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Usaquén: evidencia, tradición y nostalgia.
Camilo Camacho
Politécnico Grancolombiano


Usaquén es volver al ayer con intuitiva nostalgia. Caminar por sus amplias calles es transportarse en un aliento al siglo antepasado. A la colonia. A la aristocrática esencia de la capital en sí misma: la Atenas suramericana.

Aún conservada en toda su gracia, de extensas calles señoriales y ufanas de su hidalguía, engalanadas por el paso de la modernidad urbana y el desarrollo burgués, pero incólumes, empeñadas en su propia añoranza, como un veterano de batallas olvidadas, hacen de esta localidad de la capital, una experiencia única. Tejas de barro, calles de piedras planas, donde al caminar aún se sienten las primeras, toscas, pesadas, irregulares, cargadas en mula por los arrieros a través de las cordilleras inclementes, solo para hacer de Usaquén un monumento burgués-colonial al eterno pretérito de nuestra historia, de nuestra propia identidad.

Usaquén, formado en antaño como las viejas ciudades europeas, por cuadras concentradas en torno a una plaza, en su caso particular, el parque, epicentro de su sutil melancolía. Concéntrico a la cancha, cercano a la fuentecita de dos piezas, seca pero hermosa hay unas cuantas bancas, repartidas por ahí con gracia y en pares, de color café, de hierro grueso negro en sencilla filigrana, con barritas de madera lacada en el asiento y espaldar, gastadas por tanto acoger vecinos pensativos, tímidas parejas y soledades o desapariciones.

La cancha, rectángulo ausente y mal delineado, cobra vida solamente con el rodar de un balón, con los gritos eufóricos de los niños tras este, con el observar de algún inocente o de algún ser querido bien parcializado, de lo contrario es un cuadrilátero homogéneo, en reposo, como suspendido en el tiempo. Esta, cercada tímidamente por murillos de ladrillo, algunos de color púrpura opaco, por quemarse al salir del horno de cocción, donde a sus orillas el viento junta nubes de hojas secas del color ocre del olvido, le dan un toque aún más provincial al parque.

En la otra cuadra, está obediente el Colegio Distrital Santander, seguido por unos cuantos bares acogedores. El colegio, como la cancha cobra vida solo gracias a sus estudiantes arrolladores, uniformados, con las ansias de vivir aún incorruptibles: sus gritos, murmullos, movimientos, charlas, groserías, evasiones, balones, libros, profesores, gafas, batas blancas, faldas, sacos, maletas, esferos y lápices de colores, revuelan por doquier hasta que suena una campana disfónica y contínua, que los reúne al abrir sus puertas y dejarlos salir animados, al parecer, libres.

Dándole la espalda a los cerros orientales, esta la iglesia. Edificio imponente, orgulloso de su propia identidad colonial, que con sus campanazos sordos, de un eco misterioso, hacen conciente, aperciben al lugar de su propia existencia. El campanario, se encumbra cuatro pisos de doble ventanal gregoriano, dejando ver tras de sí unos cuantos escalones que llevan al sacristán a lo más alto. Termina con un techo en redondo cardenal, de color naranja otoñal, algo transparentado por la luz solar. Ostenta sobre un cuartito de ventanita de vitral violeta, un crucifijo no muy grande, algo barroco, de metal repujado, muy criollo.

Enfrentando la iglesia está la Alcaldía. Casona fresca, tradicional de simétricas tejas de barro inmaculado y fachada blanca como la nieve, plana como el hielo pulido, de cenefas bajas, puertas y ventanitas verdes de hace tiempo, con su entrada principal en madera de roble sin lacar recientemente, tal como sus columnas exteriores, anteriores al frente principal. Ostenta distraída un busto reciente en alto relieve de rostro perfilado hacia la izquierda de Simón Bolívar, donado en su honor, el 20 de Julio de 1996 por Don Eduardo Malagón Bravo.

Frente a la alcaldía, reposa también un busto del libertador hecho de bronce, con vetas verdes de óxido por la humedad de la capital, y el paso implacable del tiempo. Este, expectante, con su mirada fija en la alcaldía, que, con el rabillo del ojo parece a la espera de algún arribo anhelado, en ascenso, por la calle 118.

En la otra acera, frente al Colegio Distrital, hay casas convertidas en locales, restringidas a mantener el aspecto tradicional del barrio, pero con una voluntad oculta de cambiarlo sin malicia, inocentes a diferencia del desarrollo de la modernidad. Está la panadería Golconda, La Bodega de las Flores y un par de edificios residenciales. En los alrededores, casas grandes, orgullosas, súpercolocadas, con vetustos árboles guardianes, protegidas por paredes altas, elegantes, con terminaciones de seguridad eléctricas, que solo imponen aún más el enigma engreído que estas esconden en su interior. El cerro de La Calera, cubriendo el oriente horizontal de la ciudad, escondiendo, retrasando el sol, dibujando con su obstrucción telúrica un mejor amanecer, aún más hermoso, le guarda la espalda.

Para comprender un poco mas nuestro pasado, -deber de toda alma inquieta-, causa de nuestro presente indescifrable y futuro incierto, es indispensable conocer lo acontecido a partir de las huellas que la historia misma se ha encargado de exponer ante nosotros. Una visita a Usaquén, evidencia de nuestra identidad, puede ser excelente distracción sensual para el transeúnte o turista inquieto, de gran ayuda para el artista en busca de inspiración, fuente de entretenimiento nocturno para el juerguista, torrente de concluyentes opciones para el alma errante o el espíritu peregrino, inquietos por sus orígenes y por su destino.
                  


 
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