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Mi primer día esperando lo imposible
Por: Miguel Mejía Vallejo
Escuela de Comunicación Social y Periodismo

Ser periodista es una cuestión complicada, más aún si un principiante estrena labor con una meta que para muchos es difícil: entrevistar al Presidente de la República de Colombia.

Son las dos de la tarde, el clima es desesperante y el lobby del Hotel Tequendama, está abarrotado de guardaespaldas y de personas. La variedad de carros blindados adornan la carrera décima, no en su totalidad, sino en la cuadra que ocupa el hotel. Es viernes, el último día del “II Congreso Internacional Víctimas del Terrorismo”. El presidente Álvaro Uribe se va a presentar en la clausura del Congreso y yo estoy dispuesto a darlo todo, sólo para que me responda una pregunta para la revista virtual de la Universidad.

Me preparo, imagino las muchas formas de hacerle la pregunta y sobre todo, no olvido lo difícil que es tratar de preguntarle algo al Primer Mandatario. Acercarse a él, es enfrentarse a sus guardaespaldas que hacen todo lo posible por alejarlo de la muchedumbre. Cada vez hay más gente y el ambiente del lobby se hace sofocante, esto juntado con los nervios, me desespera.

Mi amigo César y yo esperamos ansiosamente en el lobby del hotel, caminamos de un lado a otro, tratamos de reírnos, hacemos chistes mientras me trato de arreglar la corbata; claro, había que estar bien presentados para enfrentarme al Presidente de la República.
No puedo perder el “papayazo” que Congreso me está dando. No puedo creer que voy a entrevistar a Álvaro Uribe.

– Somos los únicos estudiantes que tenemos la oportunidad de poder entrevistar a Alvarito – le comento a César con un leve toque de humor.
– Si compadre – responde. – ¿Qué pregunta le vamos a hacer al profe Uribe? – continua diciendo. Uribe había sido profesor de la Universidad de Antioquia, según me había dicho César – Migue, háblele ud. de doctor y yo le digo a él profe.

A mí no me importa, el sólo hecho de tener de frente al Presidente y el reto al formularle aunque sea una pregunta me subía la adrenalina. Estoy dispuesto a todo y como indica la frase scout: “Siempre listo”. Inconscientemente hago el gesto scout mientras César me mira asombrado, luego se ríe.

Mientras miles de personas seguían escuchando las diferentes conferencias ofrecidas en el Salón Rojo del hotel, yo repetía mi trayectoria: de un lado del lobby a las puerta de la entrada principal del hotel; cuando veía una persona que tuviera alguna relación con la llegada de Uribe, yo me convertía en espía, me escondía entre columnas y trataba de prestarle atención a algo de lo que decía aquella persona.

De un momento a otro se llena el hotel de hombres vestidos de verde. En la entrada de la carrera, cualquier persona tiene que ser revisado minuciosamente; dejar escapar un detalle cuando se revisa a la persona podría resultar fatal… o ¡mortal!, claro, para el Presidente. Por el otro lado, por la entrada de la calle, la cosa no está tan grave, así que decido con César salir a tomar un poco de aire, a mover las piernas y a echarnos unos chistes para relajarnos. Me siento como un niño chiquito escapado. A veces me pongo a pensar que estoy perdiendo el tiempo.

¿Una marcha por la séptima?
Son las tres de la tarde y me empiezo a preocupar, nada que Uribe llega. Bueno eso es típico de él, típico en sentido que él es el Mandatario y puede llegar tarde por cualquier problema que se le presente, pero los nervios me comen cada vez más. ¿Qué tal que me equivoque o que la embarre? En cualquier momento puede llegar y yo no he planeado mi pregunta, seguro cuando me lo encuentre de frente se me borrará de mi mente y haré el “oso”, en cambio César está tranquilo, esa es su personalidad, además él no tiene que hacer un artículo, cosa que yo sí tengo que hacer.

La personalidad de mi amigo es a veces sorprendente, a él le gusta ver la vida con una tranquilidad que llega ser en ciertos casos exagerada; siempre sonríe, siempre está dispuesto a divertir a las personas que están a su alrededor, incluso si no las conoce. Yo no soy así, yo soy más tímido que él y esa timidez me la tengo que quitar cuando llegue el momento.

Se acerca una mujer de estatura mediana, ojos oscuros que intimidan. Parece que mira para todos los lados, pero al final no mira a ningún lugar en especial, simplemente escaneando la escena. Viste con el traje típico de un militar, el de color verde oliva. Es la Mayor, no le alcanzo a ver su nombre, así que ahora en adelante le pienso decir “mi Mayor”. Ella es la encargada de que todo esté perfecto antes de la llegada del Presidente. Tratamos de ganárnosla, César obviamente sabe como hacer la jugada y cuando me despisto un poco (los nervios me llevan a despistarme casi siempre), él ya le está hablando a mi Mayor. Aprovecho que están ambos hablando y yo trato de sacar alguna información. Ella saca su walkie-talkie se aleja de nosotros un momento, parece con cara de preocupación, inmediatamente da una indicación y guarda el aparato.

– Mi mayor, ¿sucede algo? – pregunto con la intención de ganármela
– El Presidente se retrasó un poco, pero en 10 minutos llega – responde ella.
La Mayor sabía que éramos periodistas, César se lo había dicho, también las grabadoras que sacábamos con frecuencia nos delatan frente a ella.
– ¿Por qué va a llegar tarde, mi Mayor? – insisto.
– Hay una marcha en la séptima
– ¿Cuál es el motivo? – interrogo con preocupación ya que no sé cuanto tiempo voy a estar parado en el lobby. En ese momento recuerdo que tenía una cita hace una hora, – esto se extendió demasiado – comento en voz baja, luego vuelvo a preguntar: – ¿Qué pasó mi Mayor?
– Al parecer una marcha protestando sobre el secuestro de Ingrid Betancourt – me responde velozmente.
Había caído en la primera trampa.

¡Viejo, somos los únicos que estamos acá parados!
A César le encanta hablar de la película “El Gran Pez”, pero mi Mayor no se la ha visto, entonces ella menciona una película cuyo nombre no sabe con exactitud:
– Algo por un sueño – dice la mujer.
– Réquiem – responde César
– ¡Exacto! ¿Muy buena no? – le dice a mi amigo que sigue entre las nubes oyéndola hablar
No sé como César no está avispado para cuando llegue Uribe. Algo me llama la atención, el Ex Primer Mandatario de España, José María Aznar, que había venido también al II Congreso Internacional Víctimas del Terrorismo, se retiraba del hotel, pues su vuelo estaba a punto de salir; cinco minutos después, Patricia Verdugo, escritora chilena y víctima del terrorismo de Estado en Chile en la dictadura de Pinochet en el año de 1.973, cuando mataron a su padre, sale acompañada del diputado Letelier, hijo del Ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Salvador Allende, muerto por una bomba en Nueva York. La pareja chilena salen “al tiro”, como dirían los chilenos, también tienen que estar en el aeropuerto lo más pronto posible. Cuando doy vuelta y vuelvo a la mesa, encuentro que la Mayor se había retirado y en cambio habían dos invitados más: una era periodista de la cadena radial Caracol, otro, un costeño simpático, amable y hablador, de Radio Santa Fe. Me imagino que buscan lo mismo que nosotros. Mi adrenalina, que se me había bajado, volvió a subir.

Hablamos con ellos como por lo menos media hora y luego se levantan, sólo quedábamos César y yo, nadie más, nadie del Congreso, ninguna Mayor, ningún periodista.
– ¡Viejo, somos los únicos que estamos acá parados! – le comento con felicidad. Inmediatamente me pongo más nervioso, era mejor cuando creía que iba a haber gente. Miro a mi amigo, él está fresco, relajado, ya tiene su pregunta para hacer, en cambio yo no.

Son las 5:45 p.m. oigo una sirena y me alegro, pues cuando una ambulancia llega en ocasiones donde el Presidente va a venir, significa que el Primer Mandatario está a pocos minutos de llegar, bueno al menos eso creemos. Ya me importa cinco mis nervios, ya estoy cansado y con hambre. Medito bien en lo que le voy a preguntar a Alvarito y encuentro la indicada: ¿Por qué no pensar que estamos en un conflicto armado? César se queda sorprendido, parece que le gustó.
Han pasado más de 15 minutos y no veo ningún movimiento extraño, me acerco a la puerta de la calle donde él supuestamente va a llegar. Nada. Me dirijo a la puerta de la carrera. Ningún movimiento raro. Me pongo a pensar por donde va a entrar el Presidente, pero tengo fe en mis instintos y me quedo con la decisión de esperarlo cerca de la puerta de la Calle.
Caímos en la segunda trampa.

Y Uribe apareció
Mucho antes nos habían jugado varias bromas que decían que el Presidente ya había llegado. Todo el tiempo que esperamos, perderme las conferencias casi la tarde entera, y la misma desesperación e intriga me tenían harto, pero aún así no me rindo.

Se acerca la oscuridad y me quedo meditando en la situación que nos encontramos César y yo. Analizo cada detalle de lo que he vivido hasta ahora: la “primiparada” como periodista, la supuesta entrevista a Uribe, mi Mayor diciéndonos que él llegaba un poco atrasado pero que en 10 minutos estaba, a los 20 minutos la ambulancia parqueada y la ausencia de periodistas me hacían pensar en lo peor, pero no, mejor no pensar cosas negativas.

– Migue, entremos de una al Salón Rojo – me azora César casi entre un tono cansado y a la vez estresado. Yo no quiero entrar, pero alcanzo a meditar bien las cosas. Lógico, llevamos más de dos horas en el mismo sitio, Creo que la Mayor (ya no es “mi Mayor) nos entretuvo para que no nos enfrentarnos a Uribe. Lo que dijo ella y las películas que habló con César. Nos torearon rico, nos goleó Uribe y no nos dimos cuenta cuántos goles nos metió.
Soy un experto en que me dejen plantado, así que no me sentí mal, al contrario, lo tomé con calma.

Se nos acerca una amiga y nos pregunta por qué estamos sentados aquí y no en el en el Salón Rojo, César le responde que estamos esperando a Uribe para entrevistarlo.

– Uribe llego hace rato – nos responde nuestra amiga con un tono burlesco como diciéndonos que somos unos brutos. Yo no le creí, pero es mejor comprobar que es verdad así que voy al Salón Rojo, entro y encuentro a nuestra meta discutiendo de lo lindo, como si todo hubiera sido normal, como si nosotros no fuéramos los que le esperamos muchas horas parados y sentados.
Había entrado por el sótano. Mucho estúpido, es muy obvio que él entre por ahí, eso me da rabia pero a la vez me da risa, ha sido una experiencia que jamás voy a olvidar y recuerdo la frase que me dijo un periodista: “Bienvenido al gremio, colega”. Con esa frase y lo sucedido hoy me doy cuenta cada vez más que mi profesión es ardua y difícil, que hay que estar pilo en todo momento, no dejarse engañar, desconfiar de todo y sobre todo, tener paciencia.
Marco al celular de César y le digo: Viejo, aquí está hablando nuestro premio. Venga ya. Y así siento, que atrás quedó todo un mundo que se va desvaneciendo poco a poco, luego, el telón cae.

Miguel Mejía


 

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