De la
publicidad política
Por:Javier
Nicolas Gonzalez Camargo
Escuel de Filosofía
Una
vez perdidas las nociones de bien común y del deber ser de la
política, se ha entrado de lleno en lo que siempre ha existido:
corrupción, bambalinas, intereses particulares, etc. La única
solución eficaz contra ello está ya dada desde el inicio mismo
del problema, y no consiste ella en una formalidad sistemática,
técnica o legal, sencillamente está en la moral, la ética y la
virtud de los políticos, y con políticos no me refiero a los
miembros burocráticos o empleados del Estado, me refiero a todos
los ciudadanos libres.
Pero, ya que por lo general esto, además de saberse, no es
considerado por estar fuera de moda, parecer demasiado utópico,
o por estar circunscrito a la responsabilidad única de cada
individuo; haré una propuesta de otro tipo, más formal,
controlable, legalizable, burocratizable, sistematizable.
La tesis es muy sencilla: Prohibir tajantemente la publicidad
ligera de campaña política.
Fuera de la tan mencionada contaminación visual, sin contar
tampoco con el hecho poco digno, de que los candidatos parezcan
estrellas de pop, con sonrisitas coquetas, cómplices, ridículas;
o con caras rudas, espectros de fuerza semejantes a esas ya
acostumbradas muecas de Hollywood, con poses de revista de moda
o farándula que los hace ver, no me decido, si como compitieran
por la corona de la fama, o si como quisieran llenar su
inseguridad personal al mejor estilo de algunos artistas, o tal
vez, como si con ello: colores, slogans, bulla, poses, quisieran
disimular la grandísima falta de educación, de ideas políticas,
de ideas cualesquiera tan siquiera; o si sencillamente, contra
su voluntad siguen los consejos de sabios “asesores”, muy
estudiados que aseguran, conseguirán los votos necesarios. Fuera
también de que caigan en falacias ad hominem, prometiendo lo que
todo el mundo naturalmente quiere, que por otra parte, no es más
que su obligación, es decir, prometiendo fines que les son
inherentes e, “ingenuamente”, ignorando los medios para el fin,
por los cuales deben ser elegidos, endulcen los oídos
ignorantes.
Tampoco consideraré, por antipática consideración, el hecho de
que aumenta considerabilísima y principalmente los costos de
campaña, comprometiendo el tiempo y la inteligencia, y en muchos
casos, la conciencia de los candidatos y sus equipos en
intereses privados y particulares por los cuales no deberían
gastar preciosa energía destinada a la disquisición de los
problemas públicos; mucho menos seguiré esa línea hasta afirmar
que, de esa manera, se casan con industrias mediáticas y
patrocinadores poderosos, vendiendo en preventa simonías
estatales.
Llegué a pensar que lo que proponía era dado que la dichosa
publicidad política estimula horripilantemente el facilismo
electoral, al punto de que los debates, ya no sólo de comedor,
cama o bus, sino que incluso en los medios supuestamente serios,
o en el espacio académico; se han reducido a debates de
“imagen”, donde los ponentes muy rara vez han leído las
propuestas concretas y la viabilidad de las mismas, de cada una
de las partes en consideración electoral, y así, cuando las
tales polémicas deberían centrarse en esta última cuestión, es
decir, la viabilidad de las propuestas concretas y su adecuación
al fin político, el debate se centra, en el mejor de los casos,
en el pasado político de los aspirantes y sus padrinos
políticos, y en sus etiquetas, etiquetas o “ismos” que poca
gente realmente entiende, sino de los que tienen una somera
idea.
¡No!, han de saber que propongo la terminante prohibición de la
publicidad política entendida como “imagen” que decide las
elecciones, de aquí y del país del norte, por la simple “imagen”
de los aspirantes y sus respectivas estadísticas; por el simple
hecho de que me molesta de sobremanera tener que moverme en
medio de sus maquilladas caras recordándome lo falso del juego
político actual, lo bajo que ha caído la teoría política
neoliberal, lo torpe del cuerpo electoral que polemiza y se
ruboriza discutiendo sobre la “imagen” o bondad de alguien que
no conoce y del que no ha leído el programa de gobierno.
A algunos les parecerá ridículo pensar cómo alguna vez pudimos
creer que el gobernante era Dios encarnado, o su hijo, o su
representante, o que la dinastía y el gobierno familiar eran
algo que se mantenía por derecho propio. A mí me sorprende cómo
no nos indigna y escandaliza el hecho de que ahora aceptemos,
incluso tildándolo de “científico”, el hecho de que el
gobernante sea aquél que mejor sepa venderse.