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El discurso de “Timochenko”: ¿Mesiánico delirio o cínica estrategia?

Por Francisco Flórez


Si la sociedad colombiana quiere tomarse los diálogos de la Habana en serio (tal y como hasta ahora lo han manifestado todos los medios de comunicación, agremiaciones y fuerzas políticas –incluyendo al candidato Zuluaga-) es necesario tomarse en serio las declaraciones oficiales que una y otra parte hacen con respecto al proceso de paz y a las circunstancias coyunturales y estructurales del conflicto armado en Colombia.

Este año las FARC celebraron sus 50 años de existencia. La conmemoración fue coronada con la lectura de un documento por parte del jefe máximo de la organización, Timoleòn Jiménez (alias “Timochenko”) el 27 de mayo pasado. El discurso de “Timochenko” merece ser hondamente analizado por todos aquellos que tienen clavados sus ojos en la Habana, nuevo eje –quiérase o no- del debate político nacional.

En el documento, la cúpula de las FARC expone dos diagnósticos. Uno de corte estructural, sobre la naturaleza y características fundamentales que –según ellos- tiene el conflicto armado en Colombia y otro más coyuntural relativo a la justificación de su participación en los diálogos de paz. Uno y otro resultan claves para aproximarse a la forma como las FARC perciben la realidad del país, para entender lo que ellas creen que son sus apoyos, los que aseguran son sus enemigos y para visualizar sus objetivos políticos a corto y mediano plazo.

El conflicto armado según las FARC.

En el discurso del 27 de mayo, “Timochenko” expone con absoluta claridad las causas y dimensiones del conflicto armado colombiano, según las FARC.

La causa principal que explica el conflicto armado es la misma desde 1964, o sea “el ejercicio legal y extralegal de la violencia, la guerra y la persecución contra la oposición política democrática” por parte del Estado. Ante un régimen totalitario, que no admite ninguna forma de manifestación política diferente a la que acepte el yugo de la tiranía manejada por el binomio oligarquía – Casa Blanca, las FARC tuvieron – y siguen teniendo que- refugiarse en la selva y resistir. Lejos de ser un grupo guerrerista, se ven como un movimiento de resistencia o autodefensa y en consecuencia, víctimas de una monstruosa persecución.

Siendo la anterior la causa principal del conflicto (no la única, pues subsisten las otras “causas objetivas” como la pobreza, la desigualdad etc.) “Timochenko” califica el tipo de conflicto. Aunque se refiere a éste como una “guerra civil” que lleva más de 50 años, en realidad las dimensiones que le atribuye superan las de una guerra civil convencional y adquieren las de una guerra de liberación nacional. En las guerras civiles al menos hay dos bandos más o menos equiparables en territorio y población. En el conflicto que las FARC creen estar, se trata de todo el pueblo colombiano contra

una minúscula elite oligárquica apoyada por el gobierno de los Estados Unidos. “Timochenko” no vacila en afirmar que:

“Podemos afirmar que el invicto arribo al 50 aniversario, ha sido posible gracias al apoyo y ayuda permanentes, de las enormes y anónimas masas campesinas y urbanas identificadas con nuestro accionar. La lealtad y la solidaridad de nuestro pueblo adquieren dimensiones legendarias (…) Operativos militares vandálicos (…)no han sido suficientes para acallar la inconformidad y la protesta de un pueblo, que pese al miedo propagado desde el Estado, colabora esperanzado con nuestra causa, se organiza, se moviliza y lucha por un país mejor…”

Según las FARC, el conflicto armado en Colombia sería equiparable al que protagonizó la Argelia colonial para obtener su independencia de Francia en los sesentas o al que se produjo en Sudáfrica contra la oligarquía blanca en los años 90. El uno bélico y el otro pacifico guardaron algo en común: fueron movilizaciones populares casi unánimes en contra de un pequeño grupo extranjerizante que controlaba los medios de producción y financieros. Las FARC se perciben como una especie de FLN (Frente de Liberación Nacional, de Alergia) a la sudamericana, únicas y legitimas intérpretes de un pueblo oprimido que está desesperado por ser liberado.

Los diálogos de paz según las FARC.

La dinámica de lo estructural sigue en lo coyuntural, así, las FARC están convencidas de que el gobierno de Juan Manuel Santos es otro títere de las oligarquías que descarta modificar el régimen político y el modelo económico, que se resiste a cambiar “los aparatos de rendición y sojuzgamiento” (?) y que insiste en llamar “héroes de la patria” a los soldados y policías que en realidad son “autómatas duchos en matar”.

Según “Timochenko”, las palabras de Santos en favor de la paz son una hipócrita estrategia electorera, un vehículo para ganar las elecciones, pues en realidad no piensa bajar el pie de fuerza ni ha reducido el presupuesto para las fuerzas armadas, ni quiso dialogar con los campesinos del paro nacional agrario, entre otras razones esbozadas para deslegitimar la genuina voluntad de paz por parte del gobierno. En un gesto que parece desconocer el famoso acuerdo o agenda de seis puntos firmada entre las FARC y el gobierno, “Timochenko” admite que:

“En la mesa somos dos partes, y las aspiraciones nuestras son por completo diferentes. El sentido verdadero de nuestro alzamiento armado ha sido siempre abrir el espacio al protagonismo decisorio del pueblo colombiano. Fieles a ese sueño cumplimos 50 años de lucha incorruptible. Y cumpliremos los que sea necesario si la oligarquía insiste de nuevo en impedir la paz.”

Debe repetirse aquel “En la mesa somos dos partes, y las aspiraciones nuestras son por completo diferentes” para dimensionar el tamaño de afirmación hecha por el máximo líder de las FARC en una fase trascendental del proceso de paz con el gobierno.

Insiste finalmente en que los diálogos pueden ser una oportunidad para convocar un gran movimiento político que articule todas las fuerzas populares con el fin de alcanzar el poder e implementar las reformas urgentes que requiere el país. Más allá de la retórica, podría inferirse que el mensaje se reduce a lo siguiente: no vemos voluntad ni confiamos en el gobierno, pero los diálogos en la Habana son un buen pretexto para reencauchar la UP, u otro movimiento en caso de que el sector liderado por Aida Avella no asuma nuestras banderas guerreristas.

Un par de preguntas.

¿Cínicos o delirantes?

Lo primero que llama la atención es poder establecer hasta qué punto es simple retórica estratégica o si de verdad en la cúpula de las FARC se creen el discurso que manejan. ¿En realidad las FARC se creen el único movimiento de oposición democrática que hay en Colombia? Jorge Enrique Robledo, Clara López, Piedad Córdoba o el mismo Gustavo Petro, ¿son para las FARC unos burgueses claudicantes ante el contubernio “oligarquía – Casa Blanca”? ¿Dicha actitud no socavaría profundamente la posibilidad de una izquierda unida y no armada en el “post-conflicto” si para las FARC todos menos ellos son unos hipócritas que se vendieron al sistema?

¿De verdad creerán que millones de colombianos, en los campos y en las ciudades, animan y respaldan su lucha? ¿Qué ellos, las FARC, llevan 50 años con el monopolio y la vocería del inconformismo en Colombia?

Se podrá argumentar que son astutos políticos que con una retórica rimbombante y ciertamente cínica (¡En el discurso, “Timochenko” llega a agradecer a los “miles de niños” que han apoyado su causa!) podrán ganar un margen de negociación más amplio. Puede ser. Pero también puede ser que el gobierno sostiene diálogos no solo con un grupo de extrema izquierda que practica el terrorismo y el narcotráfico (lo que nadie fuera de las FARC ha negado) sino que además se trata de un delirante movimiento mesiánico cuya dirigencia padece serias afectaciones mentales que rayan en la esquizofrenia. No es lo mismo. Una cosa es una reconciliación política con un Santiago Carrillo -a la española en 1977- o acá mismo con un Antonio Navarro en 1990, que con cualquier Osama Bin Laden o Idi Amin. Si la dirigencia de las FARC realmente cree en el discurso que “Timochenko” leyó el pasado 27 de mayo, las posibilidades para el eventual “post conflicto” son muy desalentadoras, por no decir que nulas.

¿Si fuera al revés?

Suponer que en una de las etapas más importantes del proceso de paz el presidente Santos manifieste en público lo siguiente sería completamente impensable:

Que el gobierno sabe de la inexistente voluntad de paz por parte de las FARC no obstante está en el proceso porque puede ser su gran oportunidad para crear un partido político. Que el gobierno sabe, además, que las FARC solo ven en el proceso una oportunidad electorera para mejorar su pobre popularidad.

Que las FARC están compuestas por una dirigencia vendida a los intereses de Cuba y de Venezuela una tropa guerrillera en donde no son más que unos “autómatas duchos en matar” – que es como “Timochenko” se refiere al ejército y a la policía.

Ante dichas afirmaciones, ¿resistiría el proceso o se terminaría – por parte de las FARC- en menos de lo que sus cabecillas logren conseguir asilo permanente en La Habana?

Es difícil que para muchos colombianos no sea humillante ver en sus voceros – que quiéranlo o no son los del gobierno- una actitud de forzosa prudencia mientras del lado de las FARC se escuchan claros insultos contra el Estado desde la más alta oficialidad.

No es cualquier discurso.

Retomando el inicio del artículo, es importante que la sociedad colombiana no subestime el alcance y dimensiones de los comunicados que las FARC hacen por conducto de su más alta dirigencia. Sorprende un cubrimiento tan tímido por parte de la prensa convencional sobre lo que ha debido tener mucho mayor cubrimiento. También sorprende (enfurece a muchos sectores) una reacción tan pasiva del gobierno ante semejantes agravios, a éste y a su fuerza pública. Por último, no deja de alarmar el hecho de verificar una y otra vez que el gobierno no solo está dispuesto a pactar y a incluir en la política a perpetuadores de actos terroristas, sino y tal vez más grave, a terroristas con una degradación mental que raya en el delirio y la demencia.

Vea aquí el video completo del discurso

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