Año 8 No 1
Mayo 2012
ISSN: 2216-005

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VERSOS EN EL LIMBO


 

ZAP
 

Dani Clates 
Ex – estudiante de derecho de la Universidad de Chile.
Actualmente estudiante de Letras en la Universidad de Buenos Aires.
 



En mi cerebro crecen sonidos que no existen. Quisiera cantarle a la belleza, pero estoy muertísimo de miedo, no saben cuanto miedo tengo, díganle que me vengan a abrazar, ella.

Ahí esta; la tierra húmeda guarda con amor mis pasos, rápidos, lentos, detenidos. ¿Por que no me quede allá caminando sin parar hasta morir de hambre o morir de sed? pero allá, no acá. 

Y es que acá aunque la prosa es más explosiva y la poesía más cojonuda no está lo mismo que allá. El aire rebotando en las cornisas de ese lago verde y el cielo admirado de toda la belleza que tiene que esconder, proteger y curar. No había alguna metáfora a la que pudiera acceder esa mujer innombrable que vivió y que fue.

El olvido y el placer lo habían borrado todo. Comer con las manos, sentir la expansión creciente de la alegría, la emoción y el llanto por la hermosura del mundo, por la altitud de las estrellas, por las estrellas fugaces que alcancé a contar ese día: diez u once. Nada interrumpió la conexión con la belleza, ni siquiera yo mismo que había desaparecido hace rato, ni siquiera el futuro que no es más que una ilusión, ni siquiera el pasado porque Dios me perdonaba. Ese Dios total que se llama Universo. Totalidad. 

Aunque recordar y creer de nuevo que soy lo suficiente como para sobrevivir me tranquiliza, como también me tranquiliza mi conformidad con tan poco, con la simpleza, con el amor. 
Pero acá, aunque no lo quiera, brota la violencia ancestral y cago en todo y sobre todos, hay música carnívora y mujeres para todos los gustos. Cosas que podrían acercarse, cosas que podrían ser, pero no son. 

A veces es un alivio poder mirar la cordillera. Es un alivio volver a sentir frió y sentirse fresco bajo algún árbol, pero completamente lúcido. En cambió, la locura del vino, la continuidad del suicidio, lo grotesco de este placer tan inventado, tan buscado no lleva a ninguna parte, excepto muy dentro de uno mismo donde todo huele mal. La frialdad y la distancia, la observación, el disfrute silencioso de las moléculas que rozan mi piel y la piel. No miento cuando digo que quise tenerla allí, y sigo siendo sincero cuando digo que en realidad su morfología metafísica no era tan infinita como parecía. Aunque la impredecibilidad de su forma, lo metamórfico de su personalidad iba en decadencia y se estaba convirtiendo en una mujer hecha y derecha y dejaba atrás las dañinas formas de sus entusiastas pensamientos, de sus revoloteos en una realidad que, ahora, estaba dispuesta a aceptar: Ella lo ama, el la ama.

Y esa decisión, la voluntad de todo eso, tiene el mismo aroma que el lago divirtiéndose con el reflejo de las estrellas. La tranquilidad de esa decisión, lo voluntarioso de el amor que, humilde y callado, ha ganado, una vez más, la batalla contra lo corroído de gente como nosotros. El amor una vez más nos dice que para el mundo todavía hay esperanza. 

Entonces la frialdad, la frescura casi dentífrica de la menta cerebral que me invade permite dos cosas. Saber que hoy dormiré tranquilo y que solo depende de mí que las cosas se solucionen. Y que amo a mis hermanos, amo a mis padres, amo a mis amigos y también me amo a mi mismo y también amo a todos los seres humanos que pueblan este planeta enfermo y sin cura. Pero tiene defectos, porque todo el proceso de la creación se vuelve más lento, calladito, más lentito y yo recuerdo segunda de corintios doce o trece, el amor no se envanece, el amor no busca lo suyo, el amor; algo que siempre me ha gustado que exista, algo que me permite seguir existiendo. 

Y también recuerdo Gálatas, no recuerdo que pasaje, y pienso en los frutos del espíritu. Y después camino un poco más acá y leo a Moisés y también la historia de José y también la historia de David, la Historia de Saúl y me vuelven ganas de ser tan cristianito como antes, cuando todo me dolía un poco más, pero también me hacían más cariño, pero también yo le hacia más cariños al mundo y mi cerebro no funcionaba tan caóticamente como hoy y tampoco podía escribir un día entero y tampoco podía emerger desde mi mismo y derribar y tampoco alcanzaba a comprender muchas cosas, pero me hacían más cariño, y también yo le hacia más cariños al mundo, que enfermo y todo, yo amaba; y lloraba por la tristeza total que nos obligaba a configurarnos como felices, como saltarines, como alegres. 

Me gusta diluirme en todo y desaparecer, por eso, quizás me atrae tanto los orgasmos, por eso me atrae tanto la muerte. Dos extremos muy parecidos que tienen todo de inconsciencia -o híper consciencia- y también tienen todo de existencia -o de inexistencia- y que se separan en los últimos caminos: uno nos hace reír y el otro llorar; con uno comenzamos a pudrirnos lentamente hasta convertirnos en nada y con el otro comenzamos a vivir, comenzamos a soñar, comenzamos a decirle a nuestra amada que nada hay más bello en el mundo que ella llegando al final, que ella reflejada en todas las moléculas yéndose a si misma y yéndose a uno mismo con uno.

 

Y comenzamos realmente a dormir, a dormir a su lado, los pies juntos bajo las frazadas, los besos de buenas noches, extraños buenas noches, adiós cosita, me voy al sueño, no estaré contigo, estaré conmigo, dentro mío, pero buscando los aromas que has dejado en mi alma, con tus movimientos, todos, los rápidos y los lentos, los equivocados y los acertados, los delicados y los violentos, cosita bella.

Entonces, ¿cómo voy a querer morir? ¿Cómo voy a llorar? ¿cómo voy a despreciarlo todo si aun queda esperanza?, si aún hay personas valientes y valerosas, si aún belleza verdadera, si aún se puede caer desde muy arriba sabiendo que alguien que nos ama bajará hasta el abismo insoportable en el que caímos, de casualidad, voluntariamente, hasta por idioteces, y nos tenderá una mano y nos dirá palabras cariñosas como "no podría soportar que desaparecieras en ese agujero" y acerca la mirada al abismo y se sorprende de que estés vivo todavía, de que hayas soportado tanto dolor sin gritar tan fuerte, de que te hayas acostumbrado al miedo y ya, valga la redundancia, no le tengas miedo a nada, excepto a ti mismo, que es donde están las mejores y las peores cosas, y excepto volver a perderla, a volver a perderte sin tu ella, o sin tu él y no encontrar el camino de regreso a casa. Al hogar, allí donde los abrazos son calientes, pero no quemantes, cariñosos, pero sin violencia, con lentitud: la graduación de la pasión para hacerla infinita. 

 


 

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Y esa decisión, la voluntad de todo eso, tiene el mismo aroma que el lago divirtiéndose con el reflejo de las estrellas. La tranquilidad de esa decisión, lo voluntarioso de el amor que, humilde y callado, ha ganado, una vez más, la batalla contra lo corroído de gente como nosotros. El amor una vez más nos dice que para el mundo todavía hay esperanza. 

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