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Jineth Bedoya, más que una reportera
Por: Natalia Correa Parra
Comunicación Social y Periodismo


Cómo Empezar a hablar de una persona de la que poco o nada sé, pero que al haber tenido la oportunidad de conocer logró remover en mi muchos sentimientos.

Cubrir orden público en un país como Colombia no es una tarea fácil, y más cuando tenemos un amplio historial de crueldad, violencia, secuestro, corrupción y lo que todos ya saben. No muchos son los que se arriesgan a contarnos aquellas historias recónditas, que solo, gracias a la labor de periodistas como Jineth son conocidas y a veces admiradas.

Ella es de aquellas personas que podrían escribir bibliotecas enteras relatando las aventuras por las que ha tenido que pasar, para que el mundo conozca un porcentaje de vidas e historias desconocidas, olvidadas o tal vez ignoradas.

Es una mujer que a simple vista no refleja lo arriesgada que ha sido y que puede llegar a ser, tan solo cuando comienza a relatar algunas de las peripecias que ha hecho por amor a su oficio, uno se da cuenta de que en verdad es una “berraca”. Ella no es de las que esperan que las noticias le caigan del cielo, se pone las botas y sale en busca de la materia prima.
Es un ser humano que se le mide a los retos, le da el valor al periodismo como se lo merece. Muestra de ello es su última publicación “La pirámide de David Murcia”, un texto construido en tiempo récord: un mes.

El llevar 12 años en el cubrimiento de orden público y conflicto no es para nada despreciable, esto le ayudó a conseguir las fuentes apropiadas para contar algo que hiciera la diferencia. Fue un compromiso que seguramente adquirió consigo misma y con los futuros lectores, pues es un desafío que cumplió con el objetivo de dar a conocer la otra cara de la pirámide de DMG.

A pesar de haber sido secuestrada en dos oportunidades, amenazada y maltratada, no acepta el asilo que le han ofrecido en más de diez países. Ella está convencida de lo que es y para lo cual se levanta cada mañana. No renuncia al oficio que muchos han bautizado como “el mejor del mundo”.

Anécdotas como las que cuenta al realizar la crónica de un profesor de Sumapaz, en la que 13 niños tenían que caminar largas horas para llegar a su lugar de estudio, propicio que uno de sus lectores en Las vegas se conmoviera y le enviara a cada pequeño una bicicleta todo terreno. Son alegrías inexplicables. Alegrías que justifican y de alguna forma retribuyen a los sacrificios del periodista, y nosotros todavía seguimos renegando porque llueve, hace sol, nos mojamos los zapatos o porque simplemente nos levantamos con el “pie izquierdo”.
Esas crónicas son las que de verdad valen la pena, tocan corazones y aportan de manera significativa a la sociedad. Son pequeños granos que borran un poco el mal de la indiferencia que tanto padecemos.

Más que celebrar el día del periodista, es importante conocer y reconocer que más allá de ser una carrera en la que te enseñan a escribir, que no tiene matemáticas y que da la apariencia de ser fácil, es la vida de cientos de personajes apasionados, que día a día escriben y reescriben la historia de la humanidad.

Pensemos antes de tildarlos de sapos, guerrilleros, uribistas o entrometidos, no dejemos que esos que fingen ser periodistas dañen la imagen de aquel guerrero, que en medio de las sombras lucha por encontrar algo novedoso e interesante. Como dicen por ahí…. “las apariencias engañan”.

Es simple juzgar desde la barrera, pero si en realidad nos pusiéramos las botas de la solidaridad y la comprensión, y dejáramos tantas habladurías sin sentido, estas personas valientes como Jineth Bedoya no se contarían con los dedos de las manos. Por todo lo anterior, me les quito el sombrero a todos mis colegas, esos que son más que simples reporteros, son ciudadanos comprometidos con la sociedad, son héroes.



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