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Santa Marta
Tradición oral y folclor

Rossanna Collazos,
Coordinadora de Cultura Seccional Santa Marta.

La tradición oral es la forma de trasmitir la cultura, la experiencia, las tradiciones de un pueblo a través de relatos, cantos, oraciones, leyendas, fábulas, conjuros, mitos, cuentos y otros discursos. Se hace de padres a hijos, de generación en generación; llega hasta nuestros días y tiene como función primordial la de conservar la sabiduría ancestral a través del tiempo.

La tradición oral es de suma importancia en cualquier contexto social, pues nos remite al conocimiento de nuestro entorno, de nuestra cultura y por ende de nuestro propio ser. De ahí el valor que tiene apoyar espacios alternativos para el trabajo de la narrativa tradicional y de su investigación. En los últimos años ha tenido un gran auge el estudio acerca de las tradiciones orales de nuestros pueblos, en especial con trabajos musicales como los de Carlos Vives, Totó la Momposina, el mismo Juanes, quienes en sus composiciones hablan sobre las costumbres, los juegos, las diferentes formas de expresarse, los dialectos. Y es precisamente por ello que se ha venido revaluando la palabra “tradición”, como una expresión llena de evocación. En diversas corrientes del pensamiento se ha caracterizado como una forma de autoridad (Weber), un modo de transmisión comunal, la expresión de un vínculo comunitario (Tonnies) o un horizonte discursivo heredado (Gadamer).

Las canciones se heredan, los arrullos, los mimos, las nanas, los villancicos, se aprenden de “oído”, sin análisis, sin explicaciones teóricas; lo mismo la interpretación, la manera de hacer los instrumentos. El concepto de tradición tiene otras connotaciones: la nobleza de los orígenes, la voz del pueblo. La tradición oral se convierte en la palabra que se repite de persona a persona, de generación en generación; la palabra se transforma en historia y ésta en cantos, cantos que se bailan, que se disfrutan, que se recrean.

Desde hace 10 años he venido trabajando en el rescate de tradiciones orales de la región Caribe colombiana y de esta labor han quedado una serie de readaptaciones de mitos y leyendas como las siguientes:

“…En una calle de Tamalameque dicen que sale una llorona loca... Allá en Tamalameque vivía la mujer más linda que todo Tamalameque jamás hubiese visto. Lucía era tan hermosa que en la mañana, cuando salía a las 6, todas la ventanas del pueblo de Tamalameque se abrían de par en par, y detrás de las ventanas todos los ojos de los hombres de Tamalameque para ver la hermosura de Lucía; y es que Lucía era una chica de hermoso cuerpo, voluptuosas caderas, cabello largo que caía hasta la cintura y que se contoneaba al son de los tambores.

Cuando Lucía regresaba de la tienda con el pan y la leche para el desayuno, ya no sólo estaban todos los hombres de Tamalameque, sino que detrás de los hombres estaban sus esposas, dándoles semejante cantaleta por estar mirando a otra. Así que a los hombres no les quedaba de otra que cerrar los ojos y las ventanas, pero eso sí, mantenían bien abiertos los oídos; porque la cantaleta les duraba como media hora.

Mientras tanto Lucía se dedicaba a los quehaceres del hogar. Barría el patio, con una escoba de palito para recoger las hojas que la loca había tirado al piso. Recoger la casa, lanzaba agua de una ponchera al frente de la casa para que el sol abrasador del medio día no se metiera y colgaba una hamaca sanjacintera entre palo y palo de almendro en el fondo del patio. A las doce servía su almuerzo, que bien podía ser un arroz de lisa o un sancocho trifásico, eso sí, bien acompañado de una buena agua de panela con limón y con bastante hielo. Al finalizar su manjar se recostaba en la hamaca a hacer su siesta. A eso de las tres de la tarde se bañaba y se ponía su ropita de tardear… porque aunque a Lucía muchos le habían echado el ojo… ella sólo tenía ojos para un solo hombre y ese era Juancho.

A las 6 en punto de la tarde estaba Lucía sentada en su mecedora de mimbre, enfrente, en la terraza, esperando que por la esquinita se asomara un sombrero voltiao y se escuchara la melodía….” Oye bonita cuando me estás mirando yo siento que mi vida cubre todo tu cuerpo…”

Y todo el cuerpo de Lucía se ponía arrrozudo y se llenaba de emoción; se le hinchaba el pecho y las venas se le ponían a punto de reventar.

Juancho se sentaba a su lado en otra mecedora y en ellas no sólo mecían sus cuerpos sino también sus deseos de estar juntos y todos sus sueños.

Una tarde Juancho llegó como en un cuento de hadas y tomó a Lucía entre sus brazos y se la llevó lejos, muy lejos del pueblo de Tamalameque… La llevó a una casa, quizás no la más grande, pero sí hecha con muchísimo amor, una pequeña casa de bahareque, que Juancho había construido para ella… Allí Lucía vivió con Juancho y fueron felices.

Lucía no le dio a Juancho uno, ni dos, sino tres hermosos niños. Pero cada día permanecía más tiempo en casa y Juancho más tiempo en la calle; y Lucía barriendo la casa y Juancho barriéndole el ala a otra; y Lucía haciendo el delicioso arroz y Juancho comiéndosele el cucayo a la vecinita de al lado…

Una noche Lucía, no sabe porqué ni movida por quién, después de acostar a sus tres hijos en sus tres cunas, después de haber amamantado con esos pechos que también habían sido de Juancho, se puso su vestidito blanco y salió rápidamente de casa. Y no sabe cómo llegó a la plaza mayor del pueblo, frente a la casa más hermosa de la plaza, donde se celebraba una boda de la hija del hombre más adineradodel pueblo. Lucía, no sabe porqué, ni movida por quién entró y en la sala se encontró que el novio daba un beso a la novia, y se sorprendió cuando descubrió que el novio era nada más y nada menos que… Juancho, Sí, su Juancho, el Juancho de sus sueños, ese Juancho al que le había entregado no sólo su amor y su cuerpo, sino todo su respeto y lo más sagrado de una mujer, su honestidad y confianza… Lucía, sin que nadie se percatara de su presencia, dio tres pasos hacia atrás. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas; se dio media vuelta y salió corriendo tan rápido como pudo y esta vez sí movida por el mismísimo demonio, llegó a su casa; y cual mujer herida, que es capaz de hacer cualquier cosa, tomó a sus tres hijos en brazos y con ellos salió y corrió mucho mas allá del pueblo de Tamalameque…

De Juancho no he sabido nada y no deseo saberlo. De los niños, nunca más se oyeron reír, ni cantar. Pero de Lucía, de Lucía se dice que: "En una calle de Tamalameque…".

Este texto evidencia cómo, a lo largo del tiempo la tradición oral se enriquece cada día, da muestras de la inmensa cosmogonía de un pueblo, de sus costumbres y de la constante redefinición del mundo que lo circunda.

La narrativa, la oralidad, la tradición y el folclor no hacen parte de los hombres; son los hombres mismos.



 

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