|
|
VERSOS EN EL LIMBO
Dani Clates
Ex – estudiante de derecho de la Universidad de Chile.
Actualmente estudiante de Letras en la Universidad de Buenos
Aires.

En mi cerebro crecen sonidos que no existen. Quisiera cantarle a
la belleza, pero estoy muertísimo de miedo, no saben cuanto
miedo tengo, díganle que me vengan a abrazar, ella.
Ahí esta; la tierra húmeda guarda con amor mis pasos, rápidos,
lentos, detenidos. ¿Por que no me quede allá caminando sin parar
hasta morir de hambre o morir de sed? pero allá, no acá.
Y es que acá aunque la prosa es más explosiva y la poesía más
cojonuda no está lo mismo que allá. El aire rebotando en las
cornisas de ese lago verde y el cielo admirado de toda la
belleza que tiene que esconder, proteger y curar. No había
alguna metáfora a la que pudiera acceder esa mujer innombrable
que vivió y que fue.
El olvido y el placer lo habían borrado
todo. Comer con las manos, sentir la expansión creciente de la
alegría, la emoción y el llanto por la hermosura del mundo, por
la altitud de las estrellas, por las estrellas fugaces que
alcancé a contar ese día: diez u once. Nada interrumpió la
conexión con la belleza, ni siquiera yo mismo que había
desaparecido hace rato, ni siquiera el futuro que no es más que
una ilusión, ni siquiera el pasado porque Dios me perdonaba. Ese
Dios total que se llama Universo. Totalidad.
Aunque recordar y creer de nuevo que soy lo suficiente como para
sobrevivir me tranquiliza, como también me tranquiliza mi
conformidad con tan poco, con la simpleza, con el amor.
Pero acá, aunque no lo quiera, brota la violencia ancestral y
cago en todo y sobre todos, hay música carnívora y mujeres para
todos los gustos. Cosas que podrían acercarse, cosas que podrían
ser, pero no son.
A veces es un alivio poder mirar la cordillera. Es un alivio
volver a sentir frió y sentirse fresco bajo algún árbol, pero
completamente lúcido. En cambió, la locura del vino, la
continuidad del suicidio, lo grotesco de este placer tan
inventado, tan buscado no lleva a ninguna parte, excepto muy
dentro de uno mismo donde todo huele mal. La frialdad y la
distancia, la observación, el disfrute silencioso de las
moléculas que rozan mi piel y la piel. No miento cuando digo que
quise tenerla allí, y sigo siendo sincero cuando digo que en
realidad su morfología metafísica no era tan infinita como
parecía. Aunque la impredecibilidad de su forma, lo metamórfico
de su personalidad iba en decadencia y se estaba convirtiendo en
una mujer hecha y derecha y dejaba atrás las dañinas formas de
sus entusiastas pensamientos, de sus revoloteos en una realidad
que, ahora, estaba dispuesta a aceptar: Ella lo ama, el la ama.
Y esa decisión, la voluntad de todo eso, tiene el mismo aroma
que el lago divirtiéndose con el reflejo de las estrellas. La
tranquilidad de esa decisión, lo voluntarioso de el amor que,
humilde y callado, ha ganado, una vez más, la batalla contra lo
corroído de gente como nosotros. El amor una vez más nos dice
que para el mundo todavía hay esperanza.
Entonces la frialdad, la frescura casi dentífrica de la menta
cerebral que me invade permite dos cosas. Saber que hoy dormiré
tranquilo y que solo depende de mí que las cosas se solucionen.
Y que amo a mis hermanos, amo a mis padres, amo a mis amigos y
también me amo a mi mismo y también amo a todos los seres
humanos que pueblan este planeta enfermo y sin cura. Pero tiene
defectos, porque todo el proceso de la creación se vuelve más
lento, calladito, más lentito y yo recuerdo segunda de corintios
doce o trece, el amor no se envanece, el amor no busca lo suyo,
el amor; algo que siempre me ha gustado que exista, algo que me
permite seguir existiendo.
Y también recuerdo Gálatas, no recuerdo que pasaje, y pienso en
los frutos del espíritu. Y después camino un poco más acá y leo
a Moisés y también la historia de José y también la historia de
David, la Historia de Saúl y me vuelven ganas de ser tan
cristianito como antes, cuando todo me dolía un poco más, pero
también me hacían más cariño, pero también yo le hacia más
cariños al mundo y mi cerebro no funcionaba tan caóticamente
como hoy y tampoco podía escribir un día entero y tampoco podía
emerger desde mi mismo y derribar y tampoco alcanzaba a
comprender muchas cosas, pero me hacían más cariño, y también yo
le hacia más cariños al mundo, que enfermo y todo, yo amaba; y
lloraba por la tristeza total que nos obligaba a configurarnos
como felices, como saltarines, como alegres.
Me gusta diluirme en todo y desaparecer, por eso, quizás me
atrae tanto los orgasmos, por eso me atrae tanto la muerte. Dos
extremos muy parecidos que tienen todo de inconsciencia -o híper
consciencia- y también tienen todo de existencia -o de
inexistencia- y que se separan en los últimos caminos: uno nos
hace reír y el otro llorar; con uno comenzamos a pudrirnos
lentamente hasta convertirnos en nada y con el otro comenzamos a
vivir, comenzamos a soñar, comenzamos a decirle a nuestra amada
que nada hay más bello en el mundo que ella llegando al final,
que ella reflejada en todas las moléculas yéndose a si misma y
yéndose a uno mismo con uno.
Y comenzamos realmente a dormir, a
dormir a su lado, los pies juntos bajo las frazadas, los besos
de buenas noches, extraños buenas noches, adiós cosita, me voy
al sueño, no estaré contigo, estaré conmigo, dentro mío, pero
buscando los aromas que has dejado en mi alma, con tus
movimientos, todos, los rápidos y los lentos, los equivocados y
los acertados, los delicados y los violentos, cosita bella.
Entonces, ¿cómo voy a querer morir? ¿Cómo voy a llorar? ¿cómo
voy a despreciarlo todo si aun queda esperanza?, si aún hay
personas valientes y valerosas, si aún belleza verdadera, si aún
se puede caer desde muy arriba sabiendo que alguien que nos ama
bajará hasta el abismo insoportable en el que caímos, de
casualidad, voluntariamente, hasta por idioteces, y nos tenderá
una mano y nos dirá palabras cariñosas como "no podría soportar
que desaparecieras en ese agujero" y acerca la mirada al abismo
y se sorprende de que estés vivo todavía, de que hayas soportado
tanto dolor sin gritar tan fuerte, de que te hayas acostumbrado
al miedo y ya, valga la redundancia, no le tengas miedo a nada,
excepto a ti mismo, que es donde están las mejores y las peores
cosas, y excepto volver a perderla, a volver a perderte sin tu
ella, o sin tu él y no encontrar el camino de regreso a casa. Al
hogar, allí donde los abrazos son calientes, pero no quemantes,
cariñosos, pero sin violencia, con lentitud: la graduación de la
pasión para hacerla infinita.
|
|
su opinión sobre este artículo |
|
|
Y esa decisión, la voluntad de todo eso, tiene el mismo aroma
que el lago divirtiéndose con el reflejo de las estrellas. La
tranquilidad de esa decisión, lo voluntarioso de el amor que,
humilde y callado, ha ganado, una vez más, la batalla contra lo
corroído de gente como nosotros. El amor una vez más nos dice
que para el mundo todavía hay esperanza. |