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Rumba bajo la lluvia
Por Natalia Correa parra
Estudiante Comunicación Social y Periodismo
II semestre
Foto cortesía: Colprensa Bogotá.

Era sábado 21 de abril, el reloj marcaba las 6:40 p.m., salí de mi casa junto con mi papá hacia la estación de Alcalá, ubicada a unos cinco minutos de allí. Estaba lloviendo fuertemente y además de tener que aguantarme la mojada, mi papá me repetía una y otra vez: “Yo no hago esto ni porque me paguen, estaría acostado viendo televisión”.  Nos subimos en el transmilenio que decía: G5, también conocido como el “lechero”,  que se detiene en todas las estaciones.  Estábamos a unas 8 o 9 paradas del Coliseo y a eso de las 7:30 llegamos a la oficina de Chivas Tours de Colombia, ubicada en la calle 63#27-06, para al fin empezar nuestro recorrido.

A las 7:40 p.m. arrancó la chiva “La Tetona” de placas TAF de Medellín, con don Jhon Bernal, el conductor, Diana Vargas, la guía, mi papá, mi primo y yo. Nosotros tres muy callados, pensativos y con frío, escuchábamos la canción de la empresa que decía: “En chiva pasamos bueno” repetidas veces, mientras que el conductor y la guía trataban de encontrar la dirección para recoger al otro grupo, y como raro mi papá dijo: “Que noche tan podrida”. Yo aproveché y me puse a detallar la chiva. Tenía tres bombas por ventana, cada una de un color que en conjunto representaban la bandera de Colombia, con el logo de Chivas Tours; arriba del parabrisas, frente al puesto del conductor estaba escrito: “Vicio de Bar”, un nombre llamativo dado al lugar del cual después sacarían el aguardiente.

Llegamos a la dirección 60#45-63, luego de dar vueltas por más de media hora. Vi salir a veinte personas del lugar, lo curioso era que allí decía: Jardín Pedagógico Los Robles, y yo me preguntaba qué hacia tanta gente en un sitio como éste, saliendo a esas horas y a rumbear en un vehículo de esta clase. Nosotros nos habíamos sentado en la parte de adelante, la cual emplean como pista de baile y que es poco recomendable para los que no tienen “alma fiestera”, pero como lo que yo quería era ver todo más de cerca, no le di importancia y me quedé en ese puesto. Iba gente de todas las edades, unos vestidos con jean, y otros un poco formales para la ocasión, eso sí, todos con chaquetas, guantes y bufanda, que a medida que pasaba la noche, empezaban a desaparecer una a una.

No fue sino que se subiera toda la gente y empezaron a pedir música. La primera canción que sonó y con la que se prendió el ambiente fue: Caracoles de Colores de Joe Arroyo. De un momento a otro, se empezaron a parar todos los de la silla de enfrente, y en medio de un espacio tan pequeño, bailaban unas ocho personas, la mayoría mujeres, que se movían de una forma no muy agradable. El cupo estaba casi completo, sólo faltaba recoger a otros de mis primos y a mi mamá, quienes se encontraban esperándonos en la calle 85 con carrera 15 un poco impacientes, porque llevaban cerca de dos horas esperándonos.

Ya todos completos, iniciamos el recorrido típico por la Zona Rosa de Bogotá. Algo importante de anotar, era que yo creía que mucha gente le huía al agua, pero allí pude descubrir, que con tal de salir, disfrutar y cambiar la fastidiosa rutina por un momento de diversión, muchos hacen lo que sea, hasta mojarse y cargar con el molesto resfriado.

En un momento en el que todos estaban sentados, ya cansados de tanto bailar, Diana nombró “La Tetona”, y una señora dijo: “¿Y por qué chiva La Tetona, es que hay muchas tetonas aquí?”, todos soltaron la carjada y yo sólo me quedé mirándola. Estas personas eran conocidas entre sí, y lo único que alcancé a escuchar era que estaban celebrando el cumpleaños de alguno de ellos. Cabe aclarar que no todas podían bailar y no eran tan escandalosas como las que se encontraban cerca de mí, en parte porque no tenían campo.

El repertorio fue desde una buena salsa como: “Cali pachanguero”, la más sonada en las fiestas de pueblo que dice: “pelao, pelao, el bolsillo pealo”, hasta rock and roll y reggaeton.

Finalmente llegamos a la Calera, al sitio de rumba llamado “Chivatos”, que en medio del frío de esa noche, se tornó muy favorable, puesto que tenía un ambiente muy prendido, en el que uno se podía olvidar del clima y hasta de todos los problemas que pudiera tener.

Fue una experiencia agradable, porque nunca había montado en chiva, además de que logré sacar a mis primos y a mis papás de la rutina y pudimos por un buen rato reírnos.
A eso de las 12:15 a.m., salimos del lugar y nos dirigimos a nuestras casas en una mini chivita de la empresa…
Y buenas noches, ¡a dormir…!


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