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CÉSAR OCAMPO, UN COLOMBIANO DE ALTURA

CésarOcampo

El 7 de diciembre de 1972, a las 12:33 de la madrugada, no solo despegó la que sería la última misión tripulada a la Luna, también tomaron vuelo los sueños de César Ocampo, un niño colombiano de 5 años que, desde su casa en Nueva York, observaba cómo el cohete, Saturno V, se abría paso en el oscuro firmamento.

Cuatro décadas después, el hoy decano de la Escuela de Ciencias Exactas e Ingeniería de la Universidad Sergio Arboleda reconoce que ese fue el momento en el que decidió dedicar su vida al estudio del espacio y la astrodinámica.

“Yo vi la misión y dije: quiero ser algo relacionado con eso, así sea el diseñador del cohete, el que va a bordo de la nave, el que la pinta… yo quería ir a la luna”, recuerda Ocampo, ingeniero aeroespacial de la Universidad de Kansas, máster y PhD. en Astrodinámica de la Universidad de Colorado.

No fue fácil. Para este paisa, oriundo del Quindío, lo más difícil de su carrera fue estudiar desde el viernes hasta la madrugada del lunes, dejando a un lado a su familia y su vida social. Y como si eso fuera poco, tuvo que lidiar con otra situación:

“convencer al mundo de que estaba haciendo algo que, eventualmente, iba a dar frutos”, aseguró.

Pero el tiempo le dio la revancha. Gracias a su disciplina y preparación, no solo se ganó un lugar como investigador de la NASA –una de las agencias espaciales más importantes del mundo- sino que además, desarrolló Copérnico, un programa que, en sus propias palabras, “hace asequible la exploración del espacio y el diseño de misiones a un gran número de personas”.

Precisamente, este es el logro profesional que más lo enorgullece. “En estos momentos es una de las herramientas más usadas en el diseño de misiones espaciales, porque la teoría de optimización de trayectorias espaciales es un tema complejo y el número de personas con experticia avanzada en este tema es poco”, explica Ocampo, quien está vinculado a la NASA desde 1991.

Este software, que traza la “ruta” para ir de un punto a otro dentro del Sistema Solar, de la forma más eficiente, se usa para diseñar las trayectorias del nuevo vehículo Orión, la nave espacial que, tras más de 40 años, busca llevar nuevamente seres humanos a la superficie lunar, a los asteroides, y finalmente a Marte.

“Antes de Copérnico había desarrollado muchos programas para resolver problemas diferentes y muy específicos. Para cada problema que había –un satélite averiado, una misión al polo sur de la luna, a Marte- yo diseñaba un programa diferente. Llegó un punto en el que me propuse crear un programa que hiciera todo y Copérnico es el resultado”, sostiene Ocampo.

  • ¿Qué lo motivó a proponer un proyecto de esta magnitud en Colombia?
    Siendo colombiano, y sabiendo que somos un país que no ha desarrollado un nivel de tecnología de punta en el campo espacial, creo que es mi deber promover este tipo de actividades aquí. Me satisface aportar lo que yo sé para el beneficio de la sociedad colombiana y los demás países en vía de desarrollo. Creo en mi país y en mi gente.
  • ¿Qué beneficios le traerá a Colombia el lanzamiento de este satélite?
    Comprobarles a los colombianos escépticos que en un ambiente académico se puede desarrollar y operar un satélite artificial. El picosatélite es un punto de partida para hacer cosas más grandes. Si la juventud ve que el proyecto es exitoso, entenderá que vale la pena estudiar ingeniería y apostarle a la ciencia. Libertad 1 implica el adelanto de una infraestructura para poder desarrollar este y otros satélites, además de convencer a diferentes organizaciones o instituciones de participar en proyectos similares.
  • Una de las críticas que ha recibido Libertad 1 es que no se está inventando nada nuevo, sino que estamos copian- do un modelo preestablecido y ello no tiene ningún mérito. ¿Es esto cierto?
    Antes de caminar hay que gatear. Antes de poder innovar se debe saber hacer lo básico. No es necesario reinventar la rueda, pero sí es necesario saber entender cómo funciona, así nos toque construir una para poder de pronto hacerla rodar mejor o ponerla a hacer algo nuevo. Entonces, para desarrollar una tecnología que revolucione el estado de la ciencia satelital, primero tenemos que colocar un satélite básico funcional en órbita, aprender a construirlo, operarlo, probarlo y monitorearlo. Puede que este satélite que enviamos al espacio no sea cien por ciento un invento, pero nos dará confianza en la medida en que después de haber aprendido lo fundamental, podemos hacer que otros satélites hagan cosas más avanzadas.
  • También se critica el hecho de que el tiempo de vida del satélite es muy corto: ¿Qué opina?
    La exploración del espacio es un asunto riesgoso. El picosatélite puede durar desde cero segundos hasta tres años. Lo importante es que hemos aprendido a hacer un satélite. Si no dura mucho, igual se ha aprendido mucho.
  • Hay quienes piensan que las piezas del picosatélite vienen en una caja lis- ta para armar, como un Lego con instrucciones y todo, ¿entonces qué es lo que se está aprendiendo si ya todo está listo y en bandeja de plata?
    Es cierto que compramos un paquete con ciertas piezas, pero no es un kit tradicional en el que todo viene listo para ser armado, se prende un botón y ya estuvo. Todo lo contrario, el kit que tenemos sólo contiene una estructura y un microcontrolador. Fue necesario diseñar y construir todos los otros subsistemas y hacer los programas de computación que operan el satélite, y eso es un trabajo arduo. Le digo una cosa, si yo le entrego a usted todas las piezas de un carro desarmado, ponerlo a andar es un trabajo muy grande. Entonces esta crítica no es válida.
  • ¿Considera usted que La Sergio y su gente estaban preparados para llevar a cabo este proyecto?
    Estoy convencido de que el equipo que se formó está totalmente capacita- do. Para hacer este tipo de proyectos no es necesario saber hacer un satélite. Para hacer un satélite, se aprende haciéndolo y tenemos un equipo que lo logró. Puede que haya otras instituciones en Colombia con más trayectoria en el campo tecnológico y estoy seguro de que hay muy buenos estudiantes y profesores que no pertenecen a esta universidad, pero entonces ¿por qué no han iniciado ellos este tipo de proyectos?. “Prefiero tener un planeador volando a un Jumbo quieto en la pista”, dijo Robert Twiggs, un amigo mío que también está involucrado en esta misión. Déjeme decirle además que me encuentro gratamente sorprendido por la seriedad y compromiso académico de esta universidad.

Sueños por cumplir…

Cuando a César Ocampo se le pregunta qué sueño le falta por cumplir, su respuesta está de lejos de la luna y de cualquier otro cuerpo celeste. Por el contrario, está muy cerca de Colombia. “Quiero contribuir a transformar la educación y la innovación”, señala.

Sabe que no es tarea fácil, más en un país donde la ciencia no es la primera opción de profesionalización de los jóvenes, y carreras como Administración de Empresas, Economía y Contabilidad se imponen a las de ingeniería y matemáticas, según el Observatorio Laboral del Ministerio de Educación.

“Lo más importante en Colombia es generar pensadores críticos, que resuelvan problemas, que se enfoquen en problemas y necesidades humanas; educadores y estudiantes que se salgan del esquema común, que es hacernos ricos. Quiero ayudar a transformar la educación en todos los lugares, desde grado cero hasta la universidad”, añade.

El trabajo práctico, donde los estudiantes puedan acercarse e interactuar directamente con la ciencia y la tecnología es la clave para que más jóvenes se enamoren de esta área del conocimiento, según Ocampo.

“Si voy a dar una charla, hago volar un dron sobre sus cabezas y eso inmediatamente les abre los ojos y acapara su imaginación. Hacer salidas de campo, por ejemplo, a un lugar donde recientemente hubiese ocurrido un desastre natural y ponernos a pensar cómo hubiésemos podido prevenirlo: poniendo sensores en la tierra, midiendo la humedad de la tierra, el movimiento de los árboles… ahí podemos identificar probabilidades de un deslizamiento y prevenir que mueran personas, como pasó hace poco en Salgar, Antioquia. Las cosas hay que hacerlas, no solo educar para que los estudiantes escuchen y vean, sino para que hagan. Las cosas se aprenden haciendo”, explica.

Libertad 1, el primer y único satélite colombiano lanzado al espacio, en 2007, es para Ocampo el ejemplo de cómo las cosas más insospechadas se logran a través de la práctica.

“Nosotros, en Colombia, no habíamos hecho un satélite y nos criticaron porque nunca antes habíamos incursionado en la materia, pero aprendimos a hacer un satélite haciéndolo aquí mismo, en la Universidad Sergio Arboleda. Creo que es muy fácil inspirar y motivar porque se logra con sencillos ejemplos, involucrando a las personas en actividades en las que se sientan parte de la solución. Los discursos anticuados, aburridos, no sirven ya”, sentencia.

A la par, sueña con que los jóvenes que quieren convertirse en investigadores puedan desarrollar su carrera en Colombia y “que un día tengamos una agencia espacial capaz de hacer aportes importantes y de llevar colombianos al espacio, ese es el sueño”, enfatiza.

¿Cómo se llega a la luna?

Debido a una condición médica, Ocampo, conocido en algunos círculos como el “director de tránsito” del Universo, no pudo convertirse en astronauta ni visitar la Luna. Sin embargo, ese no fue impedimento para alcanzarla y, a cambio, se dedicó a crear los caminos para llegar a ella.

Fue así como en 2009, trazó la trayectoria de la sonda LCROSS, que fue enviada a la Luna para detectar agua.

Es por esto que Ocampo está convencido de que existen cientos de caminos para “conquistar” la luna sin salir de la tierra.

“Si un niño me dice que quiere ir a la luna lo motivaría a que aprenda mucho sobre ésta, que se convierta en especialista en geología lunar, en diseño de hoteles y hábitats para personas en la luna; en cómo extraer agua de la superficie lunar”, señala.

Las matemáticas y la ingeniería son un buen comienzo. “Le diría que se “acerque” lo más que pueda. Y el ‘golazo’ o premio será que un día pueda visitar su hotel en la Luna, o algo así”.

Un nuevo camino en La Sergio

La Universidad Sergio Arboleda es la nueva base de operaciones de Ocampo, quien desde hace apenas un par de meses regresó a Colombia, tras décadas de vivir en el exterior. Tiene varios proyectos en mente, pero el más importante es hacer de la Escuela de Ciencias Exactas e Ingeniería de La Sergio la mejor del país.

“No va a ser una escuela de ingeniería común y corriente, va a ser una donde todos vamos a querer venir todos los días porque estamos trabajando en cosas fascinantes, inspiradoras, transformadoras y que van a dejar huella. Yo quiero que todo mi equipo entienda que trabajamos por el bien común del desarrollo científico y tecnológico del país y que lo que vamos a hacer aquí es divertido y a la vez impactante”, asegura.

Libertad 2 es uno de los proyectos que ya está en marcha. La segunda versión del primer satélite colombiano en el espacio, no solo permitirá entender mejor cómo acaparar, almacenar y manejar el flujo de energía dentro del satélite, sino que además, pretende hacer un aporte científico a través de un sistema óptico, que capture imágenes en alta resolución para, por ejemplo, desarrollar agricultura inteligente o monitorear fenómenos climáticos o geológicos.

Otros de los proyectos que también se “están cocinando” son el Centro de Sistemas Autónomos y el Centro de Investigación para la Adaptación al Cambio Climático, dos nuevas unidades de investigación con las que la Escuela quiere hacer un aporte a las necesidades que enfrenta el mundo de hoy.

Así las cosas, el Centro de Sistemas Autónomos enfocará su investigación en dos ejes: artefactos robóticos con movimiento automático y los sensores.

“Qué vamos a hacer con un dron, vamos a monitorear el cráter del Nevado del Ruíz, o el nacimiento de un río para identificar probabilidades de deslizamiento en el futuro o vamos monitorear niveles de humedad en un cultivo o de fertilizantes. O en materia de seguridad, monitorearemos redes eléctricas, de vigilancia para cuidar cosas, personas. Los sensores y las aplicaciones, eso es lo que va a hacer el Centro de Sistemas Autónomos”, explica Ocampo.

A su vez, el Centro de Investigación para la Adaptación al Cambio Climático (CIPACC) se dedicará a formular propuestas que permitan optimizar el uso de los recursos naturales y las energías renovables.

“Una de las ideas que nos han propuesto es que los estudiantes se desplacen a la Universidad en bicicleta y, a la vez, carguen una batería con cada pedaleo. Aquí, medimos cuánta energía han producido y la extraemos para prender un bombillo. Con eso, podríamos pensar en darles un descuento en la matrícula o un almuerzo”, indica Ocampo. “También nos gustaría que los techos de la universidad sean paneles solares y que las instalaciones estén llena de molinos”, añade.

El camino es largo. Sabe que transformar el modelo educativo en un país puede tomar el mismo tiempo, o más, que el diseño de una misión espacial. Pero él tiene la experiencia y la paciencia para construir un nuevo camino, esta vez, para que cientos de estudiantes colombianos puedan transitar hacia su desarrollo profesional.

Más de César Ocampo…

Un plato: Sopa de lentejas con arroz y maduro.

Una canción: Imagine, de John Lennon.

Un pasatiempo: Tocar guitarra. Tiene 4, pero dice que el talento solo le dura 5 minutos.

Una película: King Kong (versión original del 1933)

Un lugar: Un guadual, tomando tinto con su padre.

Una frase: “Un mundo desigual no es sostenible. Deberíamos atinar, por el bien de la humanidad, a que por lo menos garanticemos educación y salud digna a todas las personas”.

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