Año 7 No 3
Julio 2012
ISSN: 2216-005

      Inicio  Editorial  |  Secciones: Opinión  |  Cultura  |  Crónica  |  Recomendados  |  La Sergio | Los Especialistas

 Literatura   |  Personajes  |  Música   |  Cine  |  Contactos  |  Correo lectores  Foros de Opinión  |  Comité Editorial















 

¿Algún día se acabará la Tauromaquia?
Por: Comité Editorial Altus.

Esta es una sociedad prohibicionista, llena de vetos y coacciones. Prohibiciones que extrañamente en nuestra ciudad son los programas bandera de una administración que se considera a sí misma “progresista”, con legado izquierdoso y muy cercana al pueblo.

La prohibición de andar en carro, si bien data de lo que ya es una lejana alcaldía, ha tenido un especial hincapié en ésta en lo que ha parecido una afanada medida que buscaba más la aprobación popular que el beneficio colectivo. No se quitó o se le dio un término a futuro cercano: simplemente mutó para hacerla más tolerable.

Junto a estas medidas prohibicionistas, se le negó a la corporación taurina la posibilidad de usar la plaza de toros. En lo personal, le sonreímos a esta medida. En el Comité Editirial de Altus todos nos consideramos anti-taurinos, es más, nuestro nuevo director es vegetariano desde hace años. No obstante, intentando asumir la posición más coherente y sana posible, hemos intentado indagar a profundidad sobre esta medida.

¿Realmente el distrito busca acabar con la tauromaquia? Al parecer sí. Pero lejos de tener esas románticas pretensiones de los animalistas, el anarco-veganismo y la moda cliché juvenil anti-taurina, acabar con la tauromaquia es una movida política. Acabar con los toros es una jugada similar a dar “pan y circo”, pero resulta que este pueblo se cansó del circo, entonces “pues a cerrar el circo” y todos felices.

Veamos: ¿Cuántos de ustedes van a toros? ¿Listo? De aquellos que dijeron que sí ¿Cuántos tienen menos de 30 años? Cómo podrán notar, la tauromaquia se está acabando; está pasando de moda. Así como hoy en día en Bogotá nadie tiene de plan ir a un canódromo (porque no hay) o a una carrera de caballos en un hipódromo (porque lo tumbaron), ir a ver torear será en el futuro algo inconcebible. Más aún, la sangrienta y mórbida naturaleza de este espectáculo hará del plan de la “fiesta brava” algo tan salvaje como si, hoy en día, uno le propusiera a la novia ir a unos juegos de gladiadores o a la ejecución de algún criminal en la plaza mayor.

Con este fin más que políticas prohibicionistas, se necesita educación. El problema es educar en pro de la defensa y cuidado del animal, y de las responsabilidades humanas respecto al propio animal. (Eso que los animalistas llaman “derecho animal” sobre lo cual no ahondaremos por razones de tiempo y espacio, los referimos a un artículo de nuestros amigos de Protestar Leyendo, y al excelente libro del filósofo británico, Peter Singer: Liberación Animal)

Quién está en facultad de educar en esta materia cuando, por un lado, se prohíben los toros, y por otro, se amplía el plazo de salida de los vehículos de tracción animal de la ciudad. O cuando se revoca contrato y licencia a una corporación liderada por miembros de la crema de la sociedad capitalina, pero es perfectamente válido tener una gallera (cerca a nuestra universidad hay una) donde van populares ciudadanos a “chupar pola” y comer “pelanga”. ¿Con qué autoridad se va a educar en la defensa de la vida animal cuando se comete tal incoherencia?

Lejos de pretender acabar el toreo por el sadismo del espectáculo y el mórbido placer que produce en sus fanáticos, ese veto a torear en la Santa María es una puñalada política. Un ataque de tinte político a aquellos miembros de la sociedad que gozan de ese espectáculo: senadores, congresistas, funcionarios públicos de alto nivel y por otro lado, traquetos y “levantaos”. Los enemigos del “pueblo”, entendido en la acepción más peyorativa de la palabra.

Seguramente quien goza de los gallos también iría a toros, pero un abono taurino vale, mínimo, lo de unos 5 petacos de cerveza mal contados. Por eso acabar con la tauromaquia es quitarle al burgués, al ricachón y al politiquero su pomposo y cruel espectáculo. Pero seguir permitiendo que entre gallos y perros se acaben, es de lo más normal porque son “diversiones” más cercanas al pueblo, a lo popular.

De igual manera, como los vehículos de tracción animal son el medio de trabajo de un sector social marginado, paupérrimo y casi que invisible (a menos que se le atraviesen a uno en medio de una autopista), extenderles el plazo para ver qué quieren los señores, a ver si se dignan en dejar de usar un medio arcaico que ridiculiza cualquier intención de progreso de la capital, aunque se les ha ofrecido desde comprarles los caballos hasta triciclos de carga, este permiso los “incluye” y hace “más humana” la medida.

La política siempre se entiende como una cuestión de mayorías. La mayoría colombiana no quiere el toreo, de hecho lo repudia y lo considera bárbaro. Por qué no abrir un debate público, incluso con firmas y votos, al estilo de referendo, donde se les pregunte a todos los colombianos si desean que la ley de su nación ampare constitucionalmente un espectáculo que a la mayoría del pueblo le parece simplemente terrible. ¡Ah! ¡Se nos olvidaba que los referendos y las consultas populares sólo funcionan en los países chicos y ricos! Seguramente algún ganadero y finquero haría una triquiñuela de esas tan comunes en la democracia colombiana.

¿Y entonces qué? Pues educar. Enseñarle a las nuevas generaciones que el toreo fue algo que sucedió; algo que no es bueno para la sociedad contemporánea pero que fue aceptado en otros tiempos. Estoy casi seguro que la próxima generación verá en la tauromaquia algo espantoso, similar a la sensación que nos produce hoy aquella popular práctica de los días de la revolución francesa, en la que hombres, mujeres y niños formaban tumulto para ver decapitar a un condenado.

Algo similar ya está pasando con los circos, cada vez son menos comunes y son mal vistos aquellos que emplean animales. Está en auge y furor los circos “sin animales” al estilo del Cirque du Soleil, donde a duras penas sale un pincher en tutú.

Quitarle la “licencia de operación” a la corporación taurina, es una jugada en la misma línea de la estrategia de repartir el pico y placa a horas distintas cuando el problema está en la falta vías. Eso de arreglar un problema dándole la vuelta, no es una solución. La corporación taurina puede seguir toreando en toda Bogotá, siempre y cuando no lo hagan en la plaza Santa María. Si alguien, en algún lado, le presta un predio apto para tales fines a los fanáticos de este cruel espectáculo, hay perfecta legalidad para tal cometido.
Lo que se debe hacer es llegar al consenso. Llegar a un acuerdo en el cual todas las partes, logren concordancia. Colombia debe gestar su propia forma de lidiar con la tauromaquia. Para esto se puede inspirar en Portugal, vecino directo de España y país con un gran legado taurino, que decidió crear un tipo de toreo donde no se buscara la muerte directa del toro (aunque si se le banderilla y se le hace sangrar).

Las Touradas portuguesas son una variante de la fiesta brava que se ha extendido a Barcelona, donde el toro mismo viste una especie de casco de futbol americano. Esta forma extraña de toreo podría ser referencia para el desarrollo de un toreo colombiano, que, yendo más allá, se oponga incluso al modelo portugués, y en el cual no se mate al toro, ni se le hiera, ni siquiera se le puye, y hasta toreros y caballos salgan intactos. Esa sería una innovación de la cual Colombia podría apersonarse y liderar la vanguardia mundial.

Recordemos que cuando se prohibieron los juegos de gladiadores en roma, ciertos señores prestaban los patios de sus casas para que ahí se diera el espectáculo. Sólo fue hasta que la educación del cristianismo, es preciso señalarlo, con distintas costumbres y patrones morales, eliminó del imaginario colectivo el gusto por los gladiadores. A esto debemos apuntar quienes queremos que algún día la muerte de un animal, cualquiera que sea, deje de ser un espectáculo. Educación antes que represión.


 


 
Share |

 
Comentarios a este artículo


Nombre:

E-mail:

Su Comentario:

   

 

 



Share |


 



Lejos de pretender acabar el toreo por el sadismo del espectáculo y el mórbido placer que produce en sus fanáticos, ese veto a torear en la Santa María es una puñalada política.

Un ataque de tinte político a aquellos miembros de la sociedad que gozan de ese espectáculo: senadores, congresistas, funcionarios públicos de alto nivel y por otro lado, traquetos y “levantaos”. Los enemigos del “pueblo”, entendido en la acepción más peyorativa de la palabra.
 

 

 

Universidad Sergio Arboleda
Bogotá - Colombia

Calle 74 no. 14 - 14  PBX: 3257500/81
Línea gratuita de Servicio: (Toll Free)  01-8000 120026
e- mail: info@usa.edu.co
2000 - 2007
Webmaster:
Grupo Internet
Diseño estratégico y visual: