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Una paseadita por Sopó
Por: Natalia Correa Parra
Escuela de Comunicación y Periodismo
Semestre II

Eran las 7:30 am, del 12 de noviembre. Abordé el bus de transmilenio, B90, rumbo al portal del norte. Luego de una o dos parados llegué a la estación de destino. Enseguida, busqué la salida para coger los buses intermunicipales. El reloj marcaba las 7:45 am, y ninguno de mis amigos había llegado. A eso de las 8:00 am arribó Andrés junto con Clara, su novia. A los pocos minutos descendió Alejandra de otro de los buses, y solo faltaba Mónica para completar los pasajeros de aventura. Duramos casi 40 minutos esperando a que Moni apareciera, y cuando por fin lo hizo, ya nos habíamos enfriado de la cabeza a los pies. Mientras tanto, aprovechamos y empezamos a tomarnos unas fotitos, y ningún transporte que nos sirviera pasaba. Cerca de una hora después parqueó una buseta, y arrancamos.
La carretera estaba despejada, y el día pintaba ameno para un buen paseo. A las 9:40 am llegamos a Sopó y nos bajamos en “La Cabaña” de Alpina. Normalmente a esa hora ya han abierto este sitio, pero ese día las puertas se encontraban cerradas. Entonces decidimos empezar a tomar fotos, y caminar hacia el parque de este agradable lugar. Estaba haciendo más frío del que estamos acostumbrados a sentir en La Capital. Como en la mayoría de pueblos, todos los establecimientos abren a partir de las nueve de la mañana, y en especial si es un día festivo.

Andrés no había desayunado, y decidimos ir a buscar una tienda en donde vendieran algo de sal, como un rico tamal. No se lo pudo comer, puesto que solo tenían, en esos momentos, para llevar. Enseguida quisimos ir a buscar un buen tinto, y en un local, frente al parque, vendían uno muy delicioso con sabor a vainilla. Seguimos caminando y entramos al Centro Comercial y Administrativo Casa de Bolívar, en donde había un pequeño museo de objetos donados por personas del pueblo. Allí dos señoras nos atendieron, y tenían al lado del museo una pequeña cooperativa, en donde vendían sacos, gorros, mochilas, bufandas, guantes, collares y demás artículos elaborados por ellas mismas. De nuevo, nos dirigimos a “La Cabaña”.

Eran las 11:00 am, y al lugar ya empezaban a llegar más turistas. El día estaba estupendo, pero de un momento a otro empezó a lloviznar y tuvimos que ir corriendo al interior de la casita. Allí se pueden apreciar deliciosos postres y demás productos y lácteos producidos en la fábrica. Cada uno escogió entre barquillos de arequipe, merengón de fresa y arequipe con cuajada y crema. A pesar de haber degustado estos manjares, el estómago ya nos pedía algo que no fuera de dulce, por lo que nos dirigimos aun piqueteadero no muy lejos de ahí. Alrededor de las 11:50 am nos sirvieron una bandeja con morcilla, bofe, chunchullo, papa criolla y plátano. Un menú algo grasoso, pero preciso para esos momentos.

Aquí resultó cierto el dicho de que barriga llena, corazón contento, porque después pudimos seguir tranquilamente con nuestra visita. Teníamos la intención de ir a apreciar los famosos cuadros expuestos en la iglesia Divino Salvador, y el señor de la Piedra de Sopó, sino que nos dijeron que los festivos no acostumbraban a abrirla. Como no nos alcanzaba el tiempo para ir al santuario, resolvimos ir a buscar el bus de regreso a la ciudad. A la 1:40 pm nos subimos en uno, y empezó a llover otra vez. Finalmente emprendimos el camino de regreso, y es así como terminó, a las 2:20 pm, nuestro paseo por La Sabana de Bogotá.

 
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