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UN BALCÓN SOBRE EL DESASTRE

Autor: Dr. Francisco Flórez Vargas


Reinaron dos horas de alivio la noche del 18 de marzo, cuando el Consejo de Estado detuvo la ola de tutelas y demandas con que un ejército de abogados venía aplazando la inaplazable destitución del Alcalde Gustavo Petro. El alto tribunal pretendió poner punto final a la tragicomedia que desde diciembre del año pasado afligía a todos los bogotanos.

La tragicomedia.

Proferido el fallo de destitución por parte del Procurador, el alcalde se subió a un balcón en la plaza de Bolívar, desde donde un día llamó a la desobediencia civil y al otro clamó por la protesta pacífica. La víspera se opuso a una revocatoria que tildaba de fraudulenta y anti democrática y luego defendió (y aún lo hace) esa misma revocatoria que antes detestaba, llamando a la votación masiva. Primero abogó por la abstención ante una macabra conspiración contra su alcaldía hecha por “las mafias de las basuras y el neo laureanismo” y después impulsó la votación masiva para que el pueblo demostrara su contundente apoyo. Petro en su balcón parecía el péndulo de un reloj de pared, que lanzando incoherentes y desesperadas consignas, se contradecían con las mismas que había dictado el día anterior y con las que gritaría al siguiente. Solo un número cada vez menor de funcionarios distritales aplaudía sordamente en la lluviosa plaza de Bolívar. Desde sus casas el resto de bogotanos se hartaba de ver al alcalde improvisando balcones encima de los transmilenios, con sus discursos una y otra vez sonados en todas las frecuencias radiales y televisivas, (buena estrategia publicitaria de “Bogotá humana”) amén de tenerlos 24 horas retransmitidos por Holman Morris en el canal de televisión distrital que él dirige.

Mientras tanto la ciudad al garete y el caos reinante. Petro dando discursos, como un maniático que grita incoherencias desde el balcón de un edificio que se incendia, sin que el hombre del megáfono se percate del desastre. La tragicomedia además fue pródiga en personajes secundarios: ¡cómo no robarse el show! El fiscal Montealegre asumió la defensa oficiosa del hombre del balcón, congraciándose con el progresismo que él pretende representar. La oportunista clase política, que nunca quiso apoyar la revocatoria (Miguel Gómez, para variar, estuvo solo en dicho empeño) apareció a última hora en contra del alcalde solo una vez que Germán Vargas hizo público su rechazo al burgomaestre. Como los buitres ante una res moribunda, los politiqueros fueron aproximándose a paso tímido para luego raparse entre ellos mismos las ahora rentables banderas del anti petrismo. ¡Hasta Ernesto Samper trinó en contra de Gustavo Petro!

El lamentable devenir de la revocatoria.

La iniciativa ciudadana que nació hace más de un año sin el apoyo de los políticos (todos en contra menos un representante a la Cámara) y ante la sistemática obstaculización jurídica por parte de la alcaldía (cientos de demandas impugnando la validez de las firmas obtenidas), de repente se convirtió en el último salvavidas del mismo Petro. Como si esto no fuera suficiente, un buen día el dueño de la revocatoria resultó ser Francisco Santos, vistiendo una camiseta estampada con un “Si” gigante, y la indignación ciudadana contra la chambonerìa de Petro terminó siendo la pista de aterrizaje para el sector uribista que no es afecto a la campaña de Oscar Iván Zuluaga.

2 horas de alivio.

Por eso cuando el Consejo de Estado falló definitivamente confirmando la destitución del alcalde, la ciudadanía descansó, cesó la horrible noche, Petro se bajaría de su balcón, desmontaría el circo de la plaza de Bolívar y marcharía tranquilo a su casa. No habría una absurda revocatoria de Petro contra el mundo, una revocatoria en la que “se jugaría la paz del país” (¡cuánta soberbia!) En cambio, los bogotanos se centrarían en escoger un buen alcalde que sacara a la ciudad del hondo atolladero.

No pasaron dos horas de alivio cuando una Comisión internacional que carece de competencia jurisdiccional sobre Colombia solicitó (no ordenó, pues no tiene la autoridad para ordenarle nada al Estado colombiano) medidas cautelares en favor del Alcalde Petro, que suelen ser aconsejadas solo en casos en que la vida e integridad del solicitante corra inminente peligro, pero que para el caso de nuestro alcalde se extendendieron inverosímilmente hasta proteger sus más amplios “derechos políticos”. Evidentemente, los miembros de la comisión, afectos a la causa del alcalde, esperaron impacientes el fallo del Consejo de Estado para que, en caso de no apoyar a Petro, corrieran estos a solicitar las medidas cautelares, impidiendo que el hombre del balcón desmontara su circo.

La sorpresa de Santos y la nueva “tutelatón”.

Contra todo pronóstico, Juan Manuel Santos actuó pronto y con firmeza al no acatar la solicitud de la Comisión ni dar largas con los 10 días hábiles (en realidad 15) con los que habría podido jugar. El nombramiento de Rafael Pardo como alcalde provisional y la convocatoria a elecciones implican la salida del Palacio Liévano del hombre del balcón. En la tarde del 19 de marzo los bogotanos volvieron a sentir un alivio, presto a ser turbado por la avidez desesperada de Gustavo Petro.

En efecto, Bogotá debe prepararse para la nueva “tutelatòn” con que el equipo jurídico del depuesto Petro ya está inundando juzgados y tribunales tratando de impugnar el decreto presidencial. No faltará el nuevo magistrado Armenta que le de sustento a la leguleya marrullería.

El hombre del balcón no pensará cerrar el circo. Al contrario, querrá introducirle altas dosis de dramatismo. Con trinos del corte de “no pasarán”, Petro jugó a ser la versión patética de Salvador Allende en la Moneda y él, “rodeado del batallón presidencial” – así trinó- el rehén del régimen en el Palacio Liévano. Bien escribió Marx que todo se repite dos veces, una en tragedia y otra en comedia. Y Petro protagonizó en Bogotá la versión cómica que Ayende interpretó trágicamente en Santiago, cuando un suicidio de verdad fue en esta ocasión transformado en un suicidio político, el del petrismo.

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