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Rumba a
ritmo de sexo, droga, violencia y alcohol
Por Diego Felipe
Ortegón Romero
Estudiante de tercer semestre de Comunicación Social
Politécnico Grancolombiano
La mezcla de alcohol, droga, sexo y estudio nunca ha pegado pero
todos los días está presente. En la en la zona de la calle 51
vive.
“Dos Historias paralelas
que muestran una misma realidad, una crónica que deja en entre
dicho la seguridad de ir a rumbear. Entre miedos y amenazas se
esconde una sola verdad”…
El frío y la oscuridad permanecen intactos en
medio de la rumba. Los gritos y la música estridente inundan el
ambiente del lugar. Mujeres hermosas, sensuales y ardientes se
alistan para conquistar una noche más. Los hombres están
hambrientos de placer y seducción, listos para cazar.
Uno de los bares de la calle 51 acoge toda la lujuria en una
sola escena. “Lo que pasó, pasó”, era lo que estaba bailando con
Catalina, la vieja a la que le estoy cayendo, una mujer de
verdad. Por un segundo sentí su calor por todo mi cuello.
“Leo, quiero rumbear contigo toda la noche”. No sabía cómo
reaccionar, la excitación inundó mi cuerpo. Sin pensarlo, la
música nos llevaba muy rápido.
Hombre, le confieso que el olor a marihuana era muy fuerte, se
percibía en cada rincón del bar. Un intenso dolor de cabeza, el
sudor que no paraba y una raya de cocaína me demostraron que la
escena erótica que hacía un segundo acababa de vivir, no era más
que un invento.
La ilusión de Leonardo se había estrellado contra la realidad,
el efecto de la droga esclavizó todo su cuerpo. Había frustrado
un momento muy especial.
La noche apenas comenzaba. Sólo llevábamos 15 minutos en el bar
cuando sentí que una mano rozaba suavemente mi espalda. Ahí
estaba solo en la mesa, mientras un tipo extraño trataba de
coger la maleta de Alejandra. Me levanté bastante alterado.
Grité “¡ojo!, si piensa que le voy a dejar llevar esa maleta”.
Lancé un puño sobre el ladrón y se armó tremenda pelea. Apagaron
la música y el sitio entró en pánico, los gritos invadieron el
lugar, botellas por el aire y mesas en pedazos causaron el
descontrol y la desesperación. Todo el mundo corría.
La pista de baile se convirtió en un ring de boxeo, muchos
“manes” se lanzaron sobre mí. No veía a mis amigos por ninguna
parte y fue cuando sentí una botella en mi cabeza. La sangre
comenzó a bajar lentamente y no supe qué hacer.
Leonardo sintió la muerte, la vio venir muy cerca. Noté que un
tipo sacó de repente una navaja, me chuzó el estomago y el
cuello; no veía nada, estaba débil y caí ensangrentando.
Desperté en la sala de urgencias de la clínica Marly. El
diagnóstico no fue alentador: dos costillas rotas, un pulmón
lastimado, 18 puntos y una maleta perdida.
Nadie respondió en el bar, la rumba siguió como si nada. A ese
“chuzo” de mala muerte nunca más volví. Estuve en la clínica una
semana y aún me sigo recuperando de las heridas. Lo que me pasó
es muestra fiel de que en esos bares la rumba se vive al ritmo
del peligro, el sexo, la droga, la violencia y el alcohol.
El Infierno que rodea a un bar…
La noche del viernes 3 de febrero de 2006 albergaba la mejor
rumba juvenil. Era el primer fin de semana después de las
vacaciones universitarias. Otro bar de la zona abría sus puertas
para recibir a cientos de jóvenes ansiosos de aventura, sexo y
mucho alcohol.
El frío de la calle contrastaba con el calor del lugar. El reloj
marcaba las 9:00 p.m. Entre humo de cigarrillo, música, gritos
de “¡cerveza a 1.200, disfrute del mejor ambiente, niñas lindas
y buena música!”. En medio de la multitud estaba Sofía, una
estudiante de Derecho de la Universidad Santo Tomás, una mujer
despampanante desde su forma de caminar hasta la manera de mover
su cabello.
La blusa (un poco transparente), el pantalón negro muy ajustado,
y zapatos negros punteros de tacón alto, permitían imaginar mil
cosas y hacían que todas las miradas cayeran sobre ella. Rodeada
de un grupo de amigos y acompañada de Andrea, su mejor amiga,
decidió entrar al bar. Recuerdo que estaba oscuro, la música no
me dejaba escuchar nada en el ambiente más que un ¡chispún,
chispún, chispún! Nos sentamos en una mesa cercana a la barra,
grité: ¡mesero 12 cervezas, y una botella de antioqueño por
favor... ¡
Minutos después salió a bailar con un tipo la verdad un poco
extraño, y después, entre el coqueteo y las preguntas
incesantes, comenzó a tocarla por todo el cuerpo. Sentía que
levantaba su blusa tímidamente, recorría con sus dedos toda la
espalda hasta llegar a la cola, cuando lo paró con un fuerte
grito:” pobre estúpido, a manosear a otra”. Le lanzó fuertemente
una cachetada y se alejó con rapidez.
La rumba seguía, la gente bailaba y todos los tipos la miraban.
Se acercó un joven apuesto, alto, fuerte, moreno y sobre todo
muy amable, la invitó a bailar y, bueno, cómo no iba aceptar
hacerlo con semejante “hembro”.
En medio de reggaeton y Hoy es noche de sexo, Sofía se sintió en
las nubes.
-“Este hombre se movía como ninguno, me decía cosas lindas al
oído. Además olía delicioso. Me ofreció salir un segundo con él,
la verdad hacia mucho calor en el lugar, pero extrañamente su
actitud comenzó a cambiar. De las palabras lindas pasó al
atrevimiento, decía cosas obscenas. “¡Sofí quiero estar contigo
hoy! Escucha muy bien la canción, te la dedico con todo mi
corazón”.
En medio de la rabia y el desespero, Sofía se sintió muy mal.
“Porque los tipos siempre me ven no más que como un buen polvo”.
Ingresó al baño donde vivió los cinco minutos más largos,
tormentosos, despreciables y angustiantes de su vida.
En medio de dos espejos, cuatro paredes de color blanco y verde,
tres puertillas que separaban los lavamanos viejos y caídos de
los inodoros indecentes llenos de papel, se percibía un olor
fuerte, penetrante e intenso a marihuana que decía mucho de la
desgracia que estaba a punto de suceder.
Tres hombres encapuchados golpearon con fuerza la puerta del
baño y entraron rápidamente.
La ataron de pies y manos, cubrieron con un espadrapo la mitad
de su cara y con un arma le apuntaron directamente a la cabeza.
-“Unos desgraciados comenzaron a besarme y tocarme bruscamente
por todo el cuerpo. Mientras uno de ellos ataba cada vez más
fuerte los nudos y el esparadrapo, los otros dos me desnudaron
rasgando mi ropa, rompieron totalmente la blusa, cortaron el
pantalón con tijeras y me violaron”.
Gritó y nadie la escuchó. Lloraba sin parar, sentía asco y
desesperación. “Cada segundo me demostraba que mi vida se
sumergía en un profundo infierno”.
La lastimaron y la golpearon. Los tres hombres salieron del bar,
mientras Sofía maldecía y se revolcaba por todo el baño pidiendo
ayuda. Pero nadie escuchó.
-“De aquel momento tan sólo recuerdo las imágenes que
destruyeron toda mi vida”.
En medio del terror y la desesperación entraron los tipos de
seguridad. La levantaron del suelo y la obligaron de inmediato a
irse. Bajando las escaleras que dan a la calle del bar le
inyectaron escopolamina y la subieron a un taxi. Horas después
apareció en un potrero al sur de la ciudad, semidesnuda y
adormecida por el efecto de la droga. Un pordiosero que pasaba
por el lugar fue la única persona que la ayudó.
-“Gracias a él logre llegar a un hospital cercano”.
En un centro médico del barrio “Matatigres” la atendieron. La
policía llegó minutos después. El sargento Daniel Gómez
investigó los hechos.
Horas después llegó su madre acompañada de Andrea, quien estaba
aterrada por lo sucedido.
-“Confieso ante Dios que no me di cuenta de nada, dice. En un
momento vi que Sofía salió a bailar, minutos después nunca más
la volví a ver. Pregunté a todo el mundo si la habían visto,
pero nadie dio razón de ella, su teléfono estaba apagado. Corrí
desesperada a buscarla, presentí que algo terrible había pasado.
Cuando Andrea salió encontró la billetera de Sofía tirada en el
suelo y el celular destrozado. Una conversación extraña llamó su
atención.
-“¡Cómo así que violaron a un niña, partida de estúpidos¡ Yo a
ustedes los contraté para servir a la gente, no para acabar con
ella. Y lo peor, Freddy, ¡ cómo así que usted participó en este
hecho¡ ¿Acaso no es usted policía? ¡ Se largan todos fuera de
aquí, no los quiero volver a ver, olvídense de que algún día
trabajaron en este bar!”
Ahora, Sofía descansa en su casa. Amargada, triste y
desconsolada, tiene que vivir con la culpa de haber abortado a
su hijo.
-“Después de la violación quedé embarazada. Ese niño era un
problema para mí y, peor aun, nunca lo iba querer después de ser
fruto de un momento que acabó con mi vida. Me arrepiento porque
sé que él nunca fue el culpable y jamás debí haber terminado con
la vida de un ser inocente”.
En medio de traumas, miedos y ayuda psicológica, confiesa que
los violadores fueron aquel hombre apuesto que la sacó a bailar,
un mesero del bar y un policía bachiller que disfrutaba de su
noche libre. Sofía se retiró de la Universidad, no volvió salir
y, con sólo 19 años de edad, siente que su vida terminó.
-“Creo que no tengo nada más que hacer en un mundo que me
produce sólo asco y repulsión, pues está lleno de corrupción e
injusticias.
Su madre, en medio del llanto y la desesperación, confiesa que
su hija se ha intentado suicidar ya dos veces pero gracias a
Dios ha fallado.
-“A veces me siento impotente ante la situación de mi hija. Esa
fiesta terminó con nuestras vidas. Espero que algún día salga de
este terrible momento y podamos volver a ser la familia feliz
que fuimos antes”.
Así es la rumba de la calle 51. Una zona en medio de
universidades y bares donde cada día se mezcla droga,
corrupción, sexo y alcohol. Una combinación mortal que además
terminó con la vida de Alejandra Trigos, una estudiante del Poli
que al calor de una cerveza y una canción de salsa experimentó
el sabor de la muerte con un fatídico disparo.
Lo malo no es bailar, menos aun tomarse una cerveza o fumarse un
cigarrillo. Lo preocupante es que una noche de rumba se
convierta en toda una tragedia.
* Los nombres se cambiaron a solicitud de las fuentes.
“Mientras los miedos esconden muchas verdades y las pruebas son
insuficientes, las amenazas constantemente oscurecen el trabajo
investigativo del periodismo”.
* “Adiós Aleja, te ofrezco esta crónica como un homenaje a tu
recuerdo porque los estudiantes del Poli nunca te olvidaremos”.
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