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Año 6 No 1
Marzo 2011
ISSN: 2216-005

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Sobreviviendo en la tierra de los muiscas

Kelly Araque
Comunicación Social y Periodismo
Foto: http://colombiapoesiacanta.blogspot.com/2011/02/el-salto-de-tequendama.html


Ruidoso y ligero, así yace bajo el manto verde que cubre la sabana de Bogotá. Sus piedras guardan las huellas de un camino ya trazado por los antepasados, por donde las aguas tienen que recorrer más de 100 Km. para precipitarse a su desembocadura. Alimentado por la corriente que viene del río capitalino éste se acompaña de un bosque primitivo, donde la tierra aún es fértil y los animales luchan por sobrevivir.

El ruido de un estruendo repetitivo lo hace notar bajo la espesa niebla blanca que se dibuja en el aire. Sólo cuando los delicados rayos de sol se deslumbran en el día, sale él, imponente y flameante. 150 metros de altura por donde caen las aguas mansas, aquellas que luchan contra las rocas cambiando el ritmo de su espesor, finalizan en la estrepitosa profundidad dando vía a la continuidad de su torrente, otorgándole así el nombre de El Salto del Tequendama.

Pero ojalá, estas aguas fueran como aquel día en que Bochica con su bastón de oro sucumbió las rocas y desinundó la sabana. Aguas puras que servían para regar los cultivos y donde los animales podían vivir sin tener que luchar contra la naturaleza. A tan sólo 30 Km. de la salida de Bogotá comienza el malestar visual, las aguas negras que corren el río dan la sensación de que lo que algún día fue, jamás será. Aquellas piedras que daban la dirección al agua, ahora guían a un líquido espeso y contaminado a causa de los desechos. Una espuma creciente y blanca que pelea contra las rocas para poder desembocar en el río Magdalena.

El olor del ambiente da fe de cómo la caída de agua dejó de ser pura y cristalina. Pero quizás sólo hay alguien que tiene fe de que esto puede cambiar. Aquella guardiana que día y noche cuida de las aguas torrenciales que caen por allí. Donde no importa la lluvia o el sol. Siempre esta allí. Lastimada por las inclemencias del clima ya no tiene los mismos colores que años atrás. Un rostro desdibujado, pero que desde la distancia se puede visualizar. La Virgen Maria quien con las manos extendidas nos muestra esta belleza natural. Como sí fuera un llamado del cielo para recordarnos que las aguas que alguna vez fueron no tienen porque cambiar.

Una cascada que no puede quedar en un esqueleto de rocas cubiertas por basura. Ni mucho menos en un abismo rocoso y silencioso donde rodee la muerte. Un patrimonio que quede en el olvido por las actuaciones de aquellos hombres que sólo se preocupan por el presente y no por la incertidumbre del futuro. Es olvidar de donde venimos y lo que realmente somos.

El Salto del Tequendama no debe ser recordado y nombrado únicamente por los suicidios que allí se presentan o porque en época de sequía ya no existe tal cascada. Los calificativos que se le dan debido a su olor, mal estado o por las consecuencias que se están presentando en la fauna y la flora le quitan el reconocimiento que realmente debería tener este lugar. Tiene que dejar de ser un sitio para el turismo falso, donde priman las comidas y la desolación de un hotel sin memoria, antes que las aguas que por allí desembocan. Algo tan valioso tiene que ser recuperado de la penumbra y liberado como Bochica lo hizo en esta tierra de Muiscas.





 


 

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