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Artículos
Evaluar la
alfabetización académica
Este artículo se ha producido en el marco de las investigaciones
que adelanta el grupo Graphos de la Universidad Sergio Arboleda,
acogiendo la experiencia en evaluación que ha tenido este
Departamento desde el año 2004.
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Mucho se ha dicho sobre la distancia
que existe actualmente entre la concepción de la educación y la
realidad de las prácticas educativas, pero quizá la cúspide de esta
distancia sean los criterios, los instrumentos y la concepción misma
de evaluación. A pesar de las múltiples relaciones e interacciones
que existen entre ella y otras categorías pedagógicas, es evidente
que mientras los currículos, incluso las didácticas, acogen
orientaciones innovadoras, la evaluación responde, en la mayoría de
los casos, a una visión predominantemente positiva.
Desde que Ralph Tyler, bajo una concepción conductista, instauró el
concepto moderno de evaluación, la preocupación del
profesor-evaluador por establecer una medición cuantitativa objetiva
de los conocimientos del estudiante no ha experimentado grandes
cambios . No obstante, el influjo de la pedagogía del mundo de la
vida, del socio-constructivismo y de la pedagogía crítica ha puesto
de relieve la importancia de trasladar el foco de atención a la toma
de decisiones y a la valoración antes que a la medición de los
resultados y de la conducta observable. Desde una perspectiva más
sistémica e integral, los últimos enfoques pedagógicos propenden por
la integración de la evaluación al proceso de enseñanza-aprendizaje,
de manera que sus hallazgos arrojen datos sobre el desarrollo de
este proceso en su conjunto.
Dicho influjo, insisto, ha tenido resonancia en el “espíritu” de las
políticas educativas de los últimos quince años y en las propuestas
de los textos más recientes sobre el tema, pero no ha logrado
irrumpir en la vida de las aulas con el impacto esperable . Parece
ser que la forma de controlar la buena marcha de un proceso de
formación constructivo es acudir a la contundencia de la planilla.
Desde luego, este hecho no es insólito en una sociedad marcada por
el refuerzo positivo y el castigo de los medios de comunicación y de
las instituciones políticas y sociales, en una sociedad que, para
decirlo con Estanislao Zuleta, considera que el recreo está fuera de
las aulas.
Salvo notables excepciones, la educación superior no escapa a dicha
realidad. Continúa el predominio del juicio del profesor y la
limitación de la coevaluación y heteroevaluación. Las prácticas
evaluativas suelen obedecer más a la intuición del maestro que a
referentes teóricos preestablecidos y concordantes con el
planteamiento curricular de la universidad.
Existe una vana pretensión en la educación superior que sobrepone la
preparación académica de los docentes a la necesidad de un
planteamiento curricular claro, coherente y consensuado. En aspectos
como la evaluación , la coherencia de las acciones institucionales
resulta decisiva, por cuanto este campo regula la práctica
pedagógica y concreta la coherencia del proceso que se está llevando
a cabo.
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