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¿Crisis o madurez? Esta es la
disyuntiva ante la cual se ofrece buena parte de la juventud que ha convertido a
Chile en el escenario de un continuo activismo estudiantil pocas veces antes visto.
Buena parte de las generaciones
más jóvenes de latinoamericanos crecieron escuchando dos cosas: "El baile de los
que sobran", una canción del grupo chileno Los Prisioneros, quienes en la década
de los ochenta, mientras estaba aún en el poder el golpista general Augusto Pinochet, denunciaban el banal occidentalismo fanático
consumista y la inequidad de su
país y la región.
Por otro lado, ese mismo
público se enteró desde los años noventa de que este país, tras una transición a
la democracia y una serie de gobiernos convergentes de centro izquierda llamados
La Concertación, era ahora protagonista del "milagro chileno". Una era que se
cerró con la imagen de Michelle Bachelet, una conciliadora presidenta a la
altura del reto, hasta el día en que la naturaleza decidió sacudirse al final de
su mandato.
En todo caso el estado del
arte, que hace pensar que Chile transita de un Tercer Mundo al menos a un
Segundo habilitado por su hábil capacidad negociadora, crecimiento y la apertura
de sus mercados, muestra sus fisuras en medio de una democracia consolidada.
Así, su imagen de país boyante o mediáticamente vendible (como lo mostró el
reality en que se convirtió el rescate de varios mineros atrapados por parte
del propio presidente de derecha Sebastián Piñeira) es empañada por la
preocupación que genera el choque generacional con los más jóvenes ante el
fantasma de la eterna privatización.
Buena parte de estos muchachos
y muchachas, organizados como una federación de estudiantes, tiene en la
estudiante y militante comunista Camila Vallejo su más digna representante,
quien promueve una acción colectiva sin precedentes, transmitiendo
disciplina a pesar de algunos excesos fanáticos, logrando poner el tema de la
educación en la palestra. Si bien Vallejo y sus seguidores tienen razón en
recordar que
la mejor inversión a futuro para un país es la educación -y que se deben
sacudir telarañas heredadas de la dictadura- quizá se equivocan en creer que la
misma puede ser más allá que gratuita general para todos, en un modelo público
que merece reforzarse y ampliarse, pero no perder de vista su carácter meritocrático.
Las movilizaciones de Santiago y Madrid no están
directamente conectadas pero guardan relación: dos democracias consolidadas que
sufren los achaques de la primera adultez, por lo cual antes que preocupación
habría que mostrar alegría porque la ciudadanía joven se manifieste. En España
se habla de "inconformes", en una categoría generalista que ayuda de paso a
darle el último golpe que requiere el desgastado gobierno socialista de
Rodríguez Zapatero para ceder el poder al Partido Popular. Su crítica a la clase
política es completamente válida, pero vale la pena recordar que si no están
dispuestos a crear un nuevo sujeto político sus acciones no pasarán de ser otro
"happening" democrático (lo mismo para quienes protestan en Estados
Unidos contra los excesos de Wall Street).
Queda entonces
mencionar las revueltas contra el orden en el Reino Unido, donde algunos
analistas de los movimientos sociales, la prensa, el poder y hasta la ciudadanía
común miran con desprecio. Tienen razón en que allí prima el alma "hooligan"
sobre cualquier reivindicación. ¿Pero acaso ese malestar y la aparente
lobotización de buena parte de la población no constituyen un issue
político?
2011 continúa
desafiando los pronósticos y planteando retos.
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