|
|

Hospital San Juan de Dios:
Casi doce años de olvido
Crónica
de un súbito suplicio
Por: Claudia López
Comunicación Social y Periodismo

En un negligente refugio en el que alguna vez pululaban
centenares de personas que daban un grito por la vida, hoy se
respira un aire a amnesia, pues los corredores de este
emblemático y antiguo lugar, están consternados por los sollozos
de victimas que hoy viven en medio de la penuria que dejó su
exterminio.
Álvaro Forero, ese es mi nombre. Soy un ex empleado del hospital
San Juan de Dios que fue cerrado a raíz de la crisis que sufrió
la salud en Colombia por los cambios que generó la ley 100 en
1993. Qué triste me siento al recordar aquellos tiempos
(suspiro). A veces me pregunto qué hago todavía deambulando por
los oscuros pasillos de este triste lugar en el que he luchado
durante los últimos años de mi vida por alcanzar todo lo que
perdí y sigo perdiendo ¿Y qué he extraviado? ¡Mi libertad! Sí,
más que mi casa, mi hogar, y mi salud fue a ella a quien deje ir
con quien quería arrebatármela. (Ver No nos lavemos las manos).
Las ganas de vivir por un sueño se agotan con cada detalle que
me traen los días ¡Mira qué paredes más muertas! ¿Sientes el
frío del óbito en su piel, Álvaro?
Mi querido hospital lleno de moho, telarañas, infinitas
humedades, maltrato y humillaciones, me lleva a una profunda
decepción, pero a pesar de todo esto, yo y hasta mis pocos
compañeros que todavía residen aquí por la misma causa, no
perdemos la esperanza de alcanzar esa anhelada utopía que cada
vez está más lejos.
Vivo a espera de una liquidación por mi trabajo, mientras tú,
viejo cerebro, me traes a esta densa habitación el recuerdo de
mi esposa, María Erlinda González, profesora doce años atrás en
el jardín del hospital; me duele viajar a aquél 20 de diciembre
de 2001 cuando la mujer que siempre he amado me puso entre la
espada y la pared ¡Pobre María! Cansada de convivir conmigo y
nuestros hijos en un mar de lágrimas originado por centenares de
trabajadores sin horizonte claro, me dijo con la voz más cruda
de nuestra historia en ese lluvioso diciembre, cuando la navidad
se acercaba y prometía ser la más helada y mísera de todas, que
tomáramos una decisión definitiva con respecto a tener el
hospital como vivienda temporal, o si no ella se iba y se
llevaba nuestro amor con nuestros retoños.
O nos íbamos con los niños para Fusagasuga, mi tierrita, a
empezar desde ceros, o me quedaba y le entrega el resto de mi
vida a un hospital muerto.
Yo, joven e ilusionado con la idea de recuperarlo todo, o más
bien, con la cobardía que me carcomía los huesos de solo
imaginar el aceptar perder tantos años de trabajo, no iba a
permitir que el Estado se saliera con la suya, y con 3 años de
espera, desde el sellamiento del San Juan de Dios (1999), estaba
seguro que antes de terminar el 2002 llegaría el fin de esta
inmensa tristeza. Por ello decidí estúpidamente quedarme.
Qué triste es prender la televisión y ver a través de los medios
de comunicación cómo los periodistas son obligados a mentir,
afirmando que el gobierno nos está remunerando por nuestra
espera. Qué asco dan las comunicaciones sucias y falsas; ojala
vinieran aquí con sus cámaras profesionales y en vivo y en
directo le mostraran al pueblo lo mucho que nos han ayudado.
Han pasado 7 años pidiendo legalmente justicia, y algunos pocos
de la mínima cantidad que todavía habita el hospital han
recibido la plata que tanto hemos reclamado.
María Erlinda y los niños, Josefa y Martín de 2 y 14 años, se
marcharon a Fusagasuga, tal como lo aseguró ella, y allí
comenzaron una nueva vida, esta vez sin mí.
Al principio Erlinda y los niños me visitaban cada fin de semana
quedándose aquí pese a la rabia que sentía mi mujer por el
hospital, con el fin de acompañarme y pasar un tiempo conmigo.
Pero con el pasar de los años las visitas se hicieron menos
frecuentes, tanto así que hoy día veo a mis grandes hijos cada
fin de semestre, y a mi “mujer” cada año si no es más.
Para mí es muy deprimente ver cómo mi hogar se destruyó a causa
de mi decisión de quedarme en el San Juan de Dios. Y esto en
repetidas ocasiones me ha llevado a desertar sobre mi idea de
continuar aquí, pero todos los días me repito: “Si ya han sido
prácticamente 12 años, y yo ya esperé lo más, porqué no he de
esperar lo menos”.
Hace 3 meses y después de un ataque de epilepsia que sufrí
mientras dormía en mi pequeña habitación, rodeada de otras en
donde los colchones están llenos de vegetación, el techo se ha
caído, las paredes tienen una apariencia oxidada, las ratas
hacen de ellas su hogar, y los fríos
cuerpecitos de palomas fallecidas reposan sobre las colillas de
cigarros que llevan más de una década sobre los armarios
abandonados, me encontré sentado en compañía de dos grandes
dolores, el moral y el maltrato físico que me dejó ese ataque
que me sorprende dormido cada dos ó tres meses desde que comenzó
este suplicio.
¡Qué tonto me debo ver aquí solo, acompañado por insectos y el
viento, sentado sobre mi lecho, recordando esos tristes
padecimientos mientras innumerables lágrimas mojan mi rostro
lentamente!
Mis mejores años
¡OH mente gloriosa, por fin me consientes con buenos recuerdos!
Revivo en mí aquella época gloriosa en donde se vivían el fulgor
y el ímpetu de todos los estudiantes ávidos por el conocimiento
y a expensas de aquellos pacientes quienes no tenían cómo ser
atendidos en otro hospital diferente al de San Juan de Dios. “El
hospital de combate” como lo bautizamos entre trabajadores y
médicos, era reconocido no solo por los excelentes servicios que
brindaba en cuanto a calidad de salud, sino también por cuidar
de la lozanía de la gente menos favorecida; indigentes,
vendedores ambulantes, N.N, homosexuales, lesbianas, prostitutas
y niños desamparados.
Recuerdo que los estudiantes, residentes e internos de la
Universidad Nacional, atendían por turno unos 15 pacientes a
quienes se les curaba en urgencias, suturas, fracturas, heridas
penetrantes por armas de fuego, corto punzantes y contusiones.
Además se regían con el horario de entrada de 7:00 a.m. lo cual
era un show porque la entrada al hospital se congestionaba al
ser tan estrecha. Se armaba una larga cola, y entonces los
estudiantes por no llegar tarde y evitarse problemas,
aprovechaban la entrada de alguna ambulancia para correr en
estampida antes de que los celadores cerraran las rejillas para
carros. Esto era muy gracioso hasta para los mismos maestros de
medicina que ya reconocían los rostros poco madrugadores.
Yo era el encargado de entregarle sus uniformes y uno de los
primeros en saludarlos. Era lindo sonreír en ese entonces, ya mi
rostro se ha vuelto indolente a aquél ejercicio.
Por los corredores del hospital que conectaban con urgencias y
otras áreas, se veía transitar a estudiantes de medicina
interna, cirugía, residentes de otras especialidades, aprendices
de ortopedia, hematología y otorrinolaringología que corrían,
caminaban, charlaban, decidían y actuaban mientras el hospital
tenía vida.
Mi diario vivir
Luego de que el dolor de mi cuerpo se hizo más soportable y el
cansancio me venció, retomé el sueño y al llegar el nuevo día,
continué con mi habitual rutina. Con más de medio siglo de vida
encima, suelo levantarse muy temprano.
Al alba de un nuevo día prendo mi radio con la ilusión de
escuchar a algún periodista informando que por fin el gobierno
nos va a dar el pago merecido por tanta agonía; desilusionado me
dirijo a asear mi cuerpo en mi estrecho baño a punta de
totumadas de agua que consigo en un tubo madre del primer piso.
Es muy difícil subir los baldes de agua hasta el noveno nivel
que es donde queda mi habitación, pero ya se ha vuelto una
costumbre necesaria.
Al igual que otros residentes, he vivido todos estos años sin
agua y ‘sin luz’ propia, pues el hospital ya no se lucra de
estos beneficios; pero un día, estando en la terraza en compañía
de un vecino de cuarto, se nos ocurrió robar energía de un poste
de alumbrado público, pues las espermas no
eran la mejor opción para alumbrar el hospital, además temíamos
a la oscuridad desde que Blanca Flor, una de las residentes más
veteranas, rodó escaleras abajo por falta de luz. Por esto
haciendo ciertas conexiones logramos iluminar nuestro espacio.
Mi desayuno lo preparo en una pequeña estufa que tengo sobre una
mesa de madera, o como la llamo yo: “la cocinita improvisada”.
Allí la mayoría de los días preparo chocolate en agua y lo
acompaño de un pan. Luego prendo la televisión y al llegar la
hora del almuerzo salgo en búsqueda de un comedor comunitario
que queda a 5 cuadras de ‘mi casa’ en el barrio las cruces en
dónde no me cobran por almorzar.
Voy y me como mi almuercito allí, pero no puedo decir que
pertenezco a este hospital o si no me quitan los beneficios,
pues la mayoría de personas piensan que el gobierno nos ha
remunerado muy bien a raíz del cierre, y eso es evidentemente
una falacia”.
Cuando cae la noche
Así, tomo mi última comida del día y regreso a mi habitación en
dónde me espera una vieja muñeca de trapo que alguna vez
perteneció a una pequeña niña de quien me hice muy amigo
mientras ésta vivió, siendo este el motivo que me llevó a
escoger la habitación 930, la misma que alguna vez llenó de
sonrisas mi corazón y el de esa pequeña princesa.
A eso de las 7:00p.m. apago mi viejo televisor y me arrodillo al
lado de mi cama para pedirle a Dios que no se olvide de nosotros
y me evite otro ataque de epilepsia.
Así transcurre mi vida, y aquí, después de casi 12 años de
espera, siento que le he entregado en vano toda mi juventud a
grandes esperanzas que hoy se hacen más insignificantes que
nunca. Y creyéndole a la sabiduría popular que dice que el que
persevera alcanza, a mis 58 años sigo aferrado a esta vaga
ilusión con el propósito de poder comenzar pronto el proyecto de
vida que he ido construyendo durante todo este tiempo de
soledad.
No nos lavemos las manos
La Ley 100 fue un detonante para agudizar la crisis que ya
existía en el hospital San Juan de Dios. Esta volvió la medicina
un mercantilismo y un ente comercial. Pues antes esta profesión
en nuestro país, tenía dos bases filosóficas de gran peso, la
humanística y la liberal.
En cuanto a la parte humana, los médicos podían demorarse todo
el tiempo que requiriera el paciente, esto con el fin de brindar
un servicio profundo basado en la ética del buen oficio y en
estudiar muy bien cada problema del enfermo para ofrecerle una
mejor salud. Actualmente se han creado las IPS, EPS y unas
reglas absurdas en el servicio de salud pública que obligan al
experto a ver a su paciente con un tiempo límite de quince
minutos impidiéndole tener libertad y privándolo de humanizarse
con el dolido.
Ya en la parte liberal, los doctores no estaban ligados a
ninguna lista de medicinas que los hospitales brindaran
únicamente, pues por el contrario, eran libres para formular las
drogas que sus conocimientos medicinales les indicara, según
fuera el caso del doliente; cosa que no sucede actualmente,
puesto que ahora la medicina pasó a ser netamente una ciencia
mercantilista y comercial, con ánimo de lucro, por lo que el
gobierno creando la ley 100 da una estructura a la salud tan
imponente que la ética profesional pasa a segundo plano.
Es el caso de depender de una lista de medicamentos baratos que
no sirven para todos los casos y eliminar la dotación de
medicina costosa que muchos pacientes la requieren y no tienen
dinero para acceder a ella.
La crisis ya existente se venía generando por diferentes
anomalías muchas de ellas dadas a nivel distrital e interno. Por
ejemplo, en 1977 la ANIR (Asociación nacional de médicos
internos y residentes) liderada por el doctor Férguson, maestro
de epidemiología quien de una u otra forma se convirtió en el
activista principal, realizaron una marcha por las principales
calles de Bogotá finalizando en la calle primera con carrera
décima frente al hospital, y así, logran obstaculizar el
tránsito por más de 24 horas, y dejan al descubierto el engañó
que los medios de comunicación le auspiciaban al estado al
afirmar a la opinión pública que los practicantes de medicina de
la Universidad Nacional de Colombia estaban siendo remunerados
por la prestación de servicios. Por ello, exigían que sí esto
era afirmado siendo mentira, entonces se cumpliera, y así
consiguieron que a partir de esa fecha se hiciera realidad dicho
pago.
El encargado de pagarle a los practicantes, residentes,
internistas y demás funcionarios, era el estado, quien tenía un
convenio con el San Juan de Dios, en donde este prestaba un
servicio a los pacientes de bajos recursos económicos con el fin
de brindar plena salubridad a toda la población, pero esta
institución se fue convirtiendo en hospital de caridad, todos
los pacientes que no tenían plata eran remitidos allí y esto
explotó porque el gobierno de Andrés Pastrana decía que este
tenía que generar ingresos para auto subsistir pero como solo
iban indigentes y personas de bajos recursos, no había a quién
cobrarle y esto lo llevo a la quiebra.
Existen diversas causas que justifican su cierre y no tendría
lógica echarle el agua sucia a una sola parte, pues tanto el
gobierno, los administradores del hospital, los curas fundadores
de éste, la ley 100, y hasta la mala costumbre de convertirlo en
centro hospitalario para los desamparados, fueron responsables
de su cierre inesperado.
|
|
su opinión sobre este artículo |
|
|
La Ley 100 fue un detonante para agudizar la crisis que ya
existía en el hospital San Juan de Dios. Esta volvió la medicina
un mercantilismo y un ente comercial. Pues antes esta profesión
en nuestro país, tenía dos bases filosóficas de gran peso, la
humanística y la liberal.
|