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Religion: camino hacia Dios
María Eugenia de Llorente
Docente de Filosofía y Cultura Religiosa
Universidad Sergio Arboleda
Bogotá - Colombia

El término religión en su etimología se ha derivado de “relegere” releer o considerar lo pertinente a los dioses (Cicerón), “religare” , porque nos religa o revincula a Dios de quien estábamos separados, “reeligare”, elegir a Dios nuevamente, “relinquere”, nos ha sido transmitida por los antepasados.

El hombre debe vivir con un sentido de dependencia total con relación a un orden suprahumano, trascendente. Y de acuerdo con la visión cristiana de la vida, el tema ha de considerarse desde la perspectiva salvífica.

Podemos definir la religión como el acto o conjunto de actos por los que el hombre , habiendo reconocido de algún modo la realidad de Dios, orienta su vida en relación a El.
La religión es la respuesta de la persona en virtud de una luz que ha aparecido en su inteligencia. Es un homenaje a Dios, por el conocimiento (inteligencia) y por el amor (voluntad).

El hombre es capaz de Dios, de alcanzar una relación con quien es su Creador.
Y de ello se pueden distinguir tres elementos: convicción intelectual de la realidad de un ser supremo, a quien llamamos Dios, reconocimiento existencial de la dependencia con respecto a El, y ordenación de la vida, tanto individual como social, de acuerdo con esa dependencia.

Este reconocimiento del hombre es posible por la Revelación: acto por el que Dios se da a conocer al hombre, haciéndole percibir su absoluta trascendencia, por tanto la distancia infinita con respecto a El y la imposibilidad de todo intento de elevarse con las solas fuerzas humanas hacia una relación con la divinidad. Sólo en Cristo y por Cristo puede el hombre ser santificado. La religión, en cambio es un movimiento que parte del hombre, un esfuerzo que el hombre realiza para acercarse a Dios, con una actitud humilde, la humildad de la fe.

La virtud de la religión , parte de la justicia, inclina a rendir a Dios el respeto, el honor y el culto debidos. En el cristiano esa virtud se fundamenta en la automanifestación de Dios como Creador y Salvador. La conducta religiosa del cristiano encuentra su perfecto modelo en Jesucristo, que ofreció su vida al Padre para redimir a todos los hombres y conquistarles la adopción de hijos de Dios.

En un sentido amplio, toda criatura es hija de Dios, en cuanto de El procede como primer principio, y de algún modo se asemeja. Al hombre se le ha dado una altísima dignidad
Que tiene sus raíces en el vínculo íntimo que lo une a su Creador, en él se refleja la realidad misma de Dios.

Pero, es el mismo Dios Padre, que envía a su Hijo, para restaurar la naturaleza caída y elevarla nuevamente a la vida de la gracia sobrenatural. Y así, S.Pablo exclama: todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo; pues cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo...Todos sois uno en Cristo Jesús.(Gálatas)

La filiación divina hace que el cristiano sea heredero de las riquezas de Dios: “si hijos, también herederos:herederos de Dios, coherederos con Cristo(Romanos)

El Magisterio de la Iglesia ha recogido con frecuencia la doctrina de la filiación divina. Así, en Vat.II, Const. Lumen Gentium,40): Los seguidores de Cristo, llamados por Dios, no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos, justificados por el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo, realmente santos.”

La filiación divina del hombre se realiza por un doble camino ascendente y descendente; además de hacerlo partícipe de la naturaleza divina por la gracia, Dios mismo se hizo partícipe de la naturaleza humana: se hizo hombre el Hijo Eterno del Padre. Por consiguiente el hombre se ha familiarizado con Dios, ha sido incluido en la vida íntima de Dios, ha adquirido una profunda relación con las tres Personas Divinas porque “la adopción, aunque sea común a toda la Trinidad, se apropia al Padre como su autor, al Hijo como modelo, al Espíritu Santo como al que imprime en nosotros la semejanza a ese modelo (Sto.Tomás,Sum.Th.3,q.23ª2).

Es desde la filiación divina donde el hombre abre su ser más plenamente al Ser de Dios. Donde cobra sentido su existencia. Donde puede responder a su vocación de cristiano.
El ser hijo obliga a dar cuenta de lo que se es, es decir, a comportarse como tal. A actuar como hijo de Dios en toda circunstancia.

Por otra parte, a partir de la filiación divina, el hombre tiene acceso a la contemplación de la intimidad divina, lo dispone a través de la fe, para el conocimiento de Dios y ese conocimiento engendra en el alma el amor filial, que se traduce en la conducta esencialmente cristiana: la práctica de las virtudes.


Dios se nos revela y de ahí nos permite comunicarnos con El. Es el encuentro personal de la criatura con su Creador: la oración. Es la posibilidad viva y permanente que tienen los hijos de Dios de establecer una relación con su Padre, infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo que habita en sus corazones.

La oración está unida a la historia de los hombres. Abraham es un modelo de oración porque camina en la presencia de Dios, le escucha y le obedece. Su oración es un combate de la fe y fidelidad incondicional.

La oración de Moisés es modelo de la oración contemplativa, Dios le llama, conversa frecuente y largamente con él “cara a cara, como habla un hombre con su amigo”(Ex.33.11)
De esta intimidad con Dios, Moisés saca la fuerza para interceder con tenacidad a favor del pueblo; su oración prefigura así la intercesión del único mediador, Cristo Jesús.

Cristo nos enseña a orar: Conforme a su corazón de hombre, Jesús aprendió a orar de su madre y de la tradición judía. Pero su oración brota de una fuente más secreta, puesto que es el Hijo de Dios, que en su humanidad santísima se dirige al Padre la oración filial perfecta. El Evangelio muestra frecuentemente a Jesús en oración. Retirarse , aislarse para hacer oración. Ora ante los momentos decisivos de su misión o de la de los apóstoles. De hecho, toda su vida es vida de oración , pues está en constante comunicación con el Padre.
La profundidad de su oración en Getsemaní, sus últimas palabras en la Cruz. Oración de entrega, de súplica, de intercesión.
“Dios no es alguien desconocido y lejano. Nos muestra su rostro en Jesús; en su obrar y en su voluntad reconocemos los pensamientos y la voluntad de Dios mismo” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret)

Jesús nos enseña cómo orar, cómo comunicarnos –entrar en relación- con Dios. Hablarle y escucharle.

Nos enseña el Padrenuestro y también las actitudes y disposiciones que requiere una verdadera oración(rectitud, perdón, confianza,vigilancia).

Nuestra oración es eficaz en la medida en que por la fe nos unimos a la oración de Jesús.
La oración de la Virgen María se caracteriza por su fe y por su Fiat, la ofrenda generosa de todo su ser a Dios. La oración del cristiano puede unirse a la de María, como Madre e intercesora . (El Magníficat, el Ángelus)


El cristiano encuentra su modelo perfectísimo en Jesucristo. Con su palabra y con su ejemplo, El nos ha trazado el camino para alcanzar la perfección moral.

En el contenido de las Bienaventuranzas evangélicas se encierra un completo programa de felicidad y amor. Las palabras de Jesús nos presentan toda una escala de valores que conducen al Reino de Dios. Las Bienaventuranzas describen las características y las cualidades de los auténticos cristianos. En la medida en que se “hacen vida” estas exigencias, se logran hombres íntegros, agentes de un mundo mejor.



“Viendo a la muchedumbre, subió a un monte, y cuando se hubo sentado, se le acercaron los discípulos y les enseñaba (Jesús) diciendo: (Mt.5 ,1-13)
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.”
-En nuestra sociedad actual, se hace necesario restablecer a la pobreza su verdadero sentido. Profundizar en las nociones de desprendimiento, desinterés, solidaridad. El uso adecuado del dinero-servirse de él , sin someterse a él. El uso adecuado de los bienes materiales. El uso del tiempo (trabajo, tiempo libre etc.), con sentido sobrenatural.
La sencillez y la humildad que nos permiten crecer en autonomía y soltura, son temas para desarrollar: en la medida en que “soltamos amarras”, nos acercamos a Dios.
El sencillo, el desprendido, vive alegre en diversas circunstancias. El apegado, el orgulloso, en cambio, sufre siempre.

“Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra”
-El verdadero dominio lo tenemos que conseguir respecto de nosotros mismos. La mansedumbre y la humildad son virtudes prioritarias para lograrlo. La libertad se ejerce desde el autodominio, se domina el mundo a través del saber sereno y humilde. Se domina también por medio de la autoridad en su correcto ejercicio: a través del servicio, de la justicia, de la caridad y no de la fuerza bruta, la violencia o la coacción.

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”
-Aquí se nos recuerda el sentido del dolor, la compatibilidad entre felicidad y dolor. La alegría y su relación con la finalidad. La alegría, atmósfera normal del cristiano, que se sabe hijo de Dios y que siente que lo es.
La serenidad, la esperanza, la fortaleza, la reciedumbre, son entre otras algunas de las virtudes necesarias para conseguir esa compatibilidad felicidad-dolor.
Cristo nos promete consuelo. Luego no estamos solos ni aislados en la lucha. Los que sufren, participan de modo especial en la Redención. El sufrimiento útil hace posible la alegría en medio del dolor, la esperanza del Cielo resulta una fuente de paciencia y energía.
Tenemos , además , la posibilidad de convertir el dolor en ofrenda y oración.
La caridad se hace presente ante el dolor ajeno y pueden vivirse la fraternidad, la solidaridad, el pudor, el respeto.
La alegría es real cuando es compartida. De ahí que es incompatible con el egoísmo. La felicidad completa la encontraremos al final del camino, pero podemos gozar de anticipos en esta tierra. Ello constituye el fundamento para la esperanza del cristiano.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos”
-Aquí encontramos una invitación a dejar de lado el conformismo, la pusilanimidad, el hedonismo y lo que aparentemente satisface, y más bien optar por la magnanimidad, los grandes esfuerzos, los mejores compromisos. No conformarse con los “,mínimos”, la mezquindad o la mediocridad.
Se trata , pues, del hambre espiritual, del hambre de santidad, de mejora. Los demás cuentan con nosotros.

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”
-Para alcanzar la felicidad necesitamos el perdón de Dios. Y éste está en cierto modo condicionado por nuestra actitud para con el prójimo. El rencor produce amargura, desasosiego, vacío. El perdón, aún en los casos más difíciles, trae consigo la paz y la alegría.
Hay que promover actos de misericordia, aprender a compadecerse, a compartir, a perdonar, a amar.
El perdón divino es un acto de amor gratuito, luego hay que enseñar a valorar el sacramento de la Penitencia, que es en definitiva el que nos pone en paz con Dios. Cristo nos dio ejemplo infinito de perdón a través de su vida y de su predicación.


“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.”
-El cuidado y cultivo de la propia intimidad, hace posible que el conocimiento natural que tenemos de Dios aumente cada vez más, a través de las cosas creadas y en nuestra propia conciencia. A mayor conocimiento de Dios, mayor grado de felicidad.
Hemos de cuidarnos de todo aquello que oscurece, que enturbia “ver a Dios” en la naturaleza y en nuestro interior. Ayuda el desarrollo de la fortaleza, el pudor en sus diversos matices, la guarda de los sentidos, la guarda del corazón. “La pureza de corazón es lo que nos permite ver. Consiste en esa sencillez última que abre nuestra vida a la voluntad reveladora de Jesús. Se podría decir también: nuestra voluntad tiene que ser la voluntad del Hijo. Entonces conseguiremos ver. Pero ser hijo significa existir en una relación, es un concepto de relación, comporta abandonar la autonomía que se encierra en sí misma e incluye lo que Jesús quería decir con sus palabras sobre hacerse niño...” (J.Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret.) El corazón puro, es el corazón que ama, que entra en comunión de servicio y de obediencia con Jesucristo.
Es indispensable la formación de una conciencia recta y ordenada. Es feliz quien sabe distinguir entre lo que le conviene y lo que le perjudica, y actúa en consecuencia aunque a veces duela o cueste la decisión. Es feliz el que no es manipulable. Es feliz el que vive y trabaja en la presencia de Dios. Es sentir a Dios, confiar en El y querer serle fieles.
Al avivar la fe , la esperanza y la caridad, se disminuyen las posibilidades de caer en el pecado, que es en definitiva lo que nos priva de la visión de Dios.
La Fe es la respuesta a la palabra revelada por Dios, la caridad o amor es también una reacción de respuesta. El movimiento del alma hacia Dios resulta del movimiento de Dios hacia el alma. El amor del hombre hacia Dios es, en última instancia fruto y efecto del amor de Dios hacia los hombres.

“Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios”
-Esta Bienaventuranza realza lo que caracteriza nuestra cualidad de hijos de Dios: la unidad de vida. El Señor nos invita a una misión pacificadora. La tarea comienza en cada uno de nosotros, como nos lo recordaba el Santo Padre Juan Pablo II en su visita a Colombia. Luego, debemos transmitir y difundir la paz en los ambientes. La paz, casi siempre se conquista en medio de dificultades y contradicciones –personales y del entorno. Entonces habrá que salir a la defensa de las ideas, de nuestra fe, de nuestras tradiciones, de nuestras familias... Esta es una lógica consecuencia de la unión con Dios.
Es preciso desarrollar una serie de virtudes propias de la convivencia humana: justicia, benevolencia, tolerancia, solidaridad, etc. que ayuden a contrarrestar la envidia, la avaricia, la indiferencia.
La lucha por la paz se torna en alegría cuando somos concientes de estar cumpliendo la misión de apóstoles, de pacificadores, señalada por Cristo. El nos dejó la paz, pero tenemos que conquistarla cada día , para hacernos acreedores al título de hijos de Dios.


Bienaventurados los que padecen persecución por la Justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos”
El mismo Cristo nos anuncia aquí todas las incomprensiones, persecuciones y sufrimientos por causa de su doctrina. Pero a la vez nos alienta, nos da seguridad y nos promete que todas ellas estimulan el ritmo y el fervor de los cristianos.
Cristo nos invita a ser valientes, y a luchar por los derechos de Dios. No podemos quedarnos en la resignación o en la timidez.
Ser fieles en todo momento, es asociarnos al Sacrificio de Cristo, su Pasión y su muerte de Cruz. El mismo nos facilita, nos invita a colaborar en la continuación de la obra redentora.
Nuestras penas, nuestros sufrimientos, hacen posible todo eso. Se experimenta felicidad como resultado de la unión con Cristo en el dolor. Si padecemos con Cristo, resucitaremos con Cristo, para gozar y ser felices, esta vez, para siempre


Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fín último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe.

“El amor es el fuego que purifica y une razón, voluntad y sentimiento, que unifica al hombre en sí mismo, gracias a la acción unificadora de Dios, de forma que se convierte en siervo de la unificación de quienes estaban divididos: así entra el hombre en la morada de Dios y puede verlo. Y eso significa precisamente ser bienaventurado.”

“El Sermón de la Montaña traza un cuadro completo de la humanidad auténtica. Nos quiere mostrar cómo se llega a ser hombre. Sus ideas fundamentales se podrían resumir en la afirmación: el hombre sólo se puede comprender a partir de Dios y sólo viviendo en relación con Dios su vida será verdadera.”
(Benedicto XVI, “Jesús de Nazaret”)





María Eugenia de Llorente
Docente de Filosofía y Cultura Religiosa
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