LA OTRA BANCADA Septiembre 2007
        

 Una publicación de la Escuela de Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Sergio Arboleda - Bogotá, Colombia


 

LA OTRA BANCADA

 

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¿Quién es Nicolás Sarkozy?

Por: François Serres (Europa)*

Francia eligió en mayo pasado a Nicolas Sarkozy como nuevo presidente de la República. Esta elección presidencial, una de las más apasionantes de los últimos decenios, ha traído una profunda renovación del personal político (a pesar de que el nuevo presidente pertenece al mismo partido que el anterior Jacques Chirac) y en cierta medida se ha interpretado como un “salto hacia lo desconocido”.

Pero entre estos numerosos interrogantes, el principal lo constituye el nuevo presidente Sarkozy. Hoy, casi cien días después de su posesión, y cuando Francia y el mundo comienzan apenas a acostumbrarse a su nuevo estilo, caracterizado por su reconocido talento para la comunicación y su energía desbordante, sin embargo este hombre sigue siendo para muchos observadores, especialmente en el exterior, una verdadera enigma.

Esto se debe a que pocos hombres de la vida política francesa han sido caricaturizados con tanto odio, haciendo de él, para algunos un fascista mal disimulado, para otros un neoconservador admirador de Bush, un neoliberal furibundo o un racista imitador de Le Pen.

Sarkozy no es Le Pen:
 
Su voluntad explícita de recuperar el electorado que desde hace más de veinte años aportaba sus votos al Frente Nacional (partido de Le Pen) ha llevado a muchos a pensar que él iba a aplicar las tesis defendidas por este partido: rechazo radical a la inmigración, nacionalismo exacerbado, cierre del país a la globalización y a la construcción europea. En realidad, el gran mérito de Sarkozy ha sido el distinguir entre las tesis de Le Pen y sus electores, lo mismo que entender que el voto de estos electores no significaba la adhesión a dichas tesis: en lugar de despreciarlos como “racistas irrecuperables”, les mostró, cuando se ejerció como ministro del interior, que el Estado podía tener en cuenta sus legítimas preocupaciones (problemas de inseguridad, desempleo, control de la inmigración, dificultades de integración de los inmigrados) y aportarles respuestas concretas. Lejos del angelismo practicado por los socialistas (la inseguridad no es sino una “ilusión”, los delincuentes son unas victimas de la sociedad, el país debe acoger a todos los que quieren vivir en él), implementó políticas realistas y equilibradas: los delincuentes deben ser sancionados desde la primera infracción; solo se deben recibir inmigrantes que adhieran a los valores de la sociedad francesa y que correspondan a necesidades económicas del país; para favorecer su integración se debe contemplar la posibilidad de aplicar políticas activas parecidas a las utilizadas en los Estados Unidos (“affirmative action”)… Ya como presidente, uno de sus primeros gestos fue la creación, anunciada durante su campaña, del Ministerio de la inmigración, de la integración, de la identidad nacional y del Codesarrollo, tan criticado por algunos pero perfectamente coherente con los valores y principios defendidos durante toda su campaña.

Respeto por los inmigrantes, ataque frontal a los delincuentes:

Por lo tanto, me parece bastante errónea esta imagen que se tiene actualmente de Sarkozy en el exterior, y especialmente en países de emigración como es el caso de Colombia, de “enemigo de los inmigrantes” que él calificaría como delincuentes: lo que ha hecho en el pasado como ministro del Interior, y lo que reafirma como presidente, es finalmente bastante parecido a lo que están haciendo desde hace muchos años los grandes países de inmigración: Estados Unidos, Canadá, Australia, pero también Alemania, Suiza: primero admitir, utilizando las propias palabras del ex primer ministro socialista Michel Rocard, que Francia “no puede acoger a toda la miseria del mundo”; por lo tanto, no se pueden practicar políticas de apertura total, ni de regularización masiva, como la que realizó Zapatero en España. Segundo, reconocer el derecho de todo país a admitir en su territorio únicamente a los inmigrantes que corresponden a sus necesidades y tienen la capacidad y el deseo de integrarse. Tercero, llevar respecto a estos inmigrantes una política de integración activa, generosa y realista, darles un trato digno y evitar que se queden marginalizados del resto de la población.

Una derecha que asume sus valores

En un país en el cual aficharse como de derecha era considerado como un poco vergonzoso (el progreso y la modernidad solo podían encontrarse del lado de la izquierda), Sarkozy afirmó la existencia de una derecha que asume abiertamente sus valores. Numerosos observadores extranjeros habían subrayado estos últimos años que el presidente Chirac (teóricamente de derecha) era más de izquierda y antiliberal que numerosos dirigentes social demócratas europeos (Schroeder, Blair, Zapatero, Prodi). Esta ”izquierdización” de la derecha clásica francesa era la consecuencia de la existencia de los 15 a 20% de electores del Frente Nacional: para diferenciarse bien de esta extrema derecha, y no caer bajo la sospecha de complicidad con ella, la derecha clásica tendía a adoptar posturas de izquierda.

Finalmente, la estrategia de Sarkozy respecto a la extrema derecha se parece bastante a la que llevó Mitterrand con el partido comunista en 1981: la exclusión del juego político del 20% de electores comunistas impedía desde 1946 a la izquierda no comunista llegar al poder sin el apoyo de pequeños partidos del centro. Mitterrand logró reintegrar estos electores comunistas, lo mismo que Sarkozy ha logrado el reintegro de los electores del Frente Nacional. Sin embargo, hay una gran diferencia: para lograr su propósito, Mitterrand tuvo que firmar el “Programa Común” con el partido comunista, nombrar ministros comunistas en el gobierno y aplicar durante tres años una política de “ruptura con el capitalismo”; en cambio, Sarkozy no ha tenido que pasar ningún pacto con el Frente Nacional para recuperar el electorado de la extrema derecha, pues se ha dado el lujo de llegar al poder gracias a los votos que recuperó de la extrema derecha, sin ningún tipo de contraprestación; y del mismo modo, viene recuperando desde su posesión, para su equipo de gobierno, talentosos representantes socialistas, en las mismas condiciones, y con las “iras santas” que han desencadenado estos nombramientos en la cúpula del Partido Socialista.

Un programa fluctuante:

Pero más allá de esta diabolización de Sarkozy por su estrategia ante el Frente Nacional, hay que reconocer que su programa de gobierno, especialmente en materia económica y también en el campo de las relaciones internacionales, ha tenido durante estos últimos meses unas fluctuaciones capaces de desorientar a sus más fieles seguidores.

Es así como en el campo económico, pasó de una postura inicialmente muy liberal, favorable a una fuerte reducción del papel y del tamaño del Estado, y a la apertura hacia el exterior, a un discurso mucho más intervencionista y dirigista, expresando por ejemplo su deseo de restringir la autonomía del Banco Central Europeo, de reintroducir un cierto proteccionismo de la Unión Europea y un cierto “patriotismo económico”.

De igual manera, en el campo internacional, de una actitud inicialmente muy pro americana y atlantista, por la cual uno de sus críticos, el socialista Fabius, lo llamó “el perro faldero de Bush”, ha adoptado durante estos últimos meses una postura mucho más conforme a la tradición diplomática francesa de independencia nacional.

Sarkozy heredero de “Las tres derechas francesas”:

Más allá de los factores puramente electoralistas, que han podido llevarlo a adoptar posiciones más concordantes con las opiniones dominantes del electorado (tradicionalmente apegado a la imagen de un Estado potente y a un cierto antiamericanismo), pienso que Sarkozy se ubica perfectamente en el cruce de las diversas tendencias que siempre han caracterizado a las derechas francesas.

En su obra clásica “Las derechas en Francia”, el gran historiador recientemente desaparecido René Rémond distinguió tres grandes tradiciones:

- la legitimista, heredera de los valores de la antigua monarquía: respeto de la autoridad y de las jerarquías, prioridad al orden sobre el movimiento, importancia de la religión, hostilidad a la Revolución de 1789: o sea, un conservatismo tradicional

- la orleanista, versión francesa del liberalismo anglosajón, representada por pensadores tan importantes como Montesquieu o Tocqueville: desconfianza respecto al Estado, importancia de la separación de los poderes y de los contrapesos, libertad económica
- la bonapartista: partidaria de un Estado fuerte, intervencionista y modernizador, no rechaza los valores de la Revolución Francesa pero hace del Estado el instrumento privilegiado para la realización concreta de estos valores.

Se puede considerar que todos los gobiernos de derecha que ha tenido Francia en los dos siglos que la separan de la Revolución, se han inspirado de estas tres tradiciones.

Por ejemplo, el gobierno del “Estado francés” del Mariscal Pétain, durante la segunda guerra mundial, a pesar de su colaboración con las potencias fascistas, se inscribía claramente en la tradición legitimista, en su rechazo por los valores de la Revolución. En cambio, el General De Gaulle pertenecía mucho más a la tradición bonapartista, con su concepción de un estado fuerte trabajando por la modernización de la economía francesa, a pesar de que los elementos tradicionalistas no estaban totalmente ausentes.

Utilizando este instrumento de análisis propuesto por René Rémond, se puede entender que el programa político de Sarkozy se encuentra en el cruce de estas tres grandes tradiciones:

- legitimista, en su respeto por la autoridad (por ejemplo, autoridad del profesor, del policía), su énfasis en los valores del trabajo, su insistencia en la “identidad nacional”

- orleanista, o sea liberal, en sus propuestas de reducción del tamaño del Estado, su aceptación sin reserva de las reglas de la economía de mercado y de la globalización, su apertura a la nueva estructura mestiza de la sociedad francesa (numerosos observadores han subrayado el contraste entre la diversidad étnica, de formación y de origen social de los colaboradores de Sarkozy, y la uniformidad de los “elefantes” del partido socialista, blancos y egresados de la Escuela Nacional de Administración)

- bonapartista, con una fuerte dosis de intervencionismo, la convicción personal de Sarkozy de que si lo han elegido, no es para dejar operar a las solas fuerzas del mercado y resignarse a la fatalidad, sino para actuar utilizando todos los recursos del Estado.

Sarkozy no es un ideólogo

Finalmente, lo que parece dominar en Sarkozy, más allá de sus inclinaciones hacia la una o la otra de estas tradiciones, es una fuerte dosis de pragmatismo: él no es un ideólogo, tiene una fuerte capacidad para adaptarse a las circunstancias y a la coyuntura política, algunos dirán que es un oportunista.

Por lo tanto, es difícil predecir lo que va a ser su gobierno; por ejemplo, los socios de Francia saben que, si él está decidido a relanzar fuertemente la construcción europea interrumpida por el “No” francés al referéndum sobre la Constitución, de todas formas no va a ser un socio fácil, por la prioridad que le parece dar al interés nacional sobre el interés comunitario. Y de la misma manera, los que en Washington se alegran de la elección de un “amigo de los Estados Unidos” podrían descubrir que el amigo no es tan dócil como ellos lo esperan.

Sin embargo, me parece que habrá por lo menos una gran diferencia con el gobierno saliente de Jacques Chirac: mientras el escepticismo, la prudencia y el deseo de no traumatizar a la sociedad francesa llevaban a éste último a considerar que “lo importante es no hacer nada” y dejar que el tiempo arregle los problemas, se puede apostar a que el gobierno de Sarkozy se va a caracterizar por una actividad política desbordante y un dinamismo cuyo objetivo es devolverle al pueblo francés su confianza en el futuro.

*François SERRES
Doctor en Ciencias Politicas
Profesor en Science Po Paris
Autor de una investigación sobre las elites de la administración pública en Colombia
 

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