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La lucha
contra la pobreza
Por: Ignacio Aguilar
Zuloaga
Economista
Docente Escuela de Negocios
Son
numerosos los libros y documentos que se han escrito sobre la
pobreza y la indigencia. Prácticamente no transcurre una semana sin
que pueda leerse un artículo sobre este tema, que incluye causas,
efectos y condiciones que presenta la vida de millones de personas
que sufren por pertenecer a estos grupos marginados.
Se ha escrito que los economistas han sabido diagnosticar la pobreza
pero que no conocen o no dan la receta para remediarla. Yo pienso
que estas recetas si se conocen y que son bastantes los expertos que
han expuesto sus recomendaciones y que en más de un estudio de
algunos organismos internacionales, se analiza ese problema y se
formulan las recetas indicadas para su solución.
La historia muy reciente de las economías de algunos países nos
ilustra acerca de las estrategias y las políticas (es decir, las
recetas), que se han puesto en práctica para combatir la pobreza y
erradicar la miseria. Los ejemplos de los países del Sudeste
Asiático, calificados como “Tigres”, de China e India señalados como
“economías emergentes”, son pruebas irrefutables de que sí se sabe
cómo reducir los niveles de pobreza y miseria.
Varios de los países latinoamericanos en la última década, exhiben
porcentajes de su población muy favorables respecto a la lucha
contra la pobreza, la marginalidad y la desigualdad. Chile, Brasil,
Argentina, Colombia y Uruguay, entre otros más, han logrado bajar en
más de una tercera parte estos índices. Al considerar esta situación
en toda esta región, se observa que la población latinoamericana que
vive en condiciones de pobreza se redujo del 60% al 40% en promedio
y durante los años comprendidos entre 1998 y 2008.
Esos logros son importantes y merecen destacarse, pero no son
satisfactorios ni deben conducir a la resignación. Ni Colombia, ni
Costa Rica, ni Chile deben sentirse satisfechos con tener entre un
45% y 35% de sus habitantes viviendo bajo el umbral de la pobreza. Y
tienen que sentirse preocupados por tener todavía entre un 7% y un
12% de su población en condiciones de extrema pobreza.
¿Qué se debe hacer para derrotar totalmente este mal? Quienes son
economistas profesionales así como los que no lo son, afirman que
como se trata de un problema estructural, se requieren soluciones
estructurales, cuyos resultados se obtiene en el largo plazo.
A mi juicio es necesario poner en práctica políticas para el mediano
y largo plazo, y éstas tienen que considerar factores y aspectos
cualitativos y cuantitativos. Además, también deben tenerse en
cuenta aspectos de carácter sociológico.
A manera de fórmulas para combatir la pobreza y acabar
definitivamente con la indigencia o pobreza absoluta, podemos anotar
dos, que en mi propia opinión son la educación y el trabajo
productivo. La educación tiene que comprender y significar
formación, capacitación y entrenamiento. Y el trabajo debe
contribuir a elevar el producto nacional y a generar un ingreso
permanente para el trabajador.
A los pobres se les discrimina por ser analfabetas y carecer de
estudios de los niveles primario y secundario. Se les discrimina
porque no saber nada, por no estar capacitados para ejercer una
labor productiva. Esa discriminación puede ser total o absoluta, así
como también temporal o indefinida. Estas condiciones hacen que la
persona no tenga un empleo formal, no reciba una remuneración y no
participe ni en la formación del producto ni en la distribución del
ingreso.
Cuando esa persona recibe educación, es decir, capacitación y
formación, adquiere posibilidades y oportunidades de obtener un
empleo productivo, recibir un salario y contribuir al producto
nacional para participar en la distribución del ingreso total del
país.
Los países en desarrollo y entre ellos Colombia, han adoptado
políticas asistencialitas o paternalistas, que si bien es cierto que
son necesarias temporalmente, no es efectivo ni adecuado mantenerlas
indefinidamente. Es más: sus beneficiarios se acostumbran a ellas y
estimulan la despreocupación, la pereza, y el poco interés por
prepararse para ser productivo. Las dádivas, limosnas o beneficios a
titulo gratuito no contribuyen a dejar salir a una persona de su
condición de pobre.
Por otra parte, pobreza no significa exclusivamente no tener un
ingreso o renta fijos y permanentes. Pobreza es también no tener
identidad, no gozar de plena salud, no habitar en una vivienda y no
poder alimentarse adecuadamente. En otros términos, no poder
satisfacer sus necesidades vitales.
En este orden de ideas la disminución de los índices de pobreza y la
eliminación de los indigentes o pobres extremos, reclama diversas y
firmes políticas y estrategias, diferentes y adicionales a las de
proveer gratuitamente, a determinado número de personas, de un
desayuno o un almuerzo diarios. Simultáneamente con estas tareas
tiene que impartirse la educación y la capacitación para que quienes
la reciban puedan acceder a un empleo decente, a un trabajo
productivo que los incluya a la fuerza laboral.
Desde el aspecto macroeconómico esas estrategias tienen que generar
más empleo, más producción y más ingresos, todo lo cual significa
más crecimiento y desarrollo económico. Y este proceso a su vez, es
lo único que permite acabar con la indigencia y reducir al mínimo el
porcentaje de pobreza.
Ese negativo circulo vicioso que señala la pobreza como causa del
desarrollo y a éste como el culpable de la pobreza, tiene que
convertirse en un circulo virtuoso: con menos pobreza más desarrollo
y con éste menos pobreza. La puesta en práctica de las políticas y
estrategias anotadas constituyen una receta eficaz para remediar la
pobreza y la indigencia. La mayoría de los países miembros de la ONU
se comprometieron, por medio de la declaración de los Objetivos de
Desarrollo del Milenio (ODM), aprobada en septiembre de 2000, a
reducir en un 50% los índices de pobreza y a erradicar la miseria o
pobreza extrema. Confiemos en que todos esos países estén trabajando
eficazmente para lograr esos objetivos.