
Sobreviviendo en la tierra
de los muiscas
Kelly Araque
Comunicación Social y Periodismo
Foto:
http://colombiapoesiacanta.blogspot.com/2011/02/el-salto-de-tequendama.html
Ruidoso
y ligero, así yace bajo el manto verde que cubre la sabana de
Bogotá. Sus piedras guardan las huellas de un camino ya trazado
por los antepasados, por donde las aguas tienen que recorrer más
de 100 Km. para precipitarse a su desembocadura. Alimentado por
la corriente que viene del río capitalino éste se acompaña de un
bosque primitivo, donde la tierra aún es fértil y los animales
luchan por sobrevivir.
El ruido de un estruendo repetitivo lo hace notar bajo la espesa
niebla blanca que se dibuja en el aire. Sólo cuando los
delicados rayos de sol se deslumbran en el día, sale él,
imponente y flameante. 150 metros de altura por donde caen las
aguas mansas, aquellas que luchan contra las rocas cambiando el
ritmo de su espesor, finalizan en la estrepitosa profundidad
dando vía a la continuidad de su torrente, otorgándole así el
nombre de El Salto del Tequendama.
Pero ojalá, estas aguas fueran como aquel día en que Bochica con
su bastón de oro sucumbió las rocas y desinundó la sabana. Aguas
puras que servían para regar los cultivos y donde los animales
podían vivir sin tener que luchar contra la naturaleza. A tan
sólo 30 Km. de la salida de Bogotá comienza el malestar visual,
las aguas negras que corren el río dan la sensación de que lo
que algún día fue, jamás será. Aquellas piedras que daban la
dirección al agua, ahora guían a un líquido espeso y contaminado
a causa de los desechos. Una espuma creciente y blanca que pelea
contra las rocas para poder desembocar en el río Magdalena.
El olor del ambiente da fe de cómo la caída de agua dejó de ser
pura y cristalina. Pero quizás sólo hay alguien que tiene fe de
que esto puede cambiar. Aquella guardiana que día y noche cuida
de las aguas torrenciales que caen por allí. Donde no importa la
lluvia o el sol. Siempre esta allí. Lastimada por las
inclemencias del clima ya no tiene los mismos colores que años
atrás. Un rostro desdibujado, pero que desde la distancia se
puede visualizar. La Virgen Maria quien con las manos extendidas
nos muestra esta belleza natural. Como sí fuera un llamado del
cielo para recordarnos que las aguas que alguna vez fueron no
tienen porque cambiar.
Una cascada que no puede quedar en un esqueleto de rocas
cubiertas por basura. Ni mucho menos en un abismo rocoso y
silencioso donde rodee la muerte. Un patrimonio que quede en el
olvido por las actuaciones de aquellos hombres que sólo se
preocupan por el presente y no por la incertidumbre del futuro.
Es olvidar de donde venimos y lo que realmente somos.
El Salto del Tequendama no debe ser recordado y nombrado
únicamente por los suicidios que allí se presentan o porque en
época de sequía ya no existe tal cascada. Los calificativos que
se le dan debido a su olor, mal estado o por las consecuencias
que se están presentando en la fauna y la flora le quitan el
reconocimiento que realmente debería tener este lugar. Tiene que
dejar de ser un sitio para el turismo falso, donde priman las
comidas y la desolación de un hotel sin memoria, antes que las
aguas que por allí desembocan. Algo tan valioso tiene que ser
recuperado de la penumbra y liberado como Bochica lo hizo en
esta tierra de Muiscas.