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Un día con los pescadores de Taganga
La disputa
por el langostino
Por
Kilfer Panneflek Mejía
Comunicación Social y Periodismo
Seccional Santa
Marta
Publicado originalmente en Inay
Inay compartió una jornada de trabajo con un grupo de
pescadores de esta paradisíaca bahía y conoció
sus tristezas, sueños y esperanzas a las que se aferran para no
dejar que el mar se las arrebate.
Si Juan Sierra Camacho, hombre de metáforas, pudiera devolver el
tiempo piensa que no estaría sentado en su canoa tratando de
pescar algo, sino vendiendo carne de chivo en su propia
ranchería en La Guajira.
Este pescador, con más de 50 años en el oficio en la paradisíaca
bahía de Taganga, localizada a 10 minutos de Santa Marta en la
que todas las mañanas de lunes a Sábado se estacionan montones
de canoas y botes de pesca, afirma que le tocará seguir como
pescador hasta que su cuerpo aguante.
Razón tiene el viejo Camacho de su cansancio y tristeza, pues él
es uno de los que aun trabaja con el sistema de boliche para
arrebatarle algo al mar con lo que pueda sobrevivir. El boliche
es una red de más de cincuenta metros de largo y tres de ancho
que se deja caer en el agua y se arrastra de la orilla con un
par de sogas de doscientos cincuenta metros que van amarradas a
lado y lado de la red. Están hechas para capturar langostinos –
que se venden a quince mil pesos la libra – el problema es que
en ese afán todo lo que se enrede en el camino lo saca a la
playa.
La maniobra naval no es simple. El pescador le entrega la punta
de una de las sogas a alguien en la orilla, hace una larga U en
el mar y le alcanza la punta de la otra soga al pescador que
espera parado en el lado contrario de la orilla.
Comienza entonces lo más duro. Los hombres que han quedado en
tierra, normalmente unos ocho, empiezan a sacar la red del mar a
punta de músculo. “No es fácil arrastrar una soga mojada junto a
una atarraya larga, es como jalar tres autobuses contra la
corriente del mar y aparte de todo hay que sacar a la orilla
kilos y kilos de material, no sólo pescado”, afirmó Sierra
Camacho, cuando tiraba de la cuerda tratando de sacar el
boliche.
Grupos de cuatro hombres se encargan de jalar
cada una de las dos cuerdas. Al principio, cuando comienza el
arrastre y es menos pesado se pasan la soga sobre los hombros y
la sostienen con los brazos en cruz para empezar a jalar
solamente a fuerza de piernas.
En cuanto se va acercando a la orilla, la red se pone más pesada
por cuenta de todo el material marino que la llena poco a poco.
Entonces los hombres cambian de posición. Toman la soga
directamente con las manos y a la fuerza de las
piernas le suman brazos y manos e inclinan todo el cuerpo hacia
atrás. Parecen
árboles torcidos por el viento. Tirando de la cuerda hay hombres
de todas las
edades y distintas contexturas. “Sólo he visto hacerlo a una
mujer”, exclamó
de repente Juan Sierra. Los que llevan años en el oficio se
distinguen porque suelen ser menudos, secos, de manos gruesas y
dedos nudosos. Las piernas flacas, con apenas algunos grupos de
músculos bien marcados. Sus antebrazos, en cambio suelen ser muy
fuertes y anchos, como los de Popeye el Marino. Según un
pescador del sector esos brazos son el resultado de décadas
jalando el boliche varias veces al día.
Por fin la red va saliendo y con ella se asoma a la arena una
masa sin forma de algas y babosas de mar. Entre ellas,
apretujadas y revueltas, salen manta rayas pequeñas, peces
sable, bolsas de plástico de todos los colores, pescados
redondos y delgados como una moneda que casi nadie recoge y que
mueren boqueando en el pico de cualquier pájaro, latas de
cerveza, peces pequeños de
cabeza hinchada, más peces de formas variadas, ninguno más
grande que una mano y al fondo de todo, camuflados en esa pila
de materia orgánica, evasivos
y difíciles de detectar, los valiosos langostinos.
Puede que al final del día, con hasta diez entradas del boliche
al mar, se haya recogido menos de un kilo del preciado fruto del
mar. Puede que en una o dos
entradas se recojan diez. Hay jornadas maravillosas, muy escasas
y cada vez más raras, en las que recogen hasta cincuenta kilos
de langostinos. Eso significa 750 mil pesos para repartir entre
quince hombres, más o menos. En promedio serían 50 mil pesos,
que en este oficio según Juan Sierra es como
ganarse la lotería.
Mal negocio
Pero esta riqueza, cuando la hay, es efímera. Los pescadores le
disputan al mar Caribe un recurso escaso. “El trópico no es muy
bueno para dar una pesca abundante y carnosa”, afirmó Sierra
Camacho.
Al día siguiente en la misma playa, dos canoas de boliche
esperan a que el mar amaine. Una de ellas lleva tres salidas al
agua y apenas ha capturado medio kilo de langostino que
equivalen a cinco mil pesos, algunos sables, que vendieron en
dos mil pesos y una bolsa de pescados menores que también
vendieron en dos mil pesos. En total, con lo que queda en la
canoa, van diez mil pesos para repartir entre doce pescadores,
el dueño del boliche y el dueño de la canoa.
Haciendo el cálculo de las 15 partes y después de cuatro horas
de faena, a cada pescador le corresponden 555 pesos. El pasaje
en autobús hasta sus casas cuesta 800 pesos. Así que es
necesario esperar que el mar se arregle. Por lo menos para
conseguir con qué volver a casa.
Dentro de Taganga hay otra canoa con un balance similar. Tres
muchachos sentados en el borde de la barca están reconcentrados
cada uno en sus pensamientos. De este lado, en el murito que
separa la playa de la avenida, están los más viejos sentados uno
al lado del otro y en silencio, señal de
que la cosa no anda bien porque cuando hay buena pesca todo es
risa y motivo de broma.
Unos
metros más allá, tres mujeres turistas toman el sol. A juzgar
por los rostros y gestos repetidos son la abuela, la madre y la
hija embarazada, quien está sentada en el piso junto a la
abuela, que no pudo entrar al mar porque las piernas no le daban
para aguantar sola el vaivén del agua. La joven juega amorosa y
lenta a echarse arena en el abultado vientre y a refregársela
con deleite. Luego vienen las olas, relativamente pequeñas, y le
limpia de un lengüetazo lo que ya se ha untado. Esas mismas
olitas de risa son las que amargan la mañana a aquellos
pescadores que de cuando en cuando intentan ganar aguas más
profundas y que ahora tienen la canoa encallada en la playa.
El próximo fin de semana será puente festivo y una horda de
turistas invadirá la ciudad y sus playas. Serán malos días para
venir a pescar a Taganga. Pero hoy es lunes y el mar está un
poco arisco.
Así no hay manera de pescar. Quinientos cincuenta y cinco pesos
por hombres no son suficientes. Doy la vuelta para ver de nuevo
la playa. Las tres turistas siguen sentadas mirando al
horizonte. Al fondo, las dos canoas por fin pudieron entrar al
agua. Los hombres están remando fuerte para ganarle al oleaje y
poco a poco se van perdiendo de vista.
¡Quizás se componga el día! |