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Meditación de Monseñor Slawomir Oder, Postulador de la Canonización de Juan Pablo II

Encuentro con las víctimas de la violencia y Santa Misa en la Catedral Primada de Bogotá

beato-juan-pablo-iiEl veintisiete de diciembre de mil novecientos ochenta y tres, Juan Pablo II tuvo un largo coloquio con su agresor, en la cárcel romana de Rebibbia. Impresionan las imágenes del Papa apretando la mano de Ali Agca, el hombre que intentó matarlo: el Papa, con un gesto fraternal, apretaba aquella misma mano que pocos meses antes había empuñado la pistola y disparado para matarlo.

¿Qué se dirían los dos en ese coloquio intenso e impresionante?
Más tarde el Pontífice afirmó: “Hoy he podido encontrar a mi agresor y confirmarle mi perdón, como hice en su día, apenas me fue posible. Nos hemos visto como personas y como hermanos y todos los acontecimientos de nuestra vida llevan a esta hermandad”.
Pocos días después del atentado, durante la oración del Regina Coeli, rezada el diecisiete de mayo de mil novecientos ochenta y uno desde el policlínico Gemelli, el Papa, cuya voz era aún la de quien sufre, pronunciaba aquellas palabras que conmocionaron a muchas conciencias: “Rezo por mi hermano, que me ha herido, y a quien he perdonado sinceramente”.

En una entrevista concedida por el general Jaruzelski, éste recordaba claramente las palabras y el gesto del Pontífice como motivo de su perdón hacia el hombre que había atentado a la vida del general el once de septiembre de mil novecientos noventa y cuatro.
Por lo que podemos saber, Ali Agca no ha pedido nunca perdón por su gesto. No ha expresado nunca un sincero arrepentimiento. El gesto del Papa inquieta y suscita no pocas preguntas, entre ellas una fundamental: “¿por qué perdonar? ¿Por qué tender la mano a quien lo quería matar?”

La respuesta hay que buscarla seguramente en el deseo de ser cristiano coherente, de imitar al Maestro que, llevando la cruz, rezaba por sus homicidas: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.

En mil novecientos noventa y siete, el Papa daba una respuesta a este inquietante problema:
“Ciertamente son muchos los factores que pueden favorecer el restablecimiento de la paz, salvaguardando las exigencias de la justicia y de la dignidad humana. Pero no podrá emprenderse nunca un proceso de paz si no madura en los hombres una actitud de perdón sincero. Sin este perdón, las heridas continuarán sangrando, alimentando en las generaciones futuras un hastío sin fin, que es fuente de venganza y causa de nuevas ruinas. El perdón ofrecido y aceptado es premisa indispensable para caminar hacia una paz auténtica y estable.”

Era plenamente consciente de que el perdón puede parecer contrario a la lógica humana, que obedece con frecuencia a la dinámica de la contestación y de la venganza. Sin embargo, el perdón se inspira en la lógica del amor, de aquel amor que Dios tiene a cada hombre y mujer, a cada pueblo y nación, así como a toda la familia humana. Pero si la Iglesia se atreve a proclamar lo que, humanamente hablando, puede parecer una locura, es debido precisamente a su firme confianza en el amor infinito de Dios. Como testimonia la Escritura, Dios es rico en misericordia y perdona siempre a cuantos vuelven a Él. El perdón de Dios se convierte también en nuestros corazones en fuente inagotable de perdón en las relaciones entre nosotros, ayudándonos a vivirlas bajo el signo de una verdadera fraternidad.

Pero la actitud del Papa se pone en línea con su convicción de que el límite último a la maldad humana es la misericordia divina. Este principio vale para la relación entre Dios y el hombre, pero en la pequeña historia de la existencia humana se expresa con el perdón que el hombre ofrece a los que le ofenden.

Al Mensaje para la Jornada de la Paz del año dos mil dos, el Papa quiso ponerle un título muy significativo: “No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón”.

Se trataba de un documento publicado pocos meses después del evento del once de septiembre, cuando el terrorismo atacó al corazón de los Estados Unidos, provocando la muerte de millares de personas inocentes. En este contexto, el Papa recordaba un crimen de terrible gravedad: en pocos minutos, millares de personas inocentes, de distintos orígenes étnicos, fueron horrorosamente masacradas. Fue un momento que marcó una época: desde entonces, la gente en todo mundo ha experimentado con intensidad nueva la conciencia de la vulnerabilidad personal y ha comenzado a mirar al futuro con un sentido hasta entonces ignorado, de miedo íntimo. Frente a estos estados de ánimo, la Iglesia desea testimoniar su esperanza, basada en la convicción de que el mal, el mysterium iniquitatis, no tiene la última palabra en los acontecimientos humanos .

Fue un evento que sacudió a todos y puso la pregunta sobre la posibilidad de la convivencia entre las personas, entre las naciones, razas, religiones. No faltaron quienes veían como la única solución a una confrontación directa.

A escala global se verificó lo que se comprueba cada vez que se repite el pecado de Caín. Cada vez que el hombre encara a su asesino o al asesino de una persona amada. Se constató lo que también en la vida de Juan Pablo II se verificó el trece de mayo de mil novecientos ochenta y uno. El peligro de una respuesta motivada por el odio y por el deseo de venganza es fuerte.

En su carta dirigida a Ali Agca, que el Papa escribió de su puño y letra, y que en un primer momento hubiese querido hacer pública, pero que luego por motivos de prudencia no vio la luz, el Papa escribió:
“Es importante que ni siquiera un episodio como el del trece de mayo sea capaz de abrir un abismo entre dos personas, de crear un silencio que significa la ruptura de comunicación. Cristo –la Palabra encarnada nos ha enseñado palabras sobre esta verdad que no deja nunca de producir el contacto entre la gente a pesar de la distancia que pueden provocar eventos que a veces ponen a unos contra otros”.

El Papa consideraba el gesto del perdón al agresor una iniciativa de Dios y una gracia especial. Consideraba que las palabras pronunciadas por él en la ambulancia, camino de la Clínica Gemelli, fueron “una particular gracia de Jesús crucificado” .

Sin embargo, consideraba el gesto del perdón, un gesto fundamental para la edificación de las relaciones entre los hombres, determinante para el futuro del género humano:
“El acto de perdonar, decía, es la primera y fundamental condición para que nosotros, hombres, no estemos recíprocamente divididos y enfrentados unos contra otros, como enemigos. Para que busquemos en Dios, que es nuestro Padre, el entendimiento y la unión” .
Sabía que el perdón no es fácil. No es para el hombre algo espontáneo y natural.
“Perdonar sinceramente en ocasiones puede resultar incluso heroico. El dolor por la pérdida de un hijo, de un hermano, de los propios padres o de la familia entera por causa de la guerra, del terrorismo o de acciones criminales, puede llevar a la cerrazón total hacia el otro. Aquéllos que se han quedado sin nada porque han sido despojados de la tierra y de la casa, los prófugos y cuantos han soportado el ultraje de la violencia, no pueden dejar de sentir la tentación del odio y de la venganza. Sólo el calor de las relaciones humanas caracterizadas por el respeto, comprensión y acogida, pueden ayudarles a superar tales sentimientos. La experiencia liberadora del perdón, aunque llena de dificultades, puede ser vivida también por un corazón herido, gracias al poder curativo del amor, que tiene su primer origen en Dios-Amor” .

El Beato Juan Pablo II era consciente de que el perdón, aún siendo el fundamento y la condición imprescindible para la paz, no es suficiente para que ésta sea duradera. Solo el restablecimiento de la justicia puede constituir la raíz para que la paz dure. Son dos condiciones inseparables que garantizan la eficacia propia de cada una. En el citado mensaje para la Jornada de la paz afirmaba:
“La verdadera paz, pues, es fruto de la justicia, virtud moral y garantía legal que vela sobre el pleno respeto de derechos y deberes, y sobre la distribución ecuánime de beneficios y cargas. Pero, puesto que la justicia humana es siempre frágil e imperfecta, expuesta a las limitaciones y a los egoísmos personales y de grupo, debe ejercerse y en cierto modo completarse con el perdón, que cura las heridas y restablece en profundidad las relaciones humanas truncadas. Esto vale tanto para las tensiones que afectan a los individuos, como para las de alcance más general, e incluso internacional. El perdón en modo alguno se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. El perdón tiende más bien a esa plenitud de la justicia que conduce a la tranquilidad del orden y que, siendo mucho más que un frágil y temporal cese de las hostilidades, pretende una profunda recuperación de las heridas abiertas. Para esta recuperación, son esenciales ambos, la justicia y el perdón” (cfr. n. 2).
Parece oportuno evidenciar cómo la invitación del Pontífice al perdón no prescinde de la conciencia del deber moral de reparar, sino que más bien lo indica como el culmen del recorrido, que tiende al restablecimiento de la paz.

El imperativo de la verdadera justicia, constituye en el pensamiento del Pontífice, el centro alrededor del cual se desarrolla y se concentra el discurso sobre la paz. Porque, mientras condena sin algún temor el terrorismo que “en estos últimos años, especialmente después de la guerra fría, […] se ha transformado en una sofisticada red de connivencias políticas, técnicas y económicas, que supera los confines nacionales y se expande hasta abarcar todo el mundo“, y „Se trata de verdaderas organizaciones, dotadas a menudo de ingentes recursos financieros, que planifican estrategias a gran escala, agrediendo a personas inocentes y sin implicación alguna en las perspectivas pretendidas por los terroristas“, la respuesta civil a este fenómeno de odio y de muerte, no puede prescindir del ejercicio de la justicia.

“El terrorismo nace del odio y engendra aislamiento, desconfianza y exclusión. La violencia se suma a la violencia, en una trágica espiral que contagia también a las nuevas generaciones, las cuales heredan así el odio que ha dividido a las anteriores. El terrorismo se basa en el desprecio de la vida del hombre. Precisamente por eso, no sólo comete crímenes intolerables, sino que en sí mismo, en cuanto recurso al terror como estrategia política y económica, es un auténtico crimen contra la humanidad”.

Las palabras del Pontífice son palabras unívocas y gravísimas que no dejan alguna duda sobre la valoración del terrorismo, pero igualmente fuerte es su admonición sobre el ejercicio del derecho de defensa contra el terrorismo.

El nueve de mayo de mil novecientos noventa y tres, en Agrigento, durante una visita pastoral a la isla de Sicilia, Juan Pablo II infligió un terrible anatema contra la mafia:
“Dios dijo una vez: no matarás. No puede el hombre, cualquier hombre, cualquier aglomeración humana, mafia, no puede cambiar y pisar este derecho santísimo de Dios”. Definió la mafia como un producto de la civilización de la muerte, a la que el mensaje cristiano opone la civilización de la vida y del amor. Su llamada concluyó con las palabras que conmovieron muchas conciencias: “En el nombre de Cristo […], me dirijo a los responsables: convertíos! Un día llegará el juicio de Dios!”

Las palabras del Pontífice, repito, son palabras unívocas y gravísimas que no dan lugar a dudas sobre su pensamiento sobre el terrorismo y la mafia, ambos inaceptables y fruto de la civilización de la muerte. Durante un viaje apostólico en Irlanda, desvelaba la naturaleza mentirosa de cualquier forma de violencia:
“La violencia es una mentira, porque es contraria a la verdad de nuestra fe, a la verdad de nuestra humanidad. La violencia destruye lo que dice defender: la dignidad, la vida, la libertad de los seres humanos” .

El Papa no se limita a señalar el mal y a desvelar sus contradicciones. Demuestra la exquisita sensibilidad pastoral y humana: aún condenando el mal, en las personas que lo realizan, el Pontífice ve a las personas que corren el riesgo de la condenación eterna y su ardiente llamada a la conversión nace de su fe y de su amor apasionado a cada hombre, llamado por Dios a la vida eterna.

El ejercicio del derecho de defensa contra el terrorismo constituye un deber moral. Juan Pablo II insiste en encuadrarlo en el marco de la legalidad y la moralidad:
“Es un derecho que, como cualquier otro, debe atenerse a reglas morales y jurídicas, tanto en la elección de los objetivos como de los medios. La identificación de los culpables ha de ser probada debidamente, porque la responsabilidad penal es siempre personal y, por tanto, no puede extenderse a las naciones, a las etnias o a las religiones a las que pertenecen los terroristas” (cfr. n. 5).

El principio de legalidad en el ejercicio de la legítima defensa no es el único aspecto de la lucha contra el terrorismo. El Papa subraya también de manera realista que si es verdad que “las injusticias existentes en el mundo nunca pueden usarse como pretexto para justificar los atentados terroristas“, “el surgimiento del fenómeno del terrorismo y el reclutamiento de los terroristas resulta más fácil en los contextos sociales donde los derechos son conculcados y las injusticias se toleran durante demasiado tiempo“(Cfr. ibid.). En la lucha contra el terrorismo es necesario, pues, remover sus causas, resanar la situación social para que las injusticias y las violaciones de la dignidad del hombre no alimenten el desarrollo de las condiciones en las que el odio y la cultura de la muerte sean prevalentes. Por esto “la colaboración internacional en la lucha contra la actividad terrorista debe comportar también un compromiso especial en el ámbito político, diplomático y económico, con el fin de solucionar con valentía y determinación las eventuales situaciones de opresión y marginación que pudieran estar en el origen de los planes terroristas” (cfr. ibid.).

En su Mensaje para la jornada de la paz en dos mil cuatro, en un contexto internacional marcado por la creciente violencia hacia el mundo democrático por parte del terrorismo, Juan Pablo II advertía que, para vencer, la lucha contra el terrorismo no podía limitarse solamente a operaciones represivas y punitivas.

“Es esencial –decía el Papa- que incluso el recurso necesario a la fuerza vaya acompañado por un análisis lúcido y decidido de los motivos subyacentes a los ataques terroristas. Al mismo tiempo, la lucha contra el terrorismo debe realizarse también en el plano político y pedagógico: por un lado, evitando las causas que originan las situaciones de injusticia de las cuales surgen a menudo los móviles de los actos más desesperados y sanguinarios; por otro, insistiendo en una educación inspirada en el respeto de la vida humana en todas las circunstancias. En efecto, la unidad del género humano es una realidad más fuerte que las divisiones contingentes que separan a los hombres y los pueblos.” .

Pienso que precisamente la educación al respeto por la vida en cualquier circunstancia y la capacidad de reconocer y promover la unidad del género humano, constituyan una de las principales tareas de todas las personas de buena voluntad, individualmente y organizadas en distintas formas de asociación, para que la lucha contra todas las formas del mal organizado pueda resultar eficaz.

En el curso de su largo pontificado, Juan Pablo II, continuando el camino iniciado por su Predecesor el Papa Pablo sexto, con sus mensajes publicados anualmente para la celebración de la jornada mundial de la paz, ha recordado a las personas de buena voluntad la necesidad de reflexionar sobre los varios aspectos de una convivencia ordenada, a la luz de la razón y de la fe. Ha nacido así una síntesis doctrinal sobre la paz, que es casi un silabario sobre este argumento fundamental: un silabario sencillo de comprender por quien tiene el espíritu bien dispuesto, pero al mismo tiempo extremadamente exigente para cualquier persona sensible hacia los destinos de la humanidad .

El compromiso de educarnos a nosotros mismos y a los demás para la paz, Juan Pablo II lo sentía como algo que pertenece al genio mismo del cristianismo. Decía: “Para el cristiano […] proclamar la paz es anunciar a Cristo que es «nuestra paz» (Ef 2, 14), es anunciar su Evangelio, que es «Evangelio de paz» (Ef 6, 15), es llamar a todos a la bienaventuranza de ser «artífices de paz» (cfr Mt 5, 9)” .

Creo que esta reflexión no puede concluirse sino con la invitación contenida en el último mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz, escrito pocos meses antes de su muerte. Sin duda alguna, este mensaje puede considerarse casi un testamento dejado a todos los operadores de paz.

A pesar del mal, del odio y de las violencias que imperan en todas las partes del mundo, el compromiso cristiano por llevar la reconciliación y la paz a todos los pueblos es un deber moral y religioso. Las palabras del Pontífice resuenan como invitación a la caridad heroica y a la firme esperanza.

“Ante tantos dramas como afligen al mundo, los cristianos confiesan con humilde confianza que sólo Dios da al hombre y a los pueblos la posibilidad de superar el mal para alcanzar el bien. Con su muerte y resurrección, Cristo nos ha redimido y rescatado pagando ‘un precio muy alto’ (cf. 1 Co 6,20; 7,23), obteniendo la salvación para todos. Por tanto, con su ayuda todos pueden vencer al mal con el bien.

Con la certeza de que el mal no prevalecerá, el cristiano cultiva una esperanza indómita que lo ayuda a promover la justicia y la paz. A pesar de los pecados personales y sociales que condicionan la actuación humana, la esperanza da siempre nuevo impulso al compromiso por la justicia y la paz, junto con una firme confianza en la posibilidad de construir un mundo mejor.”

De esta caridad y de esta esperanza, el mundo de hoy tiene urgente necesidad. El dolor y el sufrimiento por las víctimas, por esos seres queridos que se han perdido de forma violenta y que hoy ofrendan su dolor, de manera especial en la Santa Misa y ante la reliquia del Beato Juan Pablo II, quien derramó su sangre también como consecuencia de un acto de violencia, y que ello represente un gesto de perdón, de reparación y de la llamada a la conversión para quienes usan la violencia en cualquiera de sus formas.
Mientras les encomiendo a Ustedes, a Sus familias, a las personas queridas, y todas Sus actividades a la intercesión del Beato Juan Pablo II, rezo para que todos Ustedes sean testigos trabajadores y generosos “artífices de paz” – partícipes de la bienaventuranza del “Evangelio de la paz”!

Bogotá, 20 de enero de 2012

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