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¿Algún día se acabará la Tauromaquia?
Por: Comité Editorial Altus.

Esta es una sociedad prohibicionista, llena de vetos y
coacciones. Prohibiciones que extrañamente en nuestra ciudad son
los programas bandera de una administración que se considera a
sí misma “progresista”, con legado izquierdoso y muy cercana al
pueblo.
La prohibición de andar en carro, si bien data de lo que ya es
una lejana alcaldía, ha tenido un especial hincapié en ésta en
lo que ha parecido una afanada medida que buscaba más la
aprobación popular que el beneficio colectivo. No se quitó o se
le dio un término a futuro cercano: simplemente mutó para
hacerla más tolerable.
Junto a estas medidas prohibicionistas,
se le negó a la
corporación taurina la posibilidad de usar la plaza de toros. En
lo personal, le sonreímos a esta medida. En el Comité Editirial de Altus todos nos consideramos anti-taurinos, es más,
nuestro nuevo director es vegetariano desde hace años. No
obstante, intentando asumir la posición más coherente y sana
posible, hemos intentado indagar a profundidad sobre esta
medida.
¿Realmente el distrito busca acabar con la tauromaquia? Al
parecer sí. Pero lejos de tener esas románticas pretensiones de
los animalistas, el anarco-veganismo y la moda cliché juvenil
anti-taurina, acabar con la tauromaquia es una movida política.
Acabar con los toros es una jugada similar a dar “pan y circo”,
pero resulta que este pueblo se cansó del circo, entonces “pues
a cerrar el circo” y todos felices.
Veamos: ¿Cuántos de ustedes van a toros? ¿Listo? De aquellos que
dijeron que sí ¿Cuántos tienen menos de 30 años? Cómo podrán
notar, la tauromaquia se está acabando; está pasando de moda.
Así como hoy en día en Bogotá nadie tiene de plan ir a un
canódromo (porque no hay) o a una carrera de caballos en un
hipódromo (porque lo tumbaron), ir a ver torear será en el
futuro algo inconcebible. Más aún, la sangrienta y mórbida
naturaleza de este espectáculo hará del plan de la “fiesta
brava” algo tan salvaje como si, hoy en día, uno le propusiera a
la novia ir a unos juegos de gladiadores o a la ejecución de
algún criminal en la plaza mayor.
Con este fin más que políticas prohibicionistas, se necesita
educación. El problema es educar en pro de la defensa y cuidado
del animal, y de las responsabilidades humanas respecto al
propio animal. (Eso que los animalistas llaman “derecho animal”
sobre lo cual no ahondaremos por razones de tiempo y espacio,
los referimos a un artículo de nuestros amigos de
Protestar Leyendo, y al excelente libro del filósofo
británico, Peter Singer:
Liberación Animal)
Quién está en facultad de educar en esta materia cuando, por un
lado, se prohíben los toros, y por otro, se amplía el plazo de
salida de los vehículos de tracción animal de la ciudad. O
cuando se revoca contrato y licencia a una corporación liderada
por miembros de la crema de la sociedad capitalina, pero es
perfectamente válido tener una gallera (cerca a nuestra
universidad hay una) donde van populares ciudadanos a “chupar
pola” y comer “pelanga”. ¿Con qué autoridad se va a educar en la
defensa de la vida animal cuando se comete tal incoherencia?
Lejos de pretender acabar el toreo por el sadismo del
espectáculo y el mórbido placer que produce en sus fanáticos,
ese veto a torear en la Santa María es una puñalada política. Un
ataque de tinte político a aquellos miembros de la sociedad que
gozan de ese espectáculo: senadores, congresistas, funcionarios
públicos de alto nivel y por otro lado, traquetos y “levantaos”.
Los enemigos del “pueblo”, entendido en la acepción más
peyorativa de la palabra.
Seguramente quien goza de los gallos también iría a toros, pero
un abono taurino vale, mínimo, lo de unos 5 petacos de cerveza
mal contados. Por eso acabar con la tauromaquia es quitarle al
burgués, al ricachón y al politiquero su pomposo y cruel
espectáculo. Pero seguir permitiendo que entre gallos y perros
se acaben, es de lo más normal porque son “diversiones” más
cercanas al pueblo, a lo popular.
De igual manera, como los vehículos de tracción animal son el
medio de trabajo de un sector social marginado, paupérrimo y
casi que invisible (a menos que se le atraviesen a uno en medio
de una autopista), extenderles el plazo para ver qué quieren los
señores, a ver si se dignan en dejar de usar un medio arcaico
que ridiculiza cualquier intención de progreso de la capital,
aunque se les ha ofrecido desde comprarles los caballos hasta
triciclos de carga, este permiso los “incluye” y hace “más
humana” la medida.
La política siempre se entiende como una cuestión de mayorías.
La mayoría colombiana no quiere el toreo, de hecho lo repudia y
lo considera bárbaro. Por qué no abrir un debate público,
incluso con firmas y votos, al estilo de referendo, donde se les
pregunte a todos los colombianos si desean que la ley de su
nación ampare constitucionalmente un espectáculo que a la
mayoría del pueblo le parece simplemente terrible. ¡Ah! ¡Se nos
olvidaba que los referendos y las consultas populares sólo
funcionan en los países chicos y ricos! Seguramente algún
ganadero y finquero haría una triquiñuela de esas tan comunes en
la democracia colombiana.
¿Y entonces qué? Pues educar. Enseñarle a las nuevas
generaciones que el toreo fue algo que sucedió; algo que no es
bueno para la sociedad contemporánea pero que fue aceptado en
otros tiempos. Estoy casi seguro que la próxima generación verá
en la tauromaquia algo espantoso, similar a la sensación que nos
produce hoy aquella popular práctica de los días de la
revolución francesa, en la que hombres, mujeres y niños formaban
tumulto para ver decapitar a un condenado.
Algo similar ya está pasando con los circos, cada vez son menos
comunes y son mal vistos aquellos que emplean animales. Está en
auge y furor los circos “sin animales” al estilo del Cirque du
Soleil, donde a duras penas sale un pincher en tutú.
Quitarle la “licencia de operación” a la corporación taurina, es
una jugada en la misma línea de la estrategia de repartir el
pico y placa a horas distintas cuando el problema está en la
falta vías. Eso de arreglar un problema dándole la vuelta, no es
una solución. La corporación taurina puede seguir toreando en
toda Bogotá, siempre y cuando no lo hagan en la plaza Santa
María. Si alguien, en algún lado, le presta un predio apto para
tales fines a los fanáticos de este cruel espectáculo, hay
perfecta legalidad para tal cometido. Lo que se debe hacer es llegar al consenso. Llegar a un acuerdo
en el cual todas las partes, logren concordancia. Colombia debe
gestar su propia forma de lidiar con la tauromaquia. Para esto
se puede inspirar en Portugal, vecino directo de España y país
con un gran legado taurino, que decidió crear un tipo de toreo
donde no se buscara la muerte directa del toro (aunque si se le
banderilla y se le hace sangrar).
Las Touradas portuguesas son una variante de la fiesta brava que
se ha extendido a Barcelona, donde el toro mismo viste una
especie de casco de futbol americano. Esta forma extraña de
toreo podría ser referencia para el desarrollo de un toreo
colombiano, que, yendo más allá, se oponga incluso al modelo
portugués, y en el cual no se mate al toro, ni se le hiera, ni
siquiera se le puye, y hasta toreros y caballos salgan intactos.
Esa sería una innovación de la cual Colombia podría apersonarse
y liderar la vanguardia mundial.
Recordemos que cuando se prohibieron los juegos de gladiadores
en roma, ciertos señores prestaban los patios de sus casas para
que ahí se diera el espectáculo. Sólo fue hasta que la educación
del cristianismo, es preciso señalarlo, con distintas costumbres
y patrones morales, eliminó del imaginario colectivo el gusto
por los gladiadores. A esto debemos apuntar quienes queremos que
algún día la muerte de un animal, cualquiera que sea, deje de
ser un espectáculo. Educación antes que represión.
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