> Regresar a la sección
El indagar
histórico de William Ospina
Reseña de El País de la Canela, William Ospina, 2009.
Juan Felipe Hernandez
http://juanfeh66.blogspot.com/
La
novela histórica no es nada nuevo en nuestra tradición literaria
Latinoamericana. José Eustasio Rivera, Alejo Carpentier, Mario
Vargas Llosa, Fernando del Paso, son solo algunos de sendos
escritores que han presentado en esta postmodernidad (que al decir
de Kohut "condiciona la novela histórica y al mismo tiempo es
condicionada por ella") una vuelta a las cronologías y al archivo
para localizar los ejes de tramas narrativos. Siguiendo el tejido de
varias generaciones, William Ospina se presenta como la mas reciente
respuesta de una generación que ha sido primero, fuertemente
sacudida por crecer y formarse en la década de los 1980's: un
periodo de la contemporaneidad colombiana marcada por una violencia
y un desconcierto sociopolítico sin precedentes y segundo,
estigmatizada bajo la sombra del Boom, y en especifico la obra de
García Márquez (figura que ha sido utilizada para comparar y
eclipsar la innovación literaria Colombiana constantemente). Cierto,
escritores colombianos como Fernando Vallejo y Álvaro Mutis son
voces que han logrado desplazar al menos parcialmente el monolítico
heredado por Cien Años de Soledad, y son pioneros que abren camino a
las nuevas tendencias que se generan y se desarrollan en el área.
Como resultado de una auto-critica domestica y una búsqueda por
parte de las nuevas generaciones, encontramos narradores tan
destacados como Evelio José Rosero, Juan Gabriel Vásquez, Santiago
Gamboa o el mismo William Ospina.
William Ospina, periodista y politólogo decidió abandonar su
profesión de leyes y se inclinó más hacia el periodismo. Ávido
lector de la historia colombiana, se ha interesado en rescatar
cierto "indagar histórico" que permite especular acerca de nuestra
idiosincrasia y lo que aun hoy en Colombia llamamos tercermundismo
(paradoja de categorías dentro de categorías). Después de la
publicación de varios ensayos y traducciones, Ospina se embarca en
la primera entrega de su trilogía: Ursua, (Ursua, El país de la
Canela y La Serpiente sin Ojos). Esta describe el descubrimiento de
America por las expediciones españolas del siglo XVI, pero más
específicamente, la primera exploración Europea del imperio Inca y
del río Amazonas. Ursua es la primera parte de este tríptico
narrativo. Le tomo 6 años a Ospina recoger "suficiente material y
reunir la irresponsabilidad necesaria" para finalmente enlistarse en
el ensamblaje de esta empresa.
El país de la Canela (ganador de la XVI. edición del premio Rómulo
Gallegos, 2009) nos enseña las vivencias de la primera expedición
europea que descubrió y recorrió el río Amazonas. En la obra de
Ospina se pueden identificar un influir de voces y tendencias de
corte Barroco. Primero, debiera decir, es importante notar la
minuciosidad de la narrativa de Ospina: un afán por cubrir el
espacio como si se tratara de describir la misma selva de manera
totalizadora. Como equivalente visual podemos imaginar las pinturas
del Greco que abarcan un espacio determinado y se rehúsan a utilizar
o a contemplar la estética del vacío, de la sombra, de la traza.
Ospina maneja un estilo que rememora ese miedo al vacío y esa ansia
por cubrir el espacio narrativo otorgado; muy apropósito del periodo
histórico del cual escribe. Por ejemplo, la visualidad que el autor
quiere expresar, paisajes, expediciones, viajes, se cristaliza sobre
el papel usando una densidad semántica considerable: el uso de
palabras para determinar y otorgar nombres a los innumerables
objetos de la selva, hasta ahora desconocidos ante los ojos
europeos: es un bautizar; una aceptación dentro del derrotero al que
llamamos lenguaje: se nombra para apagar un pánico. Ospina inserta
con bastante generosidad epítetos imágenes, símiles de corte
poético, y tramos de información que se intercalan entre el acto y
el evento de la trama. En ocasiones esta práctica llega a oscurecer
el hilo narrativo de la historia y obstaculiza una lectura fluida y
llana. La claridad y sencillez del texto se sacrifica en ciertas
ocasiones para incrustar un recurrente patrón (elaborados adjetivos,
agregados y calificativos) que caracteriza las secciones finales,
mayormente descriptivas, de sus párrafos.
Ospina lamenta la destrucción de antiguos sistemas de pensar y de
vivir que se pierden bajo el avance de la bandera española: patrones
de interpretación, formas de adoración, técnicas para curar, métodos
para volverse inmunes ante la selva, en fin, un modus vivendi
integro que ha servido por cientos de años. Y finalmente se pregunta
–acerca de la brutalidad a la que son sometidos los reinos indígenas
descubiertos: “¿Es que acaso la civilización que traemos tiene que
estar antecedida por una violencia y una barbarie casi innombrable?”
La narración, expuesta principalmente a manera de carta para un
lector futuro, relata las vivencias de Cristóbal de Aguilar;
explorador nacido en la Española de madre indígena y padre
península. Cristóbal, a los tempranos 17 años, se entera del
accidente que termina con la vida de su padre mientras este buscaba
riquezas en el Perú y decide emprender el viaje hacia el sur para
reclamarle a la desafiante e indolente casa de los Pizarro su justa
herencia. En el Perú visita la tumba de su padre: "ese era todo mi
pasado: una tumba sedienta frente a las flores ciegas del mar".
Luego de recordar la memoria de su padre y a petición de Gonzalo
Pizarro, Cristóbal decide embarcarse en la nueva aventura que seduce
las ambiciones mas intimas y agresivas de los Pizarro: la búsqueda
de un país de extensiones inmensas, localizado -al decir de los
indios- hacia el sur oriente de Quito, que contiene un sinfín de
árboles de canela.
La expedición de la canela se proyecta como una épica de conquista y
por consiguiente de dimensiones extraordinarias. Sin embargo, esta
no resulta ser la empresa que estos conquistadores tenían en mente:
los elementos y la desacertada comunicación entre guías y españoles
arrojan al fondo del fracaso la tarea exploratoria. Se baten entre
los fríos vientos de los picos andinos mas escarbados; la
incertidumbre de encontrar el anhelado país que no se divisa,
carcome la moral de los soldados. Los alimentos disminuyen
críticamente. La furia de Gonzalo Pizarro aumenta y su ira hacia los
indios se convierte en violencia y masacre. La selva misma le da una
lección a Pizarro: lo bofetea antes de que este entre en si mismo.
La idea de encontrar un territorio poblado por árboles de una sola
especie es imposible en el trópico. En Europa, tal vez. Europa, un
continente tan distinto a todos, un continente sin desiertos de
verdad y de bosques pequeños y alamedas cordiales, allá si se darán
los monocultivos. Pero acá, en la inhóspita selva del mil ojos, no.
El debate ético y referente a la condición humana es abordado por
Ospina cuando narra como la decimada expedición, reducida ya a una
fracción, se topa constantemente con el río Amazonas (la idolatrada
serpiente ciega, madre del universo) y decide construir un
bergantín. El mediano navío de tan solo dos mástiles, seria
improvisadamente ensamblado por algunos españoles marinos de la
expedición, con maderos de la selva y fundiendo herraduras para
producir clavos. Solo 60 de los mas de cien soldados restantes
tendrán cupo en la recién construida nave que parte corriente abajo
para buscar víveres y provisiones y que además promete al termino de
tres o cuatro días regresar para abastecer a los que se quedaron
(entre ellos el ahora furibundo y frustrado comandante Gonzalo
Pizarro).
Pero la idea de retornar y abastecer a los que quedaron se desdibuja
cuando no encuentran alimentos y cuando cada día que pasan
internados en la selva los desespera. Arriesgar la vida para
retornar con las manos vacías y aun más cansados y enfermos o
proseguir con la inacabable búsqueda de provisión y salvar el propio
pellejo buscando una eventual salida al mar. Después de una semana
de navegación río abajo, el regresar al punto de origen y donde el
resto de la tropa aun espera parece poco probable: por un lado los
peligros de forzar las maderas contra la corriente y por otra parte
el no haber encontrado ni un solo fruto en la inmensidad de la
selva. El bergantín prosigue; Pizarro y el resto de su grupo se
queda atrás: incomunicados, ignorando el destino de los que parten y
el propio. Los sesenta tripulantes del navío Amazónico incluyen
personajes pintorescos que le sirven a Ospina para poblar sus
paginas de anécdotas y vivencias disparejas y jocosas: Francisco de
Orellana, quien nombro el río Amazonas y fue temerario fundador de
Guayaquil. Fray Gaspar de Carvajal, quien celebra misas de año nuevo
y días de santos para animar el espíritu en el medio del río más
caudaloso que estos desamparados han visto. También, algunos marinos
de Compostela que con ingenio y paciencia mantienen a flote esta
nave que se ha convertido en vehiculo de descubrimiento y
supervivencia, y finalmente el joven protagonista Cristóbal de
Aguilar quien recoge pasajes y curiosidades propias de esta empresa.
|
Ver opiniones a este
Articulo>
|
su opinión sobre este artículo |
|
|
Ospina lamenta la destrucción de
antiguos sistemas de pensar y de vivir que se pierden bajo
el avance de la bandera española: patrones de
interpretación, formas de adoración, técnicas para curar,
métodos para volverse inmunes ante la selva, en fin, un
modus vivendi integro que ha servido por cientos de años. Y
finalmente se pregunta –acerca de la brutalidad a la que son
sometidos los reinos indígenas descubiertos: “¿Es que acaso
la civilización que traemos tiene que estar antecedida por
una violencia y una barbarie casi innombrable?”
|