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Horst Damme:
Geppetto de carne y hueso
En una pequeña fábrica ubicada en la zona industrial de barrio La
Floresta, en medio del aserrín y del polvo, Horst Damme, un
juguetero alemán ciego fabrica artesanalmente juguetes en madera
desde hace más de sesenta años. Antes de que existieran los muñecos
electrónicos, los niños capitalinos se divertían con aviones,
caballitos de madera, carritos y trencitos marca Damme: construidos
con calidad humana para durar y durar.
Por Ana María Cuartas
Peña.
Comunicación social
Un
enorme caballo de madera blanco con pintas negras se sitúa encima de
la fábrica de juguetes Damme. No es un animal cualquiera, es el
favorito de Horst Damme: el juguetero alemán más colombiano que he
conocido. La historia del caballito de madera data de la caída del
Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989 cuando el señor Damme se
subió a la terraza de su fábrica y lo elevó en señal de alegría y
libertad. Ese mismo día se tomó fotografías con la bandera de su
país, y sintió inmensa tranquilidad, pues la represión de los nazis
que lo llevaron a ser refugiado en Colombia - el país que se ganó su
corazón - había terminado.
Es muy temprano en la mañana y como suele hacerlo diariamente
vestido de overol y gorra caqui - desde hace más de sesenta años-
Horst Damme se levanta y camina con paso lento por el hall de su
casa, que lo conduce a la fábrica. Un bastón blanco delgado con
adornos de colores construido por él mismo, lo acompaña siempre a
donde va. Debido a su ceguera hace más de treinta y siete años, en
su fábrica todo está meticulosamente calculado. Los tarros de
pintura de diferentes colores, las puntillas, los repuestos, los
clavos entre otros elementos de trabajo están perfectamente
acomodados en gavetas y cajones de madera que él mismo ha
construido.
Con la sutileza de una persona normal se dirige a la cortadora, la
misma que en más de 20 ocasiones le ha lacerado la mano. Coge
lentamente la pieza de madera y la pasa por los afilados dientes de
la sierra. “La ultima vez me abrí el pulgar”, cuenta con el orgullo
de un soldado que ha regresado de la guerra. “Si nota esta pieza,
está perfecta”, señala. Pasan unos minutos y llama a uno de sus
empleados, critica el trabajo que éste acaba de hacer. “Está mal
lijado, tóquelo”, indica mientras palpa con sus manos el acabado de
la pieza de madera, que más tarde se convertirá en la llanta de un
carrito. Los empleados lo consideran un ser muy cálido pero al mismo
tiempo muy estricto.
Don Horst es un `patrón´ de los buenos, de esos que ya casi no se
ven. Una empleada cuenta que la época navideña cuando la fabrica
llegó a tener más de 70 empleados, le regalaba a cada uno de ellos
juguetes para sus hijos. Juegos de cocina y camitas para las niñas y
aviones, carritos y trencitos para los más pequeños. Actualmente la
juguetería tiene cuatro empleados: José, Julio, Marco y Dayana.
En una pequeña sala contigua a la planta de producción de la
fábrica, donde toma a veces un descanso, inicia a relatar con
memoria lúcida sus primeros años de vida, que tuvieron como
escenario Berlín (Alemania) en la época en la que los nazis
circulaban por sus calles. Horst Damme nació el 13 de octubre de
1929 en Alemania. Como Willy Damme, su padre era miembro de Partido
Social-Demócrata (movimiento opositor al de Adolfo Hitler) su
familia fue constantemente perseguida. Don Horst aún no se explica
como su padre logró salir ileso de tal situación. Lo cierto es que
debido al agitado contexto, la familia Damme no tuvo más que buscar
refugio en Checoslovaquia. “Allá fue una vida muy dura, se pasó
mucha hambre”, recuerda. Pero Charlotte Passek de Damme, su madre
hizo su mejor esfuerzo en tratar de mejorar la calidad de vida.
Durante dos años, los Damme vivieron en más de cinco castillos
praguenses aparados por la caridad.
Debido a su condición de refugiados, ni Charlotte ni Willy podían
trabajar y mucho menos conseguir empleo para el sostenimiento de su
familia. Tiempo después una organización inglesa de ayuda a
refugiados políticos, les dio dinero para partir hacia Brasil en
1937, en donde residía la abuela materna de Horst. Pero por cosas
del destino terminaron en el Valle de Cauca y meses después en
Bogotá. Recién llegados a la capital, su padre consiguió un trabajo
como administrador del Polo Club, como hobby empezaron a hacer
juguetes en sus ratos libres. Tal como lo hacía en Alemania cuando
era navidad, Willy le enseñó a su hijo a hacer camiones, carros,
cunitas, cocinas, entre otros para ganar dinero extra. Meses después
de estar instalados en Bogotá, Horst Damme entró a estudiar al
Colegio Alemán, aunque sólo hizo hasta tercero de primaria, porque
éste cerró debido a problemas políticos. Pero el paso por la escuela
no fue tan importante como el legado que le dejó su padre: el amor
por la perfección y los juguetes.
A pesar de que su conocimiento del mundo no era grande, Horst Damme
no dejó sus sueños atrás. Para diciembre de 1941, el alcalde de ese
entonces, Carlos Sáenz de Santamaría ordenó un pedido de 3600
juguetes, y esta sería la apertura oficial de la juguetería. “Doña
Lolita, primera dama de Bogotá en aquella época muy generosamente
nos anticipó un dinero (500 pesos) con el que compramos las dos
primeras máquinas”, comenta. El par de maquinas gringas de marca
Home Craft aún persiste en la actualidad. “Mi ex cuñado que reside
en Nueva York, me consigue los repuestos cuando sacan la mano”,
dice; pues la única empresa que los vendía en Colombia, fue
destruida durante el 9 abril en el Bogotazo. Después de este pedido,
con el negocio más consolidado Juguetería Damme inauguró el 7 de
febrero de 1949, en la calle 76 con carrera 22.
Pasados los años, la juguetería llegó a ser tan famosa que los tres
almacenes en Bogotá se vaciaban totalmente en diciembre. Juguetes
Damme repartía sus productos a los rincones más alejados del país.
Pero el 25 de agosto de 1972 un suceso inesperado marco su vida para
siempre; un vecino al que él llama `malo´, le disparó con una
escopeta en el rostro porque no le quiso vender el local y lo dejó
completamente ciego. “Entré en depresión, ya nada me importaba y
abandoné la fábrica que, por esa época contaba con 23 años de
posicionamiento, liderazgo y crecimiento”, afirma.
Para ese entonces, Yolanda Pedraza, su antigua emplea – actual
esposa- se convirtió en la luz de sus ojos. Ella lo describe como
“un buen hombre, muy serio y astuto”. Nunca lo llama por su nombre,
le dice Sr. Damme o Don Horst. Ella aún no le ha perdido el respeto,
pues aún lo considera su jefe, el mismo que le ponía trampillas a
sus empleados para tenerlos controlados. “Recuerdo que en varias
ocasiones me mandaba a pintar muchas veces un juguete, eso lo hacía
con el propósito de hacerme caer en cuenta de mi rendimiento. Me
decía ¿por qué ayer o la semana pasada lo hizo más rápido?”, cuenta
entre risas.
Doña Yolanda tiene hoy en día 59 años, y a pesar de la diferencia de
21 años con Don Horst, él recuerda gratamente el inicio de su
romance. “La relación con Yolanda es muy bonita. Ambos nos
entendemos muy bien (…) es que eso de casarse con una mujer que
estaba enamorada de su primer novio es algo muy tenaz”. Porque fue
precisamente eso lo que pasó. Gloria Vidá, una mujer bogotana, quien
fuese la madre de sus tres primeros hijos: Elizabeth, Hans y Elena
le rompió el corazón. Después de 21 años de matrimonio, un día
dijeron no más.
Don Horst encontró apoyo y respaldo en Doña Yolanda, más adelante
ella le daría cuatro hijas: Sonia, Zoraida, Ingrid Tatiana y Mónica
Sabine. Sonia de 25 años describe a su padre como “un ser con una
capacidad imaginativa superior a la de todos. Nunca utiliza un
lápiz, ni mucho menos una hoja y durante más de 60 años han hecho
juguetes impecables”. Cree que él tiene una profesión envidiable:
darle felicidad a tantos niños. Entre tanto, su hija Zoraida es la
que mejor se la lleva con él, quizá por su afinidad artística al ser
arquitecta y hablar alemán. “Nos entendemos muy bien en el diseño de
los juguetes. A veces le digo papá este color le vendría mejor a
éste carro. He heredado de él lo mejor: la perfección típica de los
alemanes que los ha llevado a construir productos tan buenos como
los Mercedes Benz”, dice convencida esta joven de voz dulce.
Sus hijos del primer matrimonio poco llaman. “Elizabeth vive muy
aislada de mi, ni siquiera me regala una llamada el día del padre”.
Entre tanto su hijo Hans, el mismo que tuvo problemas de
drogadicción y quien vivió una larga temporada en la calle del
cartucho, es su hijo más cercano, el que más lo visita y está
pendiente de él, asevera con orgullo.
Diversas son las anécdotas que recuerda Don Horst gratamente.
Comenta el particular una que le relató su empleada un día en el
almacén.
- Señor usted ¿por qué llora?, preguntó Dayana.
- Es que yo tuve un caballito de madera idéntico a éste. Me lo
regaló mi papá cuando era niño, contestó con lágrimas entre los ojos
el extraño visitante.
Otro día, un hombre de 35 años se acercó con su pequeño hijo y la
esposa.
- Se encuentra el señor Damme?, preguntó.
- Ya se lo llamo, contesto nuevamente Dayana.
- ¿Sí?, dijo Don Horst.
- Señor Damme, quiero darle las gracias por haberme hecho un niño
feliz. Conocerlo es inspirador. El Señor Damme, con la voz quebrada,
le agradeció por esas palabras armadas con evidente torpeza. A él se
le hizo un nudo en la garganta y en sus ojos se notaba que sentía
deseos de abrazarlo.
Muchas de las personas que entran a la Juguetería Damme se
reencuentran inmediatamente con su infancia. Hace una semana un
señor residente en Texas (Estados Unidos) le escribió a Don Horst un
correo electrónico en el que le contaba que durante su niñez en
Bogotá jugó con muchos de los juguetes que la fábrica hacía. Tuvo un
camión de estacas, un tren de madera sin carrilera, un bus con el
que descalabró en una ocasión a su hermano menor y un avión con el
que cruzó en muchas ocasiones imaginariamente el Atlántico.
“Los juguetes ayudan a la formación, el aprendizaje, el desarrollo o
estimulación de los aspectos intelectual, psicológico,
sensorio-motriz y de convivencia social. Las capacidades que más
desarrollan los niños pueden clasificarse en afectividad,
inteligencia, motricidad fina, motricidad global y sociabilidad”,
aseguró Francy Guzmán, psicóloga-especialista en salud ocupacional y
bienestar social.
Aunque el legado de la juguetería ha sido grande, por lo que
implican sus juguetes: entretenimiento, enseñanza y durabilidad.
Para la segunda mitad del siglo XX, con el desarrollo de la
tecnología electrónica, la cual permitió la invención de artefactos
cada vez más sofisticados como carros eléctricos y a control remoto
y las muñecas parlantes, el negocio se vino abajo. “Hoy no se vendió
nada. A pesar de que mis juguetes siempre duran más que los
electrónicos, he llegado a la conclusión de que los niños de 7 años
en adelante poco juegan ya con caballitos o carritos de madera (…)
ni pensarlo”, comenta tristemente.
Determinar el origen de los juguetes es prácticamente imposible.
Durante el Imperio Romano los niños se divertían con muñecos de
marfil, en Egipto los faraones tenían también pequeñas estatuillas y
animalitos, y en el Perú pre-Inca existían muñecas de trapo. En sus
inicios, el juguete era artesanal e incluso en ocasiones eran los
propios niños quienes los fabricaban, buscando imitar objetos de la
vida real. La revolución industrial dio un vuelco en la fabricación
de estos artefactos de diversión y la evolución de la tecnología
permitió crear objetos cada vez más parecidos a los reales para la
distracción de los niños. Fue a partir de entonces que la diversión
de los niños comenzó a ser mediada por el mercado.
Hacia 1979, la llegada de los juguetes de pilas, con movimiento
propio, y variedad de sonidos, representó para Damme la caída de su
empresa, tuvo que despedir empleados, cerrar los puntos de venta y
hasta dejar de producir ciertas referencias que por su tamaño, como
las casas de muñecas, no cabían en los reducidos apartamentos. Pese
a los videojuegos japoneses, a los carros baratos made in china y a
las barbies no ha pasado un solo día en el que Horst Damme no se
levante de su cama a hacer juguetes; esa es su pasión, sus viejos
compradores lo inspiran en seguir con su labor. “Es mi mayor
satisfacción, por ellos sigo mi oficio”.
A pesar de todos los problemas, y a que cada año que pasa las ventas
se reduzcan a la mitad con respecto al año anterior, Horst Damme
nunca cerrará su fábrica, “hasta que Dios me llame, me debo a los
juguetes y quienes juegan con ellos”. Diversos son los calificativos
que le dan sus compradores: `el hacedor de sueños´, el `Geppetto de
carne y hueso´, el `místico juguetero alemán´. Aunque a veces se
siente cansado, pues el paso de sus casi 80 años es evidente, un
motor utópico como el de sus juguetes, lo impulsa a seguir: la
sonrisa mágica de los niños que juegan con sus creaciones… como si
se tratada de un cuento de hadas.