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En un festival de música electrónica

Viviendo Dentro De Un Cofre
Anyela Roxana Pinto Castellanos

1 semestre Comunicación Social

Es inexplicable la sensación; movimiento por doquier, risas, palabras, luces, imágenes, colores, licor, cigarrillo y...

Estas cosas se pueden encontrar todas juntas en un Festival de Música Electrónica. Un festival al que asisten los apasionados por este tipo de arte. Pero en esta ocasión, sería sólo una noche de Rumba.

Ellos, un mundo paralelo al de los que se encuentran fuera de estas sensaciones, viven con sus propias costumbres, en un cofre valioso para los que a su lado se encuentran y sin trascendencia para los que juzgan.

Todo estaba organizado. La publicidad desde hacía un mes atrás, el establecimiento ubicado estratégicamente para animar al público y generar atracción; el centro de la ciudad, donde los establecimientos que más visita la juventud se encuentran ubicados.

Sería la primera vez que realizarían una actividad de esta y por eso cada día que pasaba era un día menos de expectativa, ansia y preparación.

Aunque era un evento muy sonado en los últimos días, no era la fecha ideal para realizarla. Plena Semana Santa, semana de recogimiento espiritual, como es bien conocida. La iglesia no se pronunció, pero llegado el día indicado, las miradas de los transeúntes y población que pasaba frente al establecimiento, se fijaban con gran curiosidad y tal vez deseo de experimentar en ésta Rumba de Música Electrónica.

El costo de la entrada, el que pagaría cualquier aficionado por su actividad predilecta ya lo podrán imaginar. Las bebidas, combinadas con alguna sustancia. Las energizantes, eran las más pedidas cuando el cansancio llegaba a todo el sistema inmunológico.

En la tarde, horas antes de iniciarse el espectáculo, los preparativos para esta gran noche se revisaban una y otra vez. Papelería y permisos, al día; pedidos, completos; boletería, casi vendida; sonido, el necesario para complementar la dinámica y evitar la estática del público asistente.

Los organizadores todos juntos trabajando mancomunadamente porque sabían que éste evento era de ellos, de quienes amaban y disfrutaban unas cuantas horas de relax y olvido, todo esto generado por un toque electrónico. Un olvido del que todo el mundo tenía idea, no porque fuesen a ser partícipes de esto, sino porque se sabía lo que desencadenaría la celebración.

Llegó la hora, poco a poco y tal vez tratando de pasar desapercibidos se aproximan al lugar indicado quienes esa noche participarían de un programa diferente, en una semana diferente. Un segundo piso de una calle muy concurrida, un espacio ventilado para evitar sospechas. Y así, poco a poco el espacio era ocupado por quienes esa noche querían salir de sus lineamientos diarios sin necesidad de esconderse.

En el ambiente se sentía la inseguridad y prevención, pero en medio de los efectos visuales, la combinación de unas notas musicales, bebidas, cigarrillo y algo más, se dejaba salir al otro yo.

Ese otro yo empezaba a salir a medida que la adrenalina tocaba cada uno de los sistemas que nos componen y contribuían al movimiento generado por el compás de las notas.

El desespero de uno de los asistentes no se pudo evitar. Esas ganas de querer consumir y disfrutar bajo los efectos del alcohol lo llevaban a gritar, saltar y acercarse a mí para pedirme una pepita de las que llevaba en mi camisa. No porque consumiera sino porque estaban estampadas en el vestuario que llevaba.

Su diversión y euforia las dejaba ver con el movimiento generado por la música, pero él no se sentía a gusto. Se movía a un lado, hablaba con uno, con el otro, pero nada lograba sacarle de la cabeza esa sustancia blanca que él quería sentir por sus venas.

Desesperado buscada un vehículo para traer la mercancía. Secretos iban, secretos venían y la alegría aumentada a medida que pasaban las horas. El toque final, se daría en una finca cercana a la ciudad. Muchos no tenían idea de cómo llegar hasta el lugar, pero sabían que tendrían que llegar para no quedar iniciados.

Mientras la hora de partida y dosis llegaban, fumaban y fumaban; bailaban y bailaban. Cerrar los ojos, saltar, mover los pies, dejarlos quietos, mover sólo la cabeza; en el momento no importa como se baile, ni con quien se baile, no importa si se está solo o acompañado, porque en ese lugar todos se conocen, y porque ahí, lo indispensable era disfrutar minuto a minuto.

Besos entre unos y entre otros, miradas que van y miradas que vienen. Estos fueron los últimos ingredientes que atrajeron esa noche mi atención. Ejemplo de esto, la frescura con la que dos niñas, muy conocidas en la ciudad y además excelentes amigas, se besaban sin pudor y dejaban percibir la pasión que sentían en el momento.

Las miradas, por medio de ellas se dejaba ver que tan bien se sentían en el lugar que estaban y que tan a gusto se estaba pasando la noche.

Muchos prejuicios se tornan en medio de estas fiestas y de quienes asisten a ellas. En esta ciudad, fue de sólo una noche, pero, cuando se está en una ciudad tan pequeña…

Estando en medio de ellos noto la frescura y tranquilidad de lo que hacen. No se meten con nadie, es decir, no juzgan a nadie y más que eso, respetan el actuar de los demás. Por eso, no permiten que nadie se meta con ellos y que los respeten, es su vida, es su ambiente y posiblemente una forma de salir de sus problemas o simplemente relajación Si la sociedad los ve como un punto aparte ellos no sufren porque están con los que están y son los que son.


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