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La medalla
olímpica
Por: Andrés Cristancho
Comunicación Social y Periodismo
Llegó el momento crucial. Yo sin mayor preocupación, con mi lápiz y
un borrador me senté mientras observaba las miradas nerviosas de mis
compañeras.
Siempre he asociado un hecho a una cadena de sucesos que le
precedieron y que sin ellos, la historia no tendría el mismo final.
Estudio en una de las mejores universidades de Bogotá y me destaco
entre mis compañeros; pero esto no se dio sin causa alguna, sin
embargo, sí se dio de la noche a la mañana.
Cada fin de semana, viajábamos con unos compañeros hasta un colegio,
vecino al Portal de la Américas de Transmilenio. Éramos un grupo
pequeño, pues la gran mayoría decidió tomar el curso del pre-icfes
en algún punto de la calle 80.
Este transcurrió entre la pereza de estudiar los fines de semana y
la desesperación que nos producía la ignorancia de algunos alumnos
de otros colegios. Sólo admiramos la calidad educativa de nuestro
colegio, la cual siempre habíamos comparado despectivamente.
Llegó el momento crucial del pre-icfes, el examen. Yo había llegado
sin mayor preocupación. Con mi lápiz y borrador me senté en mi
pupitre mientras observaba las miradas nerviosas de mis compañeras.
Como si fuéramos a corregirlo antes de que lo calificaran.
Intentábamos recordar las respuestas, sufríamos por cada una que no
acertábamos.
La sorpresa vino días después cuando se publicaron las notas. Todos
esperaban una victoria aplastante por parte mía. En cambio, el
triunfo abrumador fue por parte de ellos.
El colegio decidió darnos 7 días de descanso antes del examen
definitivo, esta vez no sería ningún simulacro. No podía darme el
lujo de dejar pasar muchos por mi nombre. Así que me dedique toda
esa semana a resolver los exámenes de los años anteriores y
comparaba mis respuestas con los posibles resultados del examen
real.
Ese 24 De Septiembre
Llegó el indeseado pero tan anhelado día. Me levante con los nervios
normales y con la tan “extraña” oración que realizamos todos los
colegiados. Una plegaría que contiene más ruegos que ni El Señor de
Buga puede digerir tan rápido.
El sitio donde iba a presentar la prueba era el mismo en el cual mi
papá se había graduado de bachiller. Él fue parte de la generación
que pinto el mural que hace famoso al Colegio Nacional Restrepo
Millan. Cuando llegamos, el sitio estaba tan asediado de gente. No
sé aún cuantas personas presentaron el examen ese día y cuántas
personas acompañarían a cada uno de ellos.
Coincidencialmente a la gran mayoría del curso, incluso a los que se
habían preparado en la calle 80, debíamos presentarnos en el mismo
colegio y en el mismo salón.
Entrábamos al aula con mucho nerviosismo, pero conscientes de que
nos habíamos preparado. Por más que escuchábamos y veíamos a los
demás, nos sentíamos en la absoluta soledad.
Pasaron los nervios y cada uno de nosotros hizo lo que le
correspondía. Al final del día querían ir a celebrar. Yo no tenía
motivos para celebrar, quería ir a mi casa y descansar. Mi fiesta
vendría no mucho tiempo después.
Esa Fue La Noche de la Victoria
Era la noche anterior al cumpleaños de mi papá y la fecha de
publicación de los resultados del famoso examen. En ese entonces no
teníamos el lujo de tener Internet en la casa; dependíamos de
Julieth Milena, la única que lo poseía, para conocer nuestras
calificaciones.
Las notas se iban dando a conocer, formándose la tabla de posiciones
de todo el curso. Por cosas del destino, fui la penúltima persona en
ingresar al ranking.
La lista se fue armando con las calificaciones de cada uno en el
ICFES; puesto 30 – se escuchaba por ahí -, puesto 22 – aplaudían por
allá - se igualaba el record del colegio. El conteo continuaba.
De pronto Julieth - ! Cristancho, 5 puesto, 5 puesto, Cristancho no
lo puedo creer ¡- decía con euforia. Sonaba como si me hubiese
ganado la lotería o un viaje alrededor del mundo, solo se escuchaban
gritos al otro lado del teléfono. De inmediato una alegría que
explotaba en mi interior excavó en cada uno de los nervios y los
hizo sentir como nunca antes se habían llegado a imaginar. Aunque
fueran la una de la mañana, mi grito se hizo escuchar por toda la
cuadra.
Si Tan Solo Le Hubiese Apostado Al Baloto.
- ¿Qué puesto piensas alcanzar?- me preguntaba Yuli. - no me pienso
bajar del quinto puesto- le respondí con la tranquilidad de quien
sabe lo que hace. Ella lo recordaría en un programa radial en el que
participaba.
Quedaba la última persona, alguien capaz de romper mi marca. Solo
quedaba esperar el veredicto. El campeonato llega a su final y es
hora de destapar las cartas.
La cara de angustia y desesperación no me dejan estar quieto. Un
grito se reprime en el estomago, los brazos se tensan y las piernas
se rizan.
El teléfono suena como si hubiesen disparado entre mis orejas. A
otro lado estaba Julieth, la chica me había dejado en suspenso; sus
palabras con un tono eufórico y una risa nerviosa exclamaron con un
grito gigante - ¡Cristancho lo logró, Cristancho lo logró,
Cristancho lo logró! -
Ese fue el estallido más grande de emoción que pude haber sentido y
vivido en mi corta vida. Desde ese entonces se vislumbro un mundo de
caminos, como si fuese el dedo del rey Midas, todo lo que tocaba se
convertía en oro. Lo celebre con toda mi familia, llame a cuanta
persona pude; era un record en la familia, colegio y en mi historia.
La Copa Es Para Los Campeones
Ese día al llegar al colegio, recibí más aplausos y abrazos que en
todos mis cumpleaños. Fue como si arribará el jugador estrella, el
que llevó al equipo a ser el gran campeón. Hubo barras, canciones,
comida, abrazos, cual festival. Escribí la historia, mi historia.
Eso era lo que me había propuesto este año, no solamente ese día.
Ese año gané las elecciones presidenciales del consejo estudiantil,
me ennovie con la chica que tanto había deseado, con el equipo de
futbol llegamos a octavos de final en el torneo inter-colegiados de
Bogotá, me admitieron en la universidad que quería; pero no se
comparan con aquel momento de gloria y felicidad. De haber sido un
atleta esto hubiera sido una medalla olímpica.