Universidad | Institucional | Correo | Sergionet | Directorio | Mapa del sitio


 

 

Año 6 No 4
Octubre 2011
ISSN: 2216-005

  Inicio | Comité Editorial | Contactos | Secciones: Opinión | Editorial | Altus Recomienda | Crónica | Cultivarte | Cuentos y relatos

  Correo lectores Deporte | Los especialistas | La Checho | Personajes | Música | Versos en el limbo | Cine | Foros de opinión |















 

 

Hospital San Juan de Dios:
Casi doce años de olvido
Crónica de un súbito suplicio
Por: Claudia López
Comunicación Social y Periodismo


En un negligente refugio en el que alguna vez pululaban centenares de personas que daban un grito por la vida, hoy se respira un aire a amnesia, pues los corredores de este emblemático y antiguo lugar, están consternados por los sollozos de victimas que hoy viven en medio de la penuria que dejó su exterminio.


Álvaro Forero, ese es mi nombre. Soy un ex empleado del hospital San Juan de Dios que fue cerrado a raíz de la crisis que sufrió la salud en Colombia por los cambios que generó la ley 100 en 1993. Qué triste me siento al recordar aquellos tiempos (suspiro). A veces me pregunto qué hago todavía deambulando por los oscuros pasillos de este triste lugar en el que he luchado durante los últimos años de mi vida por alcanzar todo lo que perdí y sigo perdiendo ¿Y qué he extraviado? ¡Mi libertad! Sí, más que mi casa, mi hogar, y mi salud fue a ella a quien deje ir con quien quería arrebatármela. (Ver No nos lavemos las manos).

Las ganas de vivir por un sueño se agotan con cada detalle que me traen los días ¡Mira qué paredes más muertas! ¿Sientes el frío del óbito en su piel, Álvaro?

Mi querido hospital lleno de moho, telarañas, infinitas humedades, maltrato y humillaciones, me lleva a una profunda decepción, pero a pesar de todo esto, yo y hasta mis pocos compañeros que todavía residen aquí por la misma causa, no perdemos la esperanza de alcanzar esa anhelada utopía que cada vez está más lejos.

Vivo a espera de una liquidación por mi trabajo, mientras tú, viejo cerebro, me traes a esta densa habitación el recuerdo de mi esposa, María Erlinda González, profesora doce años atrás en el jardín del hospital; me duele viajar a aquél 20 de diciembre de 2001 cuando la mujer que siempre he amado me puso entre la espada y la pared ¡Pobre María! Cansada de convivir conmigo y nuestros hijos en un mar de lágrimas originado por centenares de trabajadores sin horizonte claro, me dijo con la voz más cruda de nuestra historia en ese lluvioso diciembre, cuando la navidad se acercaba y prometía ser la más helada y mísera de todas, que tomáramos una decisión definitiva con respecto a tener el hospital como vivienda temporal, o si no ella se iba y se llevaba nuestro amor con nuestros retoños.

O nos íbamos con los niños para Fusagasuga, mi tierrita, a empezar desde ceros, o me quedaba y le entrega el resto de mi vida a un hospital muerto.

Yo, joven e ilusionado con la idea de recuperarlo todo, o más bien, con la cobardía que me carcomía los huesos de solo imaginar el aceptar perder tantos años de trabajo, no iba a permitir que el Estado se saliera con la suya, y con 3 años de espera, desde el sellamiento del San Juan de Dios (1999), estaba seguro que antes de terminar el 2002 llegaría el fin de esta inmensa tristeza. Por ello decidí estúpidamente quedarme.

Qué triste es prender la televisión y ver a través de los medios de comunicación cómo los periodistas son obligados a mentir, afirmando que el gobierno nos está remunerando por nuestra espera. Qué asco dan las comunicaciones sucias y falsas; ojala vinieran aquí con sus cámaras profesionales y en vivo y en directo le mostraran al pueblo lo mucho que nos han ayudado.

Han pasado 7 años pidiendo legalmente justicia, y algunos pocos de la mínima cantidad que todavía habita el hospital han recibido la plata que tanto hemos reclamado.

María Erlinda y los niños, Josefa y Martín de 2 y 14 años, se marcharon a Fusagasuga, tal como lo aseguró ella, y allí comenzaron una nueva vida, esta vez sin mí.

Al principio Erlinda y los niños me visitaban cada fin de semana quedándose aquí pese a la rabia que sentía mi mujer por el hospital, con el fin de acompañarme y pasar un tiempo conmigo. Pero con el pasar de los años las visitas se hicieron menos frecuentes, tanto así que hoy día veo a mis grandes hijos cada fin de semestre, y a mi “mujer” cada año si no es más.

Para mí es muy deprimente ver cómo mi hogar se destruyó a causa de mi decisión de quedarme en el San Juan de Dios. Y esto en repetidas ocasiones me ha llevado a desertar sobre mi idea de continuar aquí, pero todos los días me repito: “Si ya han sido prácticamente 12 años, y yo ya esperé lo más, porqué no he de esperar lo menos”.

Hace 3 meses y después de un ataque de epilepsia que sufrí mientras dormía en mi pequeña habitación, rodeada de otras en donde los colchones están llenos de vegetación, el techo se ha caído, las paredes tienen una apariencia oxidada, las ratas hacen de ellas su hogar, y los fríos

cuerpecitos de palomas fallecidas reposan sobre las colillas de cigarros que llevan más de una década sobre los armarios abandonados, me encontré sentado en compañía de dos grandes dolores, el moral y el maltrato físico que me dejó ese ataque que me sorprende dormido cada dos ó tres meses desde que comenzó este suplicio.

¡Qué tonto me debo ver aquí solo, acompañado por insectos y el viento, sentado sobre mi lecho, recordando esos tristes padecimientos mientras innumerables lágrimas mojan mi rostro lentamente!

Mis mejores años
¡OH mente gloriosa, por fin me consientes con buenos recuerdos! Revivo en mí aquella época gloriosa en donde se vivían el fulgor y el ímpetu de todos los estudiantes ávidos por el conocimiento y a expensas de aquellos pacientes quienes no tenían cómo ser atendidos en otro hospital diferente al de San Juan de Dios. “El hospital de combate” como lo bautizamos entre trabajadores y médicos, era reconocido no solo por los excelentes servicios que brindaba en cuanto a calidad de salud, sino también por cuidar de la lozanía de la gente menos favorecida; indigentes, vendedores ambulantes, N.N, homosexuales, lesbianas, prostitutas y niños desamparados.

Recuerdo que los estudiantes, residentes e internos de la Universidad Nacional, atendían por turno unos 15 pacientes a quienes se les curaba en urgencias, suturas, fracturas, heridas penetrantes por armas de fuego, corto punzantes y contusiones.

Además se regían con el horario de entrada de 7:00 a.m. lo cual era un show porque la entrada al hospital se congestionaba al ser tan estrecha. Se armaba una larga cola, y entonces los estudiantes por no llegar tarde y evitarse problemas, aprovechaban la entrada de alguna ambulancia para correr en estampida antes de que los celadores cerraran las rejillas para carros. Esto era muy gracioso hasta para los mismos maestros de medicina que ya reconocían los rostros poco madrugadores.

Yo era el encargado de entregarle sus uniformes y uno de los primeros en saludarlos. Era lindo sonreír en ese entonces, ya mi rostro se ha vuelto indolente a aquél ejercicio.

Por los corredores del hospital que conectaban con urgencias y otras áreas, se veía transitar a estudiantes de medicina interna, cirugía, residentes de otras especialidades, aprendices de ortopedia, hematología y otorrinolaringología que corrían, caminaban, charlaban, decidían y actuaban mientras el hospital tenía vida.

Mi diario vivir
Luego de que el dolor de mi cuerpo se hizo más soportable y el cansancio me venció, retomé el sueño y al llegar el nuevo día, continué con mi habitual rutina. Con más de medio siglo de vida encima, suelo levantarse muy temprano.

Al alba de un nuevo día prendo mi radio con la ilusión de escuchar a algún periodista informando que por fin el gobierno nos va a dar el pago merecido por tanta agonía; desilusionado me dirijo a asear mi cuerpo en mi estrecho baño a punta de totumadas de agua que consigo en un tubo madre del primer piso.

Es muy difícil subir los baldes de agua hasta el noveno nivel que es donde queda mi habitación, pero ya se ha vuelto una costumbre necesaria.

Al igual que otros residentes, he vivido todos estos años sin agua y ‘sin luz’ propia, pues el hospital ya no se lucra de estos beneficios; pero un día, estando en la terraza en compañía de un vecino de cuarto, se nos ocurrió robar energía de un poste de alumbrado público, pues las espermas no

eran la mejor opción para alumbrar el hospital, además temíamos a la oscuridad desde que Blanca Flor, una de las residentes más veteranas, rodó escaleras abajo por falta de luz. Por esto haciendo ciertas conexiones logramos iluminar nuestro espacio.

Mi desayuno lo preparo en una pequeña estufa que tengo sobre una mesa de madera, o como la llamo yo: “la cocinita improvisada”. Allí la mayoría de los días preparo chocolate en agua y lo acompaño de un pan. Luego prendo la televisión y al llegar la hora del almuerzo salgo en búsqueda de un comedor comunitario que queda a 5 cuadras de ‘mi casa’ en el barrio las cruces en dónde no me cobran por almorzar.

Voy y me como mi almuercito allí, pero no puedo decir que pertenezco a este hospital o si no me quitan los beneficios, pues la mayoría de personas piensan que el gobierno nos ha remunerado muy bien a raíz del cierre, y eso es evidentemente una falacia”.

Cuando cae la noche
Así, tomo mi última comida del día y regreso a mi habitación en dónde me espera una vieja muñeca de trapo que alguna vez perteneció a una pequeña niña de quien me hice muy amigo mientras ésta vivió, siendo este el motivo que me llevó a escoger la habitación 930, la misma que alguna vez llenó de sonrisas mi corazón y el de esa pequeña princesa.

A eso de las 7:00p.m. apago mi viejo televisor y me arrodillo al lado de mi cama para pedirle a Dios que no se olvide de nosotros y me evite otro ataque de epilepsia.

Así transcurre mi vida, y aquí, después de casi 12 años de espera, siento que le he entregado en vano toda mi juventud a grandes esperanzas que hoy se hacen más insignificantes que nunca. Y creyéndole a la sabiduría popular que dice que el que persevera alcanza, a mis 58 años sigo aferrado a esta vaga ilusión con el propósito de poder comenzar pronto el proyecto de vida que he ido construyendo durante todo este tiempo de soledad.

No nos lavemos las manos
La Ley 100 fue un detonante para agudizar la crisis que ya existía en el hospital San Juan de Dios. Esta volvió la medicina un mercantilismo y un ente comercial. Pues antes esta profesión en nuestro país, tenía dos bases filosóficas de gran peso, la humanística y la liberal.

En cuanto a la parte humana, los médicos podían demorarse todo el tiempo que requiriera el paciente, esto con el fin de brindar un servicio profundo basado en la ética del buen oficio y en estudiar muy bien cada problema del enfermo para ofrecerle una mejor salud. Actualmente se han creado las IPS, EPS y unas reglas absurdas en el servicio de salud pública que obligan al experto a ver a su paciente con un tiempo límite de quince minutos impidiéndole tener libertad y privándolo de humanizarse con el dolido.

Ya en la parte liberal, los doctores no estaban ligados a ninguna lista de medicinas que los hospitales brindaran únicamente, pues por el contrario, eran libres para formular las drogas que sus conocimientos medicinales les indicara, según fuera el caso del doliente; cosa que no sucede actualmente, puesto que ahora la medicina pasó a ser netamente una ciencia mercantilista y comercial, con ánimo de lucro, por lo que el gobierno creando la ley 100 da una estructura a la salud tan imponente que la ética profesional pasa a segundo plano.
Es el caso de depender de una lista de medicamentos baratos que no sirven para todos los casos y eliminar la dotación de medicina costosa que muchos pacientes la requieren y no tienen dinero para acceder a ella.

La crisis ya existente se venía generando por diferentes anomalías muchas de ellas dadas a nivel distrital e interno. Por ejemplo, en 1977 la ANIR (Asociación nacional de médicos internos y residentes) liderada por el doctor Férguson, maestro de epidemiología quien de una u otra forma se convirtió en el activista principal, realizaron una marcha por las principales calles de Bogotá finalizando en la calle primera con carrera décima frente al hospital, y así, logran obstaculizar el tránsito por más de 24 horas, y dejan al descubierto el engañó que los medios de comunicación le auspiciaban al estado al afirmar a la opinión pública que los practicantes de medicina de la Universidad Nacional de Colombia estaban siendo remunerados por la prestación de servicios. Por ello, exigían que sí esto era afirmado siendo mentira, entonces se cumpliera, y así consiguieron que a partir de esa fecha se hiciera realidad dicho pago.

El encargado de pagarle a los practicantes, residentes, internistas y demás funcionarios, era el estado, quien tenía un convenio con el San Juan de Dios, en donde este prestaba un servicio a los pacientes de bajos recursos económicos con el fin de brindar plena salubridad a toda la población, pero esta institución se fue convirtiendo en hospital de caridad, todos los pacientes que no tenían plata eran remitidos allí y esto explotó porque el gobierno de Andrés Pastrana decía que este tenía que generar ingresos para auto subsistir pero como solo iban indigentes y personas de bajos recursos, no había a quién cobrarle y esto lo llevo a la quiebra.

Existen diversas causas que justifican su cierre y no tendría lógica echarle el agua sucia a una sola parte, pues tanto el gobierno, los administradores del hospital, los curas fundadores de éste, la ley 100, y hasta la mala costumbre de convertirlo en centro hospitalario para los desamparados, fueron responsables de su cierre inesperado.


 

su opinión sobre este artículo

Nombre:

E-mail:

Su Comentario:

   

 

La Ley 100 fue un detonante para agudizar la crisis que ya existía en el hospital San Juan de Dios. Esta volvió la medicina un mercantilismo y un ente comercial. Pues antes esta profesión en nuestro país, tenía dos bases filosóficas de gran peso, la humanística y la liberal.

 

 

Universidad Sergio Arboleda
Bogotá - Colombia

Calle 74 no. 14 - 14  PBX: 3257500/81
Línea gratuita de Servicio: (Toll Free)  01-8000 120026
e- mail: info@usa.edu.co
2000 - 2007
Webmaster:
Grupo Internet
Diseño estratégico y visual: