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El Limpiavidrios
Por: Miguel Mejía Vallejo
Escuela de Comunicación Social y Periodismo

 Cuántas cosas esconden las personas que trabajan en la calle, cómo es su vida, su “horario de trabajo” y sobre todo, que sienten cuando trabajan, cuando hay una moneda o cuando no. Ésta es la suerte de los que no han sido escuchados aún.
 
Más conocido como “Marquitos”, este pequeño se levanta muy temprano y alista todos sus útiles. Baja hacia la séptima y camina muchas cuadras hacia el norte, y en la calle 72 frente a un CADI, deja todos sus útiles de trabajo, cierra los ojos, ora y le pide a Dios que le vaya bien, pues no quiere quedarse sin un peso esta noche.

Sin saber matemáticas, pues no recibió educación alguna, sabe que tiene menos de un minuto (lo que dura el semáforo de la 72 de rojo a verde) para lavar los vidrios de los carros que pasan por esa calle. A él no le gusta mendigar, pues pedir limosna, “es como robar, pero decentemente” tal como afirma él.
 
El agua la tiene que sacar de una manguera donde riegan las plantas que adornan la Av. Chile, e inmediatamente la vierte en el balde que le tiene que durar hasta la noche.
Es la primera vez que veo una persona, más aún, un niño que trabaja de 8:00 AM a 8:00 PM casi sin descanso, siempre solo, sin tener ni siquiera 15 minutos para almorzar, y con que plata, si la gente lo desprecia.
 
La esperanza de este niño se enciende como el semáforo que ahora está en rojo, pero le dura tan poco, como el tiempo que dura el semáforo cuando está en verde. En pocos minutos, empieza a limpiar los vidrios de los carros, muchas veces le pitan o le echan el carro atrás (casi a punto de atropellarlo) para que no lo limpie, le suben la ventana y los conductores le miran su tristeza y su agonía al rogarle que le de una moneda para que pueda comer por la noche. A cada rato, Marquitos se planta firmemente en la ventana del conductor y sin murmurar palabra, no alcanza a decir ni siquiera “por favor”, y los conductores lo niegan, lo ignoran; por eso, a veces toca lanzarse al limpia brisas de adelante, a veces al de atrás para que a los conductores les toque dar aunque sea una simple moneda. Me pongo a pensar si Marquitos serviría para ser psicólogo.
 
Su tristeza queda por siempre impregnada en la ventana del conductor que a veces no tiene la conciencia de los niños de la calle, no tiene noción de lo que le sucede a Marquitos; entonces el pequeño se resigna, le agradece y con las manos vacías intenta con otro carro.
La suerte es la que gobierna ahora y el “no” abunda en las respuestas. Otro turno en el que no gana nada, otro turno en el que se irán las manos negras de trabajo, mientras los carros Mercedes, BMW y Volkswagen arrancan directo a Rosales, uno de los barrios más “play” de la capital, o simplemente siguen la trayectoria por la séptima.
 
Y a la típica escena de película, empieza a hacer bastante frío, y aunque el pequeño limpiavidrios tirita por la noche helada, no es excusa para que huya de su misión y persiste en trabajar; espera que nuevamente el semáforo cambie a rojo para seguir trabajando, un nuevo trabajo, una nueva esperanza, y esta vez, muchos carros. De nuevo el balde, el limpiavidrios y su sonrisa. De nuevo la negación, el vidrio, los carros y la tristeza.
 
Ya se acerca la noche, y “Marquitos” solo recibió $500 pesos, seguramente es muy poco para los lectores de esta crónica, pero quinientos pesos le sirve para un Chocoramo o unas papas de paquete.
 
Han pasado dos días y Marquitos no aparece en la calle, pareciera que se hubiera tomado el día libre, quizás hoy no venga a trabajar; en cambio, sus “compañeros de oficina” se esfuerzan por ganar más, aprovechando que él no viene, o quizás le ayuden cuando regrese, pero en este mundo, donde escasea la plata, donde cuesta trabajo trabajar (más aún en la situación de esta “profesión”), donde cada colombiano empieza a quedarse sin empleo (o con uno que le “satisfaga”); hay que dudar que las monedas que consigan niños de su misma edad, incluso mayores y menores que él, se la puedan dar. Muchos necesitan el trabajo para mantener a la familia. Para sobrevivir en este mundo complicado e incluso para evitar caer en la pena de pasar hambre.
 
Después de estar ausente esos días, sucio y más cansado que nunca, “Marquitos” llega a su lugar de trabajo y repite la misma situación, pero él ya está acostumbrado – según él – pero no están acostumbrados sus ojos, su fuerza. El trabajo lo va desgastando poco a poco, menos horas de sueño, menos comida, más trabajo, más horas, más noches.
 
Al haberle preguntado el por qué de su ausencia los días anteriores dio una respuesta cómica. Es increíble que un niño como él tenga suficiente humor y creatividad para momentos tan difíciles como el que atraviesa casi a diario: “es que quise tomarme unas cortas vacaciones” – me dice mientras abandona en el suelo sus útiles. Definitivamente una respuesta agridulce, pero así es él, un niño de apenas 12 años y con un enorme sentido del humor, que pone a pensar, cómo tanto trabajo nos pone a veces de muy mal humor.

Cuántas veces vemos a nuestros familiares que llegan muy cansados, a veces de mal genio y otras veces silenciosos después del trabajo; en cambio, éste pequeño sujeto siempre tiene un ánimo gigante, una esperanza diaria y sobre todo, un empuje a hacer las cosas que varios niños de “nuestra estirpe” no lo harían. Su verraquera me deja impresionado, me llena de energía saber que existe gente como él, y que nadie le preste aunque sea cinco minutos para conocerlo.
 
Así puede ser la situación de varios niños que trabajan en diferentes calles capitalinas, unos pueden sufrir más que Marquitos, otros menos que él. Así es la vida de los hombres que nunca los oyen hablar, de los que no tienen como hacerlo ni como expresarse en una sociedad que en su gran mayoría, le importa menos el otro, ya sea por cualquier motivo válido o no válido. Así viven lo que jamás son escuchados, los que gracias a un poca cantidad de bogotanos son auxiliados; pero muchos no nos damos cuenta de su sufrimiento, de la realidad que viven aquellos seres, una realidad que puede ser muy distinta a la nuestra.
Y si así son los “niños de la calle”, los limpiavidrios. ¿Cómo será la realidad de los desplazados, los pordioseros, los indigentes, los “desechables” y los necesitados?.
 




 


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