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Acerca de cómo
ha fluído la historia del barrio El Lago
LOS VIEJOS
TIEMPOS:
que en paz no descansen
Por: María Andrea Peñaloza Romero
Escuela de Comunicación Social y Periodismo
Conocer las realidades pasadas es tarea de todo hombre que se
inquiete por saber de dónde viene y para dónde va. Quien no sabe
lo acontecido anda huérfano de historia, pues lo que somos hoy
es pálido reflejo de lo transcurrido antaño. He aquí una
narración que trata de reunir y describir episodios acerca del
pasado de la zona de El Lago donde muchos nos movemos, pero
pocos se detienen a mirar hacia atrás. Este recuento es una
manera de proyectarnos al futuro y de conocernos a nosotros
mismos. Revivir lo ocurrido es esencial para no morir en el
olvido.
“Los
arquitectos son los Atilas modernos”, aseguró con dureza el
historiador Alberto Bermúdez mientras evocaba aquellos años en
que el suelo sobre el que estaba parado era un agradable lago
llamado Gaitán, pero que desapareció con el paso de los años por
las edificaciones que en el sector se levantaron.
Atila, rey de los Hunos, invadió y asoló los imperios de Oriente
y Occidente entre el 410 hasta el 453 d.c. La historia los
recuerda porque por donde él pasaba todo quedaba destruido. “Soy
el azote de Dios y el martillo del universo, donde mi caballo
pisa no vuelve a crecer la hierba”, eran sus palabras.
Según el doctor Bermúdez, los arquitectos son Atilas porque
“tumban joyas históricas para hacer bobadas, como este armatoste
sin estética al que venimos todos los días (se refiere a una de
las torres de la Universidad Sergio Arboleda, de la cual es
profesor). Destrozan todo. Cómo es posible que hayan quitado las
cuatro fuentes que decoraban la Plaza de Bolívar. Eran una
belleza, el agua era de distintos colores. Cómo se les ocurre
desbaratarlas para convertir la Plaza en un cagadero de palomas,
y perdone la expresión”, dice refunfuñando y colérico.
“Me enfurece pensar que en la zona de El Lago, más
específicamente en la calle 77, quedaba la casa del ex
presidente Enrique Olaya Herrera. Imagínese lo valiosa que era
esa construcción, pero claro, los Atilas la tumbaron”, sostiene
uno de los amigos, colegas y contemporáneos del doctor Bermúdez:
el señor José Antonio Paternostro. Los dos han vivido de cerca
los cambios y la historia de Bogotá y del país durante un largo
período.
Ambos, Bermúdez y Paternostro, entre la nostalgia y las
carcajadas pícaras, recuerdan aquella época en que el barrio El
Lago era algo muy diferente a lo que es hoy en día. “Te acuerdas
que comprábamos un sifón de cerveza por sólo cinco centavos, y
nos lo tomábamos viendo pasar a la gente por el lago de recreo?
Eran tiempos tranquilos, ahora en cambio, ¿qué tal todos esos
trancones y los conductores estresados pegados al pito?”.
El par de señores, vestidos siempre de saco y corbata, como los
cachacos tradicionales que no son (porque uno es barranquillero
y el otro de Armenia), pero que por el largo tiempo que llevan
aquí viviendo son más rolos que cualquiera, se sientan en la
palabra cuando de hablar del Lago se trata. Aunque me miran, sus
ojos parecen estar sumidos en otra dimensión, en una hora
distinta a la que marca el reloj. Siguen esculcando en sus
experiencias de otrora. “Al laguito venían los policías con sus
novias, era un lugar muy romántico”, afirma don Alberto.
En los años veinte de la última década del siglo pasado, El Lago
solía ser un terreno enorme lleno de pastales en donde se
criaban los toros de doña Clara Sierra, pariente del famoso Pepe
Sierra: uno de los hacendados más conocidos de la capital en
aquel entonces, y en cuyo homenaje fue nombrada la Avenida 116.
La parte del terreno que no le pertenecía a esta bohata familia,
era propiedad del Municipio.
Cuenta el libro “Historia de Bogotá”, de Villegas Editores, que
en 1936, el sector se llenó de paseos familiares, de jóvenes
remando y de niños jugando fútbol debido a que cuando Jorge
Eliécer Gaitán fue alcalde, mandó a hacer un lago artificial que
adoptó su nombre en honor y memoria. Con tal sólo saber cómo se
llaman algunas de las calles famosas o lugares recurrentes de la
ciudad, uno puede saber de personajes trascendentes y de la
tradición que envuelve nuestra historia. Es el caso de la
Avenida Pepe Sierra, o del Lago Gaitán.
“El Lago Gaitán comenzaba a 20 metros de la calle 72”, comenta
Inés de Barreto, una mujer que ha vivido en Bogotá durante sus
77 años de existencia y por consiguiente ha sido testigo de las
grandes transformaciones que se han dado en la ciudad. Al
preguntarle sobre El Lago, recuerda que “esto antes era un
potrero con vacas y toros, y había una tiendita donde vendían
unas empanadas deliciosas. Si uno quería entrar al Lago, le
tocaba pasar por una cerca de alambre de púas que delimitaba el
territorio”.
“Lo único que había de urbano –aclara el director del Museo de
Bogotá, Luis Carlos Colón-, era el ferrocarril que luego Jorge
Leyva, siendo ministro de obras públicas en el gobierno de
Laureano Gómez, convirtió en la Autopista Norte”.
“Sí, sí, recuerdo el ferrocarril”, dice don Alberto Bermúdez,
“me contaron que allí un tal Llano se tiró al tren y murió.
Estaba deschavetado. Pero eso sí, antes de suicidarse se tomó
una Colombiana y se comió una cuca. Que en paz descanse”.
Además de los inmensos potreros, del lago y del ferrocarril, uno
de los más antiguos lugares de la zona que se ha mantenido en
pie hasta la actualidad y que fue declarado monumento histórico
y patrimonio nacional, es el Gimnasio Moderno. “Afortunadamente
los Atilas no le han puesto un dedo encima, pero no demoran”,
dice entre dientes el General Ramírez, un amigo de Bermúdez y de
Paternostro que es de su misma generación.
El colegio Gimnasio Moderno queda en la carrera 11 con calle 74,
y “fue fundado desde 1914 por Agustín Nieto Caballero”, tal como
consta en la inscripción tallada en piedra lisa habana ubicada
en la portería de este recinto.
De acuerdo con lo explicado por el director de dicha institución
educativa, Juan Carlos Vargas, “el moderno fue pensado para los
ricos de Bogotá. La idea era construirlo a las afueras de la
ciudad, bien lejos para que la élite no se contagiara ni se
untara de pueblo. Era gente muy “caché” que quería estar aislada
de la muchedumbre corriente”.
Si lo que el Moderno buscaba era estar a las afueras de la urbe,
entonces escogió un buen lugar porque en 1914 Bogotá se acababa
en la calle 72. “Ir a Usaquén era todo un paseo, tocaba coger
flota y andar por caminos destapados. Un viaje completo”,
recuerda doña Margarita Preciado, quien tiene 70 años y
presenció en carne propia esos tiempos y vió cómo era la vida de
entonces. “Bogotá iba hasta el Gimnasio Moderno. De ahí para
allá, o sea el Norte, había una carretera rústica vuelta nada,
parecida a las calles de hoy en día que tienen unas troneras
horribles parecidas a cráteres lunares”.
Asombrado, el señor Bermúdez señala: “Hoy por hoy me aterro al
pasar por el Seminario Mayor y ver que ahora es tan fácil llegar
a él por la carrera Séptima, que es la misma Calle Real. Antes
ir al Seminario era lejísimos, y tocaba circular como por
trochas. Después de que se construyó la Séptima, todo mejoró,
por eso, para mí la Séptima es una de las Séptimas Maravillas”.
Así como las carreteras, muchos otros aspectos del Lago se
trasformaron. Para las década de los años cuarenta, las
construcciones de ladrillo comenzaron a exhibirse, y en las
calles estaba el ruido del tranvía con sus pasajeros, quienes
visitaban lugares típicos del área del Lago tales como la
Avenida Chile y la iglesia de la Porciúncula (existente todavía
hasta que los Atilas…).
“La época de los tranvías era espectacular”, expresa doña
Margarita. “Yo gozaba como enana montada en la Nemesías, que
eran los tranvías lujosos. A veces cogía las Lorencitas, que
eran los tranvías económicos, y me impactaba ver a una señora
conocida como La Loca Violeta. Le decían así porque acostumbraba
subirse al tranvía con un ramito de violetas en la mano y no se
bajaba del transporte hasta que lo cerraran. Había otro
personaje, El Loco del Tranvía, quien se ponía guantes blancos y
se pintaba la cara del mismo color. Corría detrás del tranvía
hasta que no aguantaba más, el cansancio lo vencía y se montaba
en cualquier ruta. Murió en su salsa: lo atropelló un bus. Le
encantaba ir detrás del transporte público. Que placentero ha de
ser morir haciendo lo que a uno le gusta”.
La melancolía se irradiaba en el rostro de Bermúdez cuando dijo:
“Esos sí eran tiempos elegantes. La gente se vestía divinamente.
Era una Bogotá refinada, cívica. No como ahora. Las damas eran
damas y los hombres caballeros. Había lugares de reunión
espléndidos como el Tout va Bien”.
Existió en la calle 72 con Séptima, un club de renombre llamado
Tout va Bien (que al español traduce: Todo va bien), construído
hacia 1960. Él adornaba aquel rincón de la ciudad y recibía a
los capitalinos que se bajaban del tranvía. La costumbre era ir
allí a jugar bolos, tomarse un café en la terraza, bailar. Pero
adivinen qué pasó: hubo que derrumbarlo para construir una
avenida: la prolongación de la calle 72 que comunica con la
Circunvalar.
Ha habido muchos cambios, entre ellos y uno de los más
significativos además de los ya mencionados, es que El Lago
Gaitán desapareció. Se tapó y rellenó con desechos y materiales
de construcción y sobre él se edificaron grandes obras, una de
las cuales es la Universidad Sergio Arboleda.
Dentro de las consecuencias de haber construído sobre un terreno
que antes era lago, se encuentra el hundimiento de los
edificios. No es extraño caminar por la carrera 15 y ver algún
pilar totalmente torcido, desnivelado y tragado por la tierra.
Al respecto, el ingeniero civil José Ricardo Franco, explica que
“algunos edificios se han sumergido en toda su estructura, como
cuando se hunde una moneda en plastilina, lo cual es normal
debido al terreno. Pero cuando el edificio se inclina hacia
determinado lado, es posible que se desplome con el paso del
tiempo. Esta es la situación del Lago”.
Como la población se fue expandiendo, se levantaron edificios de
vivienda en la zona del Lago. Muchos de estos edificios se
encuentran totalmente chuecos y acabados.
La ciudad crecía y la zona empezó a poblarse cada vez más. El
actual alcalde local de Chapinero, Hernando Gómez, cuenta que
“en un principio el Lago era sólo residencial. Ahora es que
dejan montar negocios porque antes era prohibido”. Fueron las
familias prestantes de la sociedad las que empezaron a venirse a
vivir al norte. Este punto cardinal se puso de moda y era
reconocido por ser de “la high”.
“Lo curioso es que los ricos se vienen al norte que dizque para
mezclarse sólo con los de su clase y no rozarse con la plebe,
pero eso es una lotería porque actualmente uno no sabe a quién
tiene de vecino y como ahora son los traquetos los que
tienen plata, mínimo una niñita de papi y mami termina saliendo
con un mafioso que vive al lado suyo”, comenta el doctor
Bermúdez con cierto aire irónico y burlón. Suelta una carcajada
evocando la escena: “Imagínese usted una familia old money
con un narcotraficante bien lobo de vecino. Eso se ve todo el
tiempo, sobretodo en esta zona que tiene tan buen reputación y
estatus y todo el mundo quisiera poder vivir aquí. Esto es cosa
seria, por fantoches las buenas familias han sido víctimas”-
añade.
“Debido a esta situación fue que nació la idea de la casa
campestre en la sabana”, analiza la historiadora Marta Lucía
Márquez, “y preferiblemente en conjunto cerrado porque al
principio, cuando las familias se instalaban en casas aisladas,
las robaban. Más de malas, fueron por lana y salieron
trasquiladas”.
De todas maneras, son muchas las personas que decidieron seguir
establecidas en El Lago. Es una localidad que cuenta con 167 mil
habitantes, vienen a estudiar y a trabajar casi 800 mil personas
y transitan diariamente más de un millón de individuos. ¿Cuántas
historias más podremos contar en un futuro para continuar
ampliando nuestros imaginarios culturales? Hay un pasado que se
recuerda y se transmite, y hay también un futuro que todavía es
nuestro. La historia la hacemos a diario y todos tenemos algo
que aportar desde nuestras ínfimas existencias que se
desenvuelven en esta localidad la mayor parte del día.
“Hay muchos relatos de ayer aun por contar, y alguien siempre
dispuesto a escuchar”, aseguró doña Margarita, y se despidió de
mí con una frase impactante que había leído en una de las
paredes del barrio: “ay mijita, el futuro llegó hace rato y el
pasado siempre está entre nosotros recordándonos cómo se esfuma
la vida en nuestras manos”.
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