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LEONOR BONILLA MESA UNA VIDA DEDICADA A LA LITERATURA

Por: Andrés Martínez Pardo

La Universidad Sergio Arboleda, junto a otras selectas universidades famosas por sus facultades de Letras, ha tenido el privilegio de contar entre sus docentes, durante largo tiempo, con Leonor Bonilla Mesa, quien se ha desempeñado primordialmente como catedrática de literatura en la Escuela de Filosofía y Humanidades. Leonor Bonilla Mesa, como todo espíritu delicado, es poco dada a hablar de sí misma y de sus asuntos; al contrario, su prudencia y modestia parecen incluso excesivas a quienes la conocemos de hace tanto. Perdónenme, pues, que sea yo quien, incitado por un impulso biográfico, y movido por el profundo afecto y admiración que le profeso, “descubra” a esta mentora y amiga dilecta. Es muy difícil escribir estas líneas, pues es complicado ponerse a la tarea de ser estrictamente objetivo, cuando el nombre de Leonor Bonilla evoca tantas cosas: la pintura de Monet, la música de Debussy, la poesía de Santa Teresa de Ávila, la novela inglesa del XIX y el cine de Luchino Visconti…
En alguna parte escribía Umberto Eco: “… Hubo un tiempo en que la universidad fue un lugar feliz…”. El genial filólogo hacía referencia al tiempo en que la universidad era un lugar que no quedaba en ninguna parte, es decir, a “la Academia”, en el más profundo y bello de los sentidos posibles: la academia, la universidad, en fin, era básicamente un grupo (reducidísimo) de jóvenes ávidos de aprender, de talante intelectual y temperamento artístico; gente de espíritu delicado, de ideas y de van- guardia, reunidos en torno a un maestro.
El lugar era lo de menos: la universidad bien podía ubicarse en un jardín arcádico, en algún claro alejado del mundanal ruido, o en una bella propiedad como la que Boccaccio describe en Decamerón. En una palabra: la universidad era una verdadera fratría, una exclusiva “comunidad de conocimiento”. El maestro leía un texto, o pronunciaba un discurso, y discurría sobre sus meditaciones; no había lugar para afanes ni maledicencias, para pensamientos sombríos ni mezquindades: los discípulos, ligados íntimamente por el amor al saber, constituían una fraternidad sincera, y estaban estrechamente unidos al tutor, con el que llegaban a convivir muchos años. Las ambiciones económicas, la soberbia o el afán de protagonismo eran impensables en la universidad, puesto que “sólo iban a ella los hijos de quienes poseían un título –explica Eco–. Salvo raras excepciones, los que estudiaban disponían de todo el tiempo que necesitaran. La universidad estaba concebida para dedicarse a ella con calma…”.
Hoy las universidades del mundo se han con- vertido para bien o para mal en “universidades de masas”, pero no es este momento para lamentos ni romanticismos: que sirva esta necesaria introducción para advertirnos que, a pesar de todo, aún contamos entre nosotros con verdaderos maestros en el sentido más exigente y más humanista del término: prueba viva de ello es Leonor Bonilla Mesa.
Son sólo los maestros de las calidades de Leonor Bonilla los que hacen que la universidad sea aún y con todo un lugar feliz: pues no he conocido un solo egresado de mi generación ni de las pasadas, de esta Universidad ni de las otras, que no recuerde sus clases con el más profundo agradecimiento, con una son- risa sincera de nostalgia y de satisfacción.
Es esa la sensación natural que produce en cualquiera recordarla en su magistral discurrir sobre literatura clásica y antiguas literaturas orientales, o en su análisis crítico de la lírica shakesperiana o las más arduas novelas filosóficas de Mann o de Sartre.
¿Quién sino alguien que siguió el itinerario de viaje de los románticos y los prerrafaelistas, por toda Grecia e Italia, podría enseñar con tanta naturalidad a Homero, Sófocles, Hesíodo y Cicerón? Y eso para no hablar de la literatura hispanoamericana, la colombiana y la española. ¿Quién sino alguien cuyos padres hablaban en francés desde la más tierna infancia podría enseñar con tanta propiedad a Montaigne, Proust, Flaubert, Baudelaire, Rimbaud y Simone de Beauvoir? Y eso para no hablar de literatura inglesa o de teoría literaria.
Cuando se habla de alguien a quien sus afectos deben tanto resulta absurdo, por lo impersonal, enumerar los muchos títulos, reconocimientos, investigaciones y publicaciones que ha logrado. Al contrario, sólo se hace justicia cuando nos detenemos ponderada- mente en los aspectos más importantes de su personalidad, de su esencia, como la disciplina intelectual, la sensibilidad artística o la vivencia profunda de la fe católica (la caridad y la humildad evangélica, sobre todo). Leonor Bonilla Mesa es de esos raros maestros que no sólo conocen el nombre de cada uno de sus estudiantes sino que, además, tiene siempre un momento para detenerse a escuchar- los, y a profundizar –aún habiendo acabado la clase– sobre sus inquietudes. Es, en fin, de esas escasísimas personas en quien el estudiante no sólo puede encontrar una referencia bibliográfica inagotable y un sentido del humor exquisito, perfectamente wildeano, sino además un buen consejo y una sonrisa: esa sonrisa auténtica que sólo tienen quienes gozaron de una infancia espléndida y feliz, entre libros, arte y música; esa sonrisa que, en fin, sólo tienen los amantes de los jardines.
Al provenir de una familia de eruditos, no es de extrañar que Leonor Bonilla Mesa se des- envuelva en la literatura y en el cine, en la música clásica y en la pintura impresionista,
y que por ello la cuenten entre sus amistades personalidades de la talla del clavecinista Rafael Puyana. No es de extrañar tampoco que haya sido de las precursoras en Colombia
de cursos y seminarios como Cine y literatura o Literatura griega comparada, por nombrar sólo dos. No es de extrañar, por último, que un estudiante más de todos esos que gozaron de la buena fortuna de tenerla como maestra durante varios años, y después como directora de tesis, se haya tomado el atrevimiento de dedicarle estas líneas. Ya era hora.

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