Hablaré nuevamente del amor. Tengo la
mala costumbre de volver regularmente a él. Porque, si
bien es cierto que hemos cambiado aprendiendo a
subvertir las viejas metáforas que nos significaban, el
amor sigue siendo para la gran mayoría de nosotras un
asunto de primera importancia aun cuando ya no es el
único centro de gravedad de nuestras vidas como hace un
siglo. Lo difícil ahora es componer, es equilibrar
nuevas formas de ser en el mundo, a veces
contradictorias pero que definen hoy a las mujeres
modernas y urbanas. Y después de dos o tres décadas de
aprendizaje de nuevas prácticas de sí, el amor sigue
ahí. Un amor que debe confrontarse ahora con nuevas y
múltiples aspiraciones duramente ganadas y frente a las
cuales no hay retrocesos posibles.
Entonces está el amor, pero está el
otro amado que obliga a componer con la diferencia; está
el amor, pero está la necesidad de realización personal;
está el amor, pero está la vida cotidiana que devora el
amor; está el amor, pero está el deseo de autonomía, a
menudo mortal para la vida de pareja; está el amor, pero
está el deseo de hijos que se interpondrán en el dúo
amoroso; está el amor, pero está el ejercicio de la
ciudadanía; está el amor, pero está la vida laboral o
profesional; está el amor, pero está el inaugural deseo
femenino de soledad; está el amor heterosexual, pero
surgen otras opciones a la esquina del deseo; está el
amor, pero están los inconscientes y las historias de
cada cual; está el amor, pero están los otros amores del
pasado; está el amor, pero está la fragilidad de lo
humano; está el amor, pero están sus viejos imaginarios
que siguen actuando; está el amor, pero está el odio,
tan cerca...
Definitivamente, el advenimiento de
una mujer sujeto social, de una mujer sujeto de derechos
y de deseo, generadora de palabra, de cultura, de
mundos, nos coloca en el centro de difíciles
encrucijadas que lo más a menudo tenemos que resolver
solas. Ya no podemos sacrificar todo a nombre del amor,
ya no queremos seguir con esta cultura del amor que nos
definía hace un siglo; una cultura que era portadora de
algunas felicidades y de muchas desgracias cuando las
mujeres necesitábamos entonces ser amadas para existir.
Ya no, pero equilibrar nuevos deseos,
nuevas posibilidades con antiguas nostalgias, hacer el
duelo de viejos imaginarios y concepciones románticas
del amor para dar entradas a estas inaugurales maneras
de significar nuestras existencias, no es fácil ni puede
hacerse en una o dos generaciones, más aun cuando
sentimos que los hombres que más amamos no han logrado
solidarizarse del todo con nosotras. Y esta solidaridad
solo podrá generarse cuando ellos asuman que ese nuevo
camino emprendido por las mujeres para redefinirse ellas
en el amor, representa una oportunidad para plantearse
una nueva pregunta relativa a su masculinidad, ya no
desde una conciencia de la pérdida de este lugar
privilegiado en la ecuación del amor, sino desde la
profunda convicción de participar en la construcción de
un nuevo pacto amoroso, más fértil desde la equidad y
por esto más humano.
Sí, pero mientras logramos
convencerlos, tenemos que ser acróbatas y lanzarnos al
vacío, sin red. Nos tocó aprender a volar. Y bien,
después de todo, no lo hacemos tan mal y, por lo menos,
volamos.