población gracias al impacto antrópico y a que los cuerpos de agua se colmataron; es decir, se llenaron de sedimentos y nutrientes provenientes de las basuras. Los juncos, plantas acuáticas en donde anidan las aves, se empezaron a extinguir y con ellas los animalitos. Además de esto, antes de que se vieran contaminados los humedales, personas sin escrúpulos iban a cazar por deporte a las inofensivas especies.

En definitiva, atacados por todos los puntos y sin contar con las aves migratorias que también fueron nuestras víctimas, ellas tomaban el reflejo de los espejos de agua como señal de aterrizaje, sin embargo como los lagos estaban secos, vieron el reflejo en las ventanas de las casas y murieron estrelladas.

Conciente o inconcientemente, nuestra falta de conocimiento y el ignorar la importancia que tienen los humedales y espacios naturales para las especies que allí habitan, hace que se originen circunstancias tan lamentables como la aquí narrada. Claro está que la idea no es quedarnos con la información, sino tomar la decisión de actuar y cambiar.

Hoy el humedal cuenta con 65 hectáreas, de las cuales 35 corresponden al cuerpo de agua. En su interior podemos observar 114 especies de aves, 8 de mamíferos y una gran cantidad de vegetación. Este lugar se mantiene en pie gracias a los aportes del acueducto de Bogotá y del DAMA (Departamento Técnico Administrativo del Medio Ambiente) y de la ardua labor de los miembros que trabajan internamente, quienes conforman una fundación sin ánimo de lucro, pero sí con ánimo de preservar.

Son las 7 de la noche. Llego a mi casa con mucha información y con deseos de plasmarla en un papel, con más ansías por conocer el humedal que la vez en que “Kike” me habló por vez primera de él. Con lo que Claudia me contó, estoy segura de que entrar a ese lugar es una experiencia diferente, porque aquí tú eres el intruso y aunque fuimos los que en algún momento les causamos sufrimiento, ellos no nos guardan rencor y no representan ningún peligro para nosotros. Indudablemente quiero cumplir el refrán popular que dice que la tercera vez es la vencida y poder así conocer aquel mágico lugar.

 

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Bogotá, ciudad capitalina y bosque inmenso de cemento, era una zona de humedales: aproximadamente 50.000 hectáreas, de las cuales hoy sólo queda el 1%, distribuídos en 13 humedales, entre ellos el de La Conejera.



 

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