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Resumen
El documento que se presenta a continuación tiene el propósito de presentar
un panorama de la geopolítica como campo disciplinar, para proponer una
aproximación geopolítica a la gestión territorial en Colombia, con el objetivo
de destacar los principales retos que impone la globalización a la
administración pública. En la primera sección se presentan los orígenes y
desarrollos teóricos de los principales exponentes de la disciplina, así como
una síntesis de sus discusiones y perspectivas contemporáneas. En la segunda
sección se presenta la relación entre la geopolítica y la globalización,
destacando las discusiones en torno a las consecuencias de la globalización en
relación con el rol del Estado, desde un punto de vista teórico que resignifica
el espacio y el territorio. En la parte final se discuten la política regional
de las últimas décadas en Colombia y la necesidad de abordar y resignificar la
dimensión espacial de la descentralización.
INTRODUCCIÓN
En las últimas décadas el estudio de la geopolítica ha despertado un renovado
interés, luego de sufrir un largo repudio tras la Segunda Guerra Mundial, por
parte de quienes veían en ella un estrecho enlace con ideas de tipo totalitario.
Tal interés ha dado lugar a dos corrientes de pensamiento geopolítico, una
primera asociada a perspectivas pragmáticas y realistas sobre el orden
internacional y el quehacer de los Estados; y una segunda que se apoya en el
giro posmoderno de las últimas décadas para proponer lecturas críticas de
nuestras representaciones del espacio y la geografía. El primer acápite de esta
sección se dedica a aquel conjunto de autores e ideas que dieron sentido y
contenido inicial al vocablo geopolítica, señalando algunas de las razones por
las cuales generó antipatía en diferentes círculos sociales y académicos durante
la Segunda Guerra Mundial. En segundo lugar se exploran las corrientes
contemporáneas de análisis geopolítico para hacer una aproximación a sus métodos
y principales discusiones.
La geopolítica contemporánea cifra en la globalización (en su noción, evolución
y dinámicas) el principal factor de cambio de los roles tradicionalmente
asignados al Estado en relación con la sociedad. Para la geopolítica, la
historia de las sociedades luce como una historia de expansiones, inclusiones,
especializaciones territoriales y productivas, sistemas, fracturas, disoluciones
y reorganizaciones posteriores de unidades cada vez mayores. Desde ese punto de
vista, la globalización suele ser referida como un producto de la expansión de
un tipo particular de sociedad que, a partir del desarrollo económico y militar,
se difundió hasta llegar a una etapa en la que existen múltiples centros de
difusión de una cultura global, con referentes simbólicos y patrones de consumo
similares en todo el planeta .
No obstante, apartándose de las lecturas reduccionistas y normativas de la
globalización, que la asemejan a un fenómeno inevitable y unívoco, en la
literatura contemporánea se reconoce también una noción del fenómeno que lo
define en términos de la creciente gravitación de los procesos financieros,
económicos, ambientales, políticos, sociales y culturales de alcance mundial, en
los procesos de carácter regional, nacional y local (PNUD, 2005; CEPAL, 2004).
Esta segunda noción rechaza el uso normativo del concepto, que resalta la idea
de una única vía posible de liberalización plena de los mercados mundiales y de
integración a ellos como destino inevitable y deseable de toda la humanidad.
A su vez, esta segunda noción posibilita contemplar la evolución de las
dimensiones económicas de la globalización junto con las no económicas, y
destaca como elemento central del fenómeno las tensiones que se crean entre
dichas dimensiones, cuya dinámica está determinada por el carácter asimétrico de
los actores participantes. Ello resulta crucial al emprender análisis
geopolíticos de los diferentes países, espacios y territorios, en la medida que
la globalización implica especializaciones espaciales (regionales y locales) que
responden a determinantes estructurales externos a la gestión y administración
territorial.
1. GEOPOLÍTICA CLÁSICA Y CONTEMPORANEA
1.1. La controversial geopolítica clásica
He denominado geopolítica clásica al conjunto de teorías que surgieron en el
tiempo comprendido entre las últimas décadas del s. XIX y el final de la Segunda
Guerra Mundial. La "geopolítica" recibe su nombre a principios del s. XX, en el
momento más intenso del desarrollo de la Primera Guerra Mundial, en la obra El
Estado como forma de vida (Staten Lifsform) de Rudolf Kjellen, jurisconsulto y
político sueco, académico de la Universidad de Upsala y Gotemburgo, quien
consideraba al Estado como un organismo biológico, un “ser vital supraindividual
que nace, crece y muere en medio de permanentes luchas y conflictos biológicos”.
En este escrito aparece por primera vez el vocablo "geopolítica" y se señala que
el Estado es dominado por dos influencias principales: el medio geográfico y la
raza, así como por tres influencias secundarias (economía, sociedad y gobierno).
Al considerar al Estado como un organismo supraindividual, se hallaba en lucha
constante por la existencia y la tierra, por su configuración natural, estaba
dividida en cierto número de espacios que eran el escenario de las luchas entre
los Estados. Esto condicionaba una política encadenada al espacio, con leyes
determinadas y constantes que afectaban, en forma permanente, a los pueblos que
actuaban en una región.
Para Kjellen había grandes espacios continentales y oceánicos de carácter
dominante y espacios intermedios que el conflicto entre pueblos convertía en
"campos de fuerza". Uno de los objetivos de la geopolítica consistía entonces en
proporcionar la forma de aplicar esas leyes espaciales en la política exterior
del Estado. La actitud beligerante de los pueblos entre sí obligaba a tener en
cuenta la política interna para comprender cómo los gobiernos definían y
buscaban obtener objetivos de carácter nacional dadas las condiciones
geográficas donde se asentaba el Estado. De ese modo la geopolítica empezó a
considerarse como una herramienta del pensamiento semejante a una “conciencia
geográfica del Estado” que inspirara los objetivos que éste debía alcanzar”.
Tales influencias, junto con la metáfora orgánica del Estado como ser vivo,
serían recogidas posteriormente por otros pensadores europeos y americanos,
quienes perfilaron los principales conceptos empleados por la disciplina. El
primero de ellos fue Halford Mackinder, geógrafo, economista y político
británico, director del London School of Economics desde 1903 a 1908 y miembro
del parlamento de 1910 a 1922, quien comenzó el desarrollo de sus ideas
geopolíticas con un ensayo titulado “The Geographical Pivot of History” en 1904.
Como simpatizante del imperialismo británico, Mackinder argumentó que las
colonias en África y Asia constituían una bóveda de seguridad para los europeos,
y que el cierre a la expansión imperialista europea conduciría a que se
desataran incontrolables fuerzas de clase al interior de las sociedades
europeas. En su análisis partía de constatar que las fronteras de los países
eran un cerco que redundaba en una alta rivalidad al interior de los mismos.
“Las grandes guerras de la historia”, escribió en Democratic Ideals and Reality,
“son el resultado, directo o indirecto, del crecimiento desigual de las
naciones”.
Su preocupación por el declive de la hegemonía económica británica, le llevaba a
plantear que Londres necesitaba proteccionismo y poder militar de respaldo. En
sus propias palabras, “la Gran Bretaña, no menos que Alemania, está hambrienta
de mercados y el mercado mundial es apenas suficiente para ella… la Lancashire
librecambista y pacífica ha de ser apoyada por la fuerza del imperio… tanto el
libre cambio del tipo laissez-faire, como la protección de tipo predatorio, son
políticas de imperio y están hechas para la guerra" (Mackinder, 1919). Este tipo
de ideas le harían perfilar la doctrina del Heartland, según la cual la
estrategia geopolítica consistía en el juego de poder por controlar la enorme
masa transcontinental de Eurasia, que abarca el este de Europa, Rusia hasta
Siberia y Asia central.
El heartland, junto con lo que quedaba de Asia y Africa constituían la Isla
Mundial, un espacio definido por su falta de acceso por mar, lo cual le hacía
“la más grande fortaleza natural sobre la tierra”. La era dominada por el poder
naval estaba llegando a su fin, argumentaba Mackinder, para ser reemplazada por
una era euroasiática donde el poder terrestre sería decisivo. Quien dominara el
heartland y estuviera equipado con una armada moderna, estaría en capacidad de
debilitar el mundo controlado por los imperios británico y americano. En esta
misma obra se designa a Europa como una adición estratégica al heartland, como
la clave para el control de Eurasia. Así surgió un dictum que con el tiempo se
haría muy famoso: quien domina el este de Europa controla el heartland, quien
domina el heartland controla la isla mundial, quien domina la isla mundial
controla el mundo. Con base en esto, Mackinder insistía en que el objetivo más
inmediato de la política exterior británica era prevenir una alianza entre
Alemania y Rusia, y evitar que alguno de los dos dominara el este de Europa.
El análisis geopolítico de Mackinder tuvo un impacto significativo en la
planeación alemana de la guerra y no tanto en la británica. El fundador de la
Escuela Alemana de Geopolítica, Friedrich Ratzel, buscó conectar la competencia
darwinista por la supervivencia con la competencia geopolítica por el espacio,
mediante una teoría orgánica del Estado que se apoyaba en Kjellen y Mackinder.
Los Estados no eran estáticos sino que crecían, las fronteras eran tan solo una
piel que podía estirarse. Fue precisamente Ratzel quien introdujo por primera
vez el término “lebensraum” o espacio vital, como un imperativo de la política
alemana. “En este pequeño planeta” escribió, “hay espacio suficiente para un
solo gran Estado”.
Este planteamiento sería recogido por Karl Haushofer, quien inspirado en Ratzel
y Mackinder empezaría a insistir en que Alemania necesitaba ensanchar su
lebensraum, dada la desproporción que había entre la población alemana y el
espacio geográfico necesario para que ella se acomodara. En su obra reconocía a
los Estados Unidos, con su ideología de Destino Manifiesto, como el país que
había empleado más exitosamente la geopolítica en su región. La doctrina Monroe
, en este sentido, era la mas grande implementación de la geopolítica y
ameritaba que Alemania hiciera un ejercicio similar. De algún modo, Haushofer y
sus seguidores veían en el Panamericanismo un agrupamiento geopolítico a través
del cual los EE.UU ejercían hegemonía regional.
El imperialismo británico era la mayor amenaza al poder alemán. Para desarrollar
una fuerza alemana que contrarrestara el mundo marítimo británico y americano,
argumentaba Haushofer, era necesario crear un bloque de poder intercontinental
eurasiático con Rusia y Japón. Al firmarse el pacto Nazi-Soviético en 1939,
escribió: “Ahora, finalmente, la colaboración de los poderes del Eje y del
Lejano Oriente se levantan ante el alma germana. Ahora tenemos la esperanza de
sobrevivir contra la política de anaconda de las democracias occidentales”.
Algunos años después, Haushofer sirvió como comandante de brigada en la Primera
Guerra Mundial, con su ayudante Rudolf Hess.
Al retirarse del ejército como mayor general se vinculó a la Universidad de
Munich en 1919, donde Hess continuó como su estudiante y discípulo. A través de
Hess, Haushofer tenía contacto directo con Hitler. Tras la falla del Beer Hall
Putsch Nazi en 1923 Hitler y Hess fueron confinados a la Fortaleza de Landsberg.
Como mentor de Hess, Haushofer visitaría frecuentemente a Hitler mientras éste
escribía Mein Kampf. Tras el ascenso Nazi al poder en 1933 se creó una cátedra
de geografía de defensa en la Universidad de Munich, y al año siguiente Hitler
le nombró presidente de la Academia Alemana.
Nicholas Spykman , por último, fue un politólogo, sociólogo y periodista
germano-americano, que opuso a la doctrina de Mackinder la tesis del rimland,
argumentando que controlando las tierras periféricas y anfibias de Europa, el
medio oriente y la región del anillo Pacífico-Asia del este, los EE.UU podrían
limitar el poder del heartland eurasiático. Spykman insistía en que los EE.UU
debía construer bases aéreas y navales en el pacífico y el atlántico norte para
encerrar a eurasia. En respuesta a Mackinder, Spykman escribió: “Si ha de haber
un eslogan para la política de poder del Viejo mundo, debe ser entonces ´quien
domina el rimland controla Eurasia, quien domina Eurasia controla los destinos
del mundo´”. Para 1942, aunque la Unión Soviética era aliada de los EE.UU y Gran
Bretaña, Spykman sugeriría en The Geography of the Peace que el objetivo
primordial debía ser asegurar que la Unión Soviética no estableciera su hegeonía
sobre el rimland europeo. La URSS “es insuficiente para preservar su seguridad
contra un rimland unificado”, cuya existencia aseguraría la supremacía de los
EE.UU.
Estas ideas se difundieron ampliamente en los círculos políticos de EE.UU, sin
embargo, en 1944 el término geopolítica era ya poco usado debido a las alarmas
que la prensa había activado en torno al pensamiento y la influencia de
Haushofer sobre Hitler. Habría que esperar un cuarto de siglo para que el
término fuera empleado de nuevo. Y sería usado de nuevo en una política exterior
explícita de los EE.UU en la década de 1970 por influencia del Secretario de
Estado Henry Kissinger, en un momento de crisis signado por la debacle de
Vietnam, el deterioro de las relaciones con China tras la división
Sino-Soviética, el inicio de la détente con la URSS y el declive económico de la
hegemonía norteamericana. Declive que se relacionaba con la crisis energética
asociada al boicot del petróleo árabe como respuesta a la Guerra de Yom Kippur
(1973) y el surgimiento de la OPEP.
1.2. Las discusiones geopolíticas contemporáneas
Como se puede apreciar en la sección anterior, los análisis geopolíticos parten
de otorgar importancia al sistema internacional como configurador de los Estados
que lo integran. Las hipótesis más comunes sostienen que las relaciones entre
los Estados poseen una lógica y una influencia propias y que, por consiguiente,
la formación del Estado responde en buena medida al sistema de relaciones entre
Estados (Tilly, 1992: 30). La perspectiva geopolítica corrige el internalismo
característico de los estudios estatistas sobre la formación del Estado y el
sistema internacional, lo cual ha dado lugar a dos tendencias. La primera de
ellas se enfoca en los cambios mundiales reales, la segunda en la elaboración
teórica con base en marcos conceptuales de la crítica posmoderna.
Si se revisara en un catálogo el contenido de los artículos publicados bajo la
materia “geopolítica”, surgirían algunos temas como los referentes a fronteras,
territorios, espacios en disputa, cambios políticos en Europa, Asia y Oriente
Medio, o temas relacionados con categorías relativas a las dinámicas de la
globalización. No obstante, en las publicaciones más recientes se encontrarían
revisiones de las tesis de Huntington y una serie de planteamientos sobre la
forma en que antes del 9/11 se venía creando un clima y un discurso pacifista
que quedaron relegados tras el surgimiento de una aparentemente necesaria e
inminente securitización y percepción global de las amenazas.
En este punto resulta crucial reconocer que el acervo geopolítico contemporáneo
se ha mantenido en los cánones de las tradiciones occidentales. El conocimiento
de Asia o Africa es tan insuficiente que se suelen atribuir categorías asumidas
como globales a situaciones y culturas donde la noción misma de territorio o
Estado es inadecuada o insubsistente. En geopolítica, como en cualquier otra
forma de análisis, la invisibilidad alimenta la ignorancia, y ésta alimenta el
miedo. Las fronteras, de alguna manera, se han restablecido para protección de
todos y los “otros” han vuelto a padecer el síndrome de “nosotros y ellos”, los
Estados se defienden, la seguridad debe primar. Tal parece ser el lado menos
amigable del discurso geopolítico en el nuevo milenio.
Desde una postura menos radical, y tal vez mas fructífera, en el nuevo milenio
han surgido también posturas que buscan resignificar la representación política
del espacio. Las narrativas geopolíticas de esta tendencia parten de reconocer
que el espacio siempre ha jugado un rol en la política, pero que es el discurso
acerca del espacio y el territorio lo que ha cambiado. Visto de esta forma, lo
importante no es el sufijo geo en relación con la política, sino el hecho de que
parecemos vivir en un periodo donde –en términos de Foucault– hay cada vez más
signos de cambio en la formación de las representaciones globales.
Hasta 1989 las nociones de confrontaciones entre bloques y las teorías de dominó
sustituían las guerras contra cortinas de hierro en la narrativa geopolítica
hegemónica. Se daba por sentado que el yo y el otro estaban fijados
espacialmente. Pero con la quiebra del marco geopolítico de la guerra fría
empezó a hacerse latente la necesidad de otra metanarrativa y de nuevas
interpretaciones, las cuales empezarían a surgir desde inicios de la década de
1990. Estas nuevas narrativas ofrecían marcos discursivos plausibles sobre las
cambiantes constelaciones globales de poder, pero muy pocas se arriesgaban a
proponer nuevas regionalizaciones de escala global como lo habían hecho
Huntington o Brzezinski. Adicionalmente, con los sucesos del 9/11 pronto se dio
una profusión de reflexiones que asemejó la geopolítica a eventos discursivos.
Una razón para ello había sido el hecho de que, antes de iniciar cualquier
reacción militar, el gobierno americano había tenido que transformar
retóricamente al “enemigo” (una red terrorista difusa espacialmente) en un
proyecto territorial. Una vez que la opinión pública fue sumergida en la
“guerra”, el siguiente paso era espacializar las reacciones, esto es,
transformar la lucha contra el terrorismo en una guerra contra los países que
alojaran o apoyaran a los terroristas (Smith, 2001). En palabras de autores como
Dalby (2003: 64), esto sería posible debido a que “el razonamiento geopolítico
operaba ahora en términos de una ontología política de Estados”.
Los mapas cognitivos necesarios para esta transformación no son nuevos. Como lo
mencionó Foucault en sus varias arqueologías del cambio discursivo, tiende a
haber una actualización selectiva de representaciones que han existido de tiempo
atrás, y en este caso particular las representaciones no se alimentaban solo de
los conceptos desarrollados en los noventas (v.gr. el choque de civilizaciones),
sino también de la imaginación geográfica de la otredad en la modernidad
occidental. Actualmente, para dar perspectiva a estas ideas, la geopolítica ha
abordado tres líneas argumentativas que pueden separarse analíticamente. Una
primera línea hace referencia a la geopolítica de las diferencias culturales.
Aunque muchos políticos enfatizaron repetidamente que los eventos no
representaban un “choque de civilizaciones”, sí reificaban una representación
del oriente medio y de eurasia bastante cercana al discurso orientalista de la
era del colonialismo. Los ataques del 9/11 formaron el “evento discursivo” que
dio prominencia a un aparente choque entre las civilizaciones implicadas, una
ofendida y otra ofensora.
Una segunda línea hace referencia a la geopolítica del universalismo y el
superpoder hegemónico. En su versión mas extrema, como aquella que se puede
derivar de Fukuyama (1989), se propone el final de la evolución ideológica y la
universalización de la democracia liberal como forma última de gobierno, donde
los EE.UU emergen como el proto-Estado democrático, pero que en últimas se agota
en un reduccionismo de la filosofía de Hegel sobre el fin de la historia. Y por
último, está la geopolítica de la formación de nuevos bloques que, en contextos
como el asiático y el sudamericano, deja perfilar un ánimo creciente por los
lineamientos de política exterior orientados a establecer alianzas o a crear
espacios de intercambio de diversa índole, frente al peso del gran hegemón
internacional.
Para abordar esas líneas argumentativas la geopolítica emplea diferentes
sistemas de análisis que se asemejan en poseer un carácter prospectivo. En este
sentido, junto con la deconstrucción discursiva de actores y la construcción de
representaciones en el largo plazo, los análisis geopolíticos buscan estudiar de
forma prospectiva e interdisciplinaria las condiciones pasadas y presentes del
desarrollo político-económico con el objetivo de definir tendencias, objetivos o
escenarios futuros. Tales ejercicios comprenden usualmente la definición de
metas y objetivos a largo plazo y la selección de los medios mas adecuados para
llevarlos a la práctica.
2. APROXIMACION GEOPOLÍTICA A COLOMBIA
2.1. Espacio, territorio y la reflexión geopolítica
Algunos párrafos arriba se señaló cómo los análisis geopolíticos suelen otorgar
importancia al sistema internacional como configurador de los Estados que lo
integran, y también cómo las perspectivas geopolíticas contemporáneas corrigen
el internalismo característico de los estudios estatistas, con lo cual se ha
dado lugar a una tendencia analítica que resignifica y replantea los marcos
conceptuales desde los que tradicionalmente se estudia el espacio geográfico y
el territorio. Las narrativas geopolíticas de esta tendencia parten de reconocer
que el espacio siempre ha jugado un rol en la política, pero que es el discurso
acerca del espacio y el territorio lo que ha cambiado.
El espacio ha sido considerado por los autores geopolíticos más reconocidos,
como el factor que mayor influencia tiene en la vida de los Estados y, como se
mencionó anteriormente, la evolución de esa noción estuvo ligada al desarrollo
de las ciencias geográficas y políticas. El espacio como extensión o área
superficial mensurable que ocupan los objetos, según la teoría euclidiana,
carece de sentido en geopolítica, puesto que ésta se ocupa de su significado en
cuanto comprende una comunidad políticamente organizada, con necesidades,
problemas y aspiraciones comunes.
En ese sentido, el espacio tiene valor geopolítico al asociarlo con la noción de
territorio, para explorar la forma en que cristalizan las nuevas tensiones
espaciales que genera la globalización. Para Schejtman y Berdegué “…el
territorio no es un espacio físico objetivamente existente, sino, una
construcción social, es decir, un conjunto de relaciones sociales que dan origen
y a la vez expresan una identidad y un sentido de propósito compartido por
múltiples agentes públicos y privados”. Es decir, que un territorio no es un
municipio o varios lugares poblados unidos por simple contigüidad, sino espacios
agrupados de acuerdo a sus características lingüísticas, culturales, económicas
o, inclusive, de marginación. De este modo el territorio surge como una forma de
espacialidad delimitada en términos políticos que surge de una construcción
social y de las relaciones entre el hombre y su entorno.
Al emplear la noción de territorio, el significado del espacio geográfico se
amplía en tanto es el continente y correlato de una historia social, una
estructura de poder y un sistema de relaciones productivas. Con la quiebra de
los escenarios geopolíticos que caracterizaron las nociones geográficas
características de la guerra fría, se hace latente la necesidad de nuevas
narrativas e interpretaciones de la situación actual de los Estados, en un
contexto donde juegan un rol crucial las dinámicas y consecuencias de la
globalización, como se expone en el siguiente acápite.
2.2. Consecuencias de la globalización
Como se mencionó algunos párrafos atrás, la globalización se identifica con una
creciente gravitación de los procesos de alcance mundial en los procesos de
carácter regional, nacional y local de forma asimétrica e irregular. Una primera
consecuencia de esta gravitación es la continuidad y persistencia del Estado y
su burocracia. La relación entre el mercado y la política, el capitalismo y el
Estado, y la gestión de los sectores público y privado ha sido íntima a lo largo
de la historia. Han coexistido y se han promovido el uno al otro, con una
burocracia que ha sobrevivido a cambios políticos y económicos durante siglos.
Esto no quiere decir que la globalización no haya ocasionado cambios en el
carácter de la administración de los estados modernos.
Cinco grandes cambios se pueden discernir al respecto. El primero tiene que ver
con el refuerzo de organismos de gobernanza supraterritorial, cuyas decisiones y
códigos de conducta afectan los sistemas administrativos; un segundo cambio
tiene que ver con el grado creciente de interdependencia entre estados para
hacer frente a asuntos territoriales y supraterritoriales, así como para buscar
cooperación en asuntos de interés general; el tercero es el acceso a las
ventajas del desarrollo tecnológico para el procesamiento de información en
todos los campos del gobierno y la administración doméstica e internacional; el
cuarto es el creciente rol de los gobiernos como socios o promotores del sector
privado, frecuentemente a expensas de los bienes y servicios públicos (UNCTAD,
1996); y el quinto es el cambio de la administración del Estado de “bienestar”
al Estado “corporativo” (Parenti, 1995; Korten, 1995), al Estado “sombra” (Wolch,
1990), al Estado “en contracción” (Bowls y Wagman, 1997; Rathgerb y Lipsky,
1993), o al Estado “empresarial” (Eisinger, 1998).
En correspondencia con estos cambios, la naturaleza de la administración y la
gestión pública ha sido caracterizada mediante términos como “gerencialismo”,
“gestión política” o “nueva gestión pública” (Milward, 1994; Farazmand, 1999).
Con ellos se persiste en la idea de que la administración pública continúa
siendo un campo profesional, una empresa consciente de sí misma. Es decir, a
pesar de los avances en la arquitectura institucional y burocrática
transnacional contemporánea, la continuidad de la administración pública como
campo de indagación está evolucionando; el capitalismo globalizante necesita
Estados, y éstos tienen aparatos administrativos con funciones que no pueden y
no serán desmanteladas (Peters, 2006; Rockman, 1997; Lowi, 1995).
El lado negativo de estas consecuencias generales es también un asunto a
destacar. Entre ellas se pueden mencionar las relativas a la soberanía
disminuida de los Estados, las limitaciones a la democracia, la pérdida de
comunidad, la concentración de la estructura global de poder, la creciente
centralización de las elites corporativas y gubernamentales, y la mayor
dependencia de las naciones menos desarrolladas a los poderes globalizantes.
La soberanía estatal ha dependido históricamente de la territorialidad y la
autoridad suprema sobre la tierra, el espacio y el mar (Scholte, 1997). Los
retos en este sentido significan la pérdida de la habilidad unilateral para
formular e implementar políticas macroeconómicas comprehensivas. Los préstamos
internacionales conllevan condiciones que profundizan la ya marcada dependencia
financiera y militar de poderes y elites globalizadas.
En segundo lugar, con referencia a las limitaciones a la democracia, del primer
aspecto señalado se deriva también el hecho de que las personas no pueden
ejercer sus derechos para traducir sus propias preferencias en políticas
públicas, sobre todo para enfrentar situaciones como la profundización de la
pobreza o la degradación del medio ambiente. En cierto sentido, en el ámbito
local se ha perdido el control de la comunidad (Beck, 1997), y la migración
hacia las ciudades solo ha exacerbado los problemas urbanos. En contravía con
algunos planteamientos del enfoque de elección racional (Buchanan and Tullock,
1962; Mueller, 1989), mercado y democracia no son sinónimos (Lindblom, 1977;
Macpherson, 1987; Heilbroner, 1990). Tal ecuación hace ver más democráticos a
los regímenes que impulsan la incursión de empresas globales en sus economías,
así sean proto-autoritarios, y muestra como menos democráticos a los gobiernos
que no favorecen dichas incursiones.
En un tercer lugar se puede mencionar la consecuencia negativa de la corrupción
y el mayor empoderamiento de las elites tradicionales, como consecuencia del
impulso dado a la privatización (Eisner, 1995; Farazmand, 1999). Por esta vía,
el empoderamiento de las elites tiene una dimensión perversa, en la medida que
dinamiza un proceso de concentración sin centralización, el cual se caracteriza
por la disminución de competencias organizacionales estratégicas, la
automatización, las fusiones y las alianzas estratégicas. Todo ello separa a las
elites de las no-elites, y en su dimensión espacial, distancia los polos de
desarrollo urbano de esquemas de redistribución que reduzcan las asimetrías
regionales y territoriales. Con base en estos señalamientos de carácter general,
en el siguiente acápite se desarrollan las principales implicaciones de ese
conjunto de cambios sobre la administración pública.
2.2. Implicaciones para la administración pública
Del conjunto de cambios que ha propiciado la globalización, puede percibirse con
claridad que ha habido un cambio generalizado en la configuración de la esfera
pública y la privada; lo cual tiende a favorecer los intereses de un sector
corporativo transnacional y, en menor medida, los de los Estados contemporáneos.
Sin embargo, el cambio está tan matizado por las paradojas y los retos que
genera, que al mismo tiempo puede potenciar la capacidad de adaptación y las
oportunidades que tienen los Estados.
El desmantelamiento del Estado de Bienestar o socioburocrático (Bresser, 2001) y
el subsecuente período de reformas de ajuste y reconversión estructural, ha
generado consecuencias negativas para la administración pública y la ciudadanía.
La esfera pública como espacio de interacción y participación ciudadana se ha
achicado como resultado de la globalización y la reestructuración del Estado (Rockman,
1997; Habermas, 1974; Offe, 1985). Para la administración pública esto implica,
por principio, la necesidad de involucrar a la ciudadanía en la gestión de los
asuntos públicos.
La ciudadanía, por su parte, debe ser un agente activo también, para lo cual
puede hacer uso de los abundantes mecanismos con que cuenta para incidir,
transformar o reconstruir la esfera pública. No es descabellado pensar que muy
probablemente la legitimidad, tanto de actores sociales, como de agentes
gubernamentales, se basará en el tipo de acciones que adelanten para enfrentar
la mayor gravitación de lo global -con toda su desigualdad y asimetría-, en lo
local.
Por lo anterior, una segunda gran implicación es el cambio en las actividades
del Estado y de la administración pública. En la medida que nuestros Estados son
forzados a hacer más con menos, su desempeño no debería ser puesto en cuestión.
Lo que no se mide, no se administra, y lo que no se administra no se puede
gerenciar. Es necesario implementar, como se viene haciendo desde hace un par de
años, instrumentos de política tendientes a hacer del Estado –grande o pequeño-
un Estado eficiente, un Estado que funcione. Y el correlato lógico de esto es
una ciudadanía que se interese por las cuentas y los asuntos públicos de los
territorios que habita, construye y constituye.
Por extensión, el profesionalismo de la administración pública debe orientarse a
responder a los retos de la globalización. La profesionalización y la formación
continua de los servidores públicos brinda estándares institucionales, morales y
éticos; así como habilidades y competencias técnicas y organizacionales. Sean
pocos o muchos los miembros del servicio civil de nuestros Estados, las
distorsiones y los efectos de la globalización –las fallas de mercado-, seguirán
invitando a la intervención estatal. La administración pública debe estar lista
para la acción en los nuevos y diversos contextos en que se desenvuelve.
En ese sentido, la función de regulación y control tiene el reto de afrontar un
mundo donde la corrupción destruye la confianza de la ciudadanía en el liderazgo
y la legitimidad del sistema político y administrativo. El servicio público
tiene aquí el reto de resistir la aparente homogeneidad promovida por los
procesos globales, bajo la cual los ciudadanos son asumidos como consumidores
pasivos de bienes o servicios. De algún modo, su mercado no es cualquier
mercado, las decisiones que se toman para contrarrestar los efectos de la
globalización (por ejemplo, políticas anticíclicas y distributivas) deben
socializarse para ser objeto de priorización en el ámbito subnacional y de
involucramiento ciudadano. Esto hace de las políticas públicas, ciclos virtuosos
de aprendizaje social y transparencia.
Por último, en el contexto específicamente colombiano, donde la gravitación de
procesos como los tratados de libre comercio es inminente, se detecta el riesgo
del agravamiento de los desajustes estructurales ya presentes en la economía
(bajo crecimiento, involución del cambio sectorial, desempleo, pobreza y mala
distribución del ingreso), ante lo cual han hecho falta políticas que reduzcan
los desequilibrios subnacionales. Esta última implicación es relevante en el
sentido de que nuestras regiones han sido definidas, normalmente, a partir de
criterios administrativos con poca o nula participación social, con el objetivo
de ser usadas para la transferencia de recursos y la ejecución de políticas
públicas. Esa escasa participación explica en parte la ausencia de una
orientación territorial de la gestión y la administración pública subnacional.
Se podría afirmar que ello ha sido así porque el principal proceso de cambio
institucional que ha desarrollado el Estado colombiano, la descentralización, ha
girado más en torno a la dimensión fiscal que en torno a otras dimensiones, como
la espacial (González, 2004). En el siguiente acápite se presenta un balance de
la politica regional en Colombia, como telón de fondo a la discusión final de
este artículo, acerca de la necesidad de una descentralización espacial.
2.3. Un breve balance de la Política Regional en Colombia
El Estado colombiano, tradicionalmente ha intervenido en la conformación
regional a través de dos funciones principales, manejadas hasta hace
relativamente poco dentro de un régimen centralista. Por un lado, la función de
asignación de los recursos del presupuesto nacional y, por el otro, la
aplicación de normas, definición y puesta en marcha de políticas y programas
macro, cuyo propósito ha sido generar condiciones que garanticen el crecimiento
general, utilizando para ello estrategias regionales diversas y desarticuladas
(Porras, 2003; Cuervo; 2004).
No obstante, la intención del Gobierno de reducir los desequilibrios regionales
(a través de las diferentes estrategias regionales contempladas en los distintos
planes nacionales), no han cambiado las tendencias en la distribución
territorial del desarrollo. Hasta finales de la década de los sesenta, el
desarrollo de las regiones se produjo de manera espontánea, como consecuencia de
las diversas estrategias de tipo global y sectorial de los diferentes planes de
desarrollo. Es solo a partir de este período cuando se hacen evidente los
grandes desequilibrios internos y se contempla la necesidad de la planificación
urbana y regional dentro de los planes nacionales.
En la década de los setenta, los planes nacionales de desarrollo de manera
explicita señalan algunas orientaciones de corte regional. Ante el fenómeno
irreversible de concentración urbana, se propone reducir la migración campo
ciudad mediante el impulso a la reforma agraria y se propone adecuar las
ciudades para que el equipamiento urbano y las inversiones industriales se
realicen con criterios de eficiencia, para lo cual se propusieron instrumentos
como un modelo de regionalización basado en la teoría de los polos de
desarrollo, que pretendía ordenar racionalmente el territorio a través de la
localización del equipamiento urbano y las inversiones industriales; creación de
las áreas metropolitanas y de asociaciones municipales y creación oficinas
departamentales y municipales de planeación.
El plan nacional entre 1970 y 1974, diagnosticó como la razón de los bajos
índices de crecimiento del ingreso la insuficiente demanda interna, para lo cual
propuso como estrategia el fomento a las exportaciones y el estímulo a la
construcción. Este planteamiento netamente sectorial convirtió la política
urbana en el eje del plan nacional de desarrollo (se consideró que la vivienda
era el sector líder que absorbería los altos niveles de desempleo y supliría la
principal demanda insatisfecha), con lo que el énfasis paso del control de las
migraciones y de la reforma agraria al déficit habitacional. Para resolver el
problema de déficit habitacional había que aumentar la oferta de vivienda y
orientar el ahorro hacia este propósito, se crea entonces, el sistema UPAC, se
fortalece el sistema financiero y se desmonta la reforma agraria (Porras, 2003).
Entre 1974 – 1978, el Plan adopta un modelo exportador de crecimiento hacia
afuera inspirado en el neoliberalismo y basado en la experiencia de los NIC’s,
con lo cual se estimularon las exportaciones no tradicionales que utilizaban
tecnología intensiva en mano de obra. En el campo urbano, se iniciaron las
reformas administrativas, fiscales y se crearon las condiciones de
infraestructura que permitieron la reorientación de los flujos migratorios y de
las inversiones productivas. En lo rural, se inicia el programa DRI con el fin
de combatir la pobreza y aumentar la productividad del sector rural (Moncayo,
2005; Porras 2003).
El período 1978 – 1982, se destaca por el intento de articular el territorio
nacional a través del Plan de Integración Nacional con alta prioridad en la
construcción de obras de infraestructura. Este período se caracteriza por la
expedición de diferentes leyes orientadas a organizar el proceso de planeación
nacional, departamental y local. Se crean los comités sectoriales
interinstitucionales, los consejos departamentales de planeación y se realiza un
intento de reforma constitucional en 1977 con el propósito de modernizar la
administración territorial (Porras, 2003; Cuervo; 2005; DNP, 2002)
En el período 1982 – 1986, se inicia el proceso de reforma política,
administrativa y fiscal de Estado Colombiano. Se admite el fracaso de los
mecanismos propuestos en los planes anteriores para corregir los desequilibrios
regionales y se reconoce que las políticas regionales contenidas en los planes,
han sido más producto de las políticas macroeconómicas sectoriales que han
desconocido los criterios espaciales y que no contaron con medidas coherentes
para impulsar el desarrollo regional. En este período se reforman y suprimen
instituciones nacionales y se transfieren funciones y recursos a los municipios,
se diseñan instrumentos para atender regiones marginadas (PNR y Plaidecop), se
define una política fronteriza, se crea la Región de planificación de la Costa
Atlántica y se crean nuevas corporaciones regionales (Moncayo, 2005).
En el período 1986 – 1990, se consolidan las reformas del período anterior y se
inicia su aplicación; en lo político se expidió la ley de elección popular de
alcaldes y la consulta popular, en lo fiscal con la ley 12 de 1986 se
transfirieron recursos y funciones de la nación a los municipios, en el plano
administrativo se modernizó el regimen administrativo de los departamentos y
municipios, en lo regional se fortalece el DRI y el PNR, junto con la
reglamentación de la ley 76 de 1985 creando otras regiones de planificación
Corpes .
La creación de las regiones de planificación se inscribe dentro de una etapa del
proceso de descentralización en el país, en la cual se considera que la división
del territorio en espacios geográficos con algunas características de
homogeneidad en lo cultural, económico y social puede ser un mecanismo apropiado
para planificación de dichos territorios y la articulación con los demás niveles
de gobierno, especialmente los departamentos.
En 1992 se reglamenta lo relativo a la organización y ejecución de los recursos
para el desarrollo regional, y la planificación se introduce como el instrumento
principal del gobierno para intervenir en la distribución territorial del
desarrollo. Las regionalizaciones y "modelos de regionalización", surgirían
básicamente como técnicas que consideran la región como objeto de análisis y de
acción gubernamental del nivel central, con propósitos de planificación
regional.
A partir de 1990, no obstante, la crisis de legitimidad, la violencia política y
la creciente abstención electoral indujeron el desarrollo de una estrategia de
revitalización política a través del fortalecimiento de la vida política, fiscal
y de capacidad de gestión del municipio. La Constitución del 91 consolidó esta
tendencia y la proyectó hacia el futuro. Como resultado de este proceso de
transformación, se desarrolló en el país un nuevo modelo de distribución de
competencias y recursos de las entidades territoriales en donde el municipio es
el principal responsable de la ejecución de la política social, mientras el
Estado central garantiza la estabilidad macroeconómica a través del manejo de
las políticas monetaria, fiscal y comercial. El departamento y la región, desde
entonces, aparecen en un dudoso intermedio, en un limbo institucional.
Desde el punto de vista constitucional, las tres instancias básicas de la
Administración se encuentran comprometidas en la promoción del desarrollo
económico. Sin embargo, el Estado central conserva el manejo de las herramientas
más importantes de promoción del desarrollo regional. El desarrollo de la
infraestructura económica básica depende todavía de las políticas nacionales y
de la ejecución de los entes centrales. Las exenciones comerciales, fiscales y
financieras dependen del Congreso y de la capacidad local y regional de promover
y empujar estas iniciativas ante los ministerios respectivos.
Aunque en la Constitución Nacional de 1991 se le otorga a las regiones la
posibilidad de constituirse como entidades administrativas y de planeación y
como entidades territoriales, el ordenamiento territorial es aún entendido bajo
una lógica rígida y tecnicista, olvidando que la regionalización como
instrumento de desarrollo es ante todo un proceso político con alta connotación
cultural. El gobierno nacional a través del DNP usó hasta hace muy poco tiempo
un concepto de región bajo un enfoque sectorial, con una visión centralista de
los procesos de regionalización, la cual no involucra los criterios de formación
social, ni reconocía la identidad regional o los factores históricos y
políticos. Hasta hace muy poco también, los departamentos y municipios no habían
participado en la definición de dichas regiones, asumiendo más bien un rol
pasivo frente a las políticas de saneamiento fiscal.
3. OBSERVACIONES FINALES (hacia la descentralización espacial)
Las posibilidades de mejorar la inserción internacional, o por lo menos la
capacidad de adaptarse a las gravitaciones de las que se ha hablado a lo largo
de este documento, como lo es la competitividad en el mercado internacional, no
pueden entenderse por fuera de las economías locales. La dinámica de la economía
internacional se aclara a la luz de los fenómenos que tienen lugar al interior
de las regiones de cada país (González, 2004).
Ello implica, como o sugieren diferentes especialistas en la materia, que la
descentralización fiscal debe ser reemplazada por la descentralización espacial
(González, 2004). La evaluación realizada por el DNP (2002) del proceso de
descentralización menciona la descentralización espacial en un segundo plano. El
informe del DNP centra la atención en las discusiones clásicas de la teoría
fiscal, perspectiva en la que no se desarrolla la importancia de la región.
Independientemente de que haya esfuerzo fiscal o autonomía financiera, la
eficiencia y los objetivos de la descentralización deberían evaluarse según los
avances en el desarrollo regional.
Sin polos de desarrollo que impulsen las regiones desde las regiones, no habrá
estímulos a procesos endógenos virtuosos. De alguna manera, el problema no es
determinar el nivel óptimo de esfuerzo fiscal, o el mejor tipo de transferencia,
sino la manera como la ubicación regional de las empresas estimula la
consolidación de círculos virtuosos de crecimiento. Al no ser considerada la
dimensión espacial del desarrollo regional, se pasa por alto el impacto que
tienen las acciones de los gobiernos locales en las interacciones
macroeconómicas y en la distribución del ingreso. La estabilización macro es una
tarea del gobierno central, pero las localidades pueden llegar a tener una
enorme capacidad de desestabilización. Hoy en día las grandes ciudades se
preocupan por temas como el empleo, el crédito, la competitividad, la inserción
mundial, la distribución del ingreso, etc., asuntos anteriormente constitutivos
de la agenda del gobierno central. Para finalizar esta reflexión, cabe mencionar
algunos datos e indicadores que ilustran la situación ante la ausencia de
politicas regionales efectivas e integradoras.
La cobertura de los servicios públicos ha mejorado, si se atiende a los
indicadores de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) y el Indice Condiciones
de Vida (ICV). De acuerdo con la Encuesta de Calidad de Vida del Dane, entre
1997 y 2003, a nivel nacional la incidencia de la pobreza pasó de 37% a 21%.
Esta disminución de la pobreza tiene que ver con el mejoramiento de la cobertura
educativa básica y de los servicios domiciliarios. Los resultados muestran que
la opción por las transferencias atadas ha sido positiva. De hecho, los dineros
provenientes de las transferencias se han reflejado en un aumento de las
coberturas de los servicios sociales. Gracias a las transferencias atadas, en
los momentos de crisis se ha atenuado la caída del gasto social . Por su parte
el ICV aumentó de 74.70 a 77.42. Es decir, la calidad de vida mejoró en este
lapso de tiempo (DNP, 2005).
Sin embargo, los resultados no son tan optimistas cuando se observa lo sucedido
con la incidencia de la pobreza medida por Línea de Pobreza (LP). Entre 1997 y
el 2003 el porcentaje de pobres subió de 55% a 66%. El PIB per cápita alcanzó su
máximo nivel en 1997 y después comenzó a caer. En los últimos años se ha
estabilizado pero a un nivel considerablemente más bajo que en 1997 (González,
2004). Desde el punto de vista del bienestar de la población es mal signo que la
incidencia de la pobreza por LP aumente, pero quizás es más escandaloso el que
no disminuya más allá del 55% en momentos en que la economía consigue altas
tasas de crecimiento. Parecería como si más de la mitad de la sociedad
colombiana estuviera condenada a vivir en condiciones de pobreza, aún en la fase
ascendente del ciclo económico. No basta con crecer, la lucha contra la pobreza
tiene que estar acompañada de políticas que distribuyan el ingreso y, sobre
todo, que reduzcan la concentración de la riqueza. La situación es especialmente
difícil en el área rural, donde la pobreza por LP, también entre 1997 y 2003,
aumentó del 70% al 84%.
La distancia entre la ciudad y el campo continúa ampliándose. El proceso ha sido
concentrador. La inequidad regional se ha intensificado y las brechas han
aumentado. En el sentido de las anotaciones iniciales de este documento, la
descentralización no ha generado los procesos endógenos que se requerirían para
contrarrestar las tendencias negativas del conjunto de la economía, donde la
globalización ejerce las más fuertes presiones. A modo de idea de cierre, la
descentralización no ha favorecido la convergencia en el desarrollo de las
regiones, tal vez y muy seguramente, debido a que no ha estado inspirada en una
política de desarrollo regional.
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*Docente de la Escuela de Política y Relaciones Internacionales. Universidad
Sergio Arboleda
Derechos Reservados
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