Francia eligió
en mayo pasado a Nicolas Sarkozy como nuevo
presidente de la República. Esta elección
presidencial, una de las más apasionantes de
los últimos decenios, ha traído una profunda
renovación del personal político (a pesar de
que el nuevo presidente pertenece al mismo
partido que el anterior Jacques Chirac) y en
cierta medida se ha interpretado como un
“salto hacia lo desconocido”.
Pero entre estos numerosos interrogantes, el
principal lo constituye el nuevo presidente
Sarkozy. Hoy, casi cien días después de su
posesión, y cuando Francia y el mundo
comienzan apenas a acostumbrarse a su nuevo
estilo, caracterizado por su reconocido
talento para la comunicación y su energía
desbordante, sin embargo este hombre sigue
siendo para muchos observadores,
especialmente en el exterior, una verdadera
enigma.
Esto se debe a que pocos hombres de la vida
política francesa han sido caricaturizados
con tanto odio, haciendo de él, para algunos
un fascista mal disimulado, para otros un
neoconservador admirador de Bush, un
neoliberal furibundo o un racista imitador
de Le Pen.
Sarkozy no es Le Pen:
Su voluntad explícita de recuperar el
electorado que desde hace más de veinte años
aportaba sus votos al Frente Nacional
(partido de Le Pen) ha llevado a muchos a
pensar que él iba a aplicar las tesis
defendidas por este partido: rechazo radical
a la inmigración, nacionalismo exacerbado,
cierre del país a la globalización y a la
construcción europea. En realidad, el gran
mérito de Sarkozy ha sido el distinguir
entre las tesis de Le Pen y sus electores,
lo mismo que entender que el voto de estos
electores no significaba la adhesión a
dichas tesis: en lugar de despreciarlos como
“racistas irrecuperables”, les mostró,
cuando se ejerció como ministro del
interior, que el Estado podía tener en
cuenta sus legítimas preocupaciones
(problemas de inseguridad, desempleo,
control de la inmigración, dificultades de
integración de los inmigrados) y aportarles
respuestas concretas. Lejos del angelismo
practicado por los socialistas (la
inseguridad no es sino una “ilusión”, los
delincuentes son unas victimas de la
sociedad, el país debe acoger a todos los
que quieren vivir en él), implementó
políticas realistas y equilibradas: los
delincuentes deben ser sancionados desde la
primera infracción; solo se deben recibir
inmigrantes que adhieran a los valores de la
sociedad francesa y que correspondan a
necesidades económicas del país; para
favorecer su integración se debe contemplar
la posibilidad de aplicar políticas activas
parecidas a las utilizadas en los Estados
Unidos (“affirmative action”)… Ya como
presidente, uno de sus primeros gestos fue
la creación, anunciada durante su campaña,
del Ministerio de la inmigración, de la
integración, de la identidad nacional y del
Codesarrollo, tan criticado por algunos pero
perfectamente coherente con los valores y
principios defendidos durante toda su
campaña.
Respeto por los inmigrantes, ataque
frontal a los delincuentes:
Por lo tanto, me parece bastante errónea
esta imagen que se tiene actualmente de
Sarkozy en el exterior, y especialmente en
países de emigración como es el caso de
Colombia, de “enemigo de los inmigrantes”
que él calificaría como delincuentes: lo que
ha hecho en el pasado como ministro del
Interior, y lo que reafirma como presidente,
es finalmente bastante parecido a lo que
están haciendo desde hace muchos años los
grandes países de inmigración: Estados
Unidos, Canadá, Australia, pero también
Alemania, Suiza: primero admitir, utilizando
las propias palabras del ex primer ministro
socialista Michel Rocard, que Francia “no
puede acoger a toda la miseria del mundo”;
por lo tanto, no se pueden practicar
políticas de apertura total, ni de
regularización masiva, como la que realizó
Zapatero en España. Segundo, reconocer el
derecho de todo país a admitir en su
territorio únicamente a los inmigrantes que
corresponden a sus necesidades y tienen la
capacidad y el deseo de integrarse. Tercero,
llevar respecto a estos inmigrantes una
política de integración activa, generosa y
realista, darles un trato digno y evitar que
se queden marginalizados del resto de la
población.
Una derecha que asume sus valores
En un país en el cual aficharse como de
derecha era considerado como un poco
vergonzoso (el progreso y la modernidad solo
podían encontrarse del lado de la
izquierda), Sarkozy afirmó la existencia de
una derecha que asume abiertamente sus
valores. Numerosos observadores extranjeros
habían subrayado estos últimos años que el
presidente Chirac (teóricamente de derecha)
era más de izquierda y antiliberal que
numerosos dirigentes social demócratas
europeos (Schroeder, Blair, Zapatero, Prodi).
Esta ”izquierdización” de la derecha clásica
francesa era la consecuencia de la
existencia de los 15 a 20% de electores del
Frente Nacional: para diferenciarse bien de
esta extrema derecha, y no caer bajo la
sospecha de complicidad con ella, la derecha
clásica tendía a adoptar posturas de
izquierda.
Finalmente, la estrategia de Sarkozy
respecto a la extrema derecha se parece
bastante a la que llevó Mitterrand con el
partido comunista en 1981: la exclusión del
juego político del 20% de electores
comunistas impedía desde 1946 a la izquierda
no comunista llegar al poder sin el apoyo de
pequeños partidos del centro. Mitterrand
logró reintegrar estos electores comunistas,
lo mismo que Sarkozy ha logrado el reintegro
de los electores del Frente Nacional. Sin
embargo, hay una gran diferencia: para
lograr su propósito, Mitterrand tuvo que
firmar el “Programa Común” con el partido
comunista, nombrar ministros comunistas en
el gobierno y aplicar durante tres años una
política de “ruptura con el capitalismo”; en
cambio, Sarkozy no ha tenido que pasar
ningún pacto con el Frente Nacional para
recuperar el electorado de la extrema
derecha, pues se ha dado el lujo de llegar
al poder gracias a los votos que recuperó de
la extrema derecha, sin ningún tipo de
contraprestación; y del mismo modo, viene
recuperando desde su posesión, para su
equipo de gobierno, talentosos
representantes socialistas, en las mismas
condiciones, y con las “iras santas” que han
desencadenado estos nombramientos en la
cúpula del Partido Socialista.
Un programa fluctuante:
Pero más allá de esta diabolización de
Sarkozy por su estrategia ante el Frente
Nacional, hay que reconocer que su programa
de gobierno, especialmente en materia
económica y también en el campo de las
relaciones internacionales, ha tenido
durante estos últimos meses unas
fluctuaciones capaces de desorientar a sus
más fieles seguidores.
Es así como en el campo económico, pasó de
una postura inicialmente muy liberal,
favorable a una fuerte reducción del papel y
del tamaño del Estado, y a la apertura hacia
el exterior, a un discurso mucho más
intervencionista y dirigista, expresando por
ejemplo su deseo de restringir la autonomía
del Banco Central Europeo, de reintroducir
un cierto proteccionismo de la Unión Europea
y un cierto “patriotismo económico”.
De igual manera, en el campo internacional,
de una actitud inicialmente muy pro
americana y atlantista, por la cual uno de
sus críticos, el socialista Fabius, lo llamó
“el perro faldero de Bush”, ha adoptado
durante estos últimos meses una postura
mucho más conforme a la tradición
diplomática francesa de independencia
nacional.
Sarkozy heredero de “Las tres derechas
francesas”:
Más allá de los factores puramente
electoralistas, que han podido llevarlo a
adoptar posiciones más concordantes con las
opiniones dominantes del electorado
(tradicionalmente apegado a la imagen de un
Estado potente y a un cierto
antiamericanismo), pienso que Sarkozy se
ubica perfectamente en el cruce de las
diversas tendencias que siempre han
caracterizado a las derechas francesas.
En su obra clásica “Las derechas en
Francia”, el gran historiador recientemente
desaparecido René Rémond distinguió tres
grandes tradiciones:
- la legitimista, heredera de los valores de
la antigua monarquía: respeto de la
autoridad y de las jerarquías, prioridad al
orden sobre el movimiento, importancia de la
religión, hostilidad a la Revolución de
1789: o sea, un conservatismo tradicional
- la orleanista, versión francesa del
liberalismo anglosajón, representada por
pensadores tan importantes como Montesquieu
o Tocqueville: desconfianza respecto al
Estado, importancia de la separación de los
poderes y de los contrapesos, libertad
económica
- la bonapartista: partidaria de un Estado
fuerte, intervencionista y modernizador, no
rechaza los valores de la Revolución
Francesa pero hace del Estado el instrumento
privilegiado para la realización concreta de
estos valores.
Se puede considerar que todos los gobiernos
de derecha que ha tenido Francia en los dos
siglos que la separan de la Revolución, se
han inspirado de estas tres tradiciones.
Por ejemplo, el gobierno del “Estado
francés” del Mariscal Pétain, durante la
segunda guerra mundial, a pesar de su
colaboración con las potencias fascistas, se
inscribía claramente en la tradición
legitimista, en su rechazo por los valores
de la Revolución. En cambio, el General De
Gaulle pertenecía mucho más a la tradición
bonapartista, con su concepción de un estado
fuerte trabajando por la modernización de la
economía francesa, a pesar de que los
elementos tradicionalistas no estaban
totalmente ausentes.
Utilizando este instrumento de análisis
propuesto por René Rémond, se puede entender
que el programa político de Sarkozy se
encuentra en el cruce de estas tres grandes
tradiciones:
- legitimista, en su respeto por la
autoridad (por ejemplo, autoridad del
profesor, del policía), su énfasis en los
valores del trabajo, su insistencia en la
“identidad nacional”
- orleanista, o sea liberal, en sus
propuestas de reducción del tamaño del
Estado, su aceptación sin reserva de las
reglas de la economía de mercado y de la
globalización, su apertura a la nueva
estructura mestiza de la sociedad francesa
(numerosos observadores han subrayado el
contraste entre la diversidad étnica, de
formación y de origen social de los
colaboradores de Sarkozy, y la uniformidad
de los “elefantes” del partido socialista,
blancos y egresados de la Escuela Nacional
de Administración)
- bonapartista, con una fuerte dosis de
intervencionismo, la convicción personal de
Sarkozy de que si lo han elegido, no es para
dejar operar a las solas fuerzas del mercado
y resignarse a la fatalidad, sino para
actuar utilizando todos los recursos del
Estado.
Sarkozy no es un ideólogo
Finalmente, lo que parece dominar en
Sarkozy, más allá de sus inclinaciones hacia
la una o la otra de estas tradiciones, es
una fuerte dosis de pragmatismo: él no es un
ideólogo, tiene una fuerte capacidad para
adaptarse a las circunstancias y a la
coyuntura política, algunos dirán que es un
oportunista.
Por lo tanto, es difícil predecir lo que va
a ser su gobierno; por ejemplo, los socios
de Francia saben que, si él está decidido a
relanzar fuertemente la construcción europea
interrumpida por el “No” francés al
referéndum sobre la Constitución, de todas
formas no va a ser un socio fácil, por la
prioridad que le parece dar al interés
nacional sobre el interés comunitario. Y de
la misma manera, los que en Washington se
alegran de la elección de un “amigo de los
Estados Unidos” podrían descubrir que el
amigo no es tan dócil como ellos lo esperan.
Sin embargo, me parece que habrá por lo
menos una gran diferencia con el gobierno
saliente de Jacques Chirac: mientras el
escepticismo, la prudencia y el deseo de no
traumatizar a la sociedad francesa llevaban
a éste último a considerar que “lo
importante es no hacer nada” y dejar que el
tiempo arregle los problemas, se puede
apostar a que el gobierno de Sarkozy se va a
caracterizar por una actividad política
desbordante y un dinamismo cuyo objetivo es
devolverle al pueblo francés su confianza en
el futuro.
*François SERRES
Doctor en Ciencias Politicas
Profesor en Science Po Paris
Autor de una investigación sobre las elites
de la administración pública en Colombia